Viernes, Agosto 23, 2019
   
Texto

El rincón de la psiquiatría legal

Simulación y disimulación de trastornos mentales

Etimológicamente, simular es representar o hacer creer algo que no es verdad con palabras, gestos o acciones. En el ámbito de la psiquiatría clínica, la simulación no suele aparecer de forma frecuente y cuando lo hace, una vez confirmada, no se diagnostica un trastorno mental sino un problema que puede ser objeto de atención clínica sólo en casos muy concretos. Aunque la simulación puede constituir un comportamiento adaptativo en situaciones extremas (fingir una enfermedad cuando se está cautivo del enemigo en tiempo de guerra), se admite en general, que se trata de una conducta consciente, retorcida y, a veces hasta violenta, que casi siempre oculta, como comportamiento fraudulento, algún tipo de interés forense, ya que la simulación de un trastorno mental siempre se realiza para obtener, a expensas del engaño, un beneficio concreto (ej. una baja laboral o la jubilación), eludir una sanción o multa y en otros casos, perjudicar a un tercero (casos de divorcios, custodia, etc.).

Para muchos autores, la base de la simulación radica en el mimetismo animal empleado para superar situaciones de riesgo, de ahí que los dos cuadros más frecuentemente simulados sean las convulsiones y la inhibición o rigidez motora, ambas reacciones biológicamente preformadas para, respectivamente, huir (tempestad de movimientos) o para pasar desapercibido (inmovilidad) frente a un perseguidor. Aunque hay referencias antiguas sobre la simulación de enfermedades físicas ya en la obra de Hipócrates y en la de Galeno (Tratado sobre enfermedades simuladas), se atribuye a Juan Bautista Silvaticus (1595) hablar por primera vez de simulación de enfermedades mentales y posteriormente a Ambrosio Tardieu como el primer autor que profundiza sobre ello en su Estudio médico-legal de la locura (1872), siendo un texto descriptivo de referencia todavía en la actualidad.

La simulación mental, aunque pueda parecer lo contrario, es difícil que pase desapercibida a un profesional, y más con experiencia, porque siempre se emula lo que atribuimos vulgarmente a un “loco”, imitando más o menos superficialmente (y hasta puerilmente) conductas o síntomas aislados, no así la sintomatología clínica completa del trastorno. Así, con entrenamiento se puede llegar a simular una crisis convulsiva epiléptica pero muy difícilmente otras connotaciones clínicas típicas del enfermo epiléptico, ahí lo pillamos; lo mismo pasa con otras enfermedades mentales como depresiones (todo no es llorar y poner mala cara), trastornos delirantes (fijándonos en la indiferencia con que cuenta su relato), etc. Volviendo a la epilepsia, señalar que ha sido precisamente su simulación, uno de los cuadros mentales producidos con más frecuencia de forma artificial a lo largo de la historia, baste señalar la corriente observación de médicos napoleónicos en soldados del frente de batalla con el fin de ser apartados de éste, y es uno de los que más se siguen simulando en determinados contextos. Yo particularmente es, en pacientes detenidos en las dependencias policiales y junto a la simulación del síndrome de abstinencia opiácea, lo que más observo entre los toxicómanos con el fin de abandonar el calabozo y llegar al hospital donde “confirmen” su enfermedad, siempre para conseguir algo directa o indirectamente: un beneficio legal, para abandonar momentáneamente su claustro, etc. También diré que a nivel ambulatorio, la simulación de la Depresión es lo que puedo ver con más frecuencia y casi siempre es para obtener una baja laboral.

Con respecto a la Disimulación, decir que es el reverso de la medalla de todo lo arriba expuesto. Disimular, en el diccionario, es ocultar con astucia o habilidad lo que se siente o se padece. La disimulación en medicina es una actitud consciente, también con el fin de obtener un concreto beneficio, de ocultar síntomas o enfermedades físicas  así como, lo que nos atañe a nosotros en esta sección, trastornos mentales. Estadísticamente son cuatro los cuadros que más suelen ocultarse, esto es, la paranoia, la depresión, la drogodependencia y los trastornos sexuales. Así, es de relativa frecuencia el que un depresivo grave disimule que ya no tiene ideas de suicidio con el fin de que le den el alta hospitalaria y llevar a cabo su liberador acto autolítico; otro ejemplo podría ser el toxicómano al que, en su lugar de trabajo, descubren un signo de pinchazo sobre la fosa del codo y él lo atribuye a una picadura de insecto con la finalidad clara de no perder el empleo.

El estudio de la simulación y de la disimulación, además de tener su pilar básico en la experiencia del explorador y en la observación clínica integral del falso paciente o del paciente real, con el respectivo contraste de la entidad nosológica que se quiere calcar u obviar, conlleva el estudio concreto de rasgos de personalidad como la sinceridad (recordar que sinceridad viene de sin cera, sin máscara), el grado de franqueza y la honestidad del paciente. Las técnicas para detectar mentiras, abarcan las del estudio del contenido del lenguaje, la observación de la conducta no verbal, y la utilización complementaria de test psicométricos, cada vez más estudiados. A nivel forense los que siempre se han aconsejado y empleado han sido el Test proyectivo de asociación de palabras de Jung, el Test de Apercepción Temática de Murray, el Test de Rorschach, el Inventario de Minnesota, el SIRS-2, la Gough Dissimulation Scale, etc.; hay otros muchos en fase de investigación. La continua formación de los profesionales en las herramientas de evaluación de la simulación y  disimulación así como su aplicación médico-legal, es transcendental en pro de la tarea principal cuando se actúa de perito, que es el útil auxilio de la justicia.

Al margen, comentar que también se dispone de otras pruebas complementarias centradas en respuestas fisiológicas como es el uso del polígrafo; éste por cuestiones de legalidad no está previsto ni recogido en nuestro ámbito jurídico, aunque sí en los de otros países.

 

Nociones sobre la figura de ‘el camello’

Estudiar el mundo de la drogodependencia quedaría indudablemente incompleto si dejásemos a un lado el abordaje de la figura del camello, personaje eslabón, utilizado y fácilmente manipulado por los verdaderos jefes de este gran y sucio negocio, que los colocan como escudo protector para ocultarse de la justicia.

Al parecer, el origen de la palabra camello para designar a las personas a las que me voy a referir, data allá por los años veinte y ese giboso concepto hacía referencia a dónde entonces les daba por ocultar la droga en el cuerpo. El término fue oficialmente introducido ya en la vigésimo primera edición del diccionario de la RAE, en una de sus acepciones, como persona que vende drogas tóxicas al por menor. No estando muy de acuerdo con nuestra ilustre academia, pienso que es más precisa la definición a título personal que hace Francisco Umbral (1932-2007), gran prosista, en su Diccionario cheli: “dícese del traficante de droga al detall”. Sí, traficar es más propio del camello que vender.

La figura del camello abarca fundamentalmente el transporte y la distribución de la droga. En ese móvil económico, también se esconden ciertas características psicopatológicas en esos sujetos que son las que despiertan tal irracional motivación, si no, raramente podríamos explicarnos que alguien se prestara a una tarea que hasta puede comprometer su vida por, a modo de ejemplo, la muerte debida a sobredosis debida a rotura de la mercancía portada en el interior del cuerpo. Sólo rasgos como la inmadurez de su personalidad, la falta de poder evaluar realmente la trascendencia de sus actos o eso, el dar poco valor a su vida, pueden justificar también que sean el blanco más fácil de toda la cadena que supone el negocio de la droga. Concluyendo, es raro encontrar un camello sin alteraciones psicopatológicas, muy raro.

García Andrade (1928-2013), con el que tuve la suerte hace años de tener alguna comunicación epistolar, es sin duda en España, el psiquiatra forense que más ha ahondado en el estudio de estos peculiares sujetos. Si nos referimos al criterio de la edad, es más frecuente encontrar camellos muy jóvenes, incluso menores, o lo contrario, sujetos de edad avanzada, todo ello debido precisamente a ser personas que levantan menos sospechas policiales y judiciales; quizás por eso mismo, entre los camellos detenidos, que por mi trabajo veo a montones, abundan más los de mediana edad.

Por lo general, entre ellos, se distinguen tres grupos: los camellos ambulantes o callejeros, los camellos que actúan bajo el influjo de conflictos existenciales y por último, los camellos insuficientes o deteriorados.

Los camellos ambulantes o callejeros, son los más frecuentes, siendo sobre todo el trastorno de personalidad que sufren, lo que les lleva a traficar; de estos camellos, un porcentaje menor (diría que los más débiles por no decir otra cosa) también son consumidores, juntándose pues en éstos ambos trastornos, lo que se conoce en psiquiatría como una patología dual. En este grupo de traficantes destaca de forma significativa la pobreza de sus motivaciones o incluso su monomotivación: el mundo de la droga; y ello mezclado con algunas características psicopatológicas como pueden ser la inestabilidad emocional, la escasa capacidad para la autocrítica o de proyección de futuro. En los antecedentes biográficos de estos sujetos, destacan repetidos fracasos escolares, familiares y laborales, así como conducta sexual temprana y promiscua.

Los camellos que actúan bajo el influjo de conflictos existenciales, ven en el entorno siempre una amenaza y por ello actúan frente a él con la violencia, usando también el tráfico como un acto de agresividad y protesta. En este grupo, más que diagnosticar trastornos mentales concretos, encontramos principios, vivencias o rasgos aislados pero extremos de su personalidad que pueden explicar ese “disgusto” con su entorno.

El tercero y último de los grupos, conocido como el de camellos insuficientes o deteriorados, está integrado por sujetos con trastornos psiquiátricos que cursan con disminución de la capacidad intelectual y de la capacidad de juicio (por no haberlos alcanzado nunca o por haberlos perdido); todo ello mezclado con la pérdida de control de los impulsos, desinhibición, les hace también actuar con un especial desprecio por las normas sociales. Como es lógico, los trastornos que cuentan los incluidos en este grupo, son trastornos leves o moderados, lo que les permite pasar por sujetos aparentemente normales, por lo menos en las fases iniciales en lo referente al deterioro.

En este último grupo y en el anterior, también abundan las personas jóvenes del sexo femenino, digamos las camellas, con perdón de Umbral, ya que sugirió buscar otro término alegando que “el camello, por definición, es masculino”.

El tráfico de drogas está abordado en nuestro Código Penal, dentro de los Delitos contra la salud pública y más concretamente en el grupo de Delitos relacionados con drogas, sustancias psicotrópicas y/o estupefacientes (art. 368 á 378), donde se establece que “serán castigados con las penas de prisión de tres a seis años y multa al del triplo del valor de la droga al objeto del delito si se tratare de sustancias o productos que causen gran daño a la salud, y de prisión de uno a tres años y multa del tanto al duplo en los demás casos”. El art. 369 impone más pena aún en otros casos añadidos como pueden ser cuando el culpable actúe en otras actividades organizadas o la sustancia en cuestión haya sido adulterada, manipulada o mezclada, suponiendo un aumento del posible daño para la salud. También se consideran como agravantes determinadas circunstancias como la pertenencia a banda delictiva o la reincidencia tras condena previa (aun habiendo sido en el extranjero), elevando así más la pena de prisión y multa.

En el otro sentido, la parte especial de nuestro Código Penal, incluye circunstancias modificatorias de responsabilidad penal, contemplando como atenuante los caos de arrepentimiento activo por parte de estas personas acusadas de tráfico, de los camellos, resultando la pena en uno o dos grados inferior a la que le corresponda. En esos casos debe haber una serie de requisitos que configuren una conducta post facto de cooperación eficaz que incluya la colaboración con la justicia, no bastando pues sólo con una situación de arrepentimiento subjetivo. Quizás sean los camellos que actúan bajo el influjo de conflictos existenciales, los incluidos en el segundo de los grupos nombrados, los que más se beneficien de este tipo de atenuantes.

 

El delincuente por conflicto

Sabemos que un delito no puede atribuirse siempre a un delincuente habitual, a una persona potencialmente peligrosa por violenta o por estar diagnosticada de un grave trastorno mental, a un toxicómano o a un psicópata. Para llegar al delito, basta teóricamente un fracaso de la fuerza inhibitoria de nuestra corteza cerebral frente al ímpetu de aquello que se siente, quiere o persigue, aun siendo plenamente conscientes de su ilegalidad. La debilidad humana, en estos casos, puede jugar una mala pasada y así cruzar un umbral muy, pero que muy peligroso, pudiendo aparecer así también el delito secundario a un conflicto. En la práctica, claro, esto no es tan fácil que ocurra, lo que no quita que en la valoración del hecho delictivo, siempre haya que considerar el factor vulnerabilidad personal.

Por intensidad, cada uno de nuestros rasgos de personalidad configuran un continium, de forma que es difícil definir un patrón típico único de aquellos sujetos más vulnerables a delinquir sometidos en una intensa situación de estrés determinada (delincuente por conflicto), pero no por ello vamos a ignorar muchos estudios descriptivos que dicen sí hay un perfil al respecto. El delincuente por conflicto es en primer lugar, un sujeto que carece de antecedentes penales, o éstos han sido de escasa entidad o relevancia. El delito en estos sujetos suele ser el primero y el único (esta es una característica principal), sirviéndoles como experiencia liberadora de sus tensiones y represiones, ante las que había creado esa situación de conflicto. En sus antecedentes familiares no tienen por qué haber personas trastornadas y entre sus antecedentes personales, no se recoge psicopatología que pudiera hablar de un trastorno mental anterior; sí podemos perfilar algunas características de su personalidad (que no llegan a configurar un Trastorno de personalidad concreto), como es un destacado egocentrismo, con inflación del Yo y acusado narcisismo que precisamente le impide valorar o acercarse al punto de vista del Otro. También encontramos que hay inmadurez en su personalidad, con dificultad de renunciar a las propias satisfacciones y a hacer una correcta crítica del futuro. Cuentan con significativo grado de impulsividad incontrolada (sin que tampoco cumplan criterios de un Trastorno del control de los impulsos), que es precisamente como comenté arriba, la que permite el paso a la acción, responsable de esa transformación del delincuente en potencia o reservado a ese delincuente activo. Se admite que la influencia de las perturbaciones afectivas y los estado emotivos o pasionales más o menos intensos puedan transformarse en incontrolables impulsos que les impidan manejar la situación, esto último podría explicar por ejemplo, una agresión mortal al cónyuge sin existencia de maltrato o violencia anterior, esto es, sin evidencia previa de violencia doméstica o violencia de género. Su conducta en general, que pudo ser intachable, no despertó para nada la sospecha entre los suyos, vecinos u otros menos allegados, que quedan anonadados e impresionados una vez conocido el hecho delictivo atribuido a aquél (“era muy normal”, “era un tipo muy correcto”); esto lo vemos con frecuencia en las noticias y muchos son esto: delitos por conflicto.

Estos delincuentes, una vez liberados de sus conflictos a través, en ese caso anterior, del crimen, superando la ansiedad que se había hecho insoportable, aparentan normalidad física en el calabozo policial antes de pasar a disposición judicial, aspecto muy distinto al del delincuente habitual, y su estancia penitenciaria suele discurrir sin problemas, adaptándose a las normativas y colaborando con los funcionarios del centro penitenciario, al contrario, por ejemplo, de los psicópatas que se muestran constantemente exigentes y sin contemplar consecuencias. La fácil reinserción social del delincuente por conflicto es otro aspecto a destacar.

La interpretación psicodinámica de los hechos, siempre ayuda a la comprensibilidad, sin que para nada suponga la inimputabilidad de esos sujetos, que terminan cargando con sus penas porque, aunque perdieron el control, sabían en todo momento lo que hacían y a lo que les llevaría. Hay casos extremos en los que se ha reconocido que el estado emocional lo suficientemente violento provocó una alteración de la conciencia lo bastante profunda, alterando el juicio y la voluntad, colocando al sujeto en un estado de inimputabilidad, pero reconociendo ya el trastorno mental de por medio. En el delincuente por conflicto, su delito tiene cierto carácter de comprensibilidad, aunque lo que realmente no se entienda sea la desproporción de su respuesta, y ahondar en su estudio es siempre positivo por el alto valor preventivo y de investigación que supone la búsqueda de una motivación más o menos consciente del acto delictivo.

   

‘El pirómano y la Ley’

A modo de introducción, diré que el fuego ha tenido un carácter sacro para el hombre ya desde tiempos remotos, siendo símbolo de la energía y fuerza creadora; para nuestros antepasados, tener poder siempre llevó implícito hacer frente al fuego y tener control sobre él. Parménides lo consideró, junto a la tierra, el aire y el agua, como elemento origen de todas las cosas. Por otro lado, prender fuego también se ha usado desde tiempos remotos como medio de defensa y como arma.

Hay casos de sujetos que presentan conductas incendiarias puntuales por respuestas a móviles universales como pueden ser la venganza, el enfado, la ira, u otros; estas situaciones dan lugar a noticias que oímos con relativa frecuencia, donde, por ejemplo, una persona prende fuego a un arbolado con el fin de poder obtener maliciosamente un fin, como puede ser la recalificación de un terreno. En estos casos se usa precisamente el fuego por su poder devastador, pero no existe realmente ese factor primordial al que quiero hacer referencia: el intenso, hasta enfermizo, atractivo por él. Ésta última sí es una característica común de los tres perfiles que voy a definir: el pirofílico, el incendiario y el pirómano. El pirofílico es aquel sujeto que siente todo lo relacionado con el fuego como una atracción realmente placentera, le gusta contemplar maravillado las hogueras, o ser espectador disfrutando de grandes incendios, en casa se chifla por encender la chimenea y todo el ritual que supone manejarla, etc.; ello es una tendencia, pero aisladamente suele quedar en nada más. El incendiario es la persona que, experimentando también fascinación por el fuego, ya lo usa como instrumento nocivo o arma de preferencia y prende fuego con un objetivo concreto siendo siempre consciente de su motivación, por muy estúpida que nos pueda parecer ésta; el incendiario puede o no tener un trastorno psiquiátrico asociado, siendo esta asociación la que, como veremos más adelante, podrá repercutir en la valoración de su imputabilidad.  Por último está el pirómano, término en el que erróneamente metemos a todos las personas que provocan un incendio, y que se caracteriza porque el sujeto cuenta con un mecanismo de producción inconsciente que desemboca en el impulso irrefrenable a incendiar, a observar sus efectos, e incluso a ayudar a extinguirlo (aunque resulte paradójico es frecuente encontrar al pirómano entre las personas trabajan en su extinción); realmente no existen móviles ni hay otros intereses.

La piromanía fue descrita por primera vez en 1833 con el nombre de monomanía incendiaria (término desechado en la actualidad) y se incluye ahora en los trastornos del control de los impulsos. Se acepta que, si seguimos el DSM-5, para diagnosticar la piromanía se deben cumplir unos criterios diagnósticos establecidos, estos son, que la provocación de incendios de forma deliberada e intencionada sea patente en más de una ocasión, que haya tensión o excitación afectiva antes de hacerlo, que el sujeto presente fascinación, interés, curiosidad o atracción por el fuego y todo su contexto, y por último, que el individuo obtenga placer, gratificación o alivio al provocar el incendio o a presenciarlo o a participar en sus consecuencias. El sujeto, vuelvo a repetir, se va a mover dentro del espectro: sensación de angustia previa al incendio, alivio una vez producido el fuego y el placer colaborando en su extinción (como curiosidad, añadir que los psicoanalistas hablan de la manguera como prolongación del pene infantil).
Los pirómanos suelen ser hombres, frecuentemente con malas habilidades sociales y con problemas de aprendizaje. La piromanía como diagnóstico primario (sin más) es rara, apareciendo más bien asociada a otros trastornos comórbidos como pueden ser el trastorno de la personalidad antisocial, el trastorno por consumo de sustancias, el trastorno bipolar y la ludopatía; recuerdo que también aquí, la coexistencia de trastornos asociados, va a poder además influir para la imputabilidad.

En general, y también en el ámbito jurídico-forense, hay unanimidad en admitir que “quien sufre piromanía debe ser considerado como peligroso y difícilmente tratable”. La tensión interior, vivida de forma irresistible, lleva a la realización del acto pirómano de forma imperiosa y el sujeto, que nunca pierde el conocimiento de lo que hace, actúa, eso sí, de forma irreflexiva, no totalmente meditada y sin importar los resultados finales que vaya a provocar, siempre que ello calme de forma inmediata su intensa ansiedad. Es en todas estas cuestiones donde radica precisamente la valoración de la imputabilidad; el problema es que, como sabemos, el grado de ansiedad que impulsa a la persona a realizar ese acto de forma imparable y sin atenerse a sus graves consecuencias, es objetivamente muy difícil de evaluar de cara a enjuiciar un delito de incendio.

En general, no son muy numerosas las sentencias jurisprudenciales relacionadas con la piromanía que, también dependiendo de la comorbilidad, suelen implicar la aplicación de atenuante muy cualificada, por disminución intensa de su capacidad volitiva, o la atenuación analógica, por una leve afección de la voluntad, pero apenas la eximente completa por no comprender la ilicitud del hecho o actuar conforme a esa comprensión. Añadir que, en algunas STS u otras de Jurisprudencia menor leo que se recogen, y con relativa frecuencia, los casos de rebaja de condena por el atenuante de colaboración con la justicia, lo que habla además del sentimiento y reconocimiento del trastorno por parte del paciente.

 

Ludopatía e implicaciones legales

Según conocemos, el juego tiene una base biológica preformada y constituye una parte muy importante en el desarrollo de la personalidad de los individuos. Se sabe, por medio de distintos estudios, que sin la existencia del juego en la infancia, el hombre no completaría el proceso de socialización en su entorno; jugar significa aceptar unas reglas y todo lo que ello conlleva, además de liberar represiones o canalizar, por medio de la fantasía, las frustraciones. Ya luego, con el proceso del crecimiento, el hombre va relegando el juego a sus momentos de ocio, pudiendo manifestarse la ludofilia, entendiendo ésta en su acepción de tendencia a obtener un contentamiento no dependiente del juego que le hace vagar durante un tiempo no prolongado, de la fatiga diaria de la vida.

En contraste a todo lo anterior, la ludopatía es ese impulso morboso, ese juego patológico (términos equivalentes) que transforma el ocio, cuando no es bien conducido, a su propia patología, por lo que, como dicen algunos autores, se puede entender la ludopatía como la patología del ocio. Se dice que el jugador patológico, siente el impulso lúdico con pérdida de control, con una ruina soportada con irracional optimismo, autopenalizaciones y con situaciones de abstinencia en las que hace su aparición la angustia.

Se encuentran afinidades entre la ludopatía y las toxicomanías, de hecho, antes se clasificaba el juego patológico dentro de los Trastornos del control de los impulsos, pero ahora, con el moderno manual DSM-5, ya se incluye dentro del apartado de los Trastornos relacionados con sustancias y trastornos adictivos. Siguiendo con la comparación, aunque las dos cuenten con la pérdida de libertad que le supone al sujeto que padece una u otra, hay una diferencia fundamental en este sentido y es que el toxicómano con una nueva dosis tiene suficiente (al menos de momento) pero en cambio, el ludópata prolonga su conducta, pues puede pasarse horas y horas jugando sin que ello ponga fin a su “abstinencia”.

En base a la estadística, el juego patológico es siempre más frecuente en el varón, aunque también se sabe que en la mujer la incidencia aumenta con la edad; en los varones jóvenes afectados hay una clara preferencia por los juegos de apuestas, en los mayores hay más inclinación por las máquinas tragaperras y el bingo.

Se acepta que las alteraciones impulsivas también son las que favorecen la frecuente asociación entre ludopatía y alcohol, y muchas veces sale el debate de cuál fue el problema inicial, e incluso metiendo a la Depresión en un círculo vicioso de permanente interacción: ludopatía-alcohol-depresión; por cierto, también se ha constatado que los trastornos depresivos están más relacionados en casos de mujeres con juego patológico.

Todo el conjunto de lamentaciones, broncas o reproches, externamente recibidas o autoproducidas por el propio paciente, le pueden llevar a sumergirse en el mundo de la angustia, que es la generadora en muchas ocasiones del delito, pudiendo distinguir aquí los delitos cometidos en el juego y los delitos cometidos por el juego; en los primeros destacan las falsificaciones o los hurtos y entre los segundos, más frecuentes y graves, todo un gran abanico como pueden ser venta de joyas, de propiedades patrimoniales, malversaciones, robos, grandes endeudamientos, incumplimientos de obligaciones fiscales, etc. Todo lo anterior se puede complicar aún más con situaciones de separación matrimonial y divorcio por abandono familiar o incluso pérdida de puesto de trabajo por despido. Al final puede hacerse evidente un gran deterioro general en el paciente.

En cuanto a aspectos legales, el hecho de que una persona esté diagnosticada de juego patológico, no conduce automáticamente a una disminución de la imputabilidad, sino que, a tenor de las exigencias actuales del art. 20.1º. del Código Penal, ésta estará en función de los efectos y de la intensidad que se alcancen en ese momento determinado respecto a sus repercusiones sobre las facultades psíquicas del individuo; aunque el sujeto reconoce y comprende la ilegalidad del hecho, la intensidad de la ansiedad es mayor que los frenos inhibitorios cognitivos, traduciéndose en irresistibilidad que es lo que conduce al hecho delictivo. Además, hay que considerar otros dos factores, uno, la existencia de relación de causalidad entre ese irrefrenable impulso y el acto ilegal concreto cometido, y otro, la coexistencia en el paciente de otros trastornos psíquicos como el alcoholismo arriba nombrado, toxicomanía, depresión, trastornos de personalidad, debilidad mental, etc. Repasando algunas de las numerosas STS, se puede concluir que, cuando la ludopatía es leve, y en consecuencia fácilmente controlable, no debe producirse efecto alguno sobre la responsabilidad penal, pues el Legislador ha establecido claramente en el art. 21. 2º que las adicciones o dependencias que no sean graves no constituyen causa de atenuación; sólo en supuestos de excepcional gravedad puede llegar a plantearse la eventual apreciación de una eximente, completa o incompleta, siempre que pericialmente se acredite y fuera de toda duda, una anulación absoluta o casi absoluta de la capacidad de raciocinio o voluntad del acusado respecto a esa acción temporalmente inmediatamente producida.

Por otra parte, ya en el ámbito civil, cabe la posibilidad de plantear la declaración de incapacidad civil o, al menos parcialmente, la curatela, por prodigalidad, para evitar que con la conducta producida se originen pérdidas patrimoniales, tanto para él como para la familia, y que se pueda implicar en compromisos o negocios ruinosos.

El tratamiento de los pacientes diagnosticados de juego patológico, es similar al de otras adicciones: psicofármacos, sobre todo antidepresivos, siendo preferentes los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS) y psicoterapia, siendo en general la grupal (existen asociaciones como Jugadores Anónimos) más efectiva que la individual.

   

Pág. 7 de 9

 

 

Prohibida la publicación de fotografías de este diario digital con la marca 'CYA' en cualquier publicación o en Internet sin autorización.

 

 

Login Form

Este sitio utiliza cookies de Google y otros buscadores para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y analizar las visitas en la web. Google recibe información sobre tus visitas a esta página. Si visitas esta web, se sobreentiende que aceptas el uso de cookies. Para mas informacion visite nuestra politica de privacidad.

Comprendo las condiciones.

EU Cookie Directive Module Information