Viernes, Julio 21, 2017
   
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Mira al Miral… y verás.

¡Ah!, ¿qué son ermitas?, me dijo hace años una persona, líder en Cartagena de un partido político, cuando le pedía que intercediera por estos monumentos. Fíjate que en verano paso todos los días por delante camino de la playa y me creía que eran construcciones de las minas, acabó confesándome. Normal, pensé yo, no porque se tratara de un político, sino porque se trataba de una persona normal, como la gran mayoría de nosotros que pasamos por miles todos los días por la autovía camino de La Manga entre el abandonado monasterio de San Ginés de la Jara y el desconocido monte Miral.

Al pasar, el viajero advertirá que hay tres edificaciones que trepan por el monte hasta coronarlo, en la primera de estas, en la poca fachada que a día de hoy le va quedando, se puede aún leer Ave Maria realizado posiblemente por sus constructores con piedras de hierro negras a modo de mosaico. Un poco más arriba, está la segunda ermita que era de planta circular hasta hace poco, en que se derrumbó media ermita. Y por fin, en lo alto del monte, la tercera, esta es de planta cuadrada y aún conserva en pie, de forma muy precaria, los últimos restos de su cúpula, en sus muros podemos leer en pintura blanca la palabra “Libertad” pintada no hace mucho por algún imbécil.

Sin embargo hay otras dos ermitas que por extraño que parezca han pasado desapercibidas, tanto para los que pasamos todos los días como para los que declararon en 1992 Bienes de Interés Cultural a estas ermitas del monte Miral, declaración que al parecer se debió hacer sin bajarse del coche.

A día de hoy el abandono es total, a pesar que desde hace un año hay una resolución de la Dirección General de Bienes Culturales de la CARM para que su propietario, la mercantil Portman Golf, invierta en obras de consolidación para garantizar tanto su conservación como la seguridad de las personas que las visitan. Sin que se haya movido un esparto desde entonces. Igualmente la DGBC de la CARM ha abierto un expediente para declarar Bien de Interés Cultural con categoría de sitio histórico todo lo que en 1992 fue declarado BIC incluyendo tanto estas dos ermitas “descubiertas” ahora, como posibles y previsibles futuros descubrimiento de toda índole, arqueológicos, paleontológicos o industriales.
Aún a pesar de estar heridas de muerte, no están muertas y son muchas las historias y misterios que aún nos pueden contar, depende de nosotros que así sea.

La leyenda cuenta de la venida de un noble francés de nombre Ginés, allá por el 800 de nuestra era, que tras naufragar en Cabo de Palos llegó al monasterio de San Laures, posiblemente San Lorenzo, el laurel) y pidió al abad del monasterio habitar en el monte que se levantaba junto al cenobio. Allí recibió la ayuda de unos ángeles que le ayudaron a levantar la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, cerca, a pocos metros tuvo su cueva y allí murió después de 25 años de oración y penitencia Ginés el franco, habiendo dejado sus rodillas impresas en la piedra sobre la que rezaba.
La realidad es que desde época muy temprana, quizás el siglo III, el monte estaba poblado por anacoretas refugiados en sus cuevas y dedicados a la vida contemplativa, esto se deja entrever de la cita del Codice Calixtino, cuando describe la llegada de la cabeza de San Ginés a Cartagena a principios de siglo IV.

Pero dejemos el terreno legendario y echemos mano de la historia. Al tiempo que se edificaba la actual iglesia del monasterio, hace 400 años, el cercano monte Miral se poblaba de eremitorios, nueve en concreto, destacando entre ellos por su antigüedad e historia la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles.

Tenemos noticias de la ermita de los Ángeles gracias al licenciado Francisco Cascales en su discurso histórico de la ciudad de Cartagena publicado en 1598. “… La octava ermita, y primera en tiempo, es la que intitula de los Ángeles, forma una pequeña cueva, que labró en su primera venida el glorioso Ginés, ayudado, según tradición constante, de los Ángeles…”. Cascales nos describe las ermitas dándole un orden, no sabiendo a ciencia cierta el criterio que siguió para enumerarlas, así la primera es la de San Pablo. Le siguen las de San Hilarión, San Antonio Abad, María Magdalena, San Jerónimo. La sexta está dedicada a San Juan Bautista, luego San Onofre y San Francisco de Asís, destacando entre ellas como hemos dicho la de Nuestra Señora de los Ángeles.

Diego Campillo de Bayle, en su novela ‘Gustos y Disgustos del Lentiscar de Cartagena’, editada en 1689, nos dice de esta ermita: “Ay en medio de ella en el suelo de la peña lugar hundido, vestigio como de dos rodillas, donde el Santo acostumbraba a tener su oración, de tanto peso, que hacia abajo abrumaba el monte; de tanto fervor, que consumía la peña… Está este lugar por la reverencia, por encima con un resguardo de una reja de hierro, como haciendo celosía al recatado milagro, para que no lleguen impuras plantas a donde llegaron soberanas rodillas…”

Poco después, apenas quince años más tarde, los franciscanos devolvieron el monte con sus ermitas al concejo del Ayuntamiento, en virtud de sus votos de pobreza.

A mediados del siglo XIX empezó el monte a poblarse de construcciones mineras que extraían el hierro de las entrañas del Miral, la mina Haiti era la que ocupaba el subsuelo de nuestras ermitas, la concesión estaba a nombre del empresario y naturalista  Guillermo Elhers, que tenía sus oficinas en la Plaza del Rey Nº 17, y además era el propietario de un hermoso jardín botánico con una colección riquísima de plantas acuáticas procedentes de Filipinas, en donde años más tarde se levantaría la Villa Calamari.

El señor Elhers vendió su concesión a la sociedad francesa Peñaroya, quien pasado el tiempo hizo lo propio con Portman Golf, de cómo y cuándo pasó la posesión de una concesión minera para extraer mineral del subsuelo a título de propiedad del suelo que antaño fue municipal, no he podido documentarme. Sin duda debió de ser legal, en unos tiempos en que la legalidad era un criterio muy ligado al poder y no necesariamente a la justicia.

La resurrección de nuestro patrimonio no es solo un derecho de la ciudadanía, sino un deber de todos. Hemos recibido un legado que estamos obligados a transmitir a nuestros descendientes. La historia no solo debe habitar en los libros, sino que debemos poder tocarla. Es imposible amar algo que no se conoce, por ello es vital recuperar estas ermitas y todo cuanto nos puedan enseñar.

 

El castillo de la muerte

Al oeste de la ciudad de Cartagena se extiende la sierra de Pelayo y en ella se alza el monte Atalaya coronado por el castillo del mismo nombre. Se accede al castillo, encaramado a una cota de 242 metros, por una carretera muy estrecha, de unos 3 metros de anchura, y una pendiente media del 14%   El recorrido total, flanqueado de profundos barrancos, es de unos 1.800 metros.

Construido en el siglo XVIII, de estilo Neoclásico ecléctico, es una obra "abaluartada" perteneciente a la "Escuela Española Afrancesada". Consta de dos alturas (plantas). La planta baja, de diseño pentagonal es maciza, y está rodeado de un "foso seco" con su correspondiente contraescarpa.  Se accede a esta planta por una puerta "en recodo" en la cara derecha del baluarte Sur. Tras la puerta, se accede a un zaguán, donde estaba el cuerpo de guardia, la estancia tenía un puente levadizo, hoy desaparecido, que cortaba las escaleras de acceso a las explanadas del techo de la primera planta, sobre el que se levanta un edificio con sus "bóvedas a prueba" y planta en forma de “U” abierta al sur, donde se alojaba la tropa y las municiones, siendo la plaza de armas la explanada delimitada por esta construcción, donde además estaban los dos aljibes. Para acceder a las terraza superiores de este edificio existía hasta hace poco una escalera de caracol hoy expoliada.                         

Desde tiempos muy antiguos esta elevación sirvió de atalaya, dominando todo el Campo de Cartagena y su ciudad, La Algameca y la sierra de Roldan. Tenemos noticias de esta utilidad como atalaya cuando el 4 de mayo de 1561, desde el puesto de vigilancia del monte del Atalaya se alerta del desembarco en La Algameca de 1.800 soldados otomanos, acude el marqués de los Vélez que derrota a los invasores en las cercanías de la rambla de Benipila. Más tarde, en 1706, durante la Guerra de Sucesión, los ingleses construyeron una pequeña fortificación en su cumbre.

En febrero de 1776 comienzan las obras dirigidas por Mateo Vodopich según diseño de Pedro Martín Zemeño y corregido por Llobet. Acabándose la obra en junio de 1778, el castillo contaba con 18 cañoneras y la posibilidad de instalar a barbeta otros cinco cañones, y capacidad para albergar 200 hombres.                    

Durante la Guerra de Independencia, en enero de 1811 el general francés Soult  desplegó su primera batería de cañones para sitiar y tomar Cartagena, en pocos minutos la artillería  del Atalaya  los aniquiló, desistiendo los franceses de volver a atacar la ciudad, y volviéndose a Murcia para saquearla por segunda vez. Cartagena fue junto a Alicante y Cádiz, las únicas ciudades no tomadas por las tropas de Napoleón.

Once años más tarde, después de ejecutado el general Riego y proclamado Fernando VII como rey absolutista, Torrijos negocia la rendición de Cartagena a las tropas francesas de los cien mil hijos de San Luis. Así el 4 de noviembre de 1823 se entregan a las tropas francesas los castillos de San Julián, Moros y Atalaya, terminando un asedio de varios meses.

Veintiún años después, nuevamente Cartagena es sitiada, y el día de San José de 1844, durante la noche, las tropas del general Roncali que cercan la ciudad,  toman el barrio de San Antón, haciendo trincheras y defensas. Por la mañana son barridos por el fuego del castillo del Atalaya a la vez que las tropas salidas de la ciudad reconquistan la posición.

Pero es durante la revolución cantonal cuando el castillo del Atalaya recibe el nombre de “El Castillo de la muerte”, dado su importancia estratégica y su certera puntería, durante los seis meses de vida del Cantón de Cartagena este castillo realizo 2.039 disparos con sus 24 piezas. El castillo del atalaya fue un baluarte inexpugnable, prueba de ello es que el 5 de enero 1874, después de cuarenta días de intenso bombardeo, las nuevas baterías de obuses de los centralistas consiguen hacer blanco por primera vez en los castillos de Atalaya y Galeras.

Después de la voladura del Parque de Artillería en Cartagena, con casi todas las reservas de pólvora del Cantón, el día de Reyes de 1874, la moral entre los defensores del castillo del Atalaya está muy baja, llegando a oídos de los sitiadores que, de no ser por el miedo a ser fusilados, ya se habrían rendido debido al duro castigo artillero que sufren y a la escasez de municiones para responder, por lo que se les ofrece el indulto a cambio de su rendición. Así al día siguiente, mientras el fuego de los sitiadores del Cantón es muy intenso, y de igual manera el de los sitiados, el castillo del Atalaya solo dispara piezas de pequeño calibre y sin la pericia y eficacia que había hecho estragos fechas anteriores, lo justifican por la falta de munición. Esa misma tarde el brigadier Carmona obtiene el permiso para ofrecer el indulto a los defensores del Atalaya a cambio de su rendición.

El 10 de enero se pacta en la venta de Los Patojos la rendición del castillo. La falta de munición, tras las voladuras de la Tetuán y del Parque, así como los nuevos obuses de gran calibre con que los centralistas les castigan, obliga a esta rendición oficialmente honrosa, “agotadas todas las posibilidades para su defensa”. Este es el fin del Cantón. A la mañana siguiente el castillo del Atalaya no luce ya la bandera roja de los cantonales, sino la roja y gualda de los centralistas.
Al atardecer de aquel día sale de la ciudad una comisión enarbolando una bandera blanca, marchando a Portmán donde manifestaron el deseo de la Junta de autorizar la salida de la ciudad de los civiles, a fin de evitar más derramamientos de sangre, pero se acaba pactando un alto el fuego hasta el mediodía del día siguiente, plazo dado por los centralistas para la rendición de la plaza, como así fue aquel 12 de enero de 1874. La caída del castillo del Atalaya fue la puntilla que acabó con el cantonalismo y con la Primera República, dicho sea de paso.

En 1885 se artilla con cuatro obuses de 21 cm y en 1922 tenía seis cañones de 15 cm.
31 de enero de 1968 El ministerio de defensa entrega al de Hacienda el castillo del Atalaya, en estado de total abandono y expolio desde entonces. En el ‘Plan general municipal de ordenación (Normas Urbanisticas)", aprobado el 9 de abril de 1.987 está catalogado con la consideración de Bien de Interés Cultural con el grado de protección 1. Además ya estaba declarado por la Disposición Adicional Segunda de la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español.

En 1973 se contempló por parte del Ayuntamiento hacerse con la propiedad del castillo para instalar un parque, pero tras un fugaz paso por los plenos municipales y la Prensa, la idea durmió hasta que en junio de 2014 apareció en Prensa la idea de cambiar el castillo a titularidad municipal, al igual que hace pocas fechas volvió a aparecer nuevamente esta “serpiente de verano”

El castillo hoy en día no tiene utilidad alguna, solo existen en sus inmediaciones antenas de TVE y RNE en lo que fuera el baluarte de defensa del camino y donde mucho más tarde se colocaría un reflector antiaéreo durante nuestra guerra civil

El castillo del Atalaya, pues, es patrimonio del Estado, de Hacienda, y Hacienda somos todos.

 

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