Jueves, Junio 20, 2019
   
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Trastienda

‘La descontextualización del arte’

Ya he expresado en alguna ocasión mi opinión de que los amantes del arte tenemos la suerte de vivir una época maravillosa. Tenemos la posibilidad de acceder a un ingente catálogo de libros especializados en todas las épocas y estilos, con ediciones más que aceptables y con láminas de un detallismo inimaginable hace apenas unos años.

La información crece en una cantidad proporcionalmente superior a nuesta capacidad de asimilarla, los resultados de las investigaciones, descubrimientos, restauraciones, aparecen ante nosotros en cuestión de segundos como por arte de magia. En internet podemos acceder a lo que queramos cuando queramos. Los museos ya no solo albergan el arte, sino que pugnan día tras días por atraer el mayor número de vistantes. El arte se democratiza y se populariza. Esto, sinceramente, me ha llevado no pocas veces a plantearme si es algo positivo o si por el contrario ha contribuido a una desvirtuación del arte de la que difícilmente nos vamos a recuperar. Pero no es este el asunto del presente artículo en el que he preferido ceñirme a hechos conles.

 

La Virgen de los Reyes Católicos

Se trata de un temple sobre tabla que se fecha entre 1490 – 93. Esta datación ya fue apuntada por el historiador de arte don José Gudiol Ricart en la mítica enciclopedia Ars Hispaniae, basándose en la edad apróximada que mostraban los príncipes. Posteriormente, las modernas técnicas de datación corroboraron su tesis.

La pintura fue encargada para el cuarto real del convento de Santo Tomás de Ávila y actualmente se encuentra en el Museo del Prado. En esta época, el arte español estaba viviendo la transición entre el Gótico, con influencias mudéjares especialmente en la arquitectura, y los novedosos preceptos del arte renacentista que comenzaban a llegar a la península. Este incipiente Renacimiento español lo podemos observar en la simetría y equilibro de la composición o en la preocupación por la perspectiva de la que nos ocuparemos con posterioridad. También es notable la influencia flamenca, cuando no la procedencia del autor, en el detallismo de los brocados de las vestimentas o en la configuración del paisaje que se aprecia tras los vanos del fondo.

En cuanto a la autoría, esta no está clara, incluso podrían haber participado al menos dos autores diferentes como se deduce del estudio de las características del dibujo mediante distintas técnicas, si bien es prácticamente seguro que el pintado fue obra de un solo pincel. ¿Los nombres barajados?; Pedro Berruguete, el Maestro Bartolomé, Maestro de Miraflores, Maestro de Osma, Fernando Gallego, Michel Sittow, Juan de Flandes… Explicar las teorías que hacen atribuible la obra a estos diversos autores, escaparía de nuestro proposito aquí. En cualquier caso, todo parece indicar que se trataría de un autor de primer nivel, pues no solo así lo atestigua la calidad de la obra, sino que solo unos pocos elegidos podían tener acceso a la famila real.

 

‘¡Ya está bien!. Contra el no-Arte Contemporáneo’

No me gusta, habitualmente, meterme en estos jardines porque sé que crean polémica y porque sé que a los catetos hartos de wikipedia les gusta hacerse los ofendidísimos cuando se abordan estas cuestiones para parecer más intelectuales, más chics, más esnobs y demás palabros de los que hasta ellos mismos desconocen su significado. Sus argumentos para defenderse son manidos, sobados, vacíos. Por tanto esos argumentos suelen derivar en el insulto y la ofensa y, francamente, todo eso me da mucha pereza.

Otro de los motivos es no darles más pábulo ni más publicidad a aquellos que es lo único que buscan, para lo único que sirven y lo único que pretenden . Por esta razón no daré aquí nombres de ninguno de estos farsantes (me niego a llamarles artistas). Creo que cualquiera que esté minimamente al tanto de las últimas noticias en el mundo del arte, intuirá rápidamente los casos a los que me refiero. Si no es así, no pasa nada, puede usted seguir leyendo pues he procurado ser suficientemente claro (...).

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'El lenguaje y el arte'

En estos tiempos que corren, ¡y vaya cómo corren!, parece que el entretenerse en buscar las palabras adecuadas es eso, un entretenimiento, cuando no una pérdida de tiempo propia de redichos y pedantes. Una lástima, porque si hay algo que cohesione a una sociedad, y si me apuran a la humanidad, es precisamente la comunicación. Para que la comunicación tenga efecto requerimos de un lenguaje y este, a su vez, se estructura con palabras que tienen un significado. Este significado de las palabras es uno concreto, en ocasiones varios, pero nunca significan (o nunca deberían significar) lo que al emisor de turno le venga en gana, le parezca oportuno, o como suele ser habitual, lo que el crea que significa. Sé que una buena proporción de mis hipotéticos lectores tienen el feo vicio de escribir por placer, así que sé que sabrán entenderme.

Este sitio tiene la pretensión, entre otras, de hablar de una forma más o menos sería y correcta del mundo del arte. ¿Qué les parecería si dijera en él que la Basílica de San Pedro es linda, o qué La Primavera de Botticelli es agraciada, o que el David de Miguel Ángel tiene cierta proporción y simetría? . Por supuesto que no estaría cometiendo ninguna incorrección, pero desde luego no estaría empleando los adjetivos más apropiados a todo lo que representan dichas obras de arte. Bien, estos términos que he empleado en el ejemplo anterior no son casuales, son justamente los que emplea la RAE en su definición del adjetivo bonito: “lindo, agraciado, de cierta proporción y simetría”.

Este es el adjetivo que se empleó en una página web para hacer una especie de encuesta en la que se decidía cuál era la catedral más bonita. Creo que incluso es irrelevante cual fue la vencedora en semejante chorrada. Todos en general, pero especialmente los medios de comunicación, precisamente por ser de comunicación, deberíamos poner un poco más de precisión, solo un poco, en el lenguaje que empleamos. Una catedral puede ser muchas cosas, se puede definir con muchos adjetivos e incluso podemos intentar el titánico esfuerzo intelectual de emplear más de un adjetivo para describirla, pero “¿bonita?”.


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‘Murillo'

‘Si Velázquez no hubiera existido, Murillo habría sido Velázquez’.

Se cumple este año el 400 aniversario del nacimiento de Bartolomé Esteban Murillo. Sirva este motivo, tan bueno como cualquier otro, para recordar desde aquí a uno de los más insignes pintores de la historia.

Pero antes, retomemos la frase con la que he querido encabezar este artículo. Creo que cualquiera que se tome el tiempo de degustar con paciencia la obra de ambos sevillanos entenderá enseguida lo que he querido decir. No es que pretenda, ni por asomo, insinuar un “mejor” o un “peor”, en el mundo del arte, salvo excepciones, semejantes comparaciones son absurdas y vacías. Aquí no se trata de darle patadas a un balón, también llamado pelota, aquí se unen multitud de factores tangibles e intangibles que hacen que el dilucidar si este fue mejor que aquel acabe siendo, incluso de forma inconsciente, una cuestión subjetiva. Sirva como ejemplo el intento del francés Jean – Baptiste de Boyer en Reflexions critiques sur les différentes écoles de peinture, donde enfrentó de forma “imparcial” a 18 pintores italianos y 18 pintores franceses, ¿adivinan quienes ganaron?.

No, Velázquez y Murillo, Murillo y Velázquez, fueron dos enormes genios como probablemente nunca volverá a conocer la humanidad. Si es cierto que Velázquez parece gozar hoy de una mayor fama entre el gran público, pero esto no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que Murillo era, de largo, el pintor español más admirado en Europa, y casi el único al que se conocía (excepción hecha de Ribera que trabajaba en Italia). En el siglo XVIII su éxito fue en aumento, tomándosele incluso como un precursor del rococó, y este status se mantuvo casi hasta finales del siglo XIX, especialmente en Inglaterra. En aquellas fechas, por aquello de los cambios de gustos, tendencias y modas, su labor deja de ser tan admirada y pasa a ser incluso criticada. Se tachan sus pinturas, por parte de algunos, como excesivamente devotas y tiernas. Se ve que a comienzos del siglo XX en pleno auge de la industria y la “maquinización” no estábamos para ternuras, así nos fue.  Pero no se preocupe usted, don Bartolomé, las modas cambian y siempre vuelven y aquí estamos para echarle una mano en lo que precise, ¡faltaría más!

Ahora, sin más, les presento a Bartolomé Esteban Murillo (…)

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