Viernes, Mayo 26, 2017
   
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A la sombra de la Catedral

Se cumple este mes de julio el ochenta aniversario del final de un proceso que duró siglos. Tan solo hizo falta una semana de sinsentido y locura, y cuatro idiotas venidos de fuera que junto a otros cuatro de aquí -la estupidez no es necesaria ir a buscarla fuera- y además de estos, unos cuantos “viva la Virgen” que los acompañaban, para que lograran sin saberlo, lo que su más odiado “enemigo” llevaba siglos intentando.

El gobierno municipal había puesto carteles para hacer ver que lo que allí había, era patrimonio de todos, e intentó que se supiera apreciar. Esto había funcionado antes, pero aquel día la ciudad estaba llena de gentes venidas de todas partes de la región, el día anterior una multitud había asistido al entierro del primer miliciano muerto en esta locura, que acababa de llegar a las vidas de los españoles para quedarse.

Aquel 25 de julio de 1936 ardieron casi todos los altares de la ciudad con toda la historia que atesoraban, ante una población en estado de shock. Pero no todos permanecieron quietos, ni todo se perdió. La basílica de la Caridad resistió el cerco de los energúmenos gracias al arrojo y la determinación del concejal de izquierdas Miguel Céspedes, que con la inapreciable ayuda de un grupo de damas de la noche del Molinete repelió la agresión.

Otro caso de lucidez lo tenemos en las juventudes comunistas, que sabiendo el destino que le esperaba a nuestra Catedral, ayudaron al cronista de la ciudad, Federico Casal, a poner a salvo las tallas de los Cuatro Santos de Salzillo y a la Virgen del Rosell.

Minutos más tarde la chusma pisoteaba y destruía parte de nuestra historia. Sin embargo no fue esta la causa de la ruina del templo, ni las bombas alemanas que meses después acabaron con su techumbre y algún muro, ni tan siquiera que estuviera desde entonces dejada de la mano de Dios y de su representante en esta tierra, o lo que es aún peor, que estuviera durante años en manos de diferentes ayuntamientos que lejos de cuidar o mantener, se dedicaron a expoliar.

Resulta sorprendente ver fotos del estado de la Catedral al acabar la guerra y compararlas con una de nuestros días. La devastación es casi total.

Pero con todo, la destrucción de nuestra Catedral, la de Santa María la Mayor lleva siglos fraguándose, desde aquel lejano año de 1291en que el tercer obispo de la restaurada diócesis de Cartagena, la más antigua de España, encuentra la excusa de la inseguridad de Cartagena frente a taques de piratas, para establecerse en otra ciudad, y con él, todo el poder y privilegios que correspondían a una sede episcopal ¡que no eran pocos¡ tantos que un pequeño pueblo podía convertirse en una gran ciudad a la sombra de la mitra de su obispo.

Justificada la marcha del obispo con argumentos peregrinos e incluso con bulas papales falsas y hasta algún asesinato, faltaba un detalle: borrar del mapa la catedral de Santa María la Mayor, la Catedral de la diócesis, lugar donde Roma establece la residencia de su obispo,

Se trabajó con entusiasmo en esta tarea, construyendo nuevos edificios en la nueva residencia clandestina del obispado, gracias a los diezmos y privilegios de que gozaba la Iglesia. Se construyeron conventos e iglesias, el palacio episcopal. Se domesticó el rio cercano encerrándolo entre muros con dineros del primer vecino de la ciudad, el obispo de Cartagena. Y sobre todo se construyó una iglesia grande junto a la que se levantó la torre cristiana más alta de España, solo superada por la Giralda, y a esta iglesia se le puso el nombre de la Catedral; Santa María la Mayor y poco después se la llamó catedral. Mientras la Catedral, la auténtica, se mantenía en pie, a pesar de la pobreza a que le sometía el olvido de su dueño. Varias veces amenazó ruina, e incluso llegó a tener derrumbes y estar cerrada al culto, varias veces fue reconstruida, hasta que la pudiente Cartagena de la fiebre de la Plata acometió su última restauración, la de Víctor Beltrí. El final de esta historia ya lo conocemos.

Sin embargo los cartageneros nunca se resignaron a su derecho a tener al obispo paseando por sus calles y sentándose en su silla, esa de las que solo hay una en cada diócesis, y que se halla en un solo sitio en una diócesis, en la única catedral de la diócesis. Catedral que sin permiso del Papa no se puede trasladar de una ciudad a otra, aunque sí dentro de una ciudad se pueda trasladar de un templo a otro. Y eso fue lo que intentó el pueblo de Cartagena, que hubo de pagar casi integra la construcción de una iglesia grande, aún inacabada, Santa María de Gracia, nacida con vocación de catedral, pero sin el cariño de su pater, un obispo huido que nunca pensó en estas cosas como Dios manda.

Y en esas seguimos, empecinados en borrar del mapa a la primera diócesis de España, aquella que Santiago dejara en manos de San Basilio en el año 37 y que dio hasta que la secuestraron diez obispos santos más a la cristiandad. Después del robo de la sede episcopal ni un solo obispo subió a los altares. Lo que mal comienza, mal acaba. Se sigue intentando, ahora, después de que por fin, hace ochenta años, un ejercito de descerebrados consiguiera convertirla en ruina, desprestigiarla, convirtiéndola en una atracción de feria. No en una catedral. No en la Catedral, sino en otra sala del exitoso Teatro Romano. Churras, merinas. Tocino, velocidad. Catedral, espectáculo, no todo es lo mismo, lo primero son maneras de confundirse, lo otro, maneras de confundirnos.

Menos mal que desde hace más de quince años un grupo de ciudadanos ha hablado siempre alto y claro, incluso a los tres Papas a los que han tenido que clamar justicia, en demanda de la total reconstrucción de la catedral de la diócesis de Cartagena y el culto en ella. El trabajo de la Plataforma Virgen de la Caridad merece toda nuestra admiración, un trabajo que regado por el copioso sudor de sus miembros va dando sus frutos, raquíticos y a veces ridículos frutos, ridículos como la voluntad de  los encargados de otorgarlos, a la fuerza, siempre a la fuerza.

Por todo esto, cuando leamos próximamente en los medios de papel que el obispado abre la Catedral para que pueda ser visitada, pensemos que quien realmente ha abierto esa puerta, ha sido la Plataforma Virgen de la Caridad. Gente que lucha por lo suyo, lo tuyo y lo mío.





 

 

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