Jueves, Marzo 30, 2017
   
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Para hacer esta muralla… juntemos todas las manos

Apenas había pasado poco más de un cuarto de siglo desde que Cartagena se había echado un pulso contra España y lo había perdido. La ciudad había quedado devastada. De los 1.900 edificios con que contaba tan solo 27 salieron indemnes de la aventura. Estamos a principios del siglo XX y gracias a la riqueza mineral de la sierra de San Ginés una nueva Cartagena se levanta con orgullo, con el mismo con el que tantas veces se había levantado otras veces a lo largo de la historia.

Cabe pensar que tras la experiencia del Cantón se viera conveniente desmontar parte del sistema defensivo de la primera plaza militar de España y hacerla más asequible en caso de repetirse situaciones parecidas a las vividas por cuatro veces en el siglo anterior -1.810,1.823, 1.844 y 1873-  en las que las murallas y el sistema defensivo mantuvieron a raya durante semanas a los ejércitos sitiadores mandados por los diferentes gobiernos.

Se dio como inútil militarmente al Castillo de los Moros el 21 de noviembre de 1901 por Real Decreto. Tras 123 años de servicio, la jubilación de la piedra angular de la defensa de la ciudad, el castillo del Atalaya, vendría veinte años más tarde.

Pero era la muralla que ceñía la ciudad la que de verdad molestaba, ya fuera por lo expuesto o por la oportunidad de negocio de los especuladores que vieron en el ensanche de la ciudad la ocasión ideal de hacer buenos negocios.

Y así se demolieron muchos metros de muralla en pos del progreso y el ensanche de la ciudad, llevándose por delante todo el frente norte, la muralla de tierra junto con las tres puertas monumentales que daban acceso a la ciudad amurallada, las de Madrid, las del Puerto y las de San José.

Al máximo artífice de esta proeza, auténtico atentado contra el patrimonio, se le premió en el recuerdo poniéndole su nombre a una calle que parte desde el mismo sitio donde en 1.901 se presidió el derribo de la muralla, es decir, el Parque de Artillería. A esto le siguieron en 1.902 las puertas de Madrid.
Cuatro años más tarde, Ángel Bruna moriría, continuando su obra los alcaldes posteriores hasta finalizar en 1.916 con el derribo de las puertas del Muelle y de San José.

Afortunadamente quedó el pie la Muralla del Mar, que enlazaba con la de tierra que da a Levante, que desapareció de donde estaban las Puertas de San José. Poco más adelante aparecerió nuevamente la muralla rodeando el cerro de San José, en cuya cima las ruinas del fuerte caballero que las protegía clama atención y justicia. Y más adelante… de muralla, nada.

Sin embargo, la que posiblemente fuera la muralla más larga de España con casi cinco kilómetros, también rodeaba al Arsenal y gracias a ello siguió “en activo”. Esta muralla que parte del puente de la rambla de Benipila discurre por más de dos kilómetros para morir en los muros del castillo de Galeras. Su estado no es el mejor en muchos tramos, pero sí  que guarda su fisionomía original, con merlones y cañoneras y varios baluartes. La Muralla de Poniente es un tesoro desconocido pendiente de ser reconocido y puesto en valor, la limpieza y apertura de un sendero de subida al castillo, transitando por sus adarves y baluartes es un atractivo turístico más que enriquece la inmensa oferta del municipio.
Parte del recorrido ha de hacerse al pie de la muralla, por razones de seguridad nacional.

Pero esta no es la única idea que quiero aportar para, de alguna manera, remediar el desafortunado trato que le hemos dado a este monumento.

Cartagena puede volver a ser una ciudad amurallada, su centro histórico puede volver a estar ceñido por los muros que la hicieron inexpugnable. La idea no es nueva, ya se ha hecho en Berlín por ejemplo, e incluso aquí, en Cartagena. El botón de muestra lo tenemos en la antigua plaza de la lonja, frente a las puertas del Parque de Artillería, allí en el suelo se dibuja el contorno que tuvieron las defensas, bien es cierto que un poco más de contraste de color entre los materiales hubiera sido deseable para, utilizando el Google Maps poder apreciarlo con más detalle, sin embargo es bien útil para imaginar la proposición que quiero aportar. Se trata de un “trampantojo” en el que en la piel de la ciudad volviera a salir dibujado el contorno que tuvieron sus muros. Esto no solo sería visible desde el satélite, sino que sería palpable a pie, haciendo que los ciudadanos tomasen consciencia de la magnitud de aquella obra. Pero además este gran dibujo, sería la línea que delimitaría el casco histórico, casco histórico declarado BIC, y del que no hace mucho se olvidaron de su condición los responsables de guardar y preservar nuestro Patrimonio, convirtiendo al centro histórico de Cartagena en el más castigado y destruido en España desde el final de la Guerra Civil.

Resucitar nuestra historia es cosa de todos, tan solo el conocimiento de nuestras cosas nos puede llevar a amarlas primero y protegerlas después, ponerlas a trabajar será el siguiente paso, pero solo el amor y el respeto a nuestro patrimonio pueden hacer de todos estos monumentos olvidados una fuente de riqueza inimaginable. En nuestras manos está. ¡Hagámoslo posible!

 

Mira al Miral… y verás.

¡Ah!, ¿qué son ermitas?, me dijo hace años una persona, líder en Cartagena de un partido político, cuando le pedía que intercediera por estos monumentos. Fíjate que en verano paso todos los días por delante camino de la playa y me creía que eran construcciones de las minas, acabó confesándome. Normal, pensé yo, no porque se tratara de un político, sino porque se trataba de una persona normal, como la gran mayoría de nosotros que pasamos por miles todos los días por la autovía camino de La Manga entre el abandonado monasterio de San Ginés de la Jara y el desconocido monte Miral.

Al pasar, el viajero advertirá que hay tres edificaciones que trepan por el monte hasta coronarlo, en la primera de estas, en la poca fachada que a día de hoy le va quedando, se puede aún leer Ave Maria realizado posiblemente por sus constructores con piedras de hierro negras a modo de mosaico. Un poco más arriba, está la segunda ermita que era de planta circular hasta hace poco, en que se derrumbó media ermita. Y por fin, en lo alto del monte, la tercera, esta es de planta cuadrada y aún conserva en pie, de forma muy precaria, los últimos restos de su cúpula, en sus muros podemos leer en pintura blanca la palabra “Libertad” pintada no hace mucho por algún imbécil.

Sin embargo hay otras dos ermitas que por extraño que parezca han pasado desapercibidas, tanto para los que pasamos todos los días como para los que declararon en 1992 Bienes de Interés Cultural a estas ermitas del monte Miral, declaración que al parecer se debió hacer sin bajarse del coche.

A día de hoy el abandono es total, a pesar que desde hace un año hay una resolución de la Dirección General de Bienes Culturales de la CARM para que su propietario, la mercantil Portman Golf, invierta en obras de consolidación para garantizar tanto su conservación como la seguridad de las personas que las visitan. Sin que se haya movido un esparto desde entonces. Igualmente la DGBC de la CARM ha abierto un expediente para declarar Bien de Interés Cultural con categoría de sitio histórico todo lo que en 1992 fue declarado BIC incluyendo tanto estas dos ermitas “descubiertas” ahora, como posibles y previsibles futuros descubrimiento de toda índole, arqueológicos, paleontológicos o industriales.
Aún a pesar de estar heridas de muerte, no están muertas y son muchas las historias y misterios que aún nos pueden contar, depende de nosotros que así sea.

La leyenda cuenta de la venida de un noble francés de nombre Ginés, allá por el 800 de nuestra era, que tras naufragar en Cabo de Palos llegó al monasterio de San Laures, posiblemente San Lorenzo, el laurel) y pidió al abad del monasterio habitar en el monte que se levantaba junto al cenobio. Allí recibió la ayuda de unos ángeles que le ayudaron a levantar la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, cerca, a pocos metros tuvo su cueva y allí murió después de 25 años de oración y penitencia Ginés el franco, habiendo dejado sus rodillas impresas en la piedra sobre la que rezaba.
La realidad es que desde época muy temprana, quizás el siglo III, el monte estaba poblado por anacoretas refugiados en sus cuevas y dedicados a la vida contemplativa, esto se deja entrever de la cita del Codice Calixtino, cuando describe la llegada de la cabeza de San Ginés a Cartagena a principios de siglo IV.

Pero dejemos el terreno legendario y echemos mano de la historia. Al tiempo que se edificaba la actual iglesia del monasterio, hace 400 años, el cercano monte Miral se poblaba de eremitorios, nueve en concreto, destacando entre ellos por su antigüedad e historia la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles.

Tenemos noticias de la ermita de los Ángeles gracias al licenciado Francisco Cascales en su discurso histórico de la ciudad de Cartagena publicado en 1598. “… La octava ermita, y primera en tiempo, es la que intitula de los Ángeles, forma una pequeña cueva, que labró en su primera venida el glorioso Ginés, ayudado, según tradición constante, de los Ángeles…”. Cascales nos describe las ermitas dándole un orden, no sabiendo a ciencia cierta el criterio que siguió para enumerarlas, así la primera es la de San Pablo. Le siguen las de San Hilarión, San Antonio Abad, María Magdalena, San Jerónimo. La sexta está dedicada a San Juan Bautista, luego San Onofre y San Francisco de Asís, destacando entre ellas como hemos dicho la de Nuestra Señora de los Ángeles.

Diego Campillo de Bayle, en su novela ‘Gustos y Disgustos del Lentiscar de Cartagena’, editada en 1689, nos dice de esta ermita: “Ay en medio de ella en el suelo de la peña lugar hundido, vestigio como de dos rodillas, donde el Santo acostumbraba a tener su oración, de tanto peso, que hacia abajo abrumaba el monte; de tanto fervor, que consumía la peña… Está este lugar por la reverencia, por encima con un resguardo de una reja de hierro, como haciendo celosía al recatado milagro, para que no lleguen impuras plantas a donde llegaron soberanas rodillas…”

Poco después, apenas quince años más tarde, los franciscanos devolvieron el monte con sus ermitas al concejo del Ayuntamiento, en virtud de sus votos de pobreza.

A mediados del siglo XIX empezó el monte a poblarse de construcciones mineras que extraían el hierro de las entrañas del Miral, la mina Haiti era la que ocupaba el subsuelo de nuestras ermitas, la concesión estaba a nombre del empresario y naturalista  Guillermo Elhers, que tenía sus oficinas en la Plaza del Rey Nº 17, y además era el propietario de un hermoso jardín botánico con una colección riquísima de plantas acuáticas procedentes de Filipinas, en donde años más tarde se levantaría la Villa Calamari.

El señor Elhers vendió su concesión a la sociedad francesa Peñaroya, quien pasado el tiempo hizo lo propio con Portman Golf, de cómo y cuándo pasó la posesión de una concesión minera para extraer mineral del subsuelo a título de propiedad del suelo que antaño fue municipal, no he podido documentarme. Sin duda debió de ser legal, en unos tiempos en que la legalidad era un criterio muy ligado al poder y no necesariamente a la justicia.

La resurrección de nuestro patrimonio no es solo un derecho de la ciudadanía, sino un deber de todos. Hemos recibido un legado que estamos obligados a transmitir a nuestros descendientes. La historia no solo debe habitar en los libros, sino que debemos poder tocarla. Es imposible amar algo que no se conoce, por ello es vital recuperar estas ermitas y todo cuanto nos puedan enseñar.

 

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