Jueves, Junio 21, 2018
   
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¿Algo está cambiando?

Uno de los grandes poderes de Internet se basa en el acceso libre a un gran caudal informativo, a una cantidad ingente de datos que afectan a todo tipo de cuestiones que pueden llegar a la opinión pública, o sea, a todos nosotros, a todos ustedes, sin necesidad de que pasen por una serie de filtros.

Un ejemplo de este tipo de trasiego informativo, de esta información que transita de un lugar a otro por la red, o sea, por los terminales de recepción de información, o lo que es lo mismo, de todos ustedes, de todos nosotros, son las cadenas virales de correos electrónicos que circulan por todo el planeta.

Desde que Internet se ha popularizado, los Gobiernos de todo el mundo saben que estas nuevas herramientas tienen un poder tremendo en la concienciación de un gran número de temas que afectan a las opiniones públicas de todo el mundo. Y es por ello por lo que en los regímenes donde eso que llamamos Democracia no existe, no se tiene ningún pudor a la hora de censurar determinadas páginas webs o de intentar poner coto a la transmisión libre de información. La eclosión de las redes sociales no ha hecho más que multiplicar estos efectos de que la información se transmita libremente entre los ciudadanos, es decir, sin que se mastique antes de llegar a los ciudadanos, sin que se les apliquen los filtros que hasta hace poco impedían que una serie de datos molestos, de cifras molestas llegaran hasta nuestro conocimiento.

El modelo del que venimos estaba regido por un sistema de comunicación de información donde los medios de comunicación eran los intermediarios entre la información oficial y el ciudadano. Las injerencias e interferencias del poder político y no nos olvidemos de los poderes económicos, en toda la extensión de la palabra, para que la ‘información adecuada’ y políticamente correcta llegara al ciudadano se debían producir sobre esos intermediarios. Pero Internet ha destruido ese modelo, y ahora, una cadena de correos electrónicos en los que, por ejemplo, se detallan los derechos y privilegios que tienen los diputados respecto a sus pensiones, o sus sueldos y dietas puede tener un efecto letal y, en este caso, inmediato sobre nuestros gobernantes.

El correo encabezado con el titular ‘La denuncia silenciosa’ llegó a mi buzón electrónico el pasado 12 de enero. Hacía apenas un mes que los partidos políticos llamados mayoritarios, es decir, los únicos que tienen capacidad de gobernar este país, habían rechazado una enmienda de un partido minoritario, esos que no superan la cifra de los cinco diputados, para que se revisara el modelo de privilegios de que disponían los políticos por el único hecho de serlo. Igual que a mi ese correo se transmitió por media España, ya que la gran ventaja de nuestro ‘sistema democrático’ es que tenemos completa libertad de palabra y pensamiento para manifestar nuestros cabreos eternos cuando las cosas van mal.

Apenas dos semanas después de que llegara el correo y en pleno debate sobre la reforma de las pensiones, que hará que tengamos que trabajar más para que nos empiecen a devolver lo que durante toda nuestra vida hemos pagado por adelantado, los políticos se dan cuenta de que se han pasado dos o tres pueblos y empiezan a hablar de que hay que revisar esos privilegios y de que los políticos deben ser como el resto de los ciudadanos. Habrá que ver en lo que queda esa ‘revisión’, pero de momento ya se ha abierto el debate.

Y así están las cosas. Cuando escuché la primera manifestación de que había que modificar esos privilegios, me acordé de ese correo electrónico y pensé en la fuerza que puede tener Internet para cambiar algunos asuntos con los que la gran mayoría de los ciudadanos no están de acuerdo.

Está claro que las posibilidades de comunicación que nos abre Internet no son la panacea y que los riesgos de que se transmita información que falte a la verdad o que esté sesgada son los más evidentes, pero en este caso en particular, y sin tener ninguna prueba de que ha sido ese correo electrónico el que ha despertado las alarmas en la clase política, bienvenido sea.

 

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