Martes, Enero 21, 2020
   
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Resurrección

Martillazos y burbujas

Tres siglos después del descalabro económico que debió de suponer el traslado fraudulento de la silla del obispo fuera de su catedral legitima, Cartagena una vez más se sobrepone a las adversidades y así el 15 de enero de 1574 cambia su suerte mediante una provisión real de Felipe II, por la que manda que las galeras del Rey invernen en adelante en la bahía de nuestra ciudad para cuidarlas de los moros.

Si con la marcha del obispo a Murcia se fueron diezmos, poder y riquezas (media Murcia está construida con los dineros de su más importante y distinguido vecino, el Obispo de Cartagena) Ahora es Felipe II quien sienta la base sobre la que se edificará, al transcurrir del tiempo el futuro de la ciudad de Cartagena como primera plaza fuerte de España. Pero para ello será necesario garantizar la seguridad de tan importante activo de la Corona, es por esto que los ingenieros militares Juan Bautista Antonelli y Vespasiano Gonzaga visitan nuestra costa y proyectan construir una serie de torres defensivas que sirvan como refugio y semáforo de avisos ante las constantes incursiones de los corsarios de Berbería.

Se proyectaron y construyeron doce torres y diversas atalayas, distantes unas de otras dos o tres leguas, es decir a dos o tres horas andando, dado que la Legua era en principio una unidad de tiempo y distancia a la vez, no siendo la misma distancia una legua cuesta arriba, cuesta abajo o en llano, aunque posteriormente la Legua se unificó en una distancia cercana a los seis kilómetros.

A cien metros de la orilla de Poniente del Mar Menor (cien metros en aquellos tiempos) y cobijado del Levante por el monte Carmolí, y a algo más de un kilómetro de este, se construyó la Torre del Arráez en 1585 tal y como reza una lápida de mármol que en ella se encuentra, el nombre tal vez le venga del famoso corsario Morato Arráez que asoló continuamente nuestras tierras en aquella época o tal vez del mismo significado de la palabra arráez; jefe. Sea como fuere, la torre cambió de nombre tras el paso y estancia en ella de un esclavo negro liberado de los trabajos de la construcción del Arsenal en el siglo XVIII, pasándose a llamar la Torre del Negro.

Hay una leyenda que paradójicamente no tiene nada que ver ni con negros ni con corsarios, sino con un soldado licenciado de los tercios de Flandes llamado Hans que se estableció en ella. A Hans se le atribuyeron conocimiento de alquimia y herrería, contando la leyenda que se empleó en forjar un yelmo impermeable, al que gracias a una pasta selladora de su invención cerraba herméticamente al frente con un cristal para poder ver bajo el agua. En una palabra la escafandra de buceo se inventó en la Torre del Negro. El viejo soldado venido a herrero, trabajaba de noche en su invento para recuperar los cañones de los barcos hundidos. Pero hubo una noche que fue la última, al día siguiente nadie lo vio ni volvió a saber con certeza nada de él. Sin embargo hay quien asegura que algunas noches se le puede escuchar en la Torre del Negro golpeando la chapa de hierro para forjar su yelmo y en otras ocasiones se ven sobre las aguas del Mar Menor un rastro de burbujas que tan solo apuntan a una explicación: el viejo soldado se sumergió confiado en su invento en las aguas del lago salado y aún sigue buscando la salida.

En la página Región de Murcia Digital podemos leer sobre esta torre:  “Torre del Negro (entre Los Alcázares y Cartagena): recuperada bajo la protección del Patrimonio Histórico Español.”

Nada más lejos de la realidad. A su estado actual, sí se aproxima más la descripción que en la moción para su reconstrucción hizo en 2006 el concejal del ayuntamiento de Cartagena, sr. García Conesa.
“Aunque se mantiene en pie gracias a su estructura inclinada, de tronco de cono, las edificaciones anexas y los complementos de la torre están derruidos, encontrándose en un estado lamentable. Por lo que se ha demandado al Ayuntamiento en reiteradas ocasiones que se proceda a su restauración, dando a conocer también a la Consejería de Cultura gravísima situación que por deterioro sufre esta Torre.”

Ni que decir tiene que esta moción, como tantas otras que, con la conservación de nuestro patrimonio tenían que ver en estos últimos cuatro lustros, fue rechazada por el gobierno de aquellos años.

También se llegó a hablar de un empresario de la restauración, pero de la de comer, que pretendía recuperar el edificio para abrir un establecimiento hostelero. Aquello, a falta de permisos  durmió el sueño de los justos y a cambio hoy, la imponente torre de 14 metros de altura, con muros de metro y medio de espesor y las casas antiguas que la rodean han encontrado utilidad como almacén de aperos agrícolas y establo para la guarda de ganados, ofreciendo desde la autovía un aspecto lamentable. Aunque si nos acercamos en coche desde Cartagena  a la torre, ciento cincuenta metros antes, la ya ruinosa ermita de San José del Lentiscar, también en la orilla derecha de la autovía, nos advertirá que nos encontramos en el Campo de Cartagena, donde el Patrimonio “regional” no existe, y si algo queda en condiciones, tal como se ha visto anteriormente, solo es en las páginas oficiales de esta Comunidad Autónoma, que financiadas con fondos europeos pretenden ser un escaparate de nuestra riqueza patrimonial.

Sirvan este artículo para recordar al Gobierno de esta Comunidad que el rico patrimonio histórico de la cuenca visual del Campo de Cartagena existe. No le pedimos que le tenga cariño, ni tan siquiera que lo intente apreciar como se merece, tan solo que cumplan con la Ley y hagan su trabajo preservándolo materialmente, no solo en páginas de internet.

Nos encantaría ver que existe algún tipo de compromiso, algo de ilusión, interés, pero a falta de esto, al menos demandamos responsabilidad para poder responder por la falta de inversión regional en los 182 molinos de viento censados, de los que 6 ya no existen, en las torres de El Negro, Garciperez, del Moro, Blanca, del Portús, de Navidad… en el monasterio de San Ginés de la Jara, en las cinco (sí cinco y no tres como se empeña Cultura en reconocer) ermitas del Monte Miral, en los castillos de Cartagena (Moros, Atalaya, Despeñaperros y San Julián) en la Catedral, en las construcciones mineras de todas las sierras litorales, en la muralla de Poniente, en las baterías de costa, en las ermitas del Campo, como San José del Lentiscar, en nuestras canteras romanas, en nuestras norias de sangre, en nuestros aljibes, en nuestra arquitectura  modernista, con ejemplos como Villa Calamari o la Casa del Tío Lobo, y en tantas y tantas “piedras viejas” que la ignorancia, que no el desconocimiento de la CARM, están condenando hace ya demasiado tiempo a la ruina y la desaparición.

Estamos cansados de tener que dar martillazos en las mesas de la Dirección General de Bienes Culturales de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia y solo obtener como respuesta  burbujas de aire que nada mueven.

¡Resurrección!

 

Las cosas por su nombre

Hemos leído en Prensa estos últimos días, sobre las dificultades con que se enfrentan los dos partidos políticos que han regido la vida de esta Comunidad Autónoma desde su nacimiento para lograr “encajar” a Cartagena dentro de la misma. No deja de sorprender que después de más de treinta años, se reconozca por los responsables de crear el espacio común de convivencia de todos los habitantes del territorio, que esto no encaja, a pesar de los grandes esfuerzos realizados, ejemplo de ello la historia que más abajo detallo.

Quizá habría que empezar por hacer las cosas bien desde el principio, y lo primero que se le da a una criatura cuando nace es un nombre. El nombre es algo clave en la vida, no debe ser vejatoria, ni ambiguo, y debe servir para distinguir a un individuo de todos los demás, confirmándole su derecho a la identidad.

De igual manera esta Comunidad debe plantearse empezar a buscar un nombre que aglutine y no que desencante a muchos de sus habitantes. No creo, que si el nombre de la Comunidad atendiendo a la identidad histórica, como se exigía por ley, se cambiase a Cartaginense o directamente Comunidad Autónoma de Cartagena, les gustase a los habitantes de Murcia, Lorca o Jumilla llamarse cartageneros, por el mismo motivo que a muchos ciudadanos de la CCAA no nos gusta que nos llamen murcianos.

En cuanto a la ambigüedad del nombre de la Comunidad queda patente, ¿Cuántas veces nuestros presidentes han prometido cosas para Murcia?   Y luego efectivamente han sido para Murcia, quedando el resto de “murcianos” con dos palmos de narices. La verdad es que nunca se sabe al decir la palabra Murcia o murciano si los que no son de la capital entran en ese saco. De esta manera lo que es bueno para Murcia o los murcianos, quizá no lo sea para el millón de habitantes restante de la Comunidad Autónoma de Murcia que no vive en ese término municipal. Quizá pase lo mismo en la capital y no sepan cuando se habla de ellos o de todos, por esta dificultad para distinguir al todo y a una parte.

En este punto alguien dirá que el nombre es claro, “Comunidad Autónoma de la Región de Murcia” y “Ciudadano de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia” Claro y sencillo, para nada se parece a Murcia o a  murciano, por lo que no puede dar ocasión a equívocos, de no ser que, como todas las cosas en este mundo, y obedeciendo a leyes universales de la Naturaleza, todo tiende a lo más simple, acabando en este caso, siendo todos murcianos de Murcia.

He oído hablar de singularidad de Cartagena, y me revelo contra esto. Todos los pueblos y ciudades de esta Comunidad son singulares, todos menos por lo dicho anteriormente, la capital que es plural, con la poderosa herramienta de la coincidencia del nombre. La historia, el patrimonio, los éxitos, los recursos y todo en general son murcianos, la identidad individual de cada municipio se pierde en favor de una ambigüedad que despoja de su derecho a sentirse únicos y singulares a todos. En este punto habría que comprender que los habitantes de Jumilla, Yecla o a los de Bullas se empeñen en ignorar que sus vinos, son los vinos de Murcia. En Águilas, Mazarrón o Cartagena tampoco sabemos dónde están las playas de Murcia. Y sin embargo todo es Murcia y todo es murciano, o acaba siéndolo, dando lugar a equivocaciones como por ejemplo, la de la célebre cómica Baltasara.

Estamos en el ‘siglo de Oro’, el teatro es algo muy importante en la sociedad y por extensión los actores, en aquellos tiempos, tan célebre como la Calderona fue la Baltasara.

Esta mujer de vida licenciosa halló la paz y la llamada de Dios en la ermita de San juan, que estaba a los pies del monte San Julián, abandonando el mundo de la farándula para recluirse con su marido en una cueva junto a una fuente a la que el rey Alfonso X “El Sabio” había bautizado como la Fuent Santa. Lo mismo haría años después en Aljezares.

El retiro de la actriz a la cueva cartagenera llegó a inspirar en su época una famosa comedia titulada “La Baltasara”, dividida en tres jornadas. La primera escrita por Luis Vélez de Guevara; la segunda por Antonio Coello; la tercera, por Francisco de Rojas Zorrilla. Esta comedia fue publicada en 1652.

Pocos años después a la sombra del éxito de la comedia de “La Baltasara” Antonio María Abbatini compuso una ópera titulada “La Comica del Cielo ovvero La Baltasara”, comedia dispuesta en tres actos, con libreto de Giulio Rospigliosi, estrenada en Roma en 1668.

A mediados del siglo XIX, aparece nuevamente en nuestras letras la historia de la actriz. “La Baltasara”, melodrama escrito nuevamente en colaboración por tres autores: Miguel Agustín Príncipe, que compuso el primer acto; Antonio Gil de Zarate, el segundo; y Antonio García Gutiérrez el tercero. La obra fue estrenada en Madrid en 1852.

Sin embargo, curiosamente, en la misma época en que Ana, como se llamaba “La Baltasara” se retira a la cueva de la Fuente Santa de Cartagena, aparece un personaje que pide ser santera de la Fuensanta en Aljezares, curiosamente, se dice que también es cómica y además se retira también con su marido.

Por otra parte “La que se recluyó por secreta moción de la gracia en una de las cuevas del Hondoyuelo, no murió en ella, como divulgó la leyenda, sino en el hospital de Nuestra Señora de Gracia” (Según nos dice el cronista de Murcia José María Ibáñez) No así la auténtica Baltasara que murió en su cueva al tiempo que las campanas del cercano monasterio de San Juan Bautista tocaron solas a muerto.

Con el tiempo acabaría confundiéndose las historias, hasta el punto en que hay autores que la llaman Francisca Baltasara para asemejarla a la santera Francisca Gracia, para con el tiempo desaparecer la auténtica historia de la Baltasara “cartagenera” y dar paso, gracias a la publicación de artículos periodísticos errados o poco documentados, a la aparición de una fraudulenta Baltasara “murciana” que nunca existió. Hasta el punto esta historia está “asimilada” que en la página de internet “Región de Murcia Digital” financiada con fondos europeos, “integra” a este personaje cartagenero al acervo cultural de la capital en su capítulo dedicado al patrimonio religioso, en el apartado “Santuarios” y más concretamente en el de la Fuensanta, donde podemos leer: “la fuente que da nombre al Santuario y a la advocación mariana brota al final de la primera rampa, precisamente bajo “la Cueva de la Cómica Baltasara” gran impulsora en el siglo XVII de la devoción a La Fuensanta.”

 

'La casa del minero'

Después de la aventura cantonal, Cartagena quedo casi totalmente destruida, de los más de 1.900 edificios con que contaba la ciudad meses atrás, tan sólo 27 edificios quedaron indemnes a los 45 días de bombardeo constante en el que llovieron casi treinta mil proyectiles. Estos 27 edificios se salvaron in extremis por voluntad popular. Los defensores del Cantón tras el mazazo de la voladura del Parque de Artillería que se llevó casi 500 almas, propusieron acabar de volar lo poco que quedaba en pie dentro de las murallas, la Junta cantonal lo tomo en consideración y propuso que se votase entre todos los que aún permanecían en la ciudad, ya que todos padecían el asedio, y al decir todos la junta quiso decir todos y todas, siendo esta la primera vez en que las mujeres votaron en Europa, y 57 años antes que en ningún otro sitio de España.

Aunque la votación la ganó el ‘no’ por 13 votos, la desolación era total, pero una vez más -ya a estas alturas de la historia de la trimilenaria he perdido la cuenta-  Cartagena comienza su reconstrucción, esta vez gracias a la riqueza minera de las sierras de Mazarrón y San Ginés, la Plata inunda literalmente las calles de la ciudad que se llenan de suntuosas mansiones y bellos edificios del estilo de moda en esos momentos, es la era del modernismo.

El minero quiere demostrar su éxito y no solo se conforma con la mansión de la ciudad sino que además se hace construir palacetes de verano en las afueras, rodeados de grandes y frondosos jardines. Tal fue el caso de El Castillito, también llamado del Marqués de Fuente Sol, persona que se acabaría casando con Antonia, la nieta del industrial Pedro Conesa Calderón, quien había encargado edificar esta casa de muñecas en su finca a Tomas Rico Valarino en 1899 como regalo para su nieta. La extensa finca contaba con la casa de los señores que se comunicaba con el Castillito mediante un túnel que tenía varios respiraderos, excavado bajo el amplio jardín, de manera que las criaturas no cogiesen frío al volver de sus juegos en El Castillito a la casa materna.

Otro ejemplo de ‘capricho’ lo tenemos en San Félix, en el ‘Pequeño Versalles’, se trata de un palacete edificado en la antigua finca de un minero, Guillermo Elhers, antes de recalar en Cartagena, William. El señor Elhers que tenía sus oficinas en la plaza del Rey nº 17 se dedicaba sobre todo a la extracción y exportación de mineral de hierro, sobre todo en el monta Miral. Era un gran aficionado a la botánica y se hizo con una finca en las afueras de la ciudad donde construyó un jardín botánico con una de las más importantes colecciones de Europa de plantas acuáticas de las Filipinas. La propiedad fue comprada por el industrial Camilo Calamari, quien le encargo el palacete al arquitecto Víctor Beltrí, levantando en sus jardines un hermoso edificio modernista que en la postguerra acabó comprando otro minero, don Ángel Conesa Celdrán quien reconstruyó la finca y dotó a la casa del mirador templete que hace tan característica hoy en día su silueta.

Como no hay dos sin tres, aunque hay muchas más, la tercera casa del minero se encuentra en la bella población de Portmán, se trata de la Casa Grande o la del Tío Lobo. Construida en una planta a fínales del siglo XIX por encargo del industrial minero Miguel Zapata, conocido por el ‘Tío Lobo’, tiene una superficie construida en planta de mil metros cuadrados. La casa del Tío Lobo, así llamada por tener a su entrada una cabeza de lobo disecada con una bombilla entre las fauces, que Miguel Zapata aseguraba haber matado de joven, fue reconstruida en 1913, el encargo recayó en el arquitecto de moda, el catalán Víctor Beltrí, quien además de acondicionar la planta baja y el jardín construyó el primer piso donde destaca el gran templete mirador, redondo y voladizo. La casa, con el tiempo, fue adquirida por la empresa minera francesa Peñaroya que en los años 50 del siglo pasado la emplea como casino para mineros y jubilados, y más tarde, hasta los 80, se empleó como consultorio médico de la empresa.

Pero la riqueza minera se acabó, las familias de los mineros crecieron y las fortunas menguaron repartidas en mil herencias y ese objeto del deseo ‘la casa del minero’ acabó en las manos del constructor, nuevo rico que explota un recurso inagotable, la necesidad de vivienda de sus vecinos.

Sin embargo, el constructor no se comporta como se espera de un nuevo rico. ¿Se puede imaginar en aquella época en que un Mercedes era un Mercedes, que alguien se lo comprase para destrozarlo o simplemente dejarlo pudrirse al sol?

El Castillito era una finca grande en la que acabaron desapareciendo los jardines y los solariegos edificios y creciéndole dúplex, en cuanto al Castillito, tras un asombrosamente rápido periodo de ruina agresiva y progresiva, recuperó su lozanía rápidamente contagiado por la juventud y el empuje con que se levantaban sus nuevos compañeros, los dúplex.

Villa Calamari iba a seguir los pasos de El Castillito, pero tras la compra por parte del constructor, los cuatro jinetes del apocalipsis se instalaron en la finca y con ellos los incendios y los derrumbes, las estatuas de los jardines echaron a correr, las flores pintadas en las paredes de sus estancias se marchitaron, la cizaña se apoderó de su tierra mientras los muros perimetrales se cerraban, no para protegerlo, sino para que no se oyesen sus gritos.

A la casa del Tío Lobo le vino a pasar algo parecido, se cerraron sus puertas y sus muros para dejarla morir en paz. Aunque parecía que iba a recuperar la salud justo antes del estallido de la crisis, de la misma manera que lo había hecho El Castillito, es decir, con la inyección en sus jardines de algunas decenas de dúplex, no fue así, y la ruina, como le pasa a Calamari se ha instalado como casi su única compañera. Pero afortunadamente la otra compañera de estos edificios, la que aún le da la vida, tiene voz y fuerza para alzarla, se trata de la Asociación de vecinos de San Félix en el caso de Calamari y la de Portman en el caso de la del Tío Lobo.

Han denunciado en cada caso el estado de los inmuebles a la Comunidad Autónoma, inmuebles que además están ambos incluidos en la Lista Roja del Patrimonio en peligro de España que elabora la prestigiosa asociación Hispania Nostra. Ver a Villa Calamari en esta lista no gustó al ejecutivo regional que rápidamente ordeno unas obras de urgencia a todas luces insuficientes para la recuperación del BIC, pero suficientes para presionar a Hispania Nostra que retiró el monumento de la lista de la vergüenza. Pero a día de hoy hay que decir, parafraseando a Galileo: …Y sin embargo se caen.

En este año del modernismo quizá debiéramos reflexionar y pensar en lo que hemos hecho mal y en lo que podemos hacer, tenemos leyes y mecanismos para proteger nuestro patrimonio. Pero si estas leyes no valen para proteger estas joyas a la vez que a los legítimos intereses de sus dueños, es el momento de encontrar ya de una vez el fiel de esta balanza, poseer un Bien de Interés Cultural no puede ser una carga que lastre la economía de nadie y ha de tener por parte de la Administración la máxima ayuda, aunque por otra parte  no se debe consentir que se pueda llegar al abandono y la ruina a la que han llegado estos inmuebles sin haber puesto encima de la mesa soluciones.

Y a la vista de lo expuesto, también es necesario que se comprenda que cuando una persona adquiere un BIC, lo hace con todos los derechos que ello conlleva (exenciones fiscales y ayudas) pero con la obligación de mantenerlo al menos, tal y como lo ha adquirido.



   

El monasterio laico; juguete del poder

Miguel Andrés Starico tuvo tres hijos, Manuel Starico Ruiz, presidente del Casino de Murcia y quien inició las obras del actual edificio de este Casino. Ricardo Starico, Presidente de la Comunidad de Agricultores de Valencia. Y por último tenemos a Carmen Starico, quien heredó el monasterio.

Carmen Starico fue la madre de Ricardo Codorniu Starico, ingeniero de montes que repobló Sierra Espuña y estabilizó las dunas de Guardamar, conocido como “El apóstol del árbol” es considerado como el primer ecologista, encontrándonos monumentos a su memoria en Sierra Espuña, en Murcia y en el Parque del Retiro en Madrid. De don Ricardo se cuenta que en su vejez, ante la intención de sus vecinos de Murcia, en donde residía, de talar un viejo ficus de grandes dimensiones lo defendió personalmente con la vigorosidad de quien sabe que tiene la razón. A los dos días de la muerte de don Ricardo en 1923, el viejo ficus se desgajó desde las raíces, cayendo con estrepito sus grandes ramas contra el suelo, la gente dijo que el árbol no había querido vivir sin don Ricardo.

Don Ricardo Codornui contrajo matrimonio con Mercedes Bosch, llamar la atención de que la única calle con placa de azulejo con el nombre y que aún se conserva es la de la fachada del recinto, la calle de las Mercedes, igualmente apuntar que los restos de la familia Starico descansan hoy en el panteón que la familia Bosch tiene en el cementerio de Nuestra Señora de los Remedios en Cartagena.

Del matrimonio de Ricardo Codorniu y Mercedes Bosch nacieron cuatro hijos, Carolina, Ana, Joaquín y María Codorniu Bosch, esta última fue quien heredó nuestro convento y vino a casarse con Juan de la Cierva Peñafiel, político y Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Gobernación, Guerra, Hacienda y Fomento, durante el reinado de Alfonso XIII. Del matrimonio de la Cierva y Codornui nacieron dos hijos, Ricardo, abogado que fue hecho prisionero en los primeros días de la Guerra Civil y fusilado en Paracuellos y Juan, inventor del autogiro, también fallecido en los primeros días de la Guerra en un accidente aéreo en Inglaterra.

Volvamos a 1917, en la catedral de Cartagena, donde un grupo de ciudadanos de pro, con don Luis Angosto a la cabeza fundan la Cofradía de San Ginés con el fin de recuperar en la memoria del pueblo el culto al patrón de la ciudad, teniendo un rápido éxito y recuperando además la perdida romería al monasterio, el esfuerzo de la Cofradía por sacar del olvido tanto la historia del personaje como la del lugar fue muy grande y estuvo secundado tanto por la prensa, los políticos municipales e incluso el Obispo de la diócesis, quien bendijo la nueva imagen costeada por la cofradía y además de autorizar unas novenas en honor del santo, concedió 50 días de indulgencia para quien rezase un Padrenuestro ante esta imagen o participase en los actos de homenaje que la Cofradía organizaba. 

Pero a pesar de este esfuerzo por recuperar la conciencia ciudadana, las visitas anuales en romería y la gran fortuna de los propietarios que habían sido sus dueños hasta principios de los años 30 del pasado siglo, no le sirvió al cenobio para librarse de una ruina progresiva, tal como nos la describe el poeta cartagenero Antonio Oliver en un artículo publicado en el diario El Sol el 4 de marzo de 1930.

“Del monasterio y de la iglesia nada podemos referir, pues la descortesía de los encargados que allí tiene la propiedad no nos permitió la entrada. Sólo vimos en una habitación que debió de ser recibimiento, y que estaba repleta de enseres de labranza y de avíos para las bestias, un relieve de la figura del santo, santo con luengas barbas de eternidad y alto cayado. La fachada de la iglesia está en ruinas, y desde fuera las celdas que ocupaban los monjes también se ven en deplorable estado.”

El poeta, miembro de la generación del 27 y esposo de la también poetisa cartagenera Carmen Conde denuncia y pide su restauración.

“Denunciamos a la Academia de Bellas Artes este nuevo caso, de los que tanto abundan. Constituye una verdadera vergüenza dicha incuria. En aquel caserío, a unos minutos de automóvil desde Cartagena, no hay maestro, no hay sacerdote, no hay el menor vestigio de la actual sociedad civilizada.

Sólo aquellos vecinos indolentes, pegados al sol de las antiguas piedras, y a los que en último caso no cabe pedir nada, puesto que no son ellos los culpables de su analfabetismo. Los encargados de velar por el tesoro artístico provincial -esto es, por el nacional- tienen la palabra. Palabra que ha de ser concisa y enérgica, que ha de traducir en hechos inmediatos, si hemos de conservar lo poco que aún existe de este monumento, que no debe seguir constituyendo un patrimonio particular cuando la propiedad -no nos interese por qué- lo tiene tan tristemente abandonado”.

Por estas fechas la propiedad había pasado de la familia de la Cierva a manos de la familia Llovera, en la persona del sobrino de don Juan de La Cierva, Vicente Llovera Codorniu, pero su muerte repentina obligó a la viuda a venderlo, y fue el teniente de la Guardia Civil Manuel Burguete y Reparaz quien adquirió el convento.

Manuel Burguete era hijo del general de infantería don Ricardo Burguete Lana, Director de la Guardia Civil, Presidente de la Cruz Roja de España y Vicepresidente de la Cruz Roja internacional, miembro de la Academia de la Historia, además de escritor y miembro fundador del grupo literario denominado Generación del 98.

Posiblemente fuera Ricardo Burguete, hermano de Manuel, quien le pusiera en contacto con la viuda de Llovera para la compra de la finca. Ricardo, héroe de la aviación española en la Guerra del Rift, fue destinado en mayo de 1931 al cercano aeródromo de Los Alcázares como Jefe de la Escuela de Combate y Bombardeo Aéreos, el 21 de mayo de 1933 falleció repentinamente en Madrid como consecuencia de las secuelas que le habían dejado las graves heridas sufridas en campaña, en 1924. Sin duda Ricardo debió de conocer el monasterio, posiblemente desde el aire. Otro detalle que liga a Ricardo con el monasterio fue la decoración de la entrada sur al monasterio, alicatada con azulejos sevillanos con escenas del Quijote, exactamente los mismos que aún hoy, a diferencia con el monasterio, se conservan en la base aérea de Los Alcazares.

Con entusiasmo el matrimonio Burguete Herrero acometió las obras para acondicionar el monasterio, desgraciadamente con más entusiasmo que criterio histórico, de esta manera la fisonomía del edifico cambió, la capilla de la Gloria con frescos de Barroso desapareció para dar paso a una terraza mirador, se abrió una puerta en los muros del huerto en su lado sur, desapareciendo la que durante siglos había tenido el recinto orientada a Poniente, también desapareció la cubierta a dos aguas de la iglesia para quedar como terraza, además se reformó la hospedería y al atrio, se le dio un aire andaluz azulejándolo y pintando sus arcos en franjas azul y rojas. Testigo de excepción de estas reformas fue la escritora Elena Fortun que en 1936 publicó un amplio artículo sobre estos trabajos en San Ginés de la Jara.

Pero en 1936 llegó la Guerra, como ya hemos dicho los hermanos de la Cierva, antiguos propietarios del monasterio, fallecieron al principio del conflicto. En cuanto al padre don Juan de la Cierva Peñafiel, al estallar la guerra se refugió en la embajada de Noruega, pero la enfermedad y la precariedad en su refugio acabarían con su vida en 1938.

En cuanto a la familia Burguete, Luis, hermano de Manuel, propietario del convento, había aterrizado con su avión en el aeropuerto de Málaga donde fue hecho preso, juzgado y fusilado, poco más tarde fue el mismo Manuel quien también fue hecho prisionero en Sevilla, donde fue juzgado y fusilado. La pérdida de sus hijos provocó la muerte del anciano general Ricardo Burguete quien tras escribir una carta pública culpando de la muerte de sus hijos al general nacionalista Gonzalo Queipo de Llano titulada “Yo acuso” falleció  en Valencia poco después, posiblemente de rabia.

Acabada la Guerra Civil, el monasterio era propiedad de doña Rosa Herrero Díaz, viuda de Burguete y de su hijo Manuel, quien no cerró al pueblo las puertas de su iglesia, prueba de ello son las “romerías” que se realizaron al menos hasta 1944.

En 1940 en la vecina ciudad de Cartagena se intenta recuperar el antiguo culto al Santo y las romerías al monasterio, para ello la reconstituida Cofradía de San Ginés encarga una nueva imagen del santo, esta talla debe ser la que desapareció del monasterio en los años 90 del pasado siglo. La anterior imagen, realizada en 1917 presumiblemente se guardaba en la catedral de Cartagena y debió de ser pasto de las llamas el 25 de julio de 1936 junto con casi todas las imágenes religiosas de la ciudad, afortunadamente existía y existe una imagen, posiblemente del siglo XV, que se dice estaba en el monasterio antes de 1835 y que se guardaba en 1936 y se guarda hoy en día  en la capilla de San José, en la basílica de La Caridad, única iglesia de Cartagena que se libró de la furia de las masas, gracias a la determinación en su defensa de las damas de la noche del cercano barrio de El Molinete.

El empuje de esta nueva Cofradía de San Ginés compuesta por notables ciudadanos afectos al Régimen no durará muchos años, posiblemente por falta de ilusión y apoyo popular, perdiéndose de nuevo en el olvido tanto las tradiciones como la presencia del monasterio en la vida ciudadana.

Con los años doña Rosa, que vivía en Madrid debió de vender la propiedad a una empresa de seguros catalana llamada Armengoll, propietaria también de la finca de Lo Poyo, la cual en 1964 se la vendió a don Joaquín Meseguer que convirtió la finca  en una explotación agrícola y al monasterio en una ruina expoliada. 

Finalmente, la propiedad acaba en manos de la sección inmobiliaria de la caja de Ahorros del Mediterráneo, más conocida como Hansa Urbana, en la que la CAM (Hoy Sabadell CAM) participa con un 60% del accionariado. A día de hoy el banco solo posee un tercio de la mercantil. Y es el 12 de julio de 2003, cuando se presenta en los salones del hotel Príncipe Felipe en el Campo de Golf de La Manga, el proyecto de Novo Cartago, en él se contemplaba la construcción de 10.000 viviendas en torno a campos de golf y como contrapartida la restauración del abandonado monasterio de San Ginés de la Jara, la zona tenía protección como reducto de aves y plantas. Siendo la recalificación de estos espacios protegidos algo muy difícil de explicar en Europa.

 

San Ginés de la Jara (V)

Pero volvamos al curso de la historia, estamos en el siglo XVII y en él, con la protección de don Juan José de Austria, el patrimonio artístico del monasterio creció considerablemente. En el monasterio vivía un fraile llamado Pedro Botía, de joven había tenido una visión del niño Jesús en la cercana población de Mula, con el tiempo Pedro Botía se convirtió en el asesor espiritual de don Juan, quien al parecer entre otros donativos dio al monasterio un cristo o un cañón o una “custodia de plata sobredorada y piedras preciosas, donde hay buenas esmeraldas y en el viril 50 y tantas perlas iguales i mayores que garbanzos da sahuco”

Don Juan había visitado el monasterio en otras ocasiones, ya que en él habitaba su asesor espiritual, pero sin duda la más transcendental fue el 12 de septiembre de 1669 cuando se colocó en el altar mayor la pequeña imagen de la Virgen del milagro, el Campo de Cartagena llevaba siete años sin recibir ni una gota de agua, ni tan solo del rocío mañanero, tan pronto como la virgen estuvo en su sitio comenzó a llover de manera que la cosecha del año siguiente fue de las más copiosas que se habían conocido.

La imagen había sido comprada por el franciscano fray Juan de Torres a unas mujeres moras que jugaban con ella como si de una muñeca se tratase en una calle de Argel. El fraile estaba cautivo en Argel y al ver la imagen tuvo el impulso de comprarla aun gastándose el dinero de su amo, de camino a casa de su amo la zozobra y el miedo al castigo invadían el espíritu de nuestros fraile, pero milagrosamente un capitán de un navío francés le dio espontáneamente el dinero que necesitaba para dar a su amo, tomando la pequeña imagen el nombre de Virgen del milagro.

Años después fue liberado el franciscano y aunque su deseo era que la imagen residiese en La Jara, no se pudo negar a regalársela a la familia del marqués de Leganés al que había visitado en Oran. Pasado el tiempo el Marqués volvió a la Corte y aunque quiso donar la imagen a algunos conventos estos no la aceptaron, tal vez por su reducido tamaño, 35 cm, pero quiso el destino que fray Pedro de Jesús viera la imagen y se la pidiera al Marqués para llevarla al al monasterio de San Ginés de la Jara.

Un año después del milagroso aguacero presenciado por Juan de Austria se creó la Hermandad de la Virgen del Milagro de la que fue fundador y Hermano mayor el rey Felipe IV, concediendo el Papa Inocencio XI jubileo perpetuo a quien peregrinase al Monasterio el día de la festividad de la Virgen.

Nos encontramos a principios del siglo XIX, el monasterio aún franciscano alberga gran cantidad de cuadros, libros, imágenes y patrimonio atesorado durante siglos, pero se acercan tiempos convulsos para la Iglesia y gran parte de este patrimonio es “evacuado” Sabemos que parte del patrimonio del monasterio recaló en la cartagenera iglesia de Santa María de Gracia, el 28 de agosto de 1821 sale de Cartagena un carro escoltado por el ejército en dirección Murcia, el carro va cargado con cajas que contienen joyas y efectos de valor, pertenecientes a los conventos recién clausurados.

El 18 de abril de 1842 el diario El Espectador publica un anuncio denunciando irregularidades en la adjudicación de la propiedad del monasterio de San Ginés de la Jara, abogando el columnista por la intención del señor Valarino de instalar una fábrica de cerámica y loza tipo inglesa. Al parecer el Sr. Valarino ya se había dado cuenta que el monasterio, aún antes de salir a subasta ya tenía dueño. Justo un año después se confirman los hechos, el 17 de abril de 1843 se publica en el Diario de Madrid la salida a subasta pública del monasterio de San Ginés de la Jara, tasado en 71.836 reales, y sería ¿cómo no? el prestamista y político cartagenero, diputado en Cortes D. Miguel Andrés Starico y Peseto quien se quedaría con la propiedad.

El primer dueño del exclaustrado monasterio fue Miguel Andrés Starico, hijo de genoveses, había nacido en Cartagena en 1780, hábil con los negocios se convierte pronto en uno de los prestamistas más importantes de la provincia, invirtiendo los beneficios en el arrendamiento al Estado de toda clase de impuestos y derechos, como derechos de puertas, suministros al ejército, etc.

Se presentó junto a Juan Álvarez de Mendizábal para diputado a Cortes por Murcia, siendo elegidos los dos, y siendo poco más tarde junto a Mendizabal uno de los firmantes del Decreto de la famosa Desamortización.

Con su inmensa fortuna y posiblemente como gran acreedor del Estado, fue el mayor beneficiario de los bienes desamortizados en la Región, llegando a pujar y conseguir la concesión de las campanas de todos los conventos enajenados de la Región para su exportación como metal al peso por el puerto de Cartagena, afortunadamente no se descolgaron casi ninguna campana de sus espadañas y torres.

Sin embargo el monasterio de San Ginés no sufrió saqueo, sino más bien al contrario, la familia Starico lo eligió como residencia veraniega en vida y residencia eterna en la muerte, de ello nos habla tanto la cripta bajo la iglesia del panteón de la “Familia Starico Ruiz” como el encalado para tapar las pinturas de la nave de la iglesia y fechado en el techo en la década de los 50 del siglo XIX.

Casi un año después el 19 de febrero de 1844 se publica en el Diario de Madrid el anuncio de subasta pública de los terrenos pertenecientes al monasterio de San Ginés de la Jara, situados en la dehesa de San Ginés en la diputación de Algar, se tratan de 142 fanegas, más de 900.000 metros cuadrados tasados en 24.675 reales. Acabando la propiedad en manos del Sr. Starico.

A partir de estas fechas la memoria colectiva del santo y de los lugares relacionados con él empiezan a disolverse y olvidarse, tomemos por ejemplo la “Sierra de San Ginés”, refiriéndose a los montes que van desde el monte San Julián hasta el Cabo de Palos, a día de hoy Sierra Minera o Sierra Cartagena-La Unión.

Así en el “Itinerario descriptivo militar de España” de 1866   leemos en la página 403 del tomo IV: “A 3.5 k. de Algar se divide el camino en varios. El primero continua por la costa faldeando la sierra de San Ginés, y conduce a San Ginés de la Jara, antiguo monasterio y hoy caserío con 230 vecinos, distante 19.5 k. y dependiente del Ayuntamiento de Cartagena”.

Tampoco queda nada de ese caserío de 230 vecinos, que no habitantes, también desapareció en el que según testimonios se encontraba una ermita de las nueve que tuvo el Miral convertida en vivienda.

Por otro lado en el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España de Pascual Madoz, publicado en 1847, en el tomo VIII, en la voz Ginés(San) leemos: “se encuentra la sierra de San Ginés que son unos cerros lindantes con el mar Mayor por la parte S. Y con el mar Menor por el O. En la falda de uno de estos montes con exposición al N. se encuentra situado el ant. Conv. De San Ginés de la Jara, que perteneció a la reforma de recoletos de la orden de San Francisco; este edificio con la igl. Y hospedería están dentro de un cercado que llaman “El Real”, con una parte de huerta plantada de naranjos y árboles frutales, regados con las aguas de 3 nacimientos de dichos montes, siendo medicinal una de aquellos, y para tomarlas hay construidos baños que son frecuentados por las personas que moran aquellos contornos …” 

Igualmente Madoz en la voz Cartagena nos dice que en el mismo puerto nace la sierra de San Ginés que llega hasta el Cabo de Palos.

A día de hoy de aquellos tres nacimientos de agua no tenemos ni noticias y menos aún de los baños, del huerto si, aunque solo sea por fotos antiguas y recortes de prensa que anunciaban las famosas “Naranjas de San Ginés de la Jara” y de la Sierra de San Ginés…

   

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