Lunes, Septiembre 25, 2017
   
Texto

¡El año de Cartagena!

Cuentan de un cura que fue destinado a un pueblecito. Al legar advirtió la falta de sombra y arboles junto a su vieja ermita. De su pueblo natal a su requerimiento, su familia le envió un esqueje de ciruelo que con sus propias manos plantó a la entrada de su iglesia.

De familia de agricultores dedicados a las ciruelas, aquel árbol le recordaba su niñez, él sabía todo lo que hay que saber sobre los ciruelos y año tras año lo cuidaba con esmero, lo cavaba, lo abonaba, lo podaba y se desesperaba año tras año esperando que aquel árbol floreciese.

Treinta y ocho años pasaron sin que una flor premiara los desvelos del cura, tampoco la cosecha de fieles era buena, salvo cuatro viudas y algún crio, nadie pisaba la iglesia. El nivel de abatimiento del sacerdote no podía ser mayor cuando aquella mañana de finales del invierno una flor apareció en el viejo ciruelo. Un milagro pensó, una señal del cielo, ahora todo podía cambiar, se decía. Pero la flor tras unos días cayó mustia al suelo. Casi de inmediato el clérigo se hizo con un hacha y colérico comenzó a cortar el tronco del ciruelo.

El espectáculo le llamó la atención a un hombre que pasaba por allí, el hombre observaba al cura que con ahínco se empleaba contra el ciruelo, a la vez que observaba el árbol, una vez en el suelo el ciruelo, el religioso fue a darle el primer golpe en el tronco para hacerlo leña cuando aquel hombre que había estado observándolo se le acercó pidiéndole que parara.


Aquel hombre le explicó al sacerdote que era escultor y que dentro de aquel árbol había visto la figura de Cristo crucificado y que, si se lo permitía tallaría una imagen con la madera de aquel árbol, además donaría la figura a la iglesia del pueblo, ya que a él solo le movía servir a Dios, ya era muy mayor y lo único que necesitaba era ir poniéndose a bien con el creador. El cura aceptó y acogió al escultor en su casa hasta que el crucificado estuvo colgado en la pequeña capilla que había junto a la entrada del templo.

Sin poder explicar el por qué, el cura vio como empezaron a llegar fieles que nunca había visto, incluso de toda la comarca. Al parecer había llegado a correr el rumor que aquel cristo era “muy milagrero”

La iglesia estaba abarrotada, pero solo a la altura de la pequeña capilla junto a la entrada, donde estaba el Cristo, el resto permanecía solo habitada por nuestro cura. Aquella tarde noche de agosto la paciencia del religioso se agotó, con los brazos abiertos avanzó desde el altar mayor hacia la multitud gritando –ha llegado la hora de cerrar, vamos todos fuera- poco a poco el templo se vació y tras salir el último de los fieles cerró la puerta, echó el pestillo y lentamente se volvió, inmóvil se quedó mirando al crucificado, un hormigueo le subió desde la planta de sus pies y se le instaló en el bajo vientre, sin poder controlarlo sus piernas se flexionaron, su espalda se encorvó, sus puños se cerraron juntos con fuerza  a la altura de sus genitales, alzó la mirada a aquel madero y con toda la rabia del mundo le dijo: “Casi cuarenta años te estuve cuidando y nunca tus frutos vi. Los milagros que tu hagas que me los cuelguen de aquí”

Hace 38 años se plantó el futuro de esta comunidad autónoma. En el centro de nuestra ciudad creció un edificio ecléctico de dos plantas muy dispares sostenido por pilares que al correr del tiempo han tenido que ser reforzados con zunchos de acero. Sobre estos pilares defectuosos hay otra planta de porte moderno de la que parecen salir unos garfios que se clavan en la planta superior de inspiración modernista. De este edificio plantado en el corazón de Cartagena hace casi 40 años, y a nivel Patrimonio histórico de Cartagena, bien podríamos decir como el cura de nuestra historia.

No voy a repetir la interminable lista de monumentos en peligro de desaparecer con que acabé mi última entrega de “Resurrección” pero si me gustaría hacer referencia a los que están en la prestigiosa Lista Roja del Patrimonio español en peligro de la asociación independiente Hispania Nostra, y a la que hace pocas fechas hizo referencia nuestra consejera de Cultura refiriéndose a un convenio con la CARM y a la salida de esa lista de ocho o nueve monumentos. Esto junto a la adquisición del cine central y los planes de recuperación anunciados para la Casa del niño y la vuelta de CEHIFORM, así como la promesa de que 2017 va a ser el año de Cartagena. En principio nos debe llenar de alegría y optimismo, pero…  No paro de acordarme de lo que le dijo nuestro curica al crucificado.

A día de hoy tan solo hay retirados de la Lista Roja  2 de los 25 monumentos de la CARM, uno  el yacimiento de San Esteba y el otro Villa Calamari, cerrada al público por el peligro que implica ser visitada. Nuestra consejera hace referencia a un convenio con Hispania Nostra, y así es, pero buscando en las hemerotecas, este convenio solo se refiere a la recuperación del yacimiento de San Esteban y al ayuntamiento de Murcia que va a contar con una prestación económica de 15 millones de euros.

Por otro lado, tal como no paran de adelantarnos, sí parece que será el año de Cartagena, acaban de decir que van a gastar un millón en La Casa del Niño, el solar del MURAM  y el cine Central, ¡no está mal! Acostumbrados a no ver un duro, pero para ser el año de Cartagena habrá que acercarse un poco más a lo que se estila por otros lugares.

Lástima que después de casi 40 años tan solo vayamos a tener un año. Año que posiblemente solo tenga de especial el que al fin por una vez, nos den lo que nos corresponde, pero el año de Cartagena solo llegará cuando se tome conciencia en el Paseo Alfonso XIII  53 que la puesta en valor del rico patrimonio militar, marca la diferencia con cualquier otro destino turístico, añádanle edificios de todas las épocas y usos.  Denle coherencia y atractivo a toda esa oferta y comuníquenla ya mediante el AVE con el resto del Mundo (cosa que hace tiempo que podría y debería haber ocurrido) y tendrán un destino turístico de primer orden y calidad. Además de un motor poderosísimo de la economía regional.

El año que realmente sea “El año de Cartagena” será el año de esta comunidad autónoma. Mientras seguiremos como nuestro cura, cuidando del cerezo y esperando sus frutos.

 

Martillazos y burbujas

Tres siglos después del descalabro económico que debió de suponer el traslado fraudulento de la silla del obispo fuera de su catedral legitima, Cartagena una vez más se sobrepone a las adversidades y así el 15 de enero de 1574 cambia su suerte mediante una provisión real de Felipe II, por la que manda que las galeras del Rey invernen en adelante en la bahía de nuestra ciudad para cuidarlas de los moros.

Si con la marcha del obispo a Murcia se fueron diezmos, poder y riquezas (media Murcia está construida con los dineros de su más importante y distinguido vecino, el Obispo de Cartagena) Ahora es Felipe II quien sienta la base sobre la que se edificará, al transcurrir del tiempo el futuro de la ciudad de Cartagena como primera plaza fuerte de España. Pero para ello será necesario garantizar la seguridad de tan importante activo de la Corona, es por esto que los ingenieros militares Juan Bautista Antonelli y Vespasiano Gonzaga visitan nuestra costa y proyectan construir una serie de torres defensivas que sirvan como refugio y semáforo de avisos ante las constantes incursiones de los corsarios de Berbería.

Se proyectaron y construyeron doce torres y diversas atalayas, distantes unas de otras dos o tres leguas, es decir a dos o tres horas andando, dado que la Legua era en principio una unidad de tiempo y distancia a la vez, no siendo la misma distancia una legua cuesta arriba, cuesta abajo o en llano, aunque posteriormente la Legua se unificó en una distancia cercana a los seis kilómetros.

A cien metros de la orilla de Poniente del Mar Menor (cien metros en aquellos tiempos) y cobijado del Levante por el monte Carmolí, y a algo más de un kilómetro de este, se construyó la Torre del Arráez en 1585 tal y como reza una lápida de mármol que en ella se encuentra, el nombre tal vez le venga del famoso corsario Morato Arráez que asoló continuamente nuestras tierras en aquella época o tal vez del mismo significado de la palabra arráez; jefe. Sea como fuere, la torre cambió de nombre tras el paso y estancia en ella de un esclavo negro liberado de los trabajos de la construcción del Arsenal en el siglo XVIII, pasándose a llamar la Torre del Negro.

Hay una leyenda que paradójicamente no tiene nada que ver ni con negros ni con corsarios, sino con un soldado licenciado de los tercios de Flandes llamado Hans que se estableció en ella. A Hans se le atribuyeron conocimiento de alquimia y herrería, contando la leyenda que se empleó en forjar un yelmo impermeable, al que gracias a una pasta selladora de su invención cerraba herméticamente al frente con un cristal para poder ver bajo el agua. En una palabra la escafandra de buceo se inventó en la Torre del Negro. El viejo soldado venido a herrero, trabajaba de noche en su invento para recuperar los cañones de los barcos hundidos. Pero hubo una noche que fue la última, al día siguiente nadie lo vio ni volvió a saber con certeza nada de él. Sin embargo hay quien asegura que algunas noches se le puede escuchar en la Torre del Negro golpeando la chapa de hierro para forjar su yelmo y en otras ocasiones se ven sobre las aguas del Mar Menor un rastro de burbujas que tan solo apuntan a una explicación: el viejo soldado se sumergió confiado en su invento en las aguas del lago salado y aún sigue buscando la salida.

En la página Región de Murcia Digital podemos leer sobre esta torre:  “Torre del Negro (entre Los Alcázares y Cartagena): recuperada bajo la protección del Patrimonio Histórico Español.”

Nada más lejos de la realidad. A su estado actual, sí se aproxima más la descripción que en la moción para su reconstrucción hizo en 2006 el concejal del ayuntamiento de Cartagena, sr. García Conesa.
“Aunque se mantiene en pie gracias a su estructura inclinada, de tronco de cono, las edificaciones anexas y los complementos de la torre están derruidos, encontrándose en un estado lamentable. Por lo que se ha demandado al Ayuntamiento en reiteradas ocasiones que se proceda a su restauración, dando a conocer también a la Consejería de Cultura gravísima situación que por deterioro sufre esta Torre.”

Ni que decir tiene que esta moción, como tantas otras que, con la conservación de nuestro patrimonio tenían que ver en estos últimos cuatro lustros, fue rechazada por el gobierno de aquellos años.

También se llegó a hablar de un empresario de la restauración, pero de la de comer, que pretendía recuperar el edificio para abrir un establecimiento hostelero. Aquello, a falta de permisos  durmió el sueño de los justos y a cambio hoy, la imponente torre de 14 metros de altura, con muros de metro y medio de espesor y las casas antiguas que la rodean han encontrado utilidad como almacén de aperos agrícolas y establo para la guarda de ganados, ofreciendo desde la autovía un aspecto lamentable. Aunque si nos acercamos en coche desde Cartagena  a la torre, ciento cincuenta metros antes, la ya ruinosa ermita de San José del Lentiscar, también en la orilla derecha de la autovía, nos advertirá que nos encontramos en el Campo de Cartagena, donde el Patrimonio “regional” no existe, y si algo queda en condiciones, tal como se ha visto anteriormente, solo es en las páginas oficiales de esta Comunidad Autónoma, que financiadas con fondos europeos pretenden ser un escaparate de nuestra riqueza patrimonial.

Sirvan este artículo para recordar al Gobierno de esta Comunidad que el rico patrimonio histórico de la cuenca visual del Campo de Cartagena existe. No le pedimos que le tenga cariño, ni tan siquiera que lo intente apreciar como se merece, tan solo que cumplan con la Ley y hagan su trabajo preservándolo materialmente, no solo en páginas de internet.

Nos encantaría ver que existe algún tipo de compromiso, algo de ilusión, interés, pero a falta de esto, al menos demandamos responsabilidad para poder responder por la falta de inversión regional en los 182 molinos de viento censados, de los que 6 ya no existen, en las torres de El Negro, Garciperez, del Moro, Blanca, del Portús, de Navidad… en el monasterio de San Ginés de la Jara, en las cinco (sí cinco y no tres como se empeña Cultura en reconocer) ermitas del Monte Miral, en los castillos de Cartagena (Moros, Atalaya, Despeñaperros y San Julián) en la Catedral, en las construcciones mineras de todas las sierras litorales, en la muralla de Poniente, en las baterías de costa, en las ermitas del Campo, como San José del Lentiscar, en nuestras canteras romanas, en nuestras norias de sangre, en nuestros aljibes, en nuestra arquitectura  modernista, con ejemplos como Villa Calamari o la Casa del Tío Lobo, y en tantas y tantas “piedras viejas” que la ignorancia, que no el desconocimiento de la CARM, están condenando hace ya demasiado tiempo a la ruina y la desaparición.

Estamos cansados de tener que dar martillazos en las mesas de la Dirección General de Bienes Culturales de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia y solo obtener como respuesta  burbujas de aire que nada mueven.

¡Resurrección!

 

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