Lunes, Septiembre 25, 2017
   
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Las cosas por su nombre

Hemos leído en Prensa estos últimos días, sobre las dificultades con que se enfrentan los dos partidos políticos que han regido la vida de esta Comunidad Autónoma desde su nacimiento para lograr “encajar” a Cartagena dentro de la misma. No deja de sorprender que después de más de treinta años, se reconozca por los responsables de crear el espacio común de convivencia de todos los habitantes del territorio, que esto no encaja, a pesar de los grandes esfuerzos realizados, ejemplo de ello la historia que más abajo detallo.

Quizá habría que empezar por hacer las cosas bien desde el principio, y lo primero que se le da a una criatura cuando nace es un nombre. El nombre es algo clave en la vida, no debe ser vejatoria, ni ambiguo, y debe servir para distinguir a un individuo de todos los demás, confirmándole su derecho a la identidad.

De igual manera esta Comunidad debe plantearse empezar a buscar un nombre que aglutine y no que desencante a muchos de sus habitantes. No creo, que si el nombre de la Comunidad atendiendo a la identidad histórica, como se exigía por ley, se cambiase a Cartaginense o directamente Comunidad Autónoma de Cartagena, les gustase a los habitantes de Murcia, Lorca o Jumilla llamarse cartageneros, por el mismo motivo que a muchos ciudadanos de la CCAA no nos gusta que nos llamen murcianos.

En cuanto a la ambigüedad del nombre de la Comunidad queda patente, ¿Cuántas veces nuestros presidentes han prometido cosas para Murcia?   Y luego efectivamente han sido para Murcia, quedando el resto de “murcianos” con dos palmos de narices. La verdad es que nunca se sabe al decir la palabra Murcia o murciano si los que no son de la capital entran en ese saco. De esta manera lo que es bueno para Murcia o los murcianos, quizá no lo sea para el millón de habitantes restante de la Comunidad Autónoma de Murcia que no vive en ese término municipal. Quizá pase lo mismo en la capital y no sepan cuando se habla de ellos o de todos, por esta dificultad para distinguir al todo y a una parte.

En este punto alguien dirá que el nombre es claro, “Comunidad Autónoma de la Región de Murcia” y “Ciudadano de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia” Claro y sencillo, para nada se parece a Murcia o a  murciano, por lo que no puede dar ocasión a equívocos, de no ser que, como todas las cosas en este mundo, y obedeciendo a leyes universales de la Naturaleza, todo tiende a lo más simple, acabando en este caso, siendo todos murcianos de Murcia.

He oído hablar de singularidad de Cartagena, y me revelo contra esto. Todos los pueblos y ciudades de esta Comunidad son singulares, todos menos por lo dicho anteriormente, la capital que es plural, con la poderosa herramienta de la coincidencia del nombre. La historia, el patrimonio, los éxitos, los recursos y todo en general son murcianos, la identidad individual de cada municipio se pierde en favor de una ambigüedad que despoja de su derecho a sentirse únicos y singulares a todos. En este punto habría que comprender que los habitantes de Jumilla, Yecla o a los de Bullas se empeñen en ignorar que sus vinos, son los vinos de Murcia. En Águilas, Mazarrón o Cartagena tampoco sabemos dónde están las playas de Murcia. Y sin embargo todo es Murcia y todo es murciano, o acaba siéndolo, dando lugar a equivocaciones como por ejemplo, la de la célebre cómica Baltasara.

Estamos en el ‘siglo de Oro’, el teatro es algo muy importante en la sociedad y por extensión los actores, en aquellos tiempos, tan célebre como la Calderona fue la Baltasara.

Esta mujer de vida licenciosa halló la paz y la llamada de Dios en la ermita de San juan, que estaba a los pies del monte San Julián, abandonando el mundo de la farándula para recluirse con su marido en una cueva junto a una fuente a la que el rey Alfonso X “El Sabio” había bautizado como la Fuent Santa. Lo mismo haría años después en Aljezares.

El retiro de la actriz a la cueva cartagenera llegó a inspirar en su época una famosa comedia titulada “La Baltasara”, dividida en tres jornadas. La primera escrita por Luis Vélez de Guevara; la segunda por Antonio Coello; la tercera, por Francisco de Rojas Zorrilla. Esta comedia fue publicada en 1652.

Pocos años después a la sombra del éxito de la comedia de “La Baltasara” Antonio María Abbatini compuso una ópera titulada “La Comica del Cielo ovvero La Baltasara”, comedia dispuesta en tres actos, con libreto de Giulio Rospigliosi, estrenada en Roma en 1668.

A mediados del siglo XIX, aparece nuevamente en nuestras letras la historia de la actriz. “La Baltasara”, melodrama escrito nuevamente en colaboración por tres autores: Miguel Agustín Príncipe, que compuso el primer acto; Antonio Gil de Zarate, el segundo; y Antonio García Gutiérrez el tercero. La obra fue estrenada en Madrid en 1852.

Sin embargo, curiosamente, en la misma época en que Ana, como se llamaba “La Baltasara” se retira a la cueva de la Fuente Santa de Cartagena, aparece un personaje que pide ser santera de la Fuensanta en Aljezares, curiosamente, se dice que también es cómica y además se retira también con su marido.

Por otra parte “La que se recluyó por secreta moción de la gracia en una de las cuevas del Hondoyuelo, no murió en ella, como divulgó la leyenda, sino en el hospital de Nuestra Señora de Gracia” (Según nos dice el cronista de Murcia José María Ibáñez) No así la auténtica Baltasara que murió en su cueva al tiempo que las campanas del cercano monasterio de San Juan Bautista tocaron solas a muerto.

Con el tiempo acabaría confundiéndose las historias, hasta el punto en que hay autores que la llaman Francisca Baltasara para asemejarla a la santera Francisca Gracia, para con el tiempo desaparecer la auténtica historia de la Baltasara “cartagenera” y dar paso, gracias a la publicación de artículos periodísticos errados o poco documentados, a la aparición de una fraudulenta Baltasara “murciana” que nunca existió. Hasta el punto esta historia está “asimilada” que en la página de internet “Región de Murcia Digital” financiada con fondos europeos, “integra” a este personaje cartagenero al acervo cultural de la capital en su capítulo dedicado al patrimonio religioso, en el apartado “Santuarios” y más concretamente en el de la Fuensanta, donde podemos leer: “la fuente que da nombre al Santuario y a la advocación mariana brota al final de la primera rampa, precisamente bajo “la Cueva de la Cómica Baltasara” gran impulsora en el siglo XVII de la devoción a La Fuensanta.”

 

'La casa del minero'

Después de la aventura cantonal, Cartagena quedo casi totalmente destruida, de los más de 1.900 edificios con que contaba la ciudad meses atrás, tan sólo 27 edificios quedaron indemnes a los 45 días de bombardeo constante en el que llovieron casi treinta mil proyectiles. Estos 27 edificios se salvaron in extremis por voluntad popular. Los defensores del Cantón tras el mazazo de la voladura del Parque de Artillería que se llevó casi 500 almas, propusieron acabar de volar lo poco que quedaba en pie dentro de las murallas, la Junta cantonal lo tomo en consideración y propuso que se votase entre todos los que aún permanecían en la ciudad, ya que todos padecían el asedio, y al decir todos la junta quiso decir todos y todas, siendo esta la primera vez en que las mujeres votaron en Europa, y 57 años antes que en ningún otro sitio de España.

Aunque la votación la ganó el ‘no’ por 13 votos, la desolación era total, pero una vez más -ya a estas alturas de la historia de la trimilenaria he perdido la cuenta-  Cartagena comienza su reconstrucción, esta vez gracias a la riqueza minera de las sierras de Mazarrón y San Ginés, la Plata inunda literalmente las calles de la ciudad que se llenan de suntuosas mansiones y bellos edificios del estilo de moda en esos momentos, es la era del modernismo.

El minero quiere demostrar su éxito y no solo se conforma con la mansión de la ciudad sino que además se hace construir palacetes de verano en las afueras, rodeados de grandes y frondosos jardines. Tal fue el caso de El Castillito, también llamado del Marqués de Fuente Sol, persona que se acabaría casando con Antonia, la nieta del industrial Pedro Conesa Calderón, quien había encargado edificar esta casa de muñecas en su finca a Tomas Rico Valarino en 1899 como regalo para su nieta. La extensa finca contaba con la casa de los señores que se comunicaba con el Castillito mediante un túnel que tenía varios respiraderos, excavado bajo el amplio jardín, de manera que las criaturas no cogiesen frío al volver de sus juegos en El Castillito a la casa materna.

Otro ejemplo de ‘capricho’ lo tenemos en San Félix, en el ‘Pequeño Versalles’, se trata de un palacete edificado en la antigua finca de un minero, Guillermo Elhers, antes de recalar en Cartagena, William. El señor Elhers que tenía sus oficinas en la plaza del Rey nº 17 se dedicaba sobre todo a la extracción y exportación de mineral de hierro, sobre todo en el monta Miral. Era un gran aficionado a la botánica y se hizo con una finca en las afueras de la ciudad donde construyó un jardín botánico con una de las más importantes colecciones de Europa de plantas acuáticas de las Filipinas. La propiedad fue comprada por el industrial Camilo Calamari, quien le encargo el palacete al arquitecto Víctor Beltrí, levantando en sus jardines un hermoso edificio modernista que en la postguerra acabó comprando otro minero, don Ángel Conesa Celdrán quien reconstruyó la finca y dotó a la casa del mirador templete que hace tan característica hoy en día su silueta.

Como no hay dos sin tres, aunque hay muchas más, la tercera casa del minero se encuentra en la bella población de Portmán, se trata de la Casa Grande o la del Tío Lobo. Construida en una planta a fínales del siglo XIX por encargo del industrial minero Miguel Zapata, conocido por el ‘Tío Lobo’, tiene una superficie construida en planta de mil metros cuadrados. La casa del Tío Lobo, así llamada por tener a su entrada una cabeza de lobo disecada con una bombilla entre las fauces, que Miguel Zapata aseguraba haber matado de joven, fue reconstruida en 1913, el encargo recayó en el arquitecto de moda, el catalán Víctor Beltrí, quien además de acondicionar la planta baja y el jardín construyó el primer piso donde destaca el gran templete mirador, redondo y voladizo. La casa, con el tiempo, fue adquirida por la empresa minera francesa Peñaroya que en los años 50 del siglo pasado la emplea como casino para mineros y jubilados, y más tarde, hasta los 80, se empleó como consultorio médico de la empresa.

Pero la riqueza minera se acabó, las familias de los mineros crecieron y las fortunas menguaron repartidas en mil herencias y ese objeto del deseo ‘la casa del minero’ acabó en las manos del constructor, nuevo rico que explota un recurso inagotable, la necesidad de vivienda de sus vecinos.

Sin embargo, el constructor no se comporta como se espera de un nuevo rico. ¿Se puede imaginar en aquella época en que un Mercedes era un Mercedes, que alguien se lo comprase para destrozarlo o simplemente dejarlo pudrirse al sol?

El Castillito era una finca grande en la que acabaron desapareciendo los jardines y los solariegos edificios y creciéndole dúplex, en cuanto al Castillito, tras un asombrosamente rápido periodo de ruina agresiva y progresiva, recuperó su lozanía rápidamente contagiado por la juventud y el empuje con que se levantaban sus nuevos compañeros, los dúplex.

Villa Calamari iba a seguir los pasos de El Castillito, pero tras la compra por parte del constructor, los cuatro jinetes del apocalipsis se instalaron en la finca y con ellos los incendios y los derrumbes, las estatuas de los jardines echaron a correr, las flores pintadas en las paredes de sus estancias se marchitaron, la cizaña se apoderó de su tierra mientras los muros perimetrales se cerraban, no para protegerlo, sino para que no se oyesen sus gritos.

A la casa del Tío Lobo le vino a pasar algo parecido, se cerraron sus puertas y sus muros para dejarla morir en paz. Aunque parecía que iba a recuperar la salud justo antes del estallido de la crisis, de la misma manera que lo había hecho El Castillito, es decir, con la inyección en sus jardines de algunas decenas de dúplex, no fue así, y la ruina, como le pasa a Calamari se ha instalado como casi su única compañera. Pero afortunadamente la otra compañera de estos edificios, la que aún le da la vida, tiene voz y fuerza para alzarla, se trata de la Asociación de vecinos de San Félix en el caso de Calamari y la de Portman en el caso de la del Tío Lobo.

Han denunciado en cada caso el estado de los inmuebles a la Comunidad Autónoma, inmuebles que además están ambos incluidos en la Lista Roja del Patrimonio en peligro de España que elabora la prestigiosa asociación Hispania Nostra. Ver a Villa Calamari en esta lista no gustó al ejecutivo regional que rápidamente ordeno unas obras de urgencia a todas luces insuficientes para la recuperación del BIC, pero suficientes para presionar a Hispania Nostra que retiró el monumento de la lista de la vergüenza. Pero a día de hoy hay que decir, parafraseando a Galileo: …Y sin embargo se caen.

En este año del modernismo quizá debiéramos reflexionar y pensar en lo que hemos hecho mal y en lo que podemos hacer, tenemos leyes y mecanismos para proteger nuestro patrimonio. Pero si estas leyes no valen para proteger estas joyas a la vez que a los legítimos intereses de sus dueños, es el momento de encontrar ya de una vez el fiel de esta balanza, poseer un Bien de Interés Cultural no puede ser una carga que lastre la economía de nadie y ha de tener por parte de la Administración la máxima ayuda, aunque por otra parte  no se debe consentir que se pueda llegar al abandono y la ruina a la que han llegado estos inmuebles sin haber puesto encima de la mesa soluciones.

Y a la vista de lo expuesto, también es necesario que se comprenda que cuando una persona adquiere un BIC, lo hace con todos los derechos que ello conlleva (exenciones fiscales y ayudas) pero con la obligación de mantenerlo al menos, tal y como lo ha adquirido.



 

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