Jueves, Junio 20, 2019
   
Texto

'Las horas. Relato desesperado de una sanidad perdida'

Pilar Marcos Silvestre, secretaria general de Podemos Cartagena, narra la dramática muerte de su padre en un ascensor de la Arrixaca a consecuencia de un infarto.



Eran las dos de la mañana cuando el hombre despertó. La angustia le podía, no sabía a que respondía ese desasosiego, y después de un rato de ver como la situación le superaba avisó a su mujer. Juntos acudieron al hospital de su ciudad, un precioso hospital, más que hospital parecía aeropuerto, grande y moderno, con pasillos abiertos, y módulos departamentales para cada especialidad, un centro hospitalario que transmitía confianza y seguridad.

Llegaron al precioso hospital, a las 4.10 de la madrugada de un domingo a un lunes. La mujer respiró aliviada al encontrarse en un lugar seguro, “ahora todo irá bien”. Pero sus buenos presagios se rompieron en pedazos a los pocos minutos, pues a las 4.30 horas le anuncian que su hombre estaba muy grave y que seguramente tendría que ser trasladado a otro hospital en la capital, para que le atendieran de su dolencia. A partir de ese momento los personajes de esta  historia entran en un bucle, donde cada segundo, minuto, y hora se convierte en una montaña rusa de sentimientos, y ni ellos mismos se creen lo que está sucediendo.

La mujer llama a las hijas. Los médicos, tras informar primero que lo iban a trasladar al hospital de la capital, una hora más tarde les dicen que no, que lo van a intentar reanimar con medicación. Pero finalmente a las dos horas después, les anuncian que sí,  que no ha respondido al tratamiento y que tienen que trasladarlo a la capital.

El hombre es trasladado en una ambulancia justo cuatro horas después de su llegada al precioso hospital. Después de cuatro horas de sufrimiento se le traslada al hospital de la capital, y el viaje dura una hora más, el hombre se encontraba tan grave que cualquier curva a bache podría costarle la vida. Pero era tan fuerte este hombre que no solo aguanta las cuatro horas sin la atención adecuada, sino que también resiste el traslado por carretera durante una hora más de su tiempo. Agonizante,  y sin casi consciencia llega a la capital, donde lo intervienen en un quirófano, y tras otra hora sale con los ojos abiertos y la cara amarilla, pero vivo. Solo quedan unos minutos de este relato desesperado, pues este hombre fallece en el ascensor del hospital de la capital sin posibilidad de vuelta atrás.

En total fueron seis horas y media, las que bastaron para que ese hombre muriese en un ascensor del hospital de la Arrixaca. Seis horas y media de sufrimiento de mi padre, porque ese hombre era mi padre, y esa mujer mi madre, y una de las hijas era yo. Mi padre sufrió un infarto en Cartagena, en la madrugada del domingo 15 de abril, al lunes 16, y acudió al hospital  Santa Lucía, hospital que no cuenta con el servicio de hemodinámica durante 24 horas, servicio imprescindible para atender a las personas que llegan con síntomas de infarto al centro hospitalario. Únicamente está el servicio disponible en horario de oficina, de lunes a viernes de 8 a 15 horas, el resto del tiempo cualquiera de los habitantes de los municipios que integran el área dos del Servicio Murciano de Salud (Cartagena, La Manga, Fuente Álamo, Mazarrón, Puerto de Mazarrón, La Unión) corren el riesgo de morir por no tener la atención necesaria en un “precioso hospital”, dotado de todas las técnicas más avanzadas, pero sin el personal necesario para poder manejarlas.

Riesgo de morir, es una frase muy dura, pero es la realidad pues yo lo he vivido en primera persona. Tal vez era la hora de mi padre, pero tal vez no, y el no contar con el servicio de hemodinámica en el Hospital de Santa Lucía redujo su esperanza de vida.

Mi padre trabajó durante 50 años, y todos esos años cotizó religiosamente para sostener el Estado de Bienestar, ese que nos dotaba de los servicios básicos para vivir con dignidad, y del que ahora solo tenemos un vago recuerdo. La privatización de la sanidad pública, los recortes en servicios y personal producen muertes, y no solo la de mi padre, sino la de mucha gente en esta ciudad, gente sencilla que acepta lo que le llega, pues hay que enfrentarse a los poderes de unos gobiernos del PP deslamados, gobiernos que solo piensan en números y no en personas, donde la vida de la gente es menos importante que tener aeropuertos sin aviones o  autovías sin coches. ¿Cuántos habrán muerto antes que mi padre?, ¿Cuántos morirán después?, ¿Cuándo el pueblo dirá 'basta' de gobiernos que permiten la muerte de la gente sin hacer nada para evitarlo?

La muerte de mi padre es un asunto personal, pero para mí que represento a un partido, lo personal es público, y os digo que voy a seguir luchando con todas mis fuerzas con los vecinos y vecinas por una sanidad pública y gratuita para todos, os digo que voy a seguir denunciando estas muertes injustas producidas por la irresponsabilidad del gobierno del Partido Popular, para defender la salud de la gente, y para quitarle la máscara a los que prometen “valor seguro” y dan “riesgo de muerte”.

 

 

Mirando al cielo

Literalmente. Hemos pasado la Semana Santa mirando al cielo por una borrasca inoportuna. Desde aquí, dar gracias a  todos los implicados en las procesiones por su actitud animosa, por su ilusión por acercar la Pasión a vecinos y turistas, por su fortaleza para tomar decisiones en situaciones muy complicadas, por su trabajo por conservar y transmitir nuestras tradiciones...

Lo que hemos visto estos días en las personas que forman las cofradías de Cartagena, la  unidad ante la adversidad, el sacrificio y esa incansable esperanza, nos transmite también, con su ejemplo, el misterio pascual que hemos celebrado. Gracias de verdad. Nos hacéis sentirnos orgullosos de nuestra ciudad y nuestra gente.

 

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