Sábado, Agosto 18, 2018
   
Texto

‘Exigir justicia o mantenerse cómplices ante el sometimiento’

Hoy, a escasos días de celebrarse la concentración organizada por la sociedad civil para reclamar la restauración de Santa María la Mayor, creo que es el momento menos malo, propicio no lo será nunca al entender de algunos, para manifestar públicamente lo que anida en mi corazón de católico, de procesionista, que no cofrade, y de cartagenero, en relación a asuntos que competen a nuestra ciudad, a nuestra iglesia, a nuestra tradición y a nuestras Cofradías de Semana Santa.

Conocido es por recurrente, puesto que desde hace setecientos años sucede, que desde que el excomulgado Obispo Magaz y su también excomulgado acólito Sancho IV trasladaran de manera ilegal la silla del Obispo de Cartagena hacia la ciudad de murcia, basándose en una falsa bula papal y a las supuestas incursiones berberiscas, no han o hemos dejado de denunciar, por la parte que nos toca, este traslado y lo que el mismo supuso para el crecimiento de una ciudad y el abandono de otra por parte de la autoridades eclesiásticas, dando como resultado cosas tan dispares como la creación de su Universidad al amparo de la Iglesia. Si todo hubiera seguido su curso legal, ésta se hubiera creado en Cartagena; la construcción de una concatedral al tiempo que se abandonaba la primigenia; la construcción de iglesias parroquiales por todo su término municipal, frente a la concentración de todas las parroquias de Cartagena en una sola, la de Santa María de Gracia, con el fin de evitarse el obispo tener que mantener más parroquias en nuestra ciudad al tiempo que recaudaba el diezmo de cuantas cofradías de artesanos, pescadores o mineros entregaban para el mantenimiento de la Iglesia. Y así, hasta el paroxismo huertano o hasta nuestros días, que es lo mismo.

Quiero centrarme en uno de los cabildos cofrades a los que pude asistir con carácter previo a la pasada Semana Santa. Como es preceptivo, comenzamos elevando una oración al Altísimo, con  ánimo y fin de poner a todos los hermanos cofrades en comunión, para que desde esa unión y el cariño que los “hermanos” deben profesarse, la citada reunión y los días posteriores en donde todos tenemos que aportar el máximo en nuestros respectivos puestos para mayor lucimiento de nuestras cofradías, pero sobre todo, para mayor Gloria y Honra de Nuestro Señor Jesucristo, trascurran de la mejor de las maneras.

Y hasta aquí todo bien, pero como quiera Dios escribir derecho con renglones torcidos, allí que nuestro querido capellán cita unas palabras del infalible Santo Padre, en las que, de manera taxativa, nos indica que La Iglesia es tradición. Me mordí la lengua por obligación, porque aunque era el sitio, no era el momento de emprender esta cuita. Podía traer a estas líneas temas tan mundanos como el olvido sistemático por parte de la autoridades eclesiásticas del mantenimiento de nuestras parroquias, cuyos párrocos hace tiempo que se echaron a la calle para recaudar más diezmos de los feligreses y evitar que diezme el caudal de ‘La Carthaginensis’, que así es como se llamaba a nuestro Obispado desde su creación.

De tal modo que vemos cómo unos piden para tener una espadaña con la que poder llamar a misa o a arrebato, otros para quitar goteras, para asear fachadas o para ser totalmente reconstruidas como el caso del epicentro de la Semana Santa de Cartagena ‘Santa María de Gracia’, o para reconstruir instalaciones anexas a la Basílica de La Caridad.

Pero voy a aparcarlos de momento para responder a un órdago a La Mayor, que es lo que han venido haciendo cuantos príncipes de la Iglesia hemos tenido como pastores en nuestro desdichada Diócesis, salvo honrosa excepción, pues es a Santa María de España, también conocida como Santa María ‘La Mayor’ a la que se empeñan en envidar los sucesivos obispos, no encontrando apenas una respuesta certera de quienes por sus cargos deberían haber revertido esta situación hace siglos.

Éstos no son otros que los principales dirigentes de nuestras cofradías de pasión y gloria, es decir, sus Hermanos Mayores o mejor, mis Hermanos Mayores, pues así se llaman y como tales se les respeta, contra lo cual solo se puede esperar que mis hermanos mayores me respeten a mí, nos respeten a todos sus hermanos menores y se comporten como verdaderos valedores de sus indefensos hermanos por un lado y, por otro, como adalides para que las instituciones que gobiernan no se separen, o lo hagan lo menos posible, del mensaje de Cristo. Véase, que no digo aquí del mensaje de la Iglesia, pues sabido es que la Iglesia Católica está formada por hombres y como tales imperfectos, pecadores y a veces partidarios.

Y es aquí cuando enlazo uno de los muchos discursos del Papa Francisco donde, al igual que otros Santos Padres, aseveran “ex cátedra” (sin lugar al error) que la Iglesia es tradición, y lo que aconsejaba a los miembros del Instituto Pontificio Juan Pablo II para que fueran buenos pastores y buenos teólogos en 2016: “No olvidemos que también los buenos teólogos como los buenos pastores tienen olor de pueblo, de camino y con su reflexión derraman aceite y vino en las heridas de los hombres”. Porque “Teología y Pastoral van juntas”, como es “impensable una pastoral de la Iglesia que no haga tesoro de la Revelación y la Tradición”.

Pues claro que es tradición. Faltaría más. De no serlo deberíamos sustituir las vidrieras por pantallas de vídeo, las procesiones por seriales de los que se pueden ver cuando y donde se quiera desde nuestro dispositivo móvil y no daré más ideas no sea el demonio…

Si la tradición ha servido para que todo este tinglado socioeconómico funcione como para cotizar en bolsa y los pequeños inversores llamados feligreses y cofrades lo hemos dado por bueno, es justo pedir que cuide esa tradición a quien es su máximo exponente en nuestra diócesis de Cartagena, su Obispo.

Y como la tradición feligrés se cruza públicamente con la cofrade durante días de cuaresma y de procesiones, justo es también pedir a los máximos responsables de ésta que medien, que tercien o llegado el caso que molesten al estamento clerical para exigirle, sí, exigir a nuestro Obispo, que ya está bien de mendigar cuando somos nosotros los que aportamos el diezmo, que inicie de inmediato la restauración total y su apertura al culto de la Catedral del primer obispado de España, el que cedió su primacía a Toledo para que de la conjunción de Iglesia y Corona naciera lo que hoy conocemos como España.

Y hacerlo bajo advertencia de desobediencia hacia su figura si no lo hace, aderezando este aviso con la retirada de cualquier invitación a acudir a la sede de la Diócesis para presidir ningún acto religioso, además de trasladar con sonoro estrambote la enquistada cuita al Santo Padre, a ese Papa Francisco que tan poco amigo es de los príncipes aunque éstos sean príncipes de la Iglesia y que tantas veces cita a la tradición como hilo conductor de la revelación en el tiempo del mensaje de Cristo.

Lo que aquí pido a mis Hermanos Mayores ya sucedió en el año 1773, cuando los ilustrados cofrades del momento no consintieron que un obispo exógeno quisiera poner coto a las cofradías y a su labor, criterio y autonomía, dando como resultado la negativa a sacar ese año los desfiles procesionales a la calle, algo que de motu proprio o con el impulso de superiores instancias, hizo al obispo morderse la lengua en las posteriores ocasiones.

Hoy, por desgracia, y con el debido respeto y consideración que tengo hacia nuestros Hermanos Mayores, estamos huérfanos de los cuidos que Cartagena y su tradición católica se merecen. Yo, desde aquí, les digo que la razón de su cargo no es solo el sacar desfiles a la calle, eso lo hacen otras muchas instituciones durante todo el año. Están para hacer pública profesión de fe y del mensaje de Cristo, algo que parecen olvidar tras la cortina del sometimiento a quien mantiene esta injusticia y, por tanto, son corresponsables de lo que sus hermanos menores sufren, por su culpa, por su culpa, por su gran culpa.

 

‘Juan Hidalgo Caballero habla de mí y yo de él’

Como pueden suponer es más fácil hablar de los demás que de uno mismo y cotidianamente somos también nosotros mismos los que nos engañamos con más frecuencia. Damos por cierto o podemos entender, que quien aprende a dominarse dominará su mundo. Quizá por todo esto Juan Hidalgo Caballero aspira a poner orden en su espacio, el habla de mí y yo de él, es posible que quiera imponerse a mí , o yo me mire en él, que sea mi yo ideal o un yo idealizado, en definitiva el que aspiro a ser. Tal vez al tiempo yo me sirva de él para explicarme, proyectarme fuera y conocerme a mí mismo, en cualquier caso no importa mucho pues lo interesante es aprender y disfrutar de esta experiencia que comienza aquí.

Juan hidalgo Caballero encarna la utopía, le mueve el afán por arreglar el mundo en que vive defendiendo aquello en lo que cree contra viento y marea. Es alguien compasivo capaz de sentir ternura por el débil o por el ignorante. Se odia a sí mismo y siente impotencia cuando piensa que ha fallado al que sufre injusticia o dolor y cuando traiciona sus ideales. A pesar de los riesgos, actúa con optimismo, valentía moral e independencia, sin ignorar las posibles consecuencias, es por ello que a veces pasa ratos de euforia o de temor.

Nuestro personaje no se conforma con lo que es ni con lo que ya posee sino que tiene vocación de servicio público, gusto por mejorar en lo personal y prosperar explorando otros mundos. Es perseverante, no se da por vencido con facilidad pues sabe que esta es una debilidad que no se puede permitir un caballero hidalgo. Tira de ingenio, motivación y prosa para suplir sus carencias. No tolera la injusticia, faltar a la verdad o el engaño, procura apreciar y valorar a las personas con las que trata ya que sus cruzadas son el honor, la dignidad, el respeto y la equidad social. Por encima de todo es un ser humano comprensivo y sensible que sabe reconocer y admirar las virtudes de los demás por encima de las propias, esto en ocasiones le lleva a menospreciarse o sufrir periodos de cierta paralización y pesimismo.

De este don Juan Hidalgo digo, pues bien lo conozco, que es:

Un “desfacedor de entuertos”
y esforzado defensor del desfavorecido,
que al tiempo se siente caballero y villano,
noble señor y mendigo,
vencedor y vencido,
cuerdo y sin sentido
pero feliz de haberlo sido.

Porque… pienso yo ¿qué es el ser y la vida
sino el sueño o un delirio
cada día vivido?
Queremos ser y tal vez ya somos,
¿o tal vez fingimos serlo?,
¿anhelamos el poder o lo tenemos?
¿nos dirigimos a nuestro destino o somos llamados?
¿creamos las oportunidades o las atraemos?

¿Acaso nos pertenecen los pensamientos?,
¿es nuestro el conocimiento?
¿dónde nacen nuestros inventos?
¿alcanzamos lo que podemos ser
o sin saberlo lo somos?

Al perder la vida se ganan los recuerdos
¿o es necesario vivir para tenerlos?....

Quizás este testimonio vital sirva aquí de consuelo:
Nacemos y morimos en el mismo día y cada día es una nueva vida y un nuevo sueño, ‘pero siento que no camina solo’, ni siquiera durante la noche, dominio de lo incierto, oscuridad que desvanece las distancias y el tiempo, y tampoco al despuntar el ansiado día ‘pues alguien me guía’ con paciencia  infinita, siempre en silencio para no confundir mi pensamiento.

Pero ¡dime algo Señor mío!,
que tiemblo y tengo frío estoy triste y tengo miedo al desafío.
¿Qué hago ahora con esto, debo permitir aquello?
¿qué es lo que esperas de mí, por qué me buscas?
¡Cuida de mí!, que apenas llego a ser un niño “con los pies descalzos”…. (lágrimas, suspiros)
Otro día que pasa,
mañana habrá otro día.
¡Por hoy ya basta!

Así pasa la vida de Juan Hidalgo Caballero de allá para acá en un sinvivir inquieto, en un sin saber, en oración constante. Es un sufridor que habita un mundo de incertidumbres que tal vez necesite más de la fe y la esperanza que de las certezas.

Una tras otra trascurren sus numerosas empresas entre venturas y desventuras. La gran colección de libros que ha leído nuestro protagonista, a cerca de geniales caballeros que han hecho historia, son parte principal de su alimento vital. Son tantos los relatos que ha oído, tantas sentencias, tantas experiencias compartidas y en fin son tantas las enseñanzas, que apenas puedo recordar algunas, pero sé que a cada uno de esos maestros debo algo valioso: La fuerza y la motivación de sus ideas que me han acompañado en el camino hacia mi futuro.

Aunque menos han sido las dichas que las decepciones, el optimismo innato, cierto grado de estoicismo y la actitud positiva han llevado siempre en dirección ascendente la vida de Juan Hidalgo. Cada una de las experiencias de la vida me ha ido puliendo un poco como una talla de madera, pero hasta el final no sabré cuán bueno será el resultado porque ‘no soy el artesano de la madera’. Lo que sí creo que debemos ‘pedir’ (pues se nos dará) alto y claro son nuestros deseos para así atraer las experiencias y a las personas consonantes con ellos. Los buenos e intensos deseos, los legítimos, son el arma creadora que activa los pensamientos positivos, y la imaginación es una herramienta de estos, juntos crean una gran energía capaz de hacer realidad los sueños, puede ser imán o reflejo de lo bueno y lo malo, ‘para lo grande o lo pequeño’, ¡ojo pues, con lo que pensamos y deseamos!

Todas estas preguntas, no se apuren, las ha de responder desde su entendimiento Juan Hidalgo Caballero, pero como les he dicho no busquen certezas, no las hay, pues no son para el hombre, ni de este mundo, que en su lugar nos brinda la fe y la esperanza.

 

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