Jueves, Noviembre 23, 2017
   
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'La casa del minero'

Después de la aventura cantonal, Cartagena quedo casi totalmente destruida, de los más de 1.900 edificios con que contaba la ciudad meses atrás, tan sólo 27 edificios quedaron indemnes a los 45 días de bombardeo constante en el que llovieron casi treinta mil proyectiles. Estos 27 edificios se salvaron in extremis por voluntad popular. Los defensores del Cantón tras el mazazo de la voladura del Parque de Artillería que se llevó casi 500 almas, propusieron acabar de volar lo poco que quedaba en pie dentro de las murallas, la Junta cantonal lo tomo en consideración y propuso que se votase entre todos los que aún permanecían en la ciudad, ya que todos padecían el asedio, y al decir todos la junta quiso decir todos y todas, siendo esta la primera vez en que las mujeres votaron en Europa, y 57 años antes que en ningún otro sitio de España.

Aunque la votación la ganó el ‘no’ por 13 votos, la desolación era total, pero una vez más -ya a estas alturas de la historia de la trimilenaria he perdido la cuenta-  Cartagena comienza su reconstrucción, esta vez gracias a la riqueza minera de las sierras de Mazarrón y San Ginés, la Plata inunda literalmente las calles de la ciudad que se llenan de suntuosas mansiones y bellos edificios del estilo de moda en esos momentos, es la era del modernismo.

El minero quiere demostrar su éxito y no solo se conforma con la mansión de la ciudad sino que además se hace construir palacetes de verano en las afueras, rodeados de grandes y frondosos jardines. Tal fue el caso de El Castillito, también llamado del Marqués de Fuente Sol, persona que se acabaría casando con Antonia, la nieta del industrial Pedro Conesa Calderón, quien había encargado edificar esta casa de muñecas en su finca a Tomas Rico Valarino en 1899 como regalo para su nieta. La extensa finca contaba con la casa de los señores que se comunicaba con el Castillito mediante un túnel que tenía varios respiraderos, excavado bajo el amplio jardín, de manera que las criaturas no cogiesen frío al volver de sus juegos en El Castillito a la casa materna.

Otro ejemplo de ‘capricho’ lo tenemos en San Félix, en el ‘Pequeño Versalles’, se trata de un palacete edificado en la antigua finca de un minero, Guillermo Elhers, antes de recalar en Cartagena, William. El señor Elhers que tenía sus oficinas en la plaza del Rey nº 17 se dedicaba sobre todo a la extracción y exportación de mineral de hierro, sobre todo en el monta Miral. Era un gran aficionado a la botánica y se hizo con una finca en las afueras de la ciudad donde construyó un jardín botánico con una de las más importantes colecciones de Europa de plantas acuáticas de las Filipinas. La propiedad fue comprada por el industrial Camilo Calamari, quien le encargo el palacete al arquitecto Víctor Beltrí, levantando en sus jardines un hermoso edificio modernista que en la postguerra acabó comprando otro minero, don Ángel Conesa Celdrán quien reconstruyó la finca y dotó a la casa del mirador templete que hace tan característica hoy en día su silueta.

Como no hay dos sin tres, aunque hay muchas más, la tercera casa del minero se encuentra en la bella población de Portmán, se trata de la Casa Grande o la del Tío Lobo. Construida en una planta a fínales del siglo XIX por encargo del industrial minero Miguel Zapata, conocido por el ‘Tío Lobo’, tiene una superficie construida en planta de mil metros cuadrados. La casa del Tío Lobo, así llamada por tener a su entrada una cabeza de lobo disecada con una bombilla entre las fauces, que Miguel Zapata aseguraba haber matado de joven, fue reconstruida en 1913, el encargo recayó en el arquitecto de moda, el catalán Víctor Beltrí, quien además de acondicionar la planta baja y el jardín construyó el primer piso donde destaca el gran templete mirador, redondo y voladizo. La casa, con el tiempo, fue adquirida por la empresa minera francesa Peñaroya que en los años 50 del siglo pasado la emplea como casino para mineros y jubilados, y más tarde, hasta los 80, se empleó como consultorio médico de la empresa.

Pero la riqueza minera se acabó, las familias de los mineros crecieron y las fortunas menguaron repartidas en mil herencias y ese objeto del deseo ‘la casa del minero’ acabó en las manos del constructor, nuevo rico que explota un recurso inagotable, la necesidad de vivienda de sus vecinos.

Sin embargo, el constructor no se comporta como se espera de un nuevo rico. ¿Se puede imaginar en aquella época en que un Mercedes era un Mercedes, que alguien se lo comprase para destrozarlo o simplemente dejarlo pudrirse al sol?

El Castillito era una finca grande en la que acabaron desapareciendo los jardines y los solariegos edificios y creciéndole dúplex, en cuanto al Castillito, tras un asombrosamente rápido periodo de ruina agresiva y progresiva, recuperó su lozanía rápidamente contagiado por la juventud y el empuje con que se levantaban sus nuevos compañeros, los dúplex.

Villa Calamari iba a seguir los pasos de El Castillito, pero tras la compra por parte del constructor, los cuatro jinetes del apocalipsis se instalaron en la finca y con ellos los incendios y los derrumbes, las estatuas de los jardines echaron a correr, las flores pintadas en las paredes de sus estancias se marchitaron, la cizaña se apoderó de su tierra mientras los muros perimetrales se cerraban, no para protegerlo, sino para que no se oyesen sus gritos.

A la casa del Tío Lobo le vino a pasar algo parecido, se cerraron sus puertas y sus muros para dejarla morir en paz. Aunque parecía que iba a recuperar la salud justo antes del estallido de la crisis, de la misma manera que lo había hecho El Castillito, es decir, con la inyección en sus jardines de algunas decenas de dúplex, no fue así, y la ruina, como le pasa a Calamari se ha instalado como casi su única compañera. Pero afortunadamente la otra compañera de estos edificios, la que aún le da la vida, tiene voz y fuerza para alzarla, se trata de la Asociación de vecinos de San Félix en el caso de Calamari y la de Portman en el caso de la del Tío Lobo.

Han denunciado en cada caso el estado de los inmuebles a la Comunidad Autónoma, inmuebles que además están ambos incluidos en la Lista Roja del Patrimonio en peligro de España que elabora la prestigiosa asociación Hispania Nostra. Ver a Villa Calamari en esta lista no gustó al ejecutivo regional que rápidamente ordeno unas obras de urgencia a todas luces insuficientes para la recuperación del BIC, pero suficientes para presionar a Hispania Nostra que retiró el monumento de la lista de la vergüenza. Pero a día de hoy hay que decir, parafraseando a Galileo: …Y sin embargo se caen.

En este año del modernismo quizá debiéramos reflexionar y pensar en lo que hemos hecho mal y en lo que podemos hacer, tenemos leyes y mecanismos para proteger nuestro patrimonio. Pero si estas leyes no valen para proteger estas joyas a la vez que a los legítimos intereses de sus dueños, es el momento de encontrar ya de una vez el fiel de esta balanza, poseer un Bien de Interés Cultural no puede ser una carga que lastre la economía de nadie y ha de tener por parte de la Administración la máxima ayuda, aunque por otra parte  no se debe consentir que se pueda llegar al abandono y la ruina a la que han llegado estos inmuebles sin haber puesto encima de la mesa soluciones.

Y a la vista de lo expuesto, también es necesario que se comprenda que cuando una persona adquiere un BIC, lo hace con todos los derechos que ello conlleva (exenciones fiscales y ayudas) pero con la obligación de mantenerlo al menos, tal y como lo ha adquirido.



 

 

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