Miércoles, Diciembre 13, 2017
   
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Avalancha

Las cosas que no se cortan van a más. Esa sensación tengo con el gran desembarco de argelinos de las últimas horas. Decenas de pateras y cifras récord de personas. Su destino ha sido Cartagena, donde todavía no está muy claro si es puerta de Europa, aduana o lugar de avituallamiento.

Lo cortés no quita lo valiente. La labor humanitaria no está reñida con una situación que no es asumible, y mucho menos se puede prolongar en el tiempo, y quizás se ha llegado a estos niveles por la inacción precedente para cortar el grifo.

Ya dijimos en un artículo de opinión anterior que son ‘sin papeles’ pero no ‘sin inteligencia’ y que sabían que llegando a mogollón los dejaban libres y podían seguir su ruta, siendo Francia el principal punto de destino. Es más, después nos hemos enterado de más cosas, como que algunas pateras avisan desde el mar de que están llegando para que las autoridades españoles vayan a recogerlos. ¿Quién dijo miedo?

Esta vez la historia parece diferente, y no porque haya venido alguno hasta con su mascota (un perro). Para empezar me quedo con una foto, la que muestra a las autoridades locales, autonómicas y nacionales unidas. Gracias, gracias, gracias. Los ciudadanos nos merecemos más servidores públicos y menos políticos.

La faceta humanitaria ha sido garantizada (tanto por el rescate de los que van en frágiles embarcaciones como por la atención posterior) y a partir de ahí ya se puede analizar y actuar sobre el fondo del problema para España. Otra cosa es por qué dejan sus países, pero aquí lo que nos ocupa es que llegan a nuestra casa, donde no se atan a los ‘perros con longaniza’ y donde generan problemas. Valga un detalle. Las ONGs se han volcado en darles acogida, pero recordemos que sus recursos son limitados y por eso tanta gala o cena benéfica. Si en unos días esta avalancha se meriendan los recursos para los vernáculos (gentes del lugar), pues llegarán más actos solidarios y más dinero que sale de los bolsillos de los ciudadanos. Y encima, resulta que esos alimentos son para ‘coger fuerzas’, pues para la gran mayoría Cartagena es la primera escala de su viaje hacia tierras galas. Es decir, el avituallamiento. Y dentro de lo que cabe, mejor que sea así, pues si se quedasen todos aquí los calentamientos de cabeza serían mayores.

Otro problema está en las personas que alcanza cada operación (guardia civil, salvamento marítimo, más de cien voluntarios de Cruz Roja, ejército, Policía Nacional, agentes jurídicos, ONGs, autoridades…), entre las que hay bastantes que cobran horas extras por exceder sus jornadas de trabajo. En la Comisaría de Cartagena hay ciudadanos que no han podido presentar denuncias por estar todo el personal centrado en la llegada de inmigrantes. Tampoco es justo.

Más motivos. Cuando llega la avalancha muchos han quedado en la calle por falta de espacio, personal o recursos. ¿No se podría colar alguien indeseable? Recordemos que estamos en alerta antiyihadista. Si las medidas de seguridad son mayores, esta facilidad de entrada no tiene lógica.

La clave está en el origen y, en su defecto, a que no lleguen. Mientras otras rutas se les cierran o complican, aquí han encontrado una autopista tanto por la distancia (150 kilómetros de Orán a Cabo de Palos) como por la (hasta ahora) falta de recursos. No me gusta criticar a nadie y no tengo nada contra el anterior delegado del Gobierno en esta nuestra Región, pero es cierto que hay un contraste muy grande con lo que Antonio Sánchez-Solís ha hecho (y dicho) en muchos meses y cómo ha irrumpido Francisco Bernabé, con diligencia, operatividad y hablando de “asalto a las costas de la Región”, de “ataque coordinado sin precedentes” y que por la puerta del viejo continente sólo se pasa de forma “legal”. Agrada escuchar las cosas por su nombre, sin paños calientes ni tópicos políticamente correctos. A partir de ahí se podrá buscar el candado que precisa el pórtico de Cartagena para los ‘ilegales’, pues para los ‘legales’ no existe problema alguno.

 

 

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