Jueves, Noviembre 23, 2017
   
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Cabo de Palos zozobra

Hoy toca hablar de ‘lo demás’, aunque bien pensado el tema que les quiero proponer también debe ser entendido como cultura, y el que no sea así, tal vez sea parte del problema. Dije en el artículo con el que inauguré mi sección en Cartagena de Hoy que me reservaba el derecho al pataleo y así va a ser en esta ocasión, plenamente consciente de que, efectivamente, esto no va a ser más que un pataleo, un desahogo vano, un hablar por hablar pues como dicen que dijo Einstein: "Solo hay dos cosas infinitas, el Universo y la estupidez humana, y del Universo no estoy seguro". Por si alguien leyera mis líneas con recelo, confirmaré públicamente antes que nada que sí, que yo también soy humano.

No les descubro nada al decir que La Manga del Mar Menor es ejemplo de barbarie urbanística, de desprecio al medio ambiente y de explotación salvaje de la naturaleza. No solo es algo sabido en la zona o comentarios cabreados de barra de bar, es ejemplo (mal ejemplo) empleado en multitud de estudios, de universidades, de simposios, de tratados...no el único, también es cierto, pero toca hablar de lo nuestro.

Tampoco les descubro nada si digo, dejando aparte dimes y diretes, versiones politizadas y demás historias y cuentos, que el Mar Menor está tocado, muy tocado. No quiero emplear la expresión de "herido de muerte", pues debo ser consecuente y en justicia he de decir que si no me creo a priori a aquellos que dicen que el baño es estupendo y que allí no ocurre nada, sin ningún elemento de juicio más que el puramente visual, tampoco debería creer a aquellos que dicen que "ya no hay nada que salvar". En cualquier caso, lo que parece obvio es que la hemos liado, que el Mar Menor está bastante grave y que eso ya está afectando a los vecinos y turistas de la zona, pues aunque no se lo crean, al menos algunos, el estar continuamente jod..., jorobando, el medio ambiente tiene consecuencias que sufrimos y sufriremos los que casualmente estamos viviendo y conviviendo con y en él, ¡que cosas!

Por tanto...¡Todos  a Cabo de Palos!, ¡qué bien, qué bien!, a jod... a jorobar lo poquito que nos va quedando. Cabo de Palos este verano ha sido un infierno y, sobre todo, una pena, una lamentable y dolorosa pena. El número de turistas, propios y ajenos ha crecido de forma más que notable y eso ha traído consecuencias que, bien por intereses, bien por dejadez, no se han querido ver. Solo una agradable conversación con cualquier vecino del pueblo ya pone de manifiesto el problema, grave problema, que se cierne sobre la zona, por no decir que tienen ya encima.

Empecemos por ahí, ¡hay que escuchar a los vecinos del pueblo!, pues sepan ustedes, ciudadanos del mundo, que en Cabo de Palos viven, trabajan, aman, ríen y lloran personas ¡todo el año!. El pueblo no es suyo, por mucho coche de alta gama y mucho look hippie-urbanita que usted traiga, incluso no es suyo por mucho dinero que se gaste en él y usted, hipotético y maleducado turista debe tener al menos el mismo respeto por las normas que el que le obligan a tener en sus superciudades a base de multas. Me explico, y es solo un ejemplo, es común ver coches aparcados completamente encima de las aceras, con el consiguiente peligro que ello conlleva para los peatones y para otros conductores al tener los primeros que circular por la carretera. Los atascos, ya que hablamos de coches, han sido monumentales. Recorridos que se hacen andando en quince minutos, se han llegado a convertir en más de una hora de coche a motor encendido y aire acondicionado a toda pastilla, ¡faltaría más con el calor que hace!, y venga humito para la Reserva Natural.

Pero no solo de coches vive el hombre. Les cuento: Junto con una vecina de la zona, de las de toda la vida, ¡toda!, que me ha contagiado su amor y dolor por Cabo de Palos, tuvimos la buena intención una mañana de sábado de darnos un bañito en la zona conocida como La Galera. El espectáculo fue dantesco. Todo tipo de embarcaciones se agolpaban en la mismísima zona de baño; yates, lanchas neumáticas, motos de agua, barcos, barquitos, barquichuelas, y en definitiva cualquier cacharro susceptible de flotar, eso, como saben ustedes y cualquier responsable de medio ambiente, implica contaminación: diésel, humo, desperdicios... Por cierto, a ver si algún aguerrido lobo de mar me explica cuál es la experiencia místico-religiosa que se siente al entrar y salir de la bocana del puerto a todo lo que da el cacharro flotante de turno.

El mar, ¡ah, el mar!, lugar de grandes, ¡qué digo grandes!, ¡grandísimas!, aventuras submarinas que comienzan en la pequeñísima cala de La Barra. Un lugar familiar y agradable, lugar habitual de baño de personas mayores y niños, pues su escasa profundidad hacen de este un sitio seguro y tranquilo. Pero no, ya no, ya tampoco. El lugar se ha convertido en la piscina privada de clubes de buceo que toman como suya la zona para adiestrar a los intrépidos submarinistas. Personas sin experiencia dispuestas a arrollar a cualquier bañista con la falta de reflejos y movilidad que da todo el equipo y los nervios propios de la ocasión. Sé de lo que hablo. Aunque en este caso la culpa es de los instructores (vamos a suponer que lo son y que como tales están acreditados), algunos de ellos bastante maleducados, con una chulería y prepotencia propia de los faltos de sesera. No hablo por hablar, presencié una fuerte discusión entre uno de estos señores y algunos vecinos de la zona que protestaban por la situación de atropello que se sufre en la zona día si y día también, algunos de estos vecinos, por cierto, con esa edad en que lo mínimo que hay que tener con ellos es respeto. Y les cuento esta particularidad por que el susodicho energúmeno en un momento de la discusión dio, a mi entender, con la clave de todo el asunto; "a mi me subvenciona la Región, protéstele a ellos".

¡Sorpresa!, he ahí el problema: Dinero. Los clubes de buceo hacen su agosto, nunca mejor dicho, con el turismo, pero a su vez con permisos, seguros, alquileres, etc. sueltan una pasta que, en parte, vaya a usted a saber donde irá a parar. Las embarcaciones pagan sus amarres, gastos de carburante, agua, etc., los coches llevan personas que comen, compran, gastan, gastan, gastan... no vamos a matar a la gallina de los huevos de oro. Muy bien, lo admito, mucha gente y parte, solo parte, que quede claro, de los vecinos de Cabo de Palos ganan un buen dinero con el turismo. Pero, ojo, y no soy experto en nada, vaya por delante, solo presumo de tener un poco de sentido común, la gallina está enferma, muy enferma.

Desde hace décadas diversas asociaciones, conscientes del problema, luchan por salvar este pequeño rincón de naturaleza de nuestro país, de nuestra Región, de nuestra ciudad, situado entre dos entidades naturales protegidas; la Reserva Marina de Cabo de Palos-Islas Hormigas y el Parque Natural de Calblanque. El cabo ha sido y es víctima de una urbanización extrema, máxime teniendo en cuenta que por su naturaleza geográfica no tiene posibilidad de desarrollar infraestructuras hasta el infinito, eso, cualquier técnico de medio ambiente, también lo sabe. El resultado de su lucha, cual Quijotes contra molinos, ya se pueden ustedes imaginar cual es.

Resumiendo, la película que por desgracia ya conocemos, el hombre ha convertido un lugar entrañable, valiosísimo a nivel ecológico y humano, en un lugar camino del desastre. ¿Soluciones?: "bueno, ya existen", "se están tomando", "somos conscientes del problema", "los datos dicen que el impacto es mínimo", "tenemos programado hacer"... No nos alarmemos, seguro que son exageraciones de este que les escribe por un mal fin de semana. Ojalá el final de la película no sea el que también todos conocemos.

 

 

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