Domingo, Marzo 26, 2017
   
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Viaje a lo desconocido: San Ginés de la Jara (I)

En palabras del célebre arqueólogo García Bellido, al Sureste español tan solo le falta el techo para convertirse en un gran museo, y es en la esquina sureste de este sureste ibérico, en mitad de la sierra antiguamente llamada de San Ginés, a medio camino entre Cartagena y Cabo de Palos, donde encontramos abandonada, destrozada y olvidada esta espectacular “máquina del tiempo” que la humanidad construyó a lo largo de los siglos en el conjunto monacal de San Ginés de la Jara.

Delimitado por la declaración de Bien de Interés Cultural que la Asamblea Regional de Murcia dictó en 1992, dentro de sus límites alberga la historia de la humanidad desde la noche de los tiempos, por ello, desde DAPHNE nos gustaría invitar a un paseo por el conjunto monacal de San Ginés de la Jara y Monte Miral.

Unas 100 hectáreas que encontraremos acotadas en el mapa siguiendo las instrucciones que nos da la propia declaración de BIC:
“La zona afectada por la declaración se encuentra acotada del siguiente modo: (Invito a coger un mapa o el Google maps y seguir las instrucciones que nos da este decreto)

Se define en términos generales como la ladera Norte y Este del Monte Miral. Más concretamente, se establece una línea envolvente que parte, en sentido de las agujas del reloj, del puente sobre la Rambla del Beal y la carretera MU-312, de El Algar a Cabo de Palos, discurriendo por la misma 150 metros, de donde parte un camino de tierra, a la izquierda, por el que recorremos 1 kilómetro en dirección NEE hasta un nuevo cruce que, a la derecha y en un ángulo de 902 transcurre otro kilómetro. Desde este último cruce se traza una visual hasta la Rambla de la Victoria. Desde este punto continuamos Rambla arriba hasta el puente de la citada rambla con la carretera de La Unión-El Sabinar. Desde aquí en una línea sinuosa que coincide con el vértice de vertientes del Monte Miral hasta la confluencia con la Rambla del Beal, por la que transcurre aguas abajo, hasta el punto de partida.”

Sin salirnos del perímetro de la zona que las autoridades declararon como Bien de Interés Cultural con máxima protección iniciaremos nuestro viaje en el tiempo en el extremo este del recinto, a los pies del Monte Miral, nos adentraremos en las entrañas de la tierra por la boca de la Cueva Victoria, una vieja explotación minera abandonada que atravesó una antigua sima donde las excavaciones del profesor Gibert sacaron a la luz restos de posiblemente Homo Habilis datados de hace más de un millón de años.

Volviendo a superficie y a pocos metros en dirección al monasterio de San Ginés nos encontramos con las excavaciones de un poblamiento del paleolítico de una antigüedad estimada en 80.000 años.

Seguimos caminando al pie del Miral y muy cerca, al Norte, nos encontramos con el monasterio de San Ginés de Jara. De tiempo inmemorial este paraje estaba bañado por tres fuentes de agua, una de ellas termal, que alimentaban unos baños que habían en el monasterio. La presencia de estas fuentes unido a la cercanía de poblados ibéricos, como el de cercano monte Mingote, habitado entre los siglos V al II a.C, hacen pensar que el origen de este lugar de culto, bien se pudiese remontar a un posible santuario de esta época.

Sin embargo hasta el siglo XIII, fecha de la construcción de la torre fuerte, que aunque desmochada en su última planta, aún se mantiene en pie y que es el germen del actual edificio, todo son hipótesis con alguna que otra pista arqueológica, hagiografía o literaria que nos remiten a la legendaria vida del santo que habitó este paraje.

Se sabe que el patricio romano Cayo Numisius construyo una villa en el siglo II aC hasta hace poco tiempo una lápida romana adornaba uno de los muros del monasterio, hasta que fue saqueada.

Además de esta villa de Numisius, en las cercanías existen factorías de pescado, explotaciones mineras, otras villas y calzadas de la época.

En el Codice Calixtino, libro V, capitulo VIII, “De los cuerpos de los santos que descansan en el camino y que deben ser visitados por los peregrinos” nos dice, tras referirse a la iglesia de San Honorato, en Arlés, donde descansa el cuerpo San Ginés y al martirio que sufrió en el año 310.

“El mismo santo apenas hubo sido degollado cogió su cabeza con sus propias manos y la arrojó al Ródano, y llevó su cuerpo por medio del río hasta la iglesia de San Honorato, en donde honrosamente yace. Su cabeza, en cambio, corriendo por el Ródano y por el mar llegó, guiada por los ángeles, hasta la ciudad española de Cartagena, en donde ahora descansa espléndidamente y obra muchos milagros. Su festividad se celebra el 25 de agosto.”

Con respecto a este ‘primer’ San Ginés, leemos en ‘Las actas de los mártires’ atribuidas a San Paulino de Nola:
"Ginés, nativo de Arlés, fue un soldado que llegó a ser conocido por su maestría en la escritura, por lo que fue nombrado secretario del magistrado romano de Arlés. En el desarrollo de las funciones de su oficio, le fue dictado para ser copiado el decreto de persecución de los cristianos. Indignado en su ideal de justicia, el joven catecúmeno lanzó las tablillas de cera donde tomaba sus notas a los pies del magistrado y huyó. Fue capturado y ejecutado y recibió el bautismo en su propia sangre".

Volviendo al monasterio, existe la posibilidad, aunque remota, ya que se basa en leyendas, de que Paulo Orosio, discípulo de San Agustín, fundara un primer monasterio, en el que hipotéticamente podría haber escrito su gran obra  “Historiae  Adversus Paganos” antes de su muerte en el año 417, Orosio regresaba a la península portando las reliquias de San Esteban para llevarlas a la catedral de Braga cuando hizo escala en Menorca, se sabe que de allí partió con rumbo desconocido, unos dicen que a Hipona y otros como Jaime Jordán a la costa de Cartagena, donde “… a tres leguas de la ciudad y en unos montes de gran amenidad funda un convento agustino”  Lo cierto es que ni las reliquias de San Esteban ni Paulo Orosio llegaron nunca a Braga. ¿Estarán los restos de San Esteban y de Paulo Orosio en San Ginés?

 

La verdad se ‘refugia’ bajo tierra.

Hace ochenta años, en estas fechas, la locura se había instalado en España y en nuestra ciudad, desde aquel 18 de julio fatídico, habían ocurrido ya demasiadas cosas: El linchamiento del Chipé y el posterior arrastre de su cadáver por las calles de la ciudad. Los primeros combates en el Arsenal para reducir a  la base de submarinos que se había unido al alzamiento. El encarcelamiento masivo en el buques España Nº3. La quema de las iglesias y de la Catedral. Ejecuciones de oficiales en los cruceros Cervantes y Libertad. El traslado desde Alicante de casi 400 prisioneros del Buque Sil al España Nº3. Y los primeros bombardeos aéreos de la ciudad, de los 117 sufridos por nuestros paisanos.

A partir de septiembre, las reservas de Oro del Banco de España están guardadas en La Algameca, La República está dispuesta a embarcar el oro para la compra de armamento, los nacionalistas están dispuestos a que esto no ocurro y los ataques aéreos se intensifican. Ha llegado el momento para la población, de buscar refugio a la lluvia de bombas enemigas y metralla amiga.

Frenéticamente se empiezan a excavar refugios para poder dar seguridad a un pueblo que aún no termina de creerse todo lo que está ocurriendo, un pueblo que se resiste a abandonar su vida, su trabajo, su tierra. Pero el día de San Gonzalo, para celebrar su onomástica, Queipo de Llano siembra de horror y muerte nuestras calles con uno de los mayores bombardeos de la Guerra, el de “las cuatro horas”.

El éxodo a los campos fue grande, aunque mucha gente permaneció en la ciudad y otra mucha pasaba el día en ella. Para toda esta gente era necesaria la construcción de los refugios, que continuó sin tregua.

Hoy en día este periodo de nuestra historia lo podemos “sentir” en el centro de interpretación de la Guerra Civil. Y digo sentir, porque realmente es para sentirlo, cualquier parecido con la realidad en este centro de interpretación es pura casualidad.

“Se ha puesto en valor” un antiguo refugio que no llegó a acabarse hasta más de 70 años después de acabada la contienda. A las paredes de roca viva de mala calidad se las cubrió con mallazo de hierro y cemento, y el suelo de tierra fue acondicionado con tablas de madera, a esto se le dotó con un fondo museístico a todas luces pobre e insuficiente, la inversión en esta versión de nuestra historia no debió de ser grande. No así la inversión que se hizo en este centro de interpretación y en otros como el Fuerte de Navidad, a la hora de acondicionar y “actualizar” el entorno. Este ha sido uno de los grandes males de nuestro patrimonio: “La firma de autor” que se lleva los recursos económicos, para construir cosas nuevas que nada tienen que ver con lo que pretenden “poner en valor”

Realmente debió de costar más la fachada tipo rompeolas y el ascensor tipo grúa de la construcción que acondicionar la antigua galería para que pueda servir de museo de la Guerra Civil, museo de la minería o de Zambra gitana.

La innecesaria pasarela de hierro oxidadizo y el mamotreto de bloques de cemento delante del Fuerte de Navidad, se llevaron el presupuesto para reconstruir la desmochada y aún hoy en ruinas Torre de Navidad.

Pero volvamos a nuestros refugios, lo triste de todo esto es que a muy pocos metros del escaparate de nuestra cultura que nos han revelado, están los auténticos refugios, una obra de magnitudes que cuesta mucho imaginar a la vista de lo que tenemos a la vista.
Hace muchos años en compañía de un amigo visité estos refugios de la calle Gisbert, naturalmente de forma clandestina.  Ahí se podía sentir la historia. Recuerdo que era una sucesión de bóvedas paralelas atravesada por otras bóvedas paralelas entre sí, que formaban unos  pilares cuadrados de planta, y que tenían posiblemente unos cuatro metros de lado, todos estos pilares  estaban circundados de bancos corridos, todo era de hormigón enlucido, bancos, paredes, bóvedas y suelos.

La planta del refugio se trataba de un cuadrado que podría tener unos 60 o 70 metros de lado. En el lado opuesto a la entrada, a la derecha y junto a un amplio pasadizo medio inundado que llevaba hasta la calle Cuatro Santos, había una escalera de unos diez metros de anchura, tipo escalera real que subía en círculo a un segundo piso, de igual tamaño y características que la planta baja. Y sobre esta existe una tercera planta, esta excavada en la roca y que posiblemente no se llegó a terminar, al igual que el actual “refugio”

No cuesta imaginarse, una vez dentro de este refugio, las presencias de las 5.000 almas que en silencio y en la penumbra del cemento gris, compartían apiñados su miedo y su destino.

En cuanto al fondo museístico de la historia a la que nos dan acceso en este centro de interpretación… nada del España Nº3, nada del Jaime, nada del Oro de Moscú, nada de la fábrica de municiones, nada del Baleares, nada del José Luis Diez, nada de nuestros submarinos, nada de aquel marzo del 39, castillo de Olite incluido, nada del penúltimo parte de guerra. ¡Nada! ¡Que por aquí apenas pasó la guerra!

En Daphne creemos que esta joya oculta y olvidada, debe cobrar vida y hablarnos con claridad de aquellos sucesos. Por eso vamos a solicitar una visita a estos refugios, a ser posible con personal de nuestro Ayuntamiento, para comprobar su estado, tomar medidas, fotos y videos de esta construcción histórica, con el fin de elaborar un informe que permita incoar como Bien de Interés Cultural (BIC) a uno de los mayores refugios antiaéreos de la ciudad y posiblemente, uno de los mayores de España. Una vez se consiga esto, animaremos a que se cuente la verdadera historia de nuestra guerra, sabedores que doctores tiene la Iglesia y cronistas Cartagena.

 

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