Domingo, Marzo 26, 2017
   
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Martillazos y burbujas

Tres siglos después del descalabro económico que debió de suponer el traslado fraudulento de la silla del obispo fuera de su catedral legitima, Cartagena una vez más se sobrepone a las adversidades y así el 15 de enero de 1574 cambia su suerte mediante una provisión real de Felipe II, por la que manda que las galeras del Rey invernen en adelante en la bahía de nuestra ciudad para cuidarlas de los moros.

Si con la marcha del obispo a Murcia se fueron diezmos, poder y riquezas (media Murcia está construida con los dineros de su más importante y distinguido vecino, el Obispo de Cartagena) Ahora es Felipe II quien sienta la base sobre la que se edificará, al transcurrir del tiempo el futuro de la ciudad de Cartagena como primera plaza fuerte de España. Pero para ello será necesario garantizar la seguridad de tan importante activo de la Corona, es por esto que los ingenieros militares Juan Bautista Antonelli y Vespasiano Gonzaga visitan nuestra costa y proyectan construir una serie de torres defensivas que sirvan como refugio y semáforo de avisos ante las constantes incursiones de los corsarios de Berbería.

Se proyectaron y construyeron doce torres y diversas atalayas, distantes unas de otras dos o tres leguas, es decir a dos o tres horas andando, dado que la Legua era en principio una unidad de tiempo y distancia a la vez, no siendo la misma distancia una legua cuesta arriba, cuesta abajo o en llano, aunque posteriormente la Legua se unificó en una distancia cercana a los seis kilómetros.

A cien metros de la orilla de Poniente del Mar Menor (cien metros en aquellos tiempos) y cobijado del Levante por el monte Carmolí, y a algo más de un kilómetro de este, se construyó la Torre del Arráez en 1585 tal y como reza una lápida de mármol que en ella se encuentra, el nombre tal vez le venga del famoso corsario Morato Arráez que asoló continuamente nuestras tierras en aquella época o tal vez del mismo significado de la palabra arráez; jefe. Sea como fuere, la torre cambió de nombre tras el paso y estancia en ella de un esclavo negro liberado de los trabajos de la construcción del Arsenal en el siglo XVIII, pasándose a llamar la Torre del Negro.

Hay una leyenda que paradójicamente no tiene nada que ver ni con negros ni con corsarios, sino con un soldado licenciado de los tercios de Flandes llamado Hans que se estableció en ella. A Hans se le atribuyeron conocimiento de alquimia y herrería, contando la leyenda que se empleó en forjar un yelmo impermeable, al que gracias a una pasta selladora de su invención cerraba herméticamente al frente con un cristal para poder ver bajo el agua. En una palabra la escafandra de buceo se inventó en la Torre del Negro. El viejo soldado venido a herrero, trabajaba de noche en su invento para recuperar los cañones de los barcos hundidos. Pero hubo una noche que fue la última, al día siguiente nadie lo vio ni volvió a saber con certeza nada de él. Sin embargo hay quien asegura que algunas noches se le puede escuchar en la Torre del Negro golpeando la chapa de hierro para forjar su yelmo y en otras ocasiones se ven sobre las aguas del Mar Menor un rastro de burbujas que tan solo apuntan a una explicación: el viejo soldado se sumergió confiado en su invento en las aguas del lago salado y aún sigue buscando la salida.

En la página Región de Murcia Digital podemos leer sobre esta torre:  “Torre del Negro (entre Los Alcázares y Cartagena): recuperada bajo la protección del Patrimonio Histórico Español.”

Nada más lejos de la realidad. A su estado actual, sí se aproxima más la descripción que en la moción para su reconstrucción hizo en 2006 el concejal del ayuntamiento de Cartagena, sr. García Conesa.
“Aunque se mantiene en pie gracias a su estructura inclinada, de tronco de cono, las edificaciones anexas y los complementos de la torre están derruidos, encontrándose en un estado lamentable. Por lo que se ha demandado al Ayuntamiento en reiteradas ocasiones que se proceda a su restauración, dando a conocer también a la Consejería de Cultura gravísima situación que por deterioro sufre esta Torre.”

Ni que decir tiene que esta moción, como tantas otras que, con la conservación de nuestro patrimonio tenían que ver en estos últimos cuatro lustros, fue rechazada por el gobierno de aquellos años.

También se llegó a hablar de un empresario de la restauración, pero de la de comer, que pretendía recuperar el edificio para abrir un establecimiento hostelero. Aquello, a falta de permisos  durmió el sueño de los justos y a cambio hoy, la imponente torre de 14 metros de altura, con muros de metro y medio de espesor y las casas antiguas que la rodean han encontrado utilidad como almacén de aperos agrícolas y establo para la guarda de ganados, ofreciendo desde la autovía un aspecto lamentable. Aunque si nos acercamos en coche desde Cartagena  a la torre, ciento cincuenta metros antes, la ya ruinosa ermita de San José del Lentiscar, también en la orilla derecha de la autovía, nos advertirá que nos encontramos en el Campo de Cartagena, donde el Patrimonio “regional” no existe, y si algo queda en condiciones, tal como se ha visto anteriormente, solo es en las páginas oficiales de esta Comunidad Autónoma, que financiadas con fondos europeos pretenden ser un escaparate de nuestra riqueza patrimonial.

Sirvan este artículo para recordar al Gobierno de esta Comunidad que el rico patrimonio histórico de la cuenca visual del Campo de Cartagena existe. No le pedimos que le tenga cariño, ni tan siquiera que lo intente apreciar como se merece, tan solo que cumplan con la Ley y hagan su trabajo preservándolo materialmente, no solo en páginas de internet.

Nos encantaría ver que existe algún tipo de compromiso, algo de ilusión, interés, pero a falta de esto, al menos demandamos responsabilidad para poder responder por la falta de inversión regional en los 182 molinos de viento censados, de los que 6 ya no existen, en las torres de El Negro, Garciperez, del Moro, Blanca, del Portús, de Navidad… en el monasterio de San Ginés de la Jara, en las cinco (sí cinco y no tres como se empeña Cultura en reconocer) ermitas del Monte Miral, en los castillos de Cartagena (Moros, Atalaya, Despeñaperros y San Julián) en la Catedral, en las construcciones mineras de todas las sierras litorales, en la muralla de Poniente, en las baterías de costa, en las ermitas del Campo, como San José del Lentiscar, en nuestras canteras romanas, en nuestras norias de sangre, en nuestros aljibes, en nuestra arquitectura  modernista, con ejemplos como Villa Calamari o la Casa del Tío Lobo, y en tantas y tantas “piedras viejas” que la ignorancia, que no el desconocimiento de la CARM, están condenando hace ya demasiado tiempo a la ruina y la desaparición.

Estamos cansados de tener que dar martillazos en las mesas de la Dirección General de Bienes Culturales de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia y solo obtener como respuesta  burbujas de aire que nada mueven.

¡Resurrección!

 

Las cosas por su nombre

Hemos leído en Prensa estos últimos días, sobre las dificultades con que se enfrentan los dos partidos políticos que han regido la vida de esta Comunidad Autónoma desde su nacimiento para lograr “encajar” a Cartagena dentro de la misma. No deja de sorprender que después de más de treinta años, se reconozca por los responsables de crear el espacio común de convivencia de todos los habitantes del territorio, que esto no encaja, a pesar de los grandes esfuerzos realizados, ejemplo de ello la historia que más abajo detallo.

Quizá habría que empezar por hacer las cosas bien desde el principio, y lo primero que se le da a una criatura cuando nace es un nombre. El nombre es algo clave en la vida, no debe ser vejatoria, ni ambiguo, y debe servir para distinguir a un individuo de todos los demás, confirmándole su derecho a la identidad.

De igual manera esta Comunidad debe plantearse empezar a buscar un nombre que aglutine y no que desencante a muchos de sus habitantes. No creo, que si el nombre de la Comunidad atendiendo a la identidad histórica, como se exigía por ley, se cambiase a Cartaginense o directamente Comunidad Autónoma de Cartagena, les gustase a los habitantes de Murcia, Lorca o Jumilla llamarse cartageneros, por el mismo motivo que a muchos ciudadanos de la CCAA no nos gusta que nos llamen murcianos.

En cuanto a la ambigüedad del nombre de la Comunidad queda patente, ¿Cuántas veces nuestros presidentes han prometido cosas para Murcia?   Y luego efectivamente han sido para Murcia, quedando el resto de “murcianos” con dos palmos de narices. La verdad es que nunca se sabe al decir la palabra Murcia o murciano si los que no son de la capital entran en ese saco. De esta manera lo que es bueno para Murcia o los murcianos, quizá no lo sea para el millón de habitantes restante de la Comunidad Autónoma de Murcia que no vive en ese término municipal. Quizá pase lo mismo en la capital y no sepan cuando se habla de ellos o de todos, por esta dificultad para distinguir al todo y a una parte.

En este punto alguien dirá que el nombre es claro, “Comunidad Autónoma de la Región de Murcia” y “Ciudadano de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia” Claro y sencillo, para nada se parece a Murcia o a  murciano, por lo que no puede dar ocasión a equívocos, de no ser que, como todas las cosas en este mundo, y obedeciendo a leyes universales de la Naturaleza, todo tiende a lo más simple, acabando en este caso, siendo todos murcianos de Murcia.

He oído hablar de singularidad de Cartagena, y me revelo contra esto. Todos los pueblos y ciudades de esta Comunidad son singulares, todos menos por lo dicho anteriormente, la capital que es plural, con la poderosa herramienta de la coincidencia del nombre. La historia, el patrimonio, los éxitos, los recursos y todo en general son murcianos, la identidad individual de cada municipio se pierde en favor de una ambigüedad que despoja de su derecho a sentirse únicos y singulares a todos. En este punto habría que comprender que los habitantes de Jumilla, Yecla o a los de Bullas se empeñen en ignorar que sus vinos, son los vinos de Murcia. En Águilas, Mazarrón o Cartagena tampoco sabemos dónde están las playas de Murcia. Y sin embargo todo es Murcia y todo es murciano, o acaba siéndolo, dando lugar a equivocaciones como por ejemplo, la de la célebre cómica Baltasara.

Estamos en el ‘siglo de Oro’, el teatro es algo muy importante en la sociedad y por extensión los actores, en aquellos tiempos, tan célebre como la Calderona fue la Baltasara.

Esta mujer de vida licenciosa halló la paz y la llamada de Dios en la ermita de San juan, que estaba a los pies del monte San Julián, abandonando el mundo de la farándula para recluirse con su marido en una cueva junto a una fuente a la que el rey Alfonso X “El Sabio” había bautizado como la Fuent Santa. Lo mismo haría años después en Aljezares.

El retiro de la actriz a la cueva cartagenera llegó a inspirar en su época una famosa comedia titulada “La Baltasara”, dividida en tres jornadas. La primera escrita por Luis Vélez de Guevara; la segunda por Antonio Coello; la tercera, por Francisco de Rojas Zorrilla. Esta comedia fue publicada en 1652.

Pocos años después a la sombra del éxito de la comedia de “La Baltasara” Antonio María Abbatini compuso una ópera titulada “La Comica del Cielo ovvero La Baltasara”, comedia dispuesta en tres actos, con libreto de Giulio Rospigliosi, estrenada en Roma en 1668.

A mediados del siglo XIX, aparece nuevamente en nuestras letras la historia de la actriz. “La Baltasara”, melodrama escrito nuevamente en colaboración por tres autores: Miguel Agustín Príncipe, que compuso el primer acto; Antonio Gil de Zarate, el segundo; y Antonio García Gutiérrez el tercero. La obra fue estrenada en Madrid en 1852.

Sin embargo, curiosamente, en la misma época en que Ana, como se llamaba “La Baltasara” se retira a la cueva de la Fuente Santa de Cartagena, aparece un personaje que pide ser santera de la Fuensanta en Aljezares, curiosamente, se dice que también es cómica y además se retira también con su marido.

Por otra parte “La que se recluyó por secreta moción de la gracia en una de las cuevas del Hondoyuelo, no murió en ella, como divulgó la leyenda, sino en el hospital de Nuestra Señora de Gracia” (Según nos dice el cronista de Murcia José María Ibáñez) No así la auténtica Baltasara que murió en su cueva al tiempo que las campanas del cercano monasterio de San Juan Bautista tocaron solas a muerto.

Con el tiempo acabaría confundiéndose las historias, hasta el punto en que hay autores que la llaman Francisca Baltasara para asemejarla a la santera Francisca Gracia, para con el tiempo desaparecer la auténtica historia de la Baltasara “cartagenera” y dar paso, gracias a la publicación de artículos periodísticos errados o poco documentados, a la aparición de una fraudulenta Baltasara “murciana” que nunca existió. Hasta el punto esta historia está “asimilada” que en la página de internet “Región de Murcia Digital” financiada con fondos europeos, “integra” a este personaje cartagenero al acervo cultural de la capital en su capítulo dedicado al patrimonio religioso, en el apartado “Santuarios” y más concretamente en el de la Fuensanta, donde podemos leer: “la fuente que da nombre al Santuario y a la advocación mariana brota al final de la primera rampa, precisamente bajo “la Cueva de la Cómica Baltasara” gran impulsora en el siglo XVII de la devoción a La Fuensanta.”

 

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