Domingo, Marzo 26, 2017
   
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El castillo de la muerte

Al oeste de la ciudad de Cartagena se extiende la sierra de Pelayo y en ella se alza el monte Atalaya coronado por el castillo del mismo nombre. Se accede al castillo, encaramado a una cota de 242 metros, por una carretera muy estrecha, de unos 3 metros de anchura, y una pendiente media del 14%   El recorrido total, flanqueado de profundos barrancos, es de unos 1.800 metros.

Construido en el siglo XVIII, de estilo Neoclásico ecléctico, es una obra "abaluartada" perteneciente a la "Escuela Española Afrancesada". Consta de dos alturas (plantas). La planta baja, de diseño pentagonal es maciza, y está rodeado de un "foso seco" con su correspondiente contraescarpa.  Se accede a esta planta por una puerta "en recodo" en la cara derecha del baluarte Sur. Tras la puerta, se accede a un zaguán, donde estaba el cuerpo de guardia, la estancia tenía un puente levadizo, hoy desaparecido, que cortaba las escaleras de acceso a las explanadas del techo de la primera planta, sobre el que se levanta un edificio con sus "bóvedas a prueba" y planta en forma de “U” abierta al sur, donde se alojaba la tropa y las municiones, siendo la plaza de armas la explanada delimitada por esta construcción, donde además estaban los dos aljibes. Para acceder a las terraza superiores de este edificio existía hasta hace poco una escalera de caracol hoy expoliada.                         

Desde tiempos muy antiguos esta elevación sirvió de atalaya, dominando todo el Campo de Cartagena y su ciudad, La Algameca y la sierra de Roldan. Tenemos noticias de esta utilidad como atalaya cuando el 4 de mayo de 1561, desde el puesto de vigilancia del monte del Atalaya se alerta del desembarco en La Algameca de 1.800 soldados otomanos, acude el marqués de los Vélez que derrota a los invasores en las cercanías de la rambla de Benipila. Más tarde, en 1706, durante la Guerra de Sucesión, los ingleses construyeron una pequeña fortificación en su cumbre.

En febrero de 1776 comienzan las obras dirigidas por Mateo Vodopich según diseño de Pedro Martín Zemeño y corregido por Llobet. Acabándose la obra en junio de 1778, el castillo contaba con 18 cañoneras y la posibilidad de instalar a barbeta otros cinco cañones, y capacidad para albergar 200 hombres.                    

Durante la Guerra de Independencia, en enero de 1811 el general francés Soult  desplegó su primera batería de cañones para sitiar y tomar Cartagena, en pocos minutos la artillería  del Atalaya  los aniquiló, desistiendo los franceses de volver a atacar la ciudad, y volviéndose a Murcia para saquearla por segunda vez. Cartagena fue junto a Alicante y Cádiz, las únicas ciudades no tomadas por las tropas de Napoleón.

Once años más tarde, después de ejecutado el general Riego y proclamado Fernando VII como rey absolutista, Torrijos negocia la rendición de Cartagena a las tropas francesas de los cien mil hijos de San Luis. Así el 4 de noviembre de 1823 se entregan a las tropas francesas los castillos de San Julián, Moros y Atalaya, terminando un asedio de varios meses.

Veintiún años después, nuevamente Cartagena es sitiada, y el día de San José de 1844, durante la noche, las tropas del general Roncali que cercan la ciudad,  toman el barrio de San Antón, haciendo trincheras y defensas. Por la mañana son barridos por el fuego del castillo del Atalaya a la vez que las tropas salidas de la ciudad reconquistan la posición.

Pero es durante la revolución cantonal cuando el castillo del Atalaya recibe el nombre de “El Castillo de la muerte”, dado su importancia estratégica y su certera puntería, durante los seis meses de vida del Cantón de Cartagena este castillo realizo 2.039 disparos con sus 24 piezas. El castillo del atalaya fue un baluarte inexpugnable, prueba de ello es que el 5 de enero 1874, después de cuarenta días de intenso bombardeo, las nuevas baterías de obuses de los centralistas consiguen hacer blanco por primera vez en los castillos de Atalaya y Galeras.

Después de la voladura del Parque de Artillería en Cartagena, con casi todas las reservas de pólvora del Cantón, el día de Reyes de 1874, la moral entre los defensores del castillo del Atalaya está muy baja, llegando a oídos de los sitiadores que, de no ser por el miedo a ser fusilados, ya se habrían rendido debido al duro castigo artillero que sufren y a la escasez de municiones para responder, por lo que se les ofrece el indulto a cambio de su rendición. Así al día siguiente, mientras el fuego de los sitiadores del Cantón es muy intenso, y de igual manera el de los sitiados, el castillo del Atalaya solo dispara piezas de pequeño calibre y sin la pericia y eficacia que había hecho estragos fechas anteriores, lo justifican por la falta de munición. Esa misma tarde el brigadier Carmona obtiene el permiso para ofrecer el indulto a los defensores del Atalaya a cambio de su rendición.

El 10 de enero se pacta en la venta de Los Patojos la rendición del castillo. La falta de munición, tras las voladuras de la Tetuán y del Parque, así como los nuevos obuses de gran calibre con que los centralistas les castigan, obliga a esta rendición oficialmente honrosa, “agotadas todas las posibilidades para su defensa”. Este es el fin del Cantón. A la mañana siguiente el castillo del Atalaya no luce ya la bandera roja de los cantonales, sino la roja y gualda de los centralistas.
Al atardecer de aquel día sale de la ciudad una comisión enarbolando una bandera blanca, marchando a Portmán donde manifestaron el deseo de la Junta de autorizar la salida de la ciudad de los civiles, a fin de evitar más derramamientos de sangre, pero se acaba pactando un alto el fuego hasta el mediodía del día siguiente, plazo dado por los centralistas para la rendición de la plaza, como así fue aquel 12 de enero de 1874. La caída del castillo del Atalaya fue la puntilla que acabó con el cantonalismo y con la Primera República, dicho sea de paso.

En 1885 se artilla con cuatro obuses de 21 cm y en 1922 tenía seis cañones de 15 cm.
31 de enero de 1968 El ministerio de defensa entrega al de Hacienda el castillo del Atalaya, en estado de total abandono y expolio desde entonces. En el ‘Plan general municipal de ordenación (Normas Urbanisticas)", aprobado el 9 de abril de 1.987 está catalogado con la consideración de Bien de Interés Cultural con el grado de protección 1. Además ya estaba declarado por la Disposición Adicional Segunda de la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español.

En 1973 se contempló por parte del Ayuntamiento hacerse con la propiedad del castillo para instalar un parque, pero tras un fugaz paso por los plenos municipales y la Prensa, la idea durmió hasta que en junio de 2014 apareció en Prensa la idea de cambiar el castillo a titularidad municipal, al igual que hace pocas fechas volvió a aparecer nuevamente esta “serpiente de verano”

El castillo hoy en día no tiene utilidad alguna, solo existen en sus inmediaciones antenas de TVE y RNE en lo que fuera el baluarte de defensa del camino y donde mucho más tarde se colocaría un reflector antiaéreo durante nuestra guerra civil

El castillo del Atalaya, pues, es patrimonio del Estado, de Hacienda, y Hacienda somos todos.

 

Perlas de cal y sal

* En memoria de Patricia.

Esparcidas por todo el Campo de Cartagena hay pequeñas joyas blancas llenas de historia y sentimientos, olvidadas e ignoradas por todos nosotros, ignorantes de lo que tenemos, ignorantes de lo que no sabemos o ignorantes por la absurda prepotencia del que no da para más. Algunas aún resisten, como las ermitas del Calvario, Los Médicos, La Guía… Otras se están borrando de nuestro horizonte como las del Monte Miral, los Beatos o San José del Lentiscar. Pero hoy quiero hablar de una ‘joyica’ muy cercana, hoy quiero hablar de la que hasta que cierre el ojo va a ser mi iglesia.

Mi iglesia se levanta sobre una antigua ermita dedicada a la Virgen del Rosario, en un barrio de pescadores a donde llegaron a mediados del siglo XVI unos cuantos trabajadores de la mar procedentes de Sicilia. Se asentaron los sicilianos y con ellos su fe y amor a Santa Lucía, llegando a dar nombre a aquel caserío de pescadores y a su ermita. Hay numerosos documentos de peregrinaciones y rogativas a aquella ermita que abría su puerta cara al mar. El dos de febrero de 1605, debido a la escasez de lluvias el ayuntamiento de Cartagena acuerda sacar en procesión a las imágenes de la Virgen del Rosell  y la del Señor Jesús hasta la ermita de San José, para luego continuar hasta Santa Lucía. El Ayuntamiento donará 175 reales para pagar las 75 libras de cera con la que se alumbra las imágenes.

Nuevamente, en febrero de 1611 se procesiona al Cristo de la Catedral hasta ella en rogativa de lluvias, quedando allí el crucificado, al que se le ofrecieron 22 misas que pagó el Ayuntamiento a razón de 3 reales por eucaristía.

El 13 de diciembre de 1613 se mide la distancia que hay entre el convento de San Diego y la ermita de Santa Lucía, comprobando que coincidía exactamente con las que marca el ritual para construir un Calvario, se acuerda erigir las once ermitas y el sepulcro, siendo sufragadas cada una por ciudadanos sobresalientes o por gremios de la ciudad.

En 1619 a petición de los mayordomos de la cofradía, el Ayuntamiento dona 9 ducados para la adquisición de nuevas puertas.

En 1690 los carmelitas descalzos piden al concejo que se la ceda la ermita y los terrenos aledaños  para edificar un monasterio, cosa que se les concede, pero  que acabó construyéndose en el arrabal de San Roque, y del que aún conservamos su iglesia, la del Carmen.

Pero es en 1744, con el mecenazgo del intendente de marina Alejandro Gutiérrez de Rubalcaba cuando la vieja ermita se convierte en el templo que conocemos hoy, cambiando su advocación a la de Santiago. Se conserva la antigua puerta que daba a Poniente y a la mar, por donde en el año 35 de nuestra era desembarcó el Apóstol en España, además de un viejo escudo de piedra junto a la puerta. Pero el nuevo templo, más grande, se construye encarando la entrada principal al Maestral.

La iglesia de estilo neoclásico y planta de cruz latina es humilde y sencilla de ornamentación en su exterior. En su fachada se adivinan las tres naves de su interior, la central mayor que las dos laterales, y cada cuerpo tiene una gran ventana redonda con vidriera que ilumina con la perfección del círculo cada nave.  Todo el conjunto lo corona un frontón triangular sobre el que se alza una cruz, y a la derecha, la torre de planta cuadrada y tres cuerpos, el primero liso, en el segundo se aloja el reloj y sobre este, el campanario con sus cuatro campanas hechas en el Arsenal, todo rematado por un chapitel apuntado, coronado por la cruz de Santiago. En el lateral de la torre que da a la playa donde el santo hoyó por primera vez el suelo hispano, hay empotrada una lápida romana procedente de una necrópolis cercana que reza ‘CLODIA C F MACARIA SALVE’.

Pero es en el interior donde la cosa cambia, como todo, como todos. Es en el interior donde se guardan los sentimientos, descansan los recuerdos y anida la esperanza. El blanco de la cal y de la sal, de la luz y la pureza domina sus muros, donde destaca el altar mayor que está presidido por un retablo añoso en el que gobierna una bella imagen napolitana de Santa Lucía de autor desconocido fechada en 1750, flanqueada por los Cuatro Santos cartageneros.

En la nave derecha nos encontramos con el altar de la Santísima Trinidad y un cuadro monumental sin firma. En la nave izquierda el altar de San Diego de Alcalá y sobre el ara, los bustos de los Santos Médicos San Cosme y San Damián, y una hornacina con una bellísima imagen de San Bernardino de Siena. Sobre la capilla de la Comunión un mural del histórico desembarco, que junto a la lápida que asegura que: “De este lugar salió la luz del Evangelio para España.” Ratifican si no los hechos, sí la tradición de que aquí ocurrió aquel histórico acontecimiento.

Hace unos días mi hermana Patricia nos dejó, le llenamos la maleta de todo el amor que pudimos y a cambio ella nos hizo cantidad de regalos. Regalos preciosos y muy valiosos, aunque inmateriales. Hoy con la pena instalada en mi corazón he quiero compartir con todo aquel que lo aprecie uno de sus regalo. Esta iglesia, que ya es mía.

Mi familia ha vuelto a Santa Lucía, a donde mi tatarabuelo, siendo un soldado le llevaba mensajes de amor a mi tatarabuela de parte de un teniente que la cortejaba. Y esta vez hemos vuelto a su vieja iglesia para hacerla nuestra en nuestros corazones. Hemos vuelto al sitio donde un día la Luz llegó a esta tierra y en donde Patricia marchó al encuentro de esa Luz.

Ella sabía que se acercaba el día de las despedidas, sabía que el paso por el tanatorio era un trámite que había que cumplir, pero el último adiós debía ser especial, y así, nos congregó a todos el día de San Bernardino de Siena en esta pequeña iglesia de muros blancos de cal y salitre.

Gracias hermana por todo lo que nos has hecho disfrutar en todos estos años que ahora nos saben a poco, gracias por todo lo que nos dejas; recuerdos, emociones, sentimientos… Amor.  Y por último gracias por esta lección de saber hacer las cosas, creo que nunca pudiera ver la capilla de aquel funcional tanatorio con el cariño con que veo esta coqueta y humilde iglesia llena de historia e historias, y sobre todo llena hoy, de ti.

 

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