Lunes, Octubre 14, 2019
   
Texto

El rincón de la psiquiatría legal

Síndrome de Clérambault

La idea delirante se puede definir como una idea patológica, falsa e irreductible pese toda la argumentación lógica y objetiva que le podamos o pudiésemos dar al paciente que la sufre. Esta idea, única o múltiple, es la base del Trastorno delirante.

Además de definir el Trastorno delirante, la edición vigente del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), especifica distintos tipos dentro del citado trastorno y entre éstos habla del Tipo erotomaníaco, refiriéndose a cuando el tema central del delirio que tiene el paciente es que otra persona está enamorada él.

El Trastorno delirante erotomaníaco es conocido también como síndrome de Clérambault en honor a este psiquiatra francés (1872-1934) que publicó un profundo y exhaustivo estudio acerca del mismo dentro de su famoso libro Las Psicosis Pasionales (1921), refiriéndose además en él al delirio de celos, que ya abordé en un artículo publicado aquí con el título de Celos patológicos. Aprovecho la ocasión para mostrar mi absoluta admiración por aquellos tratados de tan riqueza descriptiva sobre los trastornos mentales y cuya lectura es de gran ayuda para entenderlos, o por lo menos, acercarse a ellos. La literatura psiquiátrica, créanme, es muy apasionante.

En la consulta, si el paciente acude por otra clínica distinta (hipomanía, depresión, etc), se llega además al citado diagnóstico indagando tras escuchar un ambiguo y raro relato referido a cierta “relación amorosa”. Como sabemos, en medicina se dice que “sólo se diagnostica lo que se sabe” y este caso, a quién no conozca el síndrome o no se acuerde de él, le pasará desapercibido.

La persona, que el paciente con el delirio cree estar enamorada de él, es frecuentemente de un estatus superior al suyo, suele ser cercana o de su entorno (con trato o no), pero puede ser también distante: un personaje del mundo de la radio, de la televisión, de revistas del corazón, etc. Al preguntarles a estos pacientes que por qué están seguros de tal enamoramiento, dan unos argumentos sistematizados y con una construcción aparentemente lógica, pero basados en unas percepciones reales delirantemente interpretadas (que son las que forman el núcleo patológico de su idea), como determinados movimientos o posturas, una sonrisa, o palabras sacadas de contexto; otras veces falta incluso esa percepción real, partiendo todo de una ilusión delirante. Sólo el trato y el estudio siguiente irán mostrando el “carácter paranoico” que los perfila: desconfianza, orgullo, agresividad, rigidez psíquica, etc.

El síndrome de Clérambault es más frecuente en mujeres, sobre todo a partir de la cuarta década de la vida y más común cuando existe el factor castidad. Si el curso del trastorno es continuo en el tiempo y no episódico, entrando así ya en el campo de los delirios crónicos, se observa muy bien el patrón fásico que caracteriza su curso.

El síndrome de Clérambault evoluciona en tres fases: esperanza, despecho y fase de rencor. En la  fase de esperanza, los gestos o las cortesías realizadas por parte de una persona son interpretadas delirantemente por el paciente como manifestaciones “seguras e inequívocas” de enamoramiento por parte de aquélla. Paralelamente, el paciente corresponde a ese amor de forma expectante y esperanzada, que a su vez se va nutriendo por fantasías sentimentales y eróticas añadidas, configurando un auténtico “romance delirante”; esta fase se suele vivir al principio con recogimiento, como en secreto y ocasionalmente puede revelarse a personas de mucha confianza.

También pueden aparecer cambios comportamentales en el paciente, como en su forma de vestir, frecuentar más los sitios donde encontrar a esa persona “enamorada”, etc. En la segunda, la  fase de despecho , el paciente muy suspicaz, interpreta que hay personas que se están “interponiendo maliciosamente” en la “relación” con el fin de frustrar su amor; piensan que amigos, vecinos, u otros, movidos sobre todo por la envidia, pueden acabar con esa aventura. La última, la  fase de rencor, y como así nos podemos figurar, es sin duda la de más trascendencia en psiquiatría legal, incluso por su potencial valor criminológico; en ella el paciente es consciente de la “ruptura” y admite el fracaso inequívocamente por culpa de aquéllos, punto de partida que le puede llevar a tramar venganza, programando y realizando actos agresivos contra todas las personas que, interpreta, se han interpuesto en la que podría haber sido una “buena relación” y con un “buen partido”, lo que puede acabar en graves consecuencias.

En esta última fase, el paciente puede llegar a la consulta por dos motivos, el primero porque ya haya sido realmente amenazado o incluso denunciado por esas terceras personas y como consecuencia, ahora ya con razón, se sienta una vez más víctima de ellas; el segundo motivo, por la heteroagresividad absurda y con poco fundamento en su comportamiento, ésta ya referida por los familiares o personas cercanas que lo acompañan a la entrevista.

En general, el interés psiquiátrico-forense de este síndrome se basa en estudiar y buscar si la actuación, las conductas y el modo de comportarse de la persona que padece el trastorno, se llevan a cabo de acuerdo con su delirio, de su propia “realidad patológica”, siendo ello la causa de infringir el conjunto de normas o leyes.

En referencia a ello y como sabemos, en Derecho se consagra el principio de la existencia de la “autodeterminación”, ésta vinculada a la integridad de las facultades de conocimiento y de voluntad por parte de un individuo, y por tanto la imputabilidad que se le pudiera atribuir al sujeto en cuestión, va siempre en función de la entidad de la merma que éste experimente en las nombradas facultades intelectivas y volitivas, y en definitiva, en esa capacidad de autodeterminación. Por ello, en los casos confirmados de síndrome de Clérambault, el Tribunal admite que los actos de estos pacientes no deben ser considerados como actos realizados en libertad, “por la profunda alteración cognitiva que suponen y el condicionamiento patológico implícito de ellos”.

 

Psicópatas fanáticos

Con el término fanático, que proviene del latín, y que hace referencia al que se preocupa o entusiasma exageradamente por algo, calificamos normalmente a alguien que defiende con tenacidad aquellas opiniones y creencias que le entusiasman; pero igualmente con él, ahí voy, también hacemos referencia comúnmente a un individuo que puede esconder una grave y concreta psicopatología que lo puede hacer peligroso, por lo menos potencialmente.

En este sentido, en el plano cognitivo, un fanático se comporta como si poseyera la verdad de forma tajante y por tanto, no necesita cuestionarse las propias ideas que representa la crítica del otro. En las antípodas del fanático se halla la figura del relativista, pero, recordando una vez más que los extremos se tocan, ambos se parecen en que para ellos no cabe el debate o la búsqueda de la verdad, dando a su vez, así, la espalda al conocimiento, lo que al final les empobrece más intelectualmente. Se sabe que, cuanto más cerrada está una sociedad a la sabiduría, por inercia, tradición, o lo que es peor, por imposición, con mayor número de fanáticos cuenta.

Con el término  fanatismo hacemos referencia directa también al apasionamiento del fanático, a esa pasión irracional, desproporcionada, desmedida y totalmente exagerada por mantener una idea, una cultura o un estilo de vida. El fanatismo pues, llega a traspasar la frontera psíquica de lo patológico, e incluso lo puede hacer de forma sobrada, ya como grave anancasmo, nada que ver con aquella monomanía obstinada, o escondiendo una psicopatología peor como puede ser un trastorno de personalidad o psicopatía, configurando y caracterizando así al llamado 'psicópata fanático'.

Abordando ya a éstos personajes en concreto, Kurt Schneider (1987-1967) decía que lo patológico en ellos no radica tanto en la creencia extremadamente sobrevalorada que profesan, sino sobre todo en el modo de cómo hacen esa defensa anormal del complejo o idea, y distinguía a su vez, dos tipos de psicópatas fanáticos: los psicópatas fanáticos luchadores y los psicópatas fanáticos pacíficos. Frente a los primeros, en los que predomina la acción, el grupo de psicópatas fanáticos pacíficos se caracteriza por su comportamiento extravagante, recogido y asténico, con el que se presentan como bienhechores de la humanidad y apóstoles de la paz, de hecho Georg Stertz (1878-1959) los bautizó así, psicópatas extravagantes, observando además su parecido con el paciente esquizofrénico deteriorado o con el sujeto que padece una esquizofrenia latente, con los que ya comentó habría que hacer diagnóstico diferencial.

El indeseable trinomio de los psicópatas- fanáticos- luchadores, añadiré que Kretschmer (1888-1964) también los llamó psicópatas expansivos, perfila o describe a los autores de muchos actos de terrorismo de los que estamos desgraciadamente acostumbrados a ver en las noticias, mostrando en ésos la forma más elaborada de hasta dónde puede llegar la crueldad humana. El fanatismo de estos enfermos, como decía este último autor, se caracteriza por una elaboración muy viva de las creencias, capacidad tenaz de retención y acumulación ideológica y una falta de contención extrema que es precisamente la que les conduce a la exteriorización, y en definitiva a la conducta criminal. Algunas teorías psicodinámicas, me limito a señalar, dicen que su fanatismo se nutre de un fracaso personal previo, pretendiendo destruir a una sociedad que no lo estimó suficiente, a ese permanente y sempiterno descontento, no sé.

Desde su base, el acto terrorista del psicópata fanático expansivo, así, con ese nombre y esos dos apellidos, es muy diferente al que ejerce el terrorismo como un simple matón a sueldo o como un guerrillero, entre otras cosas porque en el caso del mercenario, no tiene porqué compartir las pautas ideológicas del grupo para cumplir su incentivado objetivo, y en el supuesto del guerrillero porque además de que la adhesión ideológica a su grupo puede estar limitada en un caso extremo, no tiene que estar tampoco asociado un trastorno mental grave.

Los psicópatas fanáticos luchadores o expansivos son una amenaza constante para la sociedad y todo el control que se pueda tener sobre ellos es poco. Las ideologías radicales encuentran así un gran apoyo para difundir más sus “razones” por medio del terror, utilizando realmente a sujetos enfermos para cumplir esos sus objetivos. Su tratamiento individual y la teórica rehabilitación, con los recursos actuales, es prácticamente utópico: nada que hacer frente a la cristalización y el blindaje de su pensamiento.

 

Lo endógeno en psiquiatría

Pese a que la enfermedad en medicina general pueda tener un origen psíquico o somático, hay que admitir que la Medicina es siempre psicosomática porque el fenómeno global de la enfermedad y todo lo que implica en el ser humano, es en este sentido siempre dicotómico, psicosomático. En el caso de la psiquiatría, desde hace años, se habla además de un tercer término, lo que se conoce como 'endógeno'.

Endógeno es un concepto introducido en el año 1892 por el psiquiatra alemán Paul Moebius (1853-1907), basado entonces en el de degeneración, de Morel (1809-1873), que empleamos con mucha frecuencia los profesionales, y cuyo significado es preciso aclarar tanto al paciente como a la autoridad que podemos tener delante en el transcurso de una declaración pericial. Aunque históricamente ha sido un concepto muy debatido y al que se le han dado varias interpretaciones, en la práctica, y pese a haber sido desterrado desde la cuarta versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos mentales (DSM IV), con él todavía nos referimos a que el trastorno mental que padece el paciente 'surge' íntimamente en él, sí, con todo este matiz sorpresivo que representa el verbo, en contraposición a lo exógeno, que ya implica siempre una causalidad que afecta al cerebro directa o indirectamente, y por tanto con una etiología clara, que puede ser por una causa somática (somatogénesis) o como se decía antaño, de fundamento corporal, o por una psíquica (psicogénesis). Poniendo ejemplos, una depresión de origen somático puede ser aquella producida por la deprivación de hormona tiroidea debida a una alteración del tiroides, un trastorno delirante somático puede estar producido por un tumor cerebral, y una depresión con psicogénesis sería la que puede aparecer en el transcurso de una reacción de adaptación al duelo.

El 'surgir' de lo endógeno supone además, como dijo Eugen Bleuler (1957-1939), aceptar humildemente lo desconocido, “ese lugar donde se esconde nuestra ignorancia”, aunque las distintas investigaciones quieran demostrar lo contrario pretendiendo liberarlo así de la oscura y honda criptogénesis, de ese desconocimiento. Las tesis hereditarias, genéticas, y las constitucionalistas, al igual que otras, se acercan cada vez más a estos trastornos, pero son insuficientes, pues lo endógeno va más allá, es más enigmático, está en un plano más profundo, y es que endógeno, como apuntaba mi maestro el Profesor Barcia (1932-2018) no es criptogenético, “es otra cosa, perteneciente a un orden distinto”.

Siguiendo las observaciones de Hubertus Tellenbach (1914-1994), las características principales de estos abstrusos cuadros son, el carácter rítmico del acontecer patológico, su transcurrir distinto obedeciendo a una concreta cinesis (el maníaco se acelera y el depresivo se inhibe), así como su aparición en determinados momentos de la vida del sujeto o en épocas críticas de su maduración, y en general todo ello coincidiendo, como dijo Laín Entralgo (1908-2001), con el propio 'cambio vital'. En esta línea, la constatación del carácter periódico y en general, la forma de aparición de los trastornos endógenos, llevó a Karl Jaspers (1983-1969) a conceptualizar dentro de ellos, los conocidos términos (para nosotros) de proceso, fase o brote.

Todos estos fenómenos ligados al tiempo y al ritmo, son claramente observables en el caso de las psicosis endógenas por antonomasia, es decir, en la psicosis maniaco-depresiva, hoy trastorno bipolar, y en la esquizofrenia. Al margen y en referencia a todo ello, comentar que otra ciencia, la cronobiología, podría en el futuro, acercarse a dar una explicación más clara de estos periodos que aparecen en las citadas psicosis y que todavía nos tienen tan intrigados.

Igual que para la psiquiatría es importante conocer la endogeneidad o un diagnóstico etiológico del trastorno, siempre apuntando a un tratamiento y a dar un pronóstico, desde el punto de vista legal,  como sabemos, lo primordial es conocer si el sujeto juzgado, para el médico siempre un paciente, y en ese momento concreto de los hechos, era totalmente consciente de los mismos (tenía conocimiento pleno  de la realidad) y contaba a su vez con la capacidad volitiva intacta para cometer el hecho en cuestión.  Conocer lo que implica “endógeno” es igualmente primordial para un jurista, pues, desde su posición, le permite conocer la existencia de cuadros psiquiátricos que aparecen impuestos en un sujeto, incluso sin tener una personalidad premórbida, e igualmente estar advertido de unos estados y comportamientos posteriores que esa persona cuestionada podría seguir en el futuro. Asumir la existencia de esas características cronobiológicas es importante como predicción, en vista de, por ejemplo, a tomar unas medidas de seguridad tanto para el propio sujeto como para los demás.

Por lo general, los cuadros endógenos, como pueden ser los arriba citados, han constituido igualmente para el Derecho, el paradigma de la 'locura', siempre que se encuentren en actividad y se den las condiciones nombradas para ser estimadas como una enajenación mental en el sentido jurídico del término, repito: la profunda y duradera afectación de las estructuras cognoscitivas y volitivas del sujeto. Este tipo de trastornos, que claramente pueden eximir de responsabilidad, se alejan de aquellos otros como los simples estados de tristeza con tendencia a la inactividad, que sí, que hacen sufrir al paciente y a sus allegados, que también pueden precisar tratamiento psiquiátrico, pero que en definitiva, suelen ser irrelevantes en cuanto a su influencia en la imputabilidad penal, salvo si nos referimos a casos muy concretos como los delitos de omisión.

   

La querulancia desde el punto de vista psiquiátrico

* A mi bisabuelo, el jurista cartagenero Francisco Gómez de Castro, quien murió a la edad chopiniana de treinta y nueve.



El término 'querulante' deriva del latín 'querulus' ('que se queja') y con él tanto hacemos referencia de forma ordinaria a una persona 'normal' que muestra ansia por pleitear, como a aquella otra que presenta patológicamente una reacción hostil y reivindicativa por considerarse agraviada, sintiendo que se subestima el perjuicio causado. La Real Academia admite el concepto de querulante sólo como querellante patológico.

En general, un sujeto querulante presenta quejas, denuncias, querellas y contenciosos legales de forma constante, haciéndose una persona pesada y problemática para la Administración de Justicia a la que sin duda agobia y atasca de forma significativa. Clásicamente se ha dicho que, si la Medicina crea hipocondriacos, la Justicia crea querulantes, o, con otras palabras: el querulante es a la Ley lo que el hipocondríaco a la Salud.

Desde el punto de vista psiquiátrico pues, la querulancia puede formar parte como una característica más de la conducta de un individuo sin que haya una patología implícita, o puede presentarse de forma morbosa destacando, sobre todo, como un rasgo patológico en un trastorno de la personalidad, en un trastorno obsesivo o, incluso en caso extremo, como un trastorno psicótico. Conductas querulantes patológicas también podemos encontrar en otros muchos trastornos mentales, como en casos de manía, en el trastorno del control de los impulsos, en trastornos mentales orgánicos, etc. Precisamente, estas formas de presentación de la querulancia, unas más que otras, han sido englobadas por muchos autores, desde la perspectiva del Derecho, dentro de las llamadas 'Psicopatologías jurídicas', entendiendo éstas como “aquellos comportamientos del ser humano, motivados por un trastorno mental, que tienen incidencia considerable Administración de Justicia”, de ahí su importancia.

La querulancia en un individuo 'normal' responde a una actitud del sujeto como podría ser otra en otro contexto que condujera a una conducta de reivindicación, de persistencia, de tozudez, de pesadez por llevar siempre razón o de tener que salirse siempre con la suya. En estos casos, la postura y la acción querulante del sujeto, alcanza siempre una intensidad limitada, de 'perro ladrador..', y existe una baja instancia que actúa como freno, que le 'para los pies', lo que no quita que el sujeto en cuestión y precisamente por ser como es, se sienta contento con su protesta. 

Como trastorno querulante de la personalidad, considerando a éste como un subtipo dentro del trastorno de la personalidad paranoide, ya hay una relevancia más significativa, precisamente por ese característico patrón de desconfianza y suspicacia, de forma que ellos son siempre el objeto bueno, siendo malo todo lo que pertenece o sucede en el exterior, y en este caso concreto, la Justicia. En otros trastornos de la personalidad (antisocial, límite, etc.), puede existir querulancia también como rasgo patológico, pero en un segundo plano, dominando otros, que son los que definen el tipo concreto. Por definición, la actitud querulante morbosa que prima en la vida del sujeto con trastorno de la personalidad, le pasa la factura, salpicando a sus relaciones personales, familiares, sociales o laborales. Luchar por la causa “justa” puede implicar llevarle a situaciones tan extremas y reales, como perder el empleo por absentismo constante o a abandonar obligaciones familiares, que siempre les quedan por debajo de aquel objetivo.

El querulante obsesivo, puede reconocer que su conducta es en algún momento absurda, aunque no puede parar de seguir comportándose así, es terco, pero es más cobarde que el del caso anterior y sopesa más su actitud; duda, pero hay que ir para delante. Entre los querellantes patológicos, es el más cauto con las consecuencias.

Refiriéndonos ya a la presentación de la querulancia como idea psicótica, formando el delirio querulante como síntoma de una psicosis reivindicadora, aparece la creencia fija en el sujeto de que está siendo objeto de una conspiración, de que es engañado, calumniado, perseguido y obstruido en la consecución de sus metas. La pluma de Charles Dickens lo plasma muy bien en La casa desolada. La esencia de esa idea delirante es alguna injusticia percibida, a la que el sujeto hace frente por medio de la acción legal, y como tal, es falsa y totalmente irreducible por toda la argumentación lógica que le pudiésemos dar y durante todo el tiempo que lo intentásemos. El querulante psicótico no quiere que se imparta Justicia sino que se reconozca incondicionalmente su razón y su justicia. Así de claro.

En el DSM-5, la última versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA), se sobreentiende que el delirio querulante queda englobado dentro del tipo persecutorio, sin hacer mención conceptual al mismo, al contrario de lo que sucedía, como así compruebo, en versiones anteriores, donde sí aparece claramente el término de “paranoia querulante”.

Si nos referimos a materia legal, en casos muy extremos podemos encontrar sentencias de incapacitación limitada, justificadas por la existencia de un delirio querulante, que privan la capacidad de obrar del paciente en los pleitos jurisdiccionales y en reclamaciones administrativas, nombrando a su vez un curador para completar su capacidad y que a su vez garantiza que siga el tratamiento psiquiátrico indicado por el especialista.

En general, la postura querulante, cuanto más patológica, más favorece que los procesos judiciales se conviertan en el eje de la vida de estos sujetos, y que se añada más intensidad al comportamiento pleitista, reivindicativo y oposicionista, pudiendo derivar en consecuencias como huelgas de hambre repetidas, autolesiones en forma de amenaza, denuncias de todo tipo a altas instancias gubernamentales y judiciales (de las que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos se lleva la palma) e incluso heteroagresividad verbal y física hacia todo el personal funcionario de la Administración de Justicia que se le ponga por delante; éste lógicamente puede llegar a manifestar pánico situacional y conductas de ansiedad anticipatorias ante la presencia de estos sujetos. Por último, resaltar que la actitud de querulancia se llega a retroalimentar aún más en el caso de que las resoluciones judiciales hagan referencia a la actitud del demandante, enriqueciendo y sistematizando su delirio, ya que lo 'enciende' aún más, llevándolo a su vez a interponer nuevamente otro recurso con el objetivo añadido de defender su honorabilidad que la percibe cada vez más 'por encima de todo'.

 

Bases psíquicas de la imputabilidad

Hay diferentes formas de definir la imputabilidad, una de ellas sería la de “atribuir a alguien las consecuencias penales de su obra o hecho”. Aunque la imputabilidad es un concepto jurídico y que proviene del Derecho Penal, hago referencia al mismo en este artículo por ser un nexo de gran interés entre los profesionales de la Psiquiatría y del Derecho. No hay término que pueda justificar más la intersección que existe entre ambas disciplinas.

Se pueden resumir en dos las bases psíquicas de la imputabilidad: primero, la existencia de inteligencia o discernimiento suficiente como para conocer la realidad y lo que está bien o mal, y segundo, una voluntad y libertad suficientes como para poder escoger, elegir, entre una opción u otra. Para una valoración cuantitativa de esa responsabilidad (imputabilidad, imputabilidad disminuida o inimputabilidad) que corresponde al Juez, éste solicita también una prueba pericial, recayendo dicha tarea en el médico forense o en un perito psiquiatra asignado. La trascendencia de la imputabilidad está clara, pues es el fundamento y la base de la culpabilidad y, en definitiva, del delito. En los casos de imputabilidad disminuida e inimputabilidad, la consecuencia jurídica, por el contrario, es que la sociedad no le va a poder exigir a estas personas su responsabilidad en los mismos términos que en los casos en que ésta sea plena.

Esta tarea pericial concreta de la psiquiatría referida al tema de la imputabilidad, tuvo su impulso en el Reino Unido a partir de 1843 con el famoso caso M´Naghten, siendo posteriormente reclamada con frecuencia por el poder judicial de los distintos países europeos desde principios del siglo XX. El alemán Emil Kraepelin (1856-1926), considerado el padre de la psiquiatría científica moderna, dice en sus Memorias que hubo tanto trabajo forense en la época, que llegó a editar un manual especializado en esta materia para acudir en auxilio de sus solicitados alumnos; además, organizó unos seminarios prácticos, primero en la Universidad de Heidelberg y más tarde en la de Múnich, a los que también acudían estudiantes de otros centros universitarios, en los que se representaban procesos legales penales colaborando estrechamente estudiantes de Derecho y de Psiquiatría.

Siguiendo el modelo de consideración pluridisciplinar a la hora de definir o reconsiderar conceptos, muchos de ellos antediluvianos, y que es el patrón que sigue ahora la evolución conceptual, en el campo de la medicina la O.M.S. fue pionera reconociendo, allá en 1958 y tras solo diez años de su fundación, el término de “salud” como “un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de afecciones o enfermedades”. Igualmente, el Derecho Penal, lejos del inmovilismo, se ha ido abriendo hasta admitir los conocimientos de otras disciplinas, y no solo de la valoración psicopatológica estricta, a la hora de abordar el tema de la imputabilidad, de forma que, adoptando ese “criterio mixto”, comenzó a considerar también las aportaciones de otras ramas como la sociología (teniendo en cuenta circunstancias como el ambiente social y cultural, la educación recibida, o el sistema de creencias adquirido) o los procedentes de la propia biología, contando igualmente con una serie de factores orgánicos que pueden intervenir en el desarrollo de la personalidad e influir en la toma de actitudes por parte de un sujeto que delinque.

Todo lo expuesto se resume a que, además de seguir admitiendo la autodeterminación del individuo como fundamento necesario del Derecho Penal, actualmente no se obvia en la valoración de la imputabilidad lo que todo un conjunto de disciplinas nos vienen a decir: “no todos nuestros actos se consideran tan libres, pues en la práctica, son el resultado de otros muchos condicionantes y no solo dependen de la voluntad del sujeto, condicionantes como así podrían ser el desarrollo normal de la personalidad o una integración social suficiente”.  Para comenzar ese camino, el nuevo Código Penal de 1995 empezó por sustituir el obsoleto término de “enajenado” por la expresión de “cualquier anomalía o alteración psíquica”, sin duda una postura de apertura acertada y un gesto que ha permitido desde entonces abarcar no solo las clásicas enfermedades mentales en sentido estricto, como encerraba así aquel término de “enajenación” (psicosis maniaco depresiva, oligofrenia, esquizofrenia o neurosis) sino también otras alteraciones mentales o problemas de  personalidad, obviados con anterioridad, y que en definitiva siempre puedan producir el mismo efecto psicológico, es decir, “que en el momento de la comisión del delito, el sujeto no pueda comprender la ilicitud del hecho o actuar conforme a esa comprensión”.

En los textos penales actuales, como es lógico por no ser tratados de psiquiatría, también aparece el término de “circunstancias propias” y no cada una de las situaciones detalladas de muchos de los trastornos, ya que de ello, para eso están, se encargan tanto el título pertinente de la ICD-10 como el DSM-5 en su totalidad, en los que se añaden especificaciones concretas contenidas en términos como “leve”, “moderado”, “grave”, “intermitente”, “situacional”, “en remisión parcial”, “en remisión total”, etc. que hacen más objetiva y precisa aún nuestra valoración desde el punto de vista clínico en un momento temporal determinado, pese a que ya se pudiera contar de base con un diagnóstico. Cuando jurídicamente se está valorando algo tan transcendente como la imputabilidad, nuestra aportación concreta con el peritaje psiquiátrico debe y tiene también que afinar esa especificación. Este hecho muchas veces es más importante incluso que el diagnóstico en sí, pues ella es la que más habla del estado en que se encuentra el sujeto en ese momento de cometer el delito y que es lo que realmente nos está pidiendo el Juez; así, el paciente puede estar diagnosticado de trastorno esquizofrénico, sí, pero en el momento preciso de la acción, comprender perfectamente lo que hace y querer hacer totalmente lo que está realizando, ya que, por ejemplo, puede no encontrarse en un brote del trastorno o de igual forma, no sentirse condicionado por el probable pero todavía ausente deterioro vesánico, y por tanto haber cuantitativamente un grado de imputabilidad. Por el contrario, podemos encontrar un sujeto teóricamente sano, sin antecedentes mentales y jamás diagnosticado de trastorno mental alguno, que de forma idiopática sufre una crisis comicial con foco en el lóbulo temporal llevándolo a cometer un delito en un estado de alteración de la conciencia, situación que podría llevar a inimputabilidad.

Como vemos, junto a la de otras disciplinas, la valoración psiquiátrica por medio del experto peritaje, es cada vez más crucial en esa tarea de cubrir unas necesidades jurídicas penales cada vez más demandadas.

   

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