Jueves, Junio 20, 2019
   
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El rincón de la psiquiatría legal

'Hogares complicados y delincuencia juvenil'

Dentro del mundo de la delincuencia juvenil, la psiquiatría, en lo que a su rama clínica se refiere, siempre se ha centrado más en el análisis psicopatológico del delincuente que en los motivos que le llevan a esa conducta o en el estudio de los factores que le perpetúan en la misma, tema más propio de otras disciplinas como pueden ser la criminología, la sociología o la psicología social. En el ámbito de la psiquiatría legal, ya es igualmente primordial la aportación de estas últimas.

Dejando a un lado al delincuente juvenil enfermo, el que desarrolla esa conducta partiendo de un trastorno mental, con base genética o no, o de aquel otro totalmente sano y que cae en la delincuencia de una forma “casual”, formando así los dos polos, sabemos que la delincuencia juvenil viene mayormente representada por la generada en el seno de aquellas familias que adolecen de defectos educativos ya desde su base, que carecen de una adecuada dinámica, estructura u organización y que, junto a otras circunstancias, configuran “hogares complicados” desde bien pronto, donde el maltrato (por lo menos en alguna de sus modalidades) no falta. Ese escenario puede conducir al niño a comportamientos de huida, en parte lógicos, tales como callejear en compañía de otros menores, abandonando por asociación el magisterio de la escuela (física o indirectamente), ese otro lugar que le forma como persona.

Es indiscutible hoy que esa situación produce importantes deficiencias, de cuestionada reversibilidad, en el desarrollo de la personalidad de un sujeto que, por otra parte, señalaré, es un factor independiente a la inteligencia del mismo.

Uno de los grandes cimientos de nuestra estructura mental, ese encofrado que es nuestra “urdimbre afectiva”, haciendo referencia al término de Rof Carballo (1905-1994), queda gravemente dañado. Se sabe que la afectividad reprimida al inicio, principalmente por el conflicto creado con las imágenes parentales, por crecer precisamente con unos padres tan “inadecuados” (como una madre indiferente, despreocupada y con un padre violento) es la que produce esa ambivalencia amor-odio y por tanto, el mal contacto interpersonal tan característico de estos sujetos, que les acompañará indefinidamente.

Con ello no quiero decir que, de forma global, toda la conducta delictiva pueda explicarse sólo atendiendo a esos conflictos inconscientes y a esa desestructuración familiar aderezada con violencia, pero sí, repito, que desde aquí parte en la mayoría de los casos. Además, es evidente la necesidad de que intervengan otros factores ambientales, familiares y/o extrafamiliares, para que se vaya configurando esa puerta de entrada al mundo de la delincuencia. Así, siguiendo con nuestro lance, el asunto se complica enormemente cuando aquéllos salen del entorno familiar y forman un conjunto de personas con semejante problemática (el “ellos se juntan”), ya que el grupo resultante facilita a su vez el fenómeno de la “desindividuación” de cada uno de sus miembros, creando un “poder” del grupo estructurado al que todos quedan sometidos “para lo que haga falta”. Por otro lado, esta fuerza resultante de tal organización, facilita igualmente lo que se conoce como la “holganazería social”, término acuñado por Bibb Latané en 1981 y que aquí aplicado, viene a definir algo que se añade: la minimización del esfuerzo mental en la toma de decisiones personales, también sobre la dirección de su propia vida, que realizan los sujetos que lo componen, quedando ya así totalmente a la deriva.

Por ello, como arriba indiqué, para la psiquiatría legal y más para su vertiente forense, además del estudio psicopatológico del joven delincuente, es de importancia el análisis del medio familiar y social donde se desenvuelve y se ha desenvuelto, tarea que normalmente es competencia conjunta con los psicólogos que forman ya parte de la plantilla de los juzgados. Digo, es de importancia porque el Juez debe estar asesorado de forma lo más precisa posible, ya que, ante la vulneración de la Ley, la sentencia impuesta considerará enormemente ese estudio.

Un término que me llama la atención al respecto es el de “parentectomía”, quizás por la similitud con lo radical y casi siempre efectivo que lleva implícito el acto quirúrgico. El concepto, con fines terapéuticos como así inicialmente lo propuso M. Murray Peshkin (1892-1990), hace referencia a la separación del hijo de uno de los padres, o de los dos, lógicamente con autorización legal y siempre en favor del menor. La eficacia de la parentectomía terapéutica como tal medida ha sido respaldada por diversos estudios en campos de la psiquiatría clínica, donde se sabe que el ambiente familiar pernicioso, aunque en otra dimensión muy distinta, es crucial, como en el de los trastornos de la conducta alimentaria, más concretamente en la anorexia nerviosa, así como en determinados trastornos psicosomáticos, en casos de asma intrínseca, por citar alguno.

La parentectomía, sacada de este contexto estricto como medida terapéutica, se ha usado igualmente para hacer referencia a otras cuestiones, por ejemplo, a la escisión familiar que ocurre tras un divorcio, otro tema controvertido y dicho de paso, profundamente abordado por el psiquiatra americano Frank S. Williams.

Indirectamente, parentectomía terapéutica es en este sentido también la que se produce cuando el Juez de Menores dicta como sentencia una medida como es el sometimiento a la convivencia con otra persona, familia o grupo educativo. La separación del joven de su grupo primario patológico a favor de otro seleccionado y en contra de otra medida como podría ser un internamiento, constituye sin duda una intersección entre la Psiquiatría y el Derecho, disciplinas que cada vez están más destinadas a entenderse.

 

‘Diferentes, pero siempe complementarias’

Como sabemos, la psiquiatría y la psicología son dos ciencias que, en general, abordan todo lo que concierne a distintos aspectos relacionados con la mente. Con el transcurrir del tiempo, ambas han sucumbido irremediablemente a la subespecialización, fenómeno que ha traído consigo la evolución del conocimiento, pero además de tener distintos orígenes, siempre han ido de la mano, traduciéndose este hecho en una práctica complementariedad en las distintas áreas que abarcan, como puede ser la investigación, u otras más cercanas como la clínica o en el terreno jurídico.

La psiquiatría, definitivamente bautizada así por J.C Reil (1759-1813) y la psicología cuyo término se lo debemos a Christian Wolff (1679-1754), abordan también desde una perspectiva clínica distinta los trastornos mentales. Dejando claro que entre ambas no existe rivalidad, para entender la relevancia mayor de una u otra en el abordaje de un trastorno mental, nada mejor que acudir a esa clasificación vieja pero práctica y que tanto me gusta, que divide al trastorno mental en endógeno o en exógeno. El primer término, propuesto por Paul Moebius (1853-1907), queda reservado para cuando el fenómeno surge sorpresivamente desde lo más íntimo de la mente. Con exógeno ya hacemos referencia a todo lo que queda fuera de esa “intimidad mental”, y en el que el cerebro sufre las consecuencias de una causalidad directa, de una causa indirecta por otra noxa corporal (se dice que en ambos casos hay una somatogénesis) o por una causa totalmente externa al cuerpo (aquí se podría hablar de psicogénesis como una acepción del término). Un ejemplo de cuadro endógeno sería un trastorno bipolar, el del producido por un daño directo sería el causado por un tumor cerebral, y el de uno indirecto sería el ocasionado en el cerebro por el aumento de hormona tiroidea debido a un hipertiroidismo. Un ejemplo de trastorno con psicogénesis sería un cuadro ansioso por estrés laboral significativo.

En base a ello, en la práctica podríamos decir algo así como que cuanto más endógeno es un trastorno, más relevante es el papel de la psiquiatría con todo su arsenal de psicofármacos y que cuando hay una causa externa a lo corporal, más es el de la psicología a través de la psicoterapia, término bautizado así por W. Tuke (1732-1822). Pero ambas, ya digo, son siempre complementarias en cualquiera de las situaciones que nos encontremos. Así, en un trastorno endógeno como es también la esquizofrenia, la psicología juega un importante papel ya que, en aquélla, aunque es la más urgente, no toda intervención terapéutica queda limitada al control del brote psicótico con la respectiva medicación; el paciente y sus familiares deben tener además un conocimiento de ese trastorno que irrumpe sus vidas, así como un asesoramiento global, una orientación, un consejo o unas pautas de conducta, por citar algunos. En el polo contrario, en el caso de existir unas causas claramente externas como factor etiológico del trastorno mental, la psiquiatría también puede ser fundamental y cuyo tratamiento con un simple ansiolítico puede ayudar enormemente a ese paciente que sufre por un duelo.

Ya en terreno jurídico o legal, y más concretamente en el forense, en lo que respecta a la función de auxiliar al juez en la toma de decisiones, el asesoramiento en materia psiquiátrica sigue correspondiendo a la figura del médico forense, como así queda reflejado en el Reglamento Orgánico del Cuerpo de Médicos Forenses de 1996, o bien a un psiquiatra asignado por la autoridad para que actúe como perito forense.

Entre sus funciones y dependiendo del ámbito del Derecho a que se aplique (civil, penal, de familia, penitenciario, laboral, etc), cabe nombrar las de determinación concreta de secuelas y daños psíquicos, evaluación de imputabilidad y peligrosidad, internamiento involuntario, discapacidad laboral, etc.

En nuestro país, siendo cada vez más conscientes de esa necesaria dualidad entre la psiquiatría y la psicología, y viendo la carencia que en este medio había de la última, partieron una serie de decisiones de los responsables de la política judicial en el periodo constitucional que han dado como resultado que hoy en día el psicólogo también forme parte de la plantilla de los órganos judiciales, como asesor permanente del Juez. Este proceso de “psicologización de la justicia”, tuvo como claro precursor a Emilio Mira y López (1896-1964), cuyo libro “Manual de Psicología Jurídica” (1932), se convirtió antaño en un texto referente en la materia. Tras la guerra civil y el período de la dictadura, en la década de los años setenta se crea la Escuela de Psicología Jurídica de Barcelona, que vuelve a recoger la necesidad del psicólogo como auxiliar del Juez. Pero fue en 1983, como consecuencia de la creación de los juzgados de familia y de la modificación del Código Civil, y donde se introdujo la posibilidad legal de divorcio, apareció la figura del psicólogo como miembro permanente de la plantilla de estos juzgados. Más tarde, entre 1986 y 1989 se crearon plazas de psicólogos en clínicas de especialidades médico-forenses que, aunque no formaban parte directa de la plantilla de un juzgado concreto, sí contaban entre sus funciones precisamente la de asesorar establemente a los jueces de una demarcación territorial determinada. En 1989 también apareció la figura del psicólogo en la plantilla estable de los juzgados de menores recientemente creados y posteriormente en 1991 ya se creó un nuevo modo de asesoramiento estable del psicólogo al juez al dotarse una plaza de la especialidad a uno de los juzgados de vigilancia penitenciaria de Madrid.

Al igual que comenté arriba, las funciones del psicólogo forense también van a depender del ámbito del Derecho al que se requieran, pero en general son más amplias que las del psiquiatra forense ya que se van a extralimitar más del trastorno mental en sí; así por ejemplo van a estar referidas al estudio del medio familiar en casos de disputa, a la evaluación de medidas de resocialización, al análisis de circunstancias en casos de emancipación de menores, a la evaluación de la personalidad o de la inteligencia y un largo etcétera.

Como vemos, tanto la psiquiatría forense como la psicología forense, aplican los saberes de las respectivas disciplinas ante las preguntas de la Justicia, cooperando juntas en todo momento con la Administración de Justicia, actuando en el tribunal y mejorando en definitiva el ejercicio del Derecho.

 

'Dismorfofobia o complejo de Thersites'

En la actualidad el criterio básico, pero no único, en el diagnóstico de la dismorfofobia o trastorno dismórfico corporal, es que el individuo que lo padece está excesivamente preocupado por una imperfección o un defecto físico supuesto o real, en cuyo caso parece siempre sin importancia para otras personas. Este estigma, aunque no lo parezca, es más de naturaleza moral que física o estética y los que lo padecen llegan a convertirlo en el eje de su vida, llevándolos a crear conductas evitativas y al retraimiento, terminando por producirles siempre un deterioro a nivel físico, social y laboral.

Las preocupaciones se centran en las partes más visibles, sobre todo en la cara (manchas, boca, nariz, orejas, pelo, etc.) pero también en otras partes del cuerpo (mamas, genitales..). De forma muy frecuente pueden ser múltiples.
Suele aparecer casi siempre en la adolescencia y tiende a ser crónico. La prevalencia es igual en ambos sexos. Puede ir acompañado de otros trastornos, siendo el depresivo y el trastorno de personalidad los más frecuentes. En casos extremos puede llegar incluso al suicidio.

Por su clínica, actualmente es un trastorno que se clasifica y estudia en relación con el obsesivo-compulsivo, aunque se considera independiente a él.

Rasgos dismorfofóbicos, sin llegar a diagnosticarse una dismorfofobia propiamente dicha, pueden encontrarse también en sujetos con otros trastornos psiquiátricos como la anorexia nerviosa o la hipocondría (a la que antaño se ligó) pero hay claras diferencias, así en el primero la alteración de la propia imagen corporal, además de alcanzar un matiz distinto, no deja de ser un síntoma más del amplio cuadro clínico y en el caso de la hipocondría, en ésta la preocupación excesiva por el defecto real o supuesto queda justificada, más que por motivo de apariencia, por el miedo a enfermar.   

También hay que distinguir la dismorfofobia de otras situaciones no patológicas como puede ser la simple insatisfacción con la propia imagen, típica y frecuente en muchos adolescentes.

La dismorfofobia fue ampliamente descrita por el psiquiatra italiano Henry Morselli (1852-1929) en 1886, quien la bautizó así y la asoció a conductas obsesivo-compulsivas, como también lo hicieron otros autores como Emil Kraepelin (1856-1926) o Sigmund Freud (1856-1939). En la obra de este último, se hace referencia a la dismorfofobia en el caso del “Hombre de los lobos”, que es, dicho de paso, la obra de la que más se ha escrito en la historia del psicoanálisis. Posteriormente Hermann Stutte (1909-1982) acuñó en 1962 el término de “complejo de Thersites”, con el que también se conoce el trastorno, haciendo referencia al feísimo guerrero mitológico que describe Homero en la iIíada y al que da muerte Aquiles.

Hoy por hoy, la etiología sigue siendo desconocida, aunque hay teorías en el campo de la neurobiología que ligan el trastorno a una alteración de la sensopercepción óptica con base neurológica. Para explicar su génesis también podríamos recurrir una vez más a la ontología, implicando a las “engañosas ventanas de los sentidos” que, como decía Descartes (1596-1650), separan al sujeto (res cogitans) encerrado en el cuerpo (res extensa). Pero si seguimos hablando de filosofía, es la fenomenología la que nos lleva a profundizar en el significado de este trastorno y mejor aún el pensamiento existencialista de Jean-Paul Sartre (1905-1980), basado en su premisa de que el ser humano ha destruido una y otra vez la objetividad de una cosa (que es básicamente igual pese al paso del tiempo), aplicando así constantemente a los objetos significados extraños a ellos hasta el punto que aquél acaba por confundir el objeto real con el significado que le aplica. Así, a modo de ejemplo y ya no referido a lo corporal, decía el filósofo, vemos una maraña de cartón y lino con unos garabatos y lo convertimos automáticamente en un libro. Para Sartre, la mirada del otro siempre termina produciendo alienación, y si lo aplicamos al caso del dismorfofóbico, este fenómeno alcanzaría un grado patológico significativo, viviendo constantemente y de forma más temerosa aún la mirada dirigida y centrada en ese “defecto”, que vulnera una y otra vez su corporalidad, destruyendo en definitiva su tranquilidad y su silencio, exponiendo esa su “insatisfecha intimidad” ante los demás y ante sí mismo.

De ello se deduce que la acción de un médico y más concretamente de un cirujano estético o un dermatólogo (ya que son los profesionales a los que acuden más estos pacientes) que, gracias a su experiencia profesional, intuye estar ante un dismorfofóbico y no ante un paciente con un problema estético más o menos evidente, en vez de prestar toda su atención a tal “defecto” (objeto) planificando la intervención quirúrgica, intenta hábilmente encaminarlo y remitirlo al psiquiatra quien centrará su estudio “buceando” en ese “sentir estigmatizado del paciente”, que es donde reside el verdadero problema. El psiquiatra certificará su conclusión en un documento que remitirá de nuevo al cirujano, quien, aunque tenga firmado el consentimiento informado del paciente, será el que decida ya practicar o no la intervención.

Se sabe que, en definitiva, este procedimiento ha disminuido la frecuencia de querellas por mala praxis o demandas civiles a las que están sometidos profesionales que operan una y otra vez a un singular paciente, que a su vez le exige una precisión más milimétrica en sus resultados y que encima nunca acaba satisfecho. Igualmente, con ello han disminuido otras dos complicaciones frecuentes y que no se pueden pasar por alto, una, los litigios con agresiones físicas a estos médicos y dos, el índice de suicidios de los pacientes graves cada vez más disconformes con los resultados.

También puede precisarse la valoración psiquiátrica por sospecha de dismorfofobia, cuando tras accidentes que dejaron atrás secuelas de cicatrices mínimas y poco apreciables, los pacientes vuelven a solicitar revaloraciones médicas para tratamientos “estéticos” más que para indemnizaciones que, a diferencia de otros cuadros (simuladores o rentistas), siempre quedan en un segundo plano.

A modo de conclusión, recordar que a nivel legal y atendiendo a criterios generales de funcionalidad, la dismorfofobia puede originar situaciones de discapacidad grave, sobre todo psíquica pero también física, y es que realmente el paciente puede acabar “hecho un cromo” de tanto pasar por el quirófano.

   

'La carga humana de ser dueño de mis actos'

“La conciencia habla única y constantemente en la modalidad del silencio”. Martin Heidegger (1889-1976)

La conciencia es la principal de todas las funciones neuro-psíquicas, ya que supone la unidad de encendido energético del cerebro, la luz, siendo por tanto básica para el funcionamiento de las todas las demás (memoria, atención, orientación, etc.).  La conciencia así entendida, tiene su ubicación a nivel centroencefálico, en el tallo cerebral, concretamente en una zona conocida como la Sustancia Reticular Ascendente. Biológicamente tiene una función rítmica, alcanzando un nivel (“nivel de conciencia”) que fisiológicamente fluctúa entre la vigilia y el sueño.

Ese concepto de conciencia es diferente de lo que conocemos como conciencia del Yo, más profundo y siempre enigmático, que requiere previamente la integración de todas las actividades perceptivas (externas e internas), intelectuales y motoras que puede tener un ser vivo. Esta estructura de función de funciones, como dijo el psiquiatra fenomenológico Jean Sutter (1911-1998), requiere más complejidad en un sistema nervioso y permite además que el ser que la posea sepa que es uno concreto y diferente tanto entre los suyos como de su entorno. El término aquí aceptaría igualmente la ese, consciencia, como así compruebo en el diccionario de nuestra Real Academia. Históricamente su sustrato anatómico siempre se atribuyó también al Reticular, pasando posteriormente a postularse su ubicación en la corteza del cerebro (córtex), ya que es la parte más integradora del mismo. En la conocida como Declaración de Cambridge sobre la conciencia (2012), un grupo de destacados y eminentes científicos concluyeron definitivamente que los animales tienen este tipo de conciencia, confirmando lo que ya intuyó Avicena (980-1037) muchos años antes.

Dando un paso más, lo que esta función de funciones tiene de exclusiva en el caso del ser humano es que además le permite captarse a sí mismo (“soy consciente de ser consciente”), el Yo pienso de Descartes (1596-1650), pasando por tanto, de ser una conciencia pre-reflexiva animal a una reflexiva, producto de un grado de organización todavía más complejo que la primera, y que va a propiciar, además de vivir como un uno, profundizar en sí mismo (autoconocerse) y proyectarse hacia afuera, poniéndose más enfrente de su vivir (autodirigirse y autocontrolarse). Esto es lo que fundamentalmente nos hace ser diferentes a otros seres vivos y lo que explica, entre otras cosas, que el hombre se pueda cuestionar temas transcendentes como su origen, el sentido de la vida o incluso la divinidad y la existencia del más allá.

La conciencia reflexiva también tiene su sustrato neuro-anatómico a nivel cortical (en el neo-córtex) y es que no puede ser de otra forma, pues es la zona más evolucionada de nuestro sistema nervioso. Francis Crick (1916-2004), más conocido por recibir el premio Nobel de Medicina en 1962, compartido con James Watson, por el descubrimiento de la estructura del ADN, dedicó los últimos años de su vida profesional, entonces con Cristof Koch, a estudiar algo todavía más difícil como la localización cerebral de la conciencia humana, postulando que la conciencia reflexiva se genera desde la parte posterior de nuestro córtex cerebral, llegando a alcanzar el lóbulo frontal enlazando en su recorrido distintos grupos neuronales de distintas áreas agrupados en forma de nodos. De esta forma, siguiendo el modelo de Crick, podríamos pensar que anomalías existentes en alguna de estas estructuras darían argumento a la alteración de la conciencia “reflexiva” del sujeto que las padece y por tanto justificar su conducta patológica, muchas veces monstruosa, ésa a la que de forma racional nunca le podemos dar explicación.

En condiciones normales la conciencia reflexiva que, repito, sólo es propia del ser humano, amplía constantemente su conocimiento y eso se traduce en más libertad para actuar. Esta libertad es también para toda su existencia, estando, como decía Sartre (1905-1980), “condenados a ser libres”, lo que representa ese doble filo con el que encabezo este artículo: la carga humana de ser dueño de mis actos.

Conscientes por un lado de esta realidad interior y por otro, de la existencia de una norma jurídica entendida ésta como “prescripción dirigida a la ordenación del comportamiento humano prescrita por una autoridad y cuyo incumplimiento puede llevar a una sanción”, no tenemos en principio excusa alguna para proceder a su incumplimiento.

 

'Otros tribunales'

Cada vez conocemos mejor el cerebro, sabemos su anatomía, bastante menos su apasionante fisiología, pero pese a que nos dispongamos a conquistar Marte pronto, el encéfalo sigue siendo hoy un enigma. Uno empieza a plantearse si será cierta la teoría de su propia resistencia a ser descubierto, no sé. La magia endógena del órgano magno, esa de convertir sustancias químicas y señales eléctricas en pensamientos o emociones, es una perpetua incógnita. De él depende toda nuestra conducta y por tanto, también aquellas desviaciones que, en mayor o menor grado, enturbian nuestra convivencia.

Immanuel Kant (1724-1804) fue y es sin duda una de las figuras más importantes de la historia del pensamiento; pocas son las disciplinas que no hayan sido cubiertas por la sombra de su extensa e influyente obra. La psiquiatría, cuyos orígenes igualmente se remontan a la segunda mitad del siglo XVIII, tampoco pudo esquivar desde su nacimiento el legado del ilustrado y padre del idealismo alemán. Elementos como los de su Antropología, todavía tienen reflejo actualmente en el estudio de la psicopatología.

En la vasta obra de Kant se recogen múltiples metáforas, entre ellas quiero hacer referencia a una por cierta relación con esta columna: la metáfora del tribunal de la conciencia, que aparece también en sus Lecciones de Ética, una recolección de cursos dictados por el autor en la Universidad de Königsberg. Su originalidad radica en el modo de cómo la presenta. Básicamente, el tribunal de la conciencia, dice, es un proceso que ocurre en nuestro fuero interno y que somete la propia voluntad ante la razón, que es la que legisla moralmente. Según el autor, este tribunal interior de nuestra conciencia moral se asemeja mucho a un tribunal de justicia ordinario, atreviéndose a definir incluso a cada una de las figuras que intervienen en el mismo. De este modo, nosotros como juzgados, reos o acusados, contamos con un abogado defensor que es nuestro amor propio, que se preocupa por nuestro bienestar, que se atiene estrictamente al criterio de la felicidad individual y que siempre tiende a blindarnos, refutando toda acusación que nos pueda llegar. Luego estaría el fiscal, el encargado de comparar nuestro comportamiento con la ley moral dada por la razón y cuyo castigo implicaría insatisfacción así como propio autodesprecio, y posteriormente, el juez imparcial e investido de poder, a quien nunca podemos darle la espalda y que constituiría la voz de la conciencia; éste nos absuelve o condena por medio de una sentencia que es inapelable. También se atreve con la curiosa figura del legislador o autolegislador, y añade que los contenidos básicos de la moral no son inventados, pues su referencia son los “códigos morales” vigentes tanto en su tiempo como en su sociedad concreta y que el propio sujeto los asume, siempre y cuando sea esa su voluntad. Para el autor prusiano, en definitiva, ser consciente de un tribunal interno dentro del hombre, constituye pues la conciencia moral.

No, Kant no fue el primer filósofo en intentar explicar nuestro comportamiento en función de un “veredicto” interno. Dejando a autores clásicos como Sócrates o a su conocido discípulo y autor de la República, que también, baste recordar a modo de ejemplo, al filósofo renacentista Michel de Montaigne (1533-1592) quien ya comentaba eso de “hemos de haber establecido en nuestro interior un modelo al que remitir nuestras acciones y, según él, acariciarnos o castigarnos”. Tampoco fue Kant el último, le siguieron Rousseau (“en el fondo de todas las almas existe un principio innato de justicia”), Diderot (“si renuncio a mi razón, me quedo sin guía”), más tarde Schopenhauer (discípulo kantiano pero a la vez crítico con toda su dramaturgia jurídica) y así sucesivamente hasta hoy, pasando por Sigmund Freud (1856-1939), quien con su teoría psicoanalítica explica la conducta humana en función de lucha entre unas impulsiones y una autocensura superyoica; otro juicio más, ya digo. 

Volviendo al pensamiento metafórico Kantiano, la ley moral autónoma, la que el sujeto se ha dado a sí mismo, es la que realmente nos hace libres en la medida que podemos elegir entre cumplirla o no, haciéndonos por ello responsables de nuestros actos y ante ello surgir también la culpa.  El concepto de responsabilidad hace referencia además a una categoría eminentemente jurídica, lo que parangona una vez más la realidad, lo que sucede fuera de ese juicio interno. La culpa, en nuestra cultura, casi siempre la asociamos con un concepto religioso de arraigo judeocristiano. 

En definitiva: todos buscamos un dictamen absolutorio del tribunal kantiano de la conciencia moral, ya que su recompensa sería el encontrarse uno en paz consigo mismo, ¿qué más se puede pedir?

Todo lo anterior viene a dar fe de la tremenda complejidad y organización del pensamiento humano, a mucha distancia de lo que supone un acto reflejo, filogénicamente inferior y donde el estímulo se convierte sin más en una respuesta automática, sin ser previamente juzgado. Frente a la adversidad y en la medida en que se pueda, no podemos rendirnos y renunciar a que nuestro gran tribunal se convoque cuantas veces haga falta, evitando en la medida de lo posible conflictos que impliquen a otros personajes y que terminen en veredictos ajenos, dejando así las intervenciones terapéuticas y las instancias jurídicas para cuando realmente se necesiten. A lo mejor así, la Justicia funcionaría mejor.

   

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