Viernes, Julio 28, 2017
   
Texto

Perlas de cal y sal

* En memoria de Patricia.

Esparcidas por todo el Campo de Cartagena hay pequeñas joyas blancas llenas de historia y sentimientos, olvidadas e ignoradas por todos nosotros, ignorantes de lo que tenemos, ignorantes de lo que no sabemos o ignorantes por la absurda prepotencia del que no da para más. Algunas aún resisten, como las ermitas del Calvario, Los Médicos, La Guía… Otras se están borrando de nuestro horizonte como las del Monte Miral, los Beatos o San José del Lentiscar. Pero hoy quiero hablar de una ‘joyica’ muy cercana, hoy quiero hablar de la que hasta que cierre el ojo va a ser mi iglesia.

Mi iglesia se levanta sobre una antigua ermita dedicada a la Virgen del Rosario, en un barrio de pescadores a donde llegaron a mediados del siglo XVI unos cuantos trabajadores de la mar procedentes de Sicilia. Se asentaron los sicilianos y con ellos su fe y amor a Santa Lucía, llegando a dar nombre a aquel caserío de pescadores y a su ermita. Hay numerosos documentos de peregrinaciones y rogativas a aquella ermita que abría su puerta cara al mar. El dos de febrero de 1605, debido a la escasez de lluvias el ayuntamiento de Cartagena acuerda sacar en procesión a las imágenes de la Virgen del Rosell  y la del Señor Jesús hasta la ermita de San José, para luego continuar hasta Santa Lucía. El Ayuntamiento donará 175 reales para pagar las 75 libras de cera con la que se alumbra las imágenes.

Nuevamente, en febrero de 1611 se procesiona al Cristo de la Catedral hasta ella en rogativa de lluvias, quedando allí el crucificado, al que se le ofrecieron 22 misas que pagó el Ayuntamiento a razón de 3 reales por eucaristía.

El 13 de diciembre de 1613 se mide la distancia que hay entre el convento de San Diego y la ermita de Santa Lucía, comprobando que coincidía exactamente con las que marca el ritual para construir un Calvario, se acuerda erigir las once ermitas y el sepulcro, siendo sufragadas cada una por ciudadanos sobresalientes o por gremios de la ciudad.

En 1619 a petición de los mayordomos de la cofradía, el Ayuntamiento dona 9 ducados para la adquisición de nuevas puertas.

En 1690 los carmelitas descalzos piden al concejo que se la ceda la ermita y los terrenos aledaños  para edificar un monasterio, cosa que se les concede, pero  que acabó construyéndose en el arrabal de San Roque, y del que aún conservamos su iglesia, la del Carmen.

Pero es en 1744, con el mecenazgo del intendente de marina Alejandro Gutiérrez de Rubalcaba cuando la vieja ermita se convierte en el templo que conocemos hoy, cambiando su advocación a la de Santiago. Se conserva la antigua puerta que daba a Poniente y a la mar, por donde en el año 35 de nuestra era desembarcó el Apóstol en España, además de un viejo escudo de piedra junto a la puerta. Pero el nuevo templo, más grande, se construye encarando la entrada principal al Maestral.

La iglesia de estilo neoclásico y planta de cruz latina es humilde y sencilla de ornamentación en su exterior. En su fachada se adivinan las tres naves de su interior, la central mayor que las dos laterales, y cada cuerpo tiene una gran ventana redonda con vidriera que ilumina con la perfección del círculo cada nave.  Todo el conjunto lo corona un frontón triangular sobre el que se alza una cruz, y a la derecha, la torre de planta cuadrada y tres cuerpos, el primero liso, en el segundo se aloja el reloj y sobre este, el campanario con sus cuatro campanas hechas en el Arsenal, todo rematado por un chapitel apuntado, coronado por la cruz de Santiago. En el lateral de la torre que da a la playa donde el santo hoyó por primera vez el suelo hispano, hay empotrada una lápida romana procedente de una necrópolis cercana que reza ‘CLODIA C F MACARIA SALVE’.

Pero es en el interior donde la cosa cambia, como todo, como todos. Es en el interior donde se guardan los sentimientos, descansan los recuerdos y anida la esperanza. El blanco de la cal y de la sal, de la luz y la pureza domina sus muros, donde destaca el altar mayor que está presidido por un retablo añoso en el que gobierna una bella imagen napolitana de Santa Lucía de autor desconocido fechada en 1750, flanqueada por los Cuatro Santos cartageneros.

En la nave derecha nos encontramos con el altar de la Santísima Trinidad y un cuadro monumental sin firma. En la nave izquierda el altar de San Diego de Alcalá y sobre el ara, los bustos de los Santos Médicos San Cosme y San Damián, y una hornacina con una bellísima imagen de San Bernardino de Siena. Sobre la capilla de la Comunión un mural del histórico desembarco, que junto a la lápida que asegura que: “De este lugar salió la luz del Evangelio para España.” Ratifican si no los hechos, sí la tradición de que aquí ocurrió aquel histórico acontecimiento.

Hace unos días mi hermana Patricia nos dejó, le llenamos la maleta de todo el amor que pudimos y a cambio ella nos hizo cantidad de regalos. Regalos preciosos y muy valiosos, aunque inmateriales. Hoy con la pena instalada en mi corazón he quiero compartir con todo aquel que lo aprecie uno de sus regalo. Esta iglesia, que ya es mía.

Mi familia ha vuelto a Santa Lucía, a donde mi tatarabuelo, siendo un soldado le llevaba mensajes de amor a mi tatarabuela de parte de un teniente que la cortejaba. Y esta vez hemos vuelto a su vieja iglesia para hacerla nuestra en nuestros corazones. Hemos vuelto al sitio donde un día la Luz llegó a esta tierra y en donde Patricia marchó al encuentro de esa Luz.

Ella sabía que se acercaba el día de las despedidas, sabía que el paso por el tanatorio era un trámite que había que cumplir, pero el último adiós debía ser especial, y así, nos congregó a todos el día de San Bernardino de Siena en esta pequeña iglesia de muros blancos de cal y salitre.

Gracias hermana por todo lo que nos has hecho disfrutar en todos estos años que ahora nos saben a poco, gracias por todo lo que nos dejas; recuerdos, emociones, sentimientos… Amor.  Y por último gracias por esta lección de saber hacer las cosas, creo que nunca pudiera ver la capilla de aquel funcional tanatorio con el cariño con que veo esta coqueta y humilde iglesia llena de historia e historias, y sobre todo llena hoy, de ti.

 

‘Moros, el castillo de todos que nadie quería’

Fue en 1706 durante el asedio de los franceses a Cartagena, en donde se acantonaban los ingleses, partidarios de los Austrias durante la Guerra de Sucesión, cuando se pone de manifiesto la importancia de controlar la altura del antiguo cerro de Mercurio, desde donde Escipión veinte siglos atrás dirigiera la toma de Qart Hadast. En esta ocasión la artillería gala desde el cabezo de los Moros abrió una brecha en las defensas de la ciudad y anuló el fuego de su castillo, tomando la población esa misma noche para la causa de los Borbones.

Las obras de construcción del Castillo de los Moros las dirigió Mateo Vodopich, iniciándolas en 1773 y acabándolas en 1778.  No se trata de un castillo propiamente dicho, ni un hornabeque como lo describió el general López Domínguez durante la sublevación cantonal, sino una “obra coronada”, es decir un baluarte central unido a dos medios baluartes laterales, por sendos lienzos de murallas, una obra única en Europa, según declaró la Asociación de los Amigos de los Castillos de España en la década de los 50 del pasado siglo.

El castillo estaba unido a la plaza por un “camino cubierto”  o trinchera, que partiendo de la puerta del Socorro en la muralla, a los pies del Real Hospital de Marina, desembocaba en su foso seco que.

La fortaleza estaba diseñada para impedir que nadie pudiera tomar este punto estratégico, pero en caso de que el enemigo se hiciese con él, debía ser totalmente inútil para los atacantes. De hecho las piezas de artillería solo podían disparar a la “campaña” y no se las podían girar hacia la ciudad, por otra parte la potencia o grosor de los merlones o almenas que lo coronaban era considerablemente mayor de cara a la campaña que en la parte que daba a Cartagena, además se trata de una obra maciza, por lo que no ofrece refugio a quien lo posea.

Este erizo de espalda dura e inaccesible y barriga blanda y vulnerable tenía su espada de Damocles en el cercano Castillo de Despeñaperros. El fuerte caballero sur de San José o Despeñaperros tenía tres finalidades, de una parte proteger la entrada en la ciudad por las puertas de San José, por otra servir de torre de homenaje para conseguir una rendición honrosa en caso de caer en manos enemigas los baluartes que se hallan a sus pies y por último, y esta tiene que ver con nuestro castillo, ser el encargado de barrer del Castillo de los Moros a un hipotético enemigo que lo tomase. Aprovechando que tienen la misma altura y que como ya está dicho, ni los cañones de los Moros pueden volverse contra la ciudad, ni la fortaleza ofrece refugio, sus débiles muros expuestos a la artillería de Despeñaperros no serían capaces de resistir ni proteger a quien osase tomarlo.

Pero no fue Despeñaperros quien ha dejado este monumento al borde de la ruina…

Declarado de inutilidad militar en 1901 pasa en 1922 a pertenecer al ministerio de Hacienda. Dos años después empiezan los trabajos para urbanizar la zona, al tiempo que se pide al Ministerio de Hacienda que ceda el castillo a la ciudad para convertirlo en cárcel al haberse quedado pequeña y anticuada la que existía en San Antón.                              

Pero es en 1929 cuando el Ministerio de Hacienda le cede el castillo de los Moros y los terrenos limítrofes al excelentísimo Ayuntamiento de Cartagena, para convertirlo en un parque de recreo.

Sin embargo esto nunca se llevaría a cabo, más bien al contrario pues empiezan a prodigarse cuevas y chabolas en torno al castillo, llegando a ser más de 500 las cuevas en las que mal viven sus moradores, a los que lejos de ayudar se les hostiga, como denuncia el diario “La Tierra” en 1931,  en que da noticia de un señor que se dedica a cobrar el alquiler de las cuevas en nombre de un supuesto  consorcio llamado “Compañía del Ensanche”.

En noviembre de 1954 el concejal y cronista oficial de la ciudad don Eduardo Cañabate presenta en el pleno municipal un estudio sobre el estado de la fortaleza, y anima a buscar algún uso para  su posible restauración, así como saber la magnitud de las obras necesarias. El pleno acuerda, que se pase el informe a la comisión de Fomento para su estudio y posterior dictamen.

Mucho tendría que estudiar esta comisión, pues hasta 1979 no se hace nada, fecha en la que se desmontan las chabolas que rodean el castillo, se tapan algunas cuevas y se vuelan otras.

En la sesión ordinaria del Excelentísimo Ayuntamiento de Cartagena de 25 de abril de 1994 se presenta una moción sobre la recuperación del antiguo Jardín Botánico situado en la falda del Cabezo de los Moros, proponiéndolo como germen de una futura Facultad de Farmacia en Cartagena, la moción es aprobada por unanimidad, pero nada se hizo.

En el pleno del 2 de marzo de 2006 se presenta una moción para la rehabilitación del Castillo de los Moros. La moción fue desestimada.

En el pleno del 23 de noviembre de 2009 se presenta una moción de urgencia para su limpieza y acondicionamiento, nuevamente la moción fue desestimada

El 8 de marzo de 2010 se aprueba la propuesta de la concejala de Cultura para la adhesión a la “Asociación Internacional de Ciudades y Entidades del Foro de la Ilustración” pero alguien expone lo iluso de esta adhesión ya que el patrimonio de los siglos XVII y XVIII a que hace referencia esta época de la Ilustración está abandonado, poniendo como ejemplo el Castillo de los Moros, de propiedad municipal desde 1929.

Posteriores mociones hechas por la oposición para la recuperación de nuestro castillo, fueron nuevamente rechazadas.

DAPHNE, la asociación patrimonialista a la que pertenezco, solicitó a la CARM que se cerrase el castillo y se abriese al público uno o dos sábados al mes. La Dirección General de Bienes Culturales respondió que las dos limpiezas anuales dado el buen estado del monumento eran suficientes y que si queríamos mejoras que se las pidiéramos al propietario.

La intención de DAPHNE al pedir el cerramiento y posteriores visitas organizadas era la de ir integrando este enclave y sus alrededores a la ciudad, de manera que los Moros dejase de ser una barrera entre Los Mateos y Cartagena y se convirtiese en un puente.

Se me ocurre que si a lo propuesto por DAPHNE le unimos una escuela taller para su recuperación integrada por vecinos de la zona, sería la cuadratura del círculo.

 

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