Lunes, Octubre 14, 2019
   
Texto

¿Quién dijo que se habla mal en Cartagena?

Muchas son las voces que afirman que los cartageneros hablan mal y usan expresiones incorrectas o como poco malsonantes. En mi opinión, esto es sustancialmente falso y permítanme el atrevimiento de demostrarles por qué.

Para este análisis, parto de la premisa ineludible de que no somos castellanos puros, debido a nuestra situación geográfica entre otros factores. Sin embargo, ello no implica que en el sudeste se hable un español vulgar o sucio. Recuerden que durante muchos siglos, Cartagena fue una ciudad de paso, debido en gran parte a su innegable tradición militar; lo que se tradujo en que fueran muchas las gentes que acudieran a nuestras cálidas tierras. Tanto es así que nuestro léxico y fluidez verbal eran enriquecidos por aquellos forasteros.

Ya en plena dictadura de Primo de Rivera, Alfonso Torres – alcalde de la Milenaria –, señalaba que “desde el límite con Francia, es Cartagena la primera ciudad del litoral que habla un castellano armonioso”. Dicho anuncio era y es una realidad con mayúsculas; puesto que ni los catalanes, ni los valencianos, ni los propios murcianos – léase Murcia Municipio –, hablan un castellano más puro, más perfecto que los propios cartageneros. Alegar lo contrario, es faltar a la verdad.

Quiero ofrecerles algún dato más que demuestra lo que trato de explicarles. Presumo que lo sabrán, pero sino les recuerdo que la primera mujer nombrada Miembro de la Real Academia de la Lengua Española fue una cartagenera, Carmen Conde. Además, ésta, junto con su marido Antonio Oliver, fueron quienes fundaron la primera Universidad Popular de España. Por no hablar de que en la actualidad tenemos a otro gran Académico, el señor don Arturo Pérez-Reverte. Como verán, la calidad lingüística y el estatus alcanzando por ellos dentro de las letras hispánicas, contestan por sí solos.

Reconozco que en innumerables ocasiones hemos sido criticados por usar el diminutivo “ico” con excesiva frecuencia. Seguramente tengan razón, pero no obstante, su uso está perfectamente admitido por la RAE, al igual que otros, como “ito” o “illo”. Creo sinceramente que el “ico” es utilizado con el claro objetivo de endulzar la conversación y de añadir un punto de simpatía o de gracia al lenguaje, propio de nuestro carácter sureño.

Al igual que también lo es nuestra forma de argumentar las cosas, de mover los brazos e incluso de tocar a las personas cuando se nos acercan. No hablamos mal, se lo repito. Podemos igualar al mejor de los pucelanos y encima con un toque amable y armonioso. ¿Será que nos tienen envidia? Si es así, copien. No tenemos la culpa de ser de los pocos lugares, junto con la eterna Castilla, que aún conservan aquel bello dialectus que nació del latín.

 

El hombre-masa

Vivimos en un mundo dominado por la masa, donde el hombre de esfuerzo, el hombre sabio, no es ni tan siquiera la sombra de lo que tiempo atrás fue o significó. Esa minoría selecta a la que aludo, apenas tiene relevancia en la sociedad civil. Sus palabras, teorías, conductas, maneras de pensar y modos de comportamiento, de poco o nada sirven, ni siquiera de ejemplo para otros. Sólo se le lanza por la borda y se le califica con alguno de esos adjetivos que valen para desacreditar al otro, al distinto.

Como se puede comprobar fácilmente, existe un “hombre nuevo” que todo lo acapara y que impone su razón – por llamarla de alguna forma – por encima de la recta razón. Sus escudos no son otros que el relativismo, los derechos del hombre y el desarrollo técnico, que apenas generan obligaciones, ni buscan el mérito más allá de un mínimo plausible.

A mi parecer, el hombre-masa es aquel que se cree el dueño de todo y ni tan siquiera es señor de sí mismo. Es un amante del placer de la servidumbre o incluso un “esclavo moderno”. Para otros, como Ortega y Gasset, este tipo de sujeto es aquel “que se encuentra a mitad de camino entre el ignorante y el sabio, que cree saber y no sabe, y el que no sabe lo que debería saber”. Yo apuntaría además que es un gran residuo de aquello que llamamos el Estado Social y Democrático de Derecho, donde los que no hacen nada tienen los mismos beneficios o más que el hombre-excelente, lo cual no es justo. La justicia se ocupa de dar a cada quien lo que le corresponde y, atendiendo a este concepto, creo que a la muchedumbre debería pertenecerle mucho menos de lo que se le concede.

Mas quizá, haya un hombre-masa que, tal vez, sea el peor de todos. Ortega lo llama “el señorito satisfecho” y yo lo llamo “el hijo de papá” o “el niñato”, quien es aquel que vive del esfuerzo de su antecesor, que va a la deriva y pisa al igual que un gigante con los pies de barro. Es la deshonra en su máximo esplendor. ¿Puede una masa frenética e iracunda imponer una razón infundada? Sí. ¿A cambio de qué? De arrinconar al hombre-excelente y acallar la verdad individual de éste. ¿Cuál es la solución? Recuperar al hombre. Seguramente sea excesivamente crédulo, pero después de todo sigo confiando en él porque como decía Pascal: “El hombre sabe que es miserable. Es, por lo tanto, miserable puesto que lo es; pero es muy grande, puesto que lo sabe”. Amplío señalando que en su miseria, en su humildad, está su gloria y, por lo tanto, su destino.

En ningún momento y bajo ninguna circunstancia, he deseado hacer en este post un juicio de valor entre ricos o pobres, entre personas con estudios o sin ellos, entre mujeres y hombres, entre guapos y feos. Pido que no me malinterpreten. Solamente hablo de la excelencia, de la exigencia, de la fama merecida, de la calidad para ser digno, del buen trabajo, del diligente hacer, de ayudar al prójimo, de la comunidad como agregado, del ámbito de superación, de la trascendencia, etc. En mi cuerdo juicio, sólo el hombre-noble cargado de motivos podrá silenciar algún día al hombre-vulgar. Mientras permanecemos a la espera, seguiremos disfrutando de la crisis de valores y de la crisis económica que asola en occidente y que ya se deja entrever en oriente desde hace un tiempo.

Sólo una cosa más, que la afirma uno de los grandes fundadores del romanticismo de las letras alemanas Goethe, “vivir a gusto es de plebeyo: el noble aspira a ordenación y a la ley”. Noblesse oblige. La democracia tiene derechos; la nobleza tiene obligaciones. Ni una cosa ni la otra, en medio está la virtud.

 

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