Martes, Noviembre 12, 2019
   
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No sin mi Virgen

Corría el mes de abril del año 1936 y aún faltaban tres meses para que se sublevasen las tropas nacionales en el norte de África. Ya se podían apreciar los primeros almendros en flor por el Campo de Cartagena y los árboles empezaban a lucir sus verdes hojas caducifolias perdidas durante el frío y húmedo invierno. Pero todo este colorido primaveral fue ensombrecido una vez más por la miseria humana.

Tras aquellas fatídicas y polémicas elecciones de Febrero de 1936, los izquierdistas quisieron apoderarse de lo que no era suyo, del sentimiento de un pueblo. En contra del sentir cartagenero y de la tradición de toda una ciudad más que milenaria, los miembros del Frente Popular no permitieron que las cofradías más significativas de la ciudad saliesen a la calle como siempre lo habían hecho. La excusa: evitar que se produjesen altercados entre los elementos políticos de la población. ¡Qué irónico! Los mismos que antes presumían de libertad, de comprensión y de paz, ahora alentaban la censura, la irracionalidad y la exclusión.

¿Es que aún no se habían percatado de que en Semana Santa nunca hubo ricos ni pobres, ni derechistas ni izquierdistas, ni oriundos ni forasteros? Simplemente había personas. Todos acudían a la llamada y dejaban las diferencias a un lado. En aquellos convulsos días, no sólo se prohibió o se adoptaron infinidad de trabas a la confesión católica predominante, sino que los partidos laicos aumentaron la crispación con sus declaraciones, protestas y manifestaciones. Fue una verdadera pena, pero así sucedió; Cartagena se quedó sin sus procesiones, ante la pasividad de sus habitantes y la incredulidad de los fervientes.

Llegó el Jueves Santo, día del silencio, momento de máximo respeto de todo el año litúrgico; silencio que fue lamentablemente quebrantado por un numeroso grupo de radicales llenos de odio, revancha, desesperación e impunidad manifiesta. Esta turba, enarbolando banderas rojas de forma despótica y hostigante y alzando fuertemente el puño izquierdo, lanzaron “urras” al comunismo y cantaron la internacional ante la confusa mirada de mujeres, hombres y niños. La turbamulta apareció por la zona Sur de la calle Mayor, la arteria principal de la ciudad, donde el sentimiento procesionista despertaba mayor fervor. Bruscamente violaron un silencio que no les correspondía, desafiando a Dios y a sus feligreses con insultos y desprecios. Un hecho sin precedentes oscureció la paz y la tranquilidad vivida hasta entonces. En cuestión de segundos una riña sangrienta explotó entre los increpadores y los que defendían la libertad religiosa. Salieron volando platos, vasos, mesas y todo lo que la gente se encontraba a su alrededor. Los ruidos de los cristales se entremezclaban con los gritos de súplica y pavor. Afortunadamente no murió nadie, pero si hubieron bastantes heridos y muchos sueños rotos.

Pero la provocadora multitud no quedó satisfecha y decidió ir a la iglesia de Santo Domingo donde se encontraba el Santísimo. Estaban dispuestos a entrar y acabar con todo. Pero para su sorpresa, allí se encontraba un valiente Teniente de Navío que no tenía ninguna intención de dejarlos pasar. El oficial, digno de su cargo, no se lo pensó dos veces y desenfundando con autoridad su pistola del nueve exclamó:

- ¡Ya pueden entrar!

El silencio por fin se volvió a recuperar. Ninguno, de los casi trescientos increpadores, tuvo coraje para luchar contra el heroico salvador y no tuvieron más opciones que marcharse. Hasta ese fatídico Jueves, muchos cartageneros no se percataron de cuales eran las verdaderas intenciones de los marxistas pero, tras los encontronazos sufridos, ya no había lugar a dudas. La sin razón se había convertido en conspiración contra lo humano y lo divino.

Desgraciadamente, ahora se cumplen 75 años de aquellos trágicos acontecimientos y parece que Cartagena lo haya olvidado o cuando poco silenciado. Amigos semanasanteros - como a mi me gusta llamarles -, no se equivoquen y menos aún sean hipócritas, que hoy salgan las procesiones con auténtica normalidad es consecuencia directa del esfuerzo de personas como aquel valiente Teniente. Esperemos que los primeros sucesos que se han producido en la Universidad Complutense de Madrid o en Murcia, con el Cristo de Monteagudo, sean meros hechos aislados y no el inicio de lo que se avecina. Si algo le pediré este Lunes Santo a la Virgen de la Piedad, cuando la lleve en mis hombros, será que siempre puedan verla por las calles de ésta nuestra ciudad.

 

 

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