Lunes, Diciembre 16, 2019
   
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'Los desayunos de la plaza de San Ginés de la Jara'

La plaza de San Ginés de la Jara, emblemática donde las haya, rezuma historia por todos sus poros, la misma que por sí sola te eleva a tiempos pretéritos de aquella Cartagena profunda que un día creímos perder. Y es que hablar de este rincón de nuestra ciudad es hablar entre otros temas de la Cofradía que lleva el nombre de Nuestro Santo Patrón, y por consiguiente de una cronología que nos habla de la institución religiosa en activo más antigua de toda la urbe.

Sus páginas, las cuales van más allá del siglo XVI, ocultan un pasado aún por redescubrir, y entre éstas sus décadas más recientes, aquellas que arrancan tras el fin de nuestra Guerra Civil y que curiosamente podemos calificarlas como uno de sus pasados más desconocidos.

Más allá de la figura emblemática de Luis Angosto Lapizburú, primer Hermano Mayor tras la refundación de la Cofradía en 1917, encontramos otros nombres como los de Manuel Zamora y José Moncada, breves mandatos que dieron paso el 20 de agosto de 1946 a la presidencia de Joaquín Moncada Moreno. Es aquí donde la Plaza de San Ginés de la Jara vuelve a intensificar la línea continuista del recordado Luis Angosto en pro de la infancia más desfavorecida. Observamos como el domingo 25 de agosto de ese mismo año, festividad de San Ginés, a las seis de la mañana se tocará diana por parte de la banda de tambores y cornetas de la Cruz Roja, recorriendo la Plaza y otras calles del barrio. Dos horas más tarde, y con el santo de la hornacina como testigo, el Bar Sol servirá un desayuno a cerca de cien niños vecinos de las calles Faquineto, Concepción y resto del barrio de Pescadores.

Su tinte social es evidente y más aún el fuerte arraigo de los dirigentes de la Cofradía de San Ginés hacia esa Cartagena humilde y sencilla que antaño dormía a la sombra del Cerro de la Concepción. Sin dejar de mirar hacia el monasterio anexo al Monte Miral el recuerdo de nuestra querida y malograda Catedral sigue presente, y el de una capilla, la de los Cuatro Santos y Virgen del Rosell, que un día albergó la talla desaparecida del Patrón de Cartagena. Es por ello como la Misa Solemne y correspondiente plática en honor al Santo se realizará como norma en la Iglesia de la Caridad a las diez de la mañana.

Las celebraciones de los años siguientes serán similares, destacando nombres propios como los de Rafaela Martínez o Sandalio Bernal con sus obsequios y donativos a los más pequeños durante los tradicionales desayunos. Las cifras de niños invitados en la plaza durante la festividad de San Ginés se irán incrementando conforme pasen los años. Es el caso del año 1952, que llegará a alcanzar 255 desayunos, consistente en un bocadillo de queso y salchicha, bollos y café con leche, todo ello costeado por los comerciantes y vecinos de la ciudad a instancias entre otros de los cofrades de San Ginés. Nombres como Juan Viñas y Orencio Bernal, junto al Hermano Mayor Joaquín Moncada, merecen aquí su particular mención.

Es de justicia también destacar la figura del suboficial Diego Reynaldo, quien durante algunos años dirigió la Banda de Cornetas y Tambores de la Cruz Roja que anunciaba con su diana que la festividad de San Ginés de la Jara un año más había amanecido en Cartagena.

En 1956 las cifras de niños presentes en nuestro querido rincón se elevaron a 305 desayunos, organizados éstos mediante la presentación de vales. Se dio el caso de numerosos niños que no los tenían, pero ello no fue ápice para que los hermanos de San Ginés sirvieran a toda la infancia que se encontraba en la Plaza. Y es que pese a los años de ausencia del recordado Luis Angosto, su huella con la población más desfavorecida se encontraba siempre presente entre sus cofrades. Ese día todos los niños que estaban allí pudieron tomar su correspondiente bocadillo de mortadela y queso, bollo y café con leche.

Joaquín Moncada mantuvo esta tradición hasta el mismo año de su fallecimiento acaecido en 1963. Con él cayó en el olvido la Cofradía y las celebraciones de la Plaza de San Ginés de la Jara, un lugar irrepetible que espera en esta nueva era volver ver amanecer como antaño aquellas festividades de dianas, chiquillería y desayunos. Y cómo no, con la atenta mirada desde su hornacina del Santo Patrón de Cartagena y una sonrisa en los labios...

 

‘¿Por qué no pudimos?’

Pasada la resaca de los distintos procesos electorales vividos en este 2019 y de las reacciones posteriores, a veces un tanto oportunistas al calor de los resultados obtenidos por parte de unos y otros, creo que es buen momento para un análisis más sosegado y objetivo, tanto del marco político resultante como del camino que nos ha llevado a él.

Parece claro que las elecciones generales, autonómicas y municipales de este año han marcado el final de un largo proceso de desencanto hacia lo que representa Podemos por parte de buena parte de quienes lo auparon no hace demasiado a las primeras posiciones en expectativas electorales. Muchas han sido las circunstancias que han desembocado en la situación actual, y no menos amplias las explicaciones que afines y menos afines han intentado dar durante estos días para explicarla: boicot del sistema y los poderes fácticos, propaganda malintencionada de partidos o medios enemigos, ignorancia o incultura de los votantes, miedo de las clases altas y medias, y ya en menor medida, los hay que se animan a hablar de errores estratégicos de la dirección, bien en las posiciones políticas, o en los mensajes y alianzas pre y post electorales. Como parte y testigo de este proceso hasta hace no demasiado tiempo desde el Consejo Ciudadano de Podemos Cartagena, creo que se obvia el fondo de la desafección de tanta gente, algo que se puso de manifiesto casi desde los inicios de Podemos, la gran esperanza para quienes desde DRY y el movimiento 15M llevábamos años reivindicando en las calles una revolución social y participativa que parecía haber encontrado su brazo político en el nuevo partido, algo que ha dificultado que fructifique esa revolución que algunos y algunas soñábamos desde aquel entorno activista que abandonamos para aportar en lo posible nuestro esfuerzo a la nueva alternativa que se abría. Porque frente a la posibilidad de un desborde participativo sin precedentes y de un funcionamiento verdaderamente horizontal y asambleario para decidir el camino a seguir, bien pronto se optó por el control y la toma de decisiones centrada en unos pocos, por la jerarquización de un  proceso que se había presentado de forma engañosa a los núcleos activistas que lo sustentaban y ante la propia sociedad como la esperada herramienta política que pondría de forma tangible y real la democracia y la toma de decisiones en manos de la gente. Pero no, Podemos nunca fue ni actuó como heredero del 15M, ni siquiera se le pareció un poco, aunque desgraciadamente lo que sí marcó fue el final de aquel esperanzador movimiento reivindicativo que a través de las redes sociales y su presencia en calles y plazas llegó a aglutinar las simpatías de casi un 80% de la población.

Creo que esta circunstancia frenó y seguirá frenando el proceso que entonces se inició, hasta que quizás con el tiempo y la terca realidad de los hechos constatados, se adquiera conciencia de la importancia de la inteligencia colectiva frente a la individual para conseguir ese cambio y esa revolución que impulsaron al 15M, ese gran torrente de ilusión e ideas que invadió una sociedad que necesitaba además alguna herramienta política para llevarlas a las instituciones y cambiar las cosas.

Lo que en estos años algunos hemos vivido desde primera fila ha sido que mientras desde el grupo promotor de Podemos se hablaba de metodología asamblearia horizontal y participativa, la realidad interna pronto mostró formas similares a las de los partidos tradicionales: personalismos, grupos de afinidad para sacar adelante las propuestas propias, amiguismos, afanes de liderazgo individual por encima de los intereses colectivos, miedo a un desborde participativo que pudiera diluir el propio papel individual, y un sin número de ejemplos que mostraban día a día la gran distancia con los planteamientos horizontales, asamblearios y sin líderes que se defendían desde el 15M. Más allá de los avatares y estrategias electorales, se ha ido socavando poco a poco la confianza de quienes esperaban al fin un cambio real en la forma de tomar las decisiones colectivas, participando de forma directa en la toma de las mismas sin necesidad de líderes o dirigentes. Pero resulta difícil confiar en quien predica hacia afuera lo contrario de lo que hace puertas adentro. Buen reflejo de ello ha sido la desintegración en pocos años de la llamada cúpula dirigente por las diferencias surgidas de tipo personal o ideológico (Bescansa, Alegre, Pascual, Errejón, Espinar, etc.), factores que poca o ninguna trascendencia habrían tenido en una organización verdaderamente horizontal, donde las ideas priman sobre las personas que las representan, pero que en Podemos han tenido, y de qué forma, un impacto considerable. Con todo, lo realmente grave es que lo sucedido a nivel estatal no ha sido sino reflejo de lo que en municipios y comunidades ha venido ocurriendo también, siempre por parecidas razones: ambiciones o egos personales dificultando el avance colectivo, luchas por ostentar cargos o representatividades mal entendidas, primando sobre el trabajo asambleario, generación de propuestas y consensos que caracterizaban las organizaciones y plataformas impulsoras del 15M, una forma jerárquica de hacer política que se decía combatir, encarnizadas luchas internas por acceder a cargos, órganos o incluso puestos de asesores que habían sido largamente criticados antes de entrar en las instituciones, etc. Y cuando como consecuencia los resultados electorales muestran el progresivo distanciamiento hacia Podemos de esa gran mayoría social víctima de un sistema capitalista voraz, alimentado desde hace décadas por una minoría de sin escrúpulos, pocos miran hacia adentro para entenderlo. Son sin embargo bastantes, algunos además corresponsables de la situación desde sus cargos, los que miran hacia fuera para explicar las causas, obviando que éstas ya existían cuando Podemos se convirtió en la principal fuerza del país en expectativas electorales y no fueron obstáculo para ello. Como decía Espinar recientemente, ya no es tiempo de aprender de los errores, sino del fracaso consumado de un partido que tuvo el respaldo de más de 5 millones de votos incluso después de haber dilapidado parte de su apoyo electoral a causa de sus formas y alejamiento del asamblearismo y la horizontalidad propugnada desde el movimiento 15M. Resulta particularmente triste y desesperanzador para quienes llegamos a pensar que estábamos ante el principio del fin de una forma de ver y hacer política, observar cómo se cumplen los negros vaticinios acerca del daño causado sobre aquella incipiente revolución política y social, que parecía remover los cimientos del estado en mayo del 2011, y que se ha desvanecido bajo el manto de quienes emplearon su impulso para simplemente ser un partido más en busca de su porción de tarta en este sistema agotado.

Resulta paradójico además que quienes se autodenominaron herederos del impulso del 15M, deslumbrados ante el poder emanado por las más rancias formas de hacer política, ni siquiera sepan jugar a ese turbio juego estratégico de intereses espúreos, perdiendo una oportunidad tras otra de contribuir al menos a cambiar un poco la vida de la gente y los más desfavorecidos, anteponiendo intereses personales y de partido a los de un país agotado tras años de desgobierno de una derecha retrógrada y corrupta, con la excepción de la exitosa moción de censura que terminó con la era Rajoy. Eso explicaría también la numantina resistencia, a asumir algún tipo de responsabilidad por parte de la dirección tras los sucesivos fracasos electorales, que pudiera conducir al menos a una cierta renovación de cargos y de rumbo en el partido. Pero en lugar de eso se plantean presuntas consultas sonrojantes en forma y fondo que recuerdan algunos referéndums de infausto recuerdo, en las que ni siquiera la exigua participación parece llamar a la reflexión y al cambio.

Creo en resumen que es aquí, en las actitudes y comportamientos individuales, en donde residen las causas del fracaso, porque es igualmente triste y desalentador ver a las mismas personas corresponsables de la situación, repetir una y otra vez análisis ya manidos, buscar causas o culpables, o proponer posibles soluciones, obviando su propia responsabilidad frente a lo sucedido. Si de verdad se creyera que lo importante es el proyecto, las ideas, y la inteligencia colectiva, más allá de las personas que lo representan en cada momento, no habría nunca problema en renovar éstas, pero la experiencia ha mostrado que ésto aún está muy lejos de producirse.

Me temo que aún vivimos en una sociedad que gusta más de líderes que de participar directamente, de intereses individuales a veces camuflados o presentados como generales, y de egos o personalismos por encima de lo colectivo, de afanes de liderar o representar al resto antes que sumergirse en la participación colectiva simplemente como uno o una más. En definitiva, de la democracia representativa y vertical por encima de la líquida, real y horizontal, llamada sin duda a cambiar en un futuro de forma irreversible las cosas. Pero quizás sea aún pronto para esto último.

Cuando se comprenda que ante una mayoría agrupada tras su inteligencia colectiva no existen muros ni minorías capaces de contener su impulso quizás estemos más cerca. Cuando quienes ahora se preguntan desalentados por qué ha sucedido ésto, valoren entre las posibles causas los egos, ambiciones personales o afanes de representatividad o notoriedad, quizás estaremos avanzando. Cuando al fin la sociedad en su conjunto sea capaz de tomar directamente las decisiones que les afectan, sin necesidad de delegar esas funciones en presuntos líderes que desmovilizan y desunen en vez de limitarse a ejecutar las decisiones adoptadas horizontal y asambleariamente por la mayoría, quizás en ese momento habremos ganado al fin el futuro. Quizás, sólo quizás, entonces podremos.


 

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