Viernes, Febrero 23, 2018
   
Texto

'El lenguaje y el arte'

En estos tiempos que corren, ¡y vaya cómo corren!, parece que el entretenerse en buscar las palabras adecuadas es eso, un entretenimiento, cuando no una pérdida de tiempo propia de redichos y pedantes. Una lástima, porque si hay algo que cohesione a una sociedad, y si me apuran a la humanidad, es precisamente la comunicación. Para que la comunicación tenga efecto requerimos de un lenguaje y este, a su vez, se estructura con palabras que tienen un significado. Este significado de las palabras es uno concreto, en ocasiones varios, pero nunca significan (o nunca deberían significar) lo que al emisor de turno le venga en gana, le parezca oportuno, o como suele ser habitual, lo que el crea que significa. Sé que una buena proporción de mis hipotéticos lectores tienen el feo vicio de escribir por placer, así que sé que sabrán entenderme.

Este sitio tiene la pretensión, entre otras, de hablar de una forma más o menos sería y correcta del mundo del arte. ¿Qué les parecería si dijera en él que la Basílica de San Pedro es linda, o qué La Primavera de Botticelli es agraciada, o que el David de Miguel Ángel tiene cierta proporción y simetría? . Por supuesto que no estaría cometiendo ninguna incorrección, pero desde luego no estaría empleando los adjetivos más apropiados a todo lo que representan dichas obras de arte. Bien, estos términos que he empleado en el ejemplo anterior no son casuales, son justamente los que emplea la RAE en su definición del adjetivo bonito: “lindo, agraciado, de cierta proporción y simetría”.

Este es el adjetivo que se empleó en una página web para hacer una especie de encuesta en la que se decidía cuál era la catedral más bonita. Creo que incluso es irrelevante cual fue la vencedora en semejante chorrada. Todos en general, pero especialmente los medios de comunicación, precisamente por ser de comunicación, deberíamos poner un poco más de precisión, solo un poco, en el lenguaje que empleamos. Una catedral puede ser muchas cosas, se puede definir con muchos adjetivos e incluso podemos intentar el titánico esfuerzo intelectual de emplear más de un adjetivo para describirla, pero “¿bonita?”.


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‘Murillo'

‘Si Velázquez no hubiera existido, Murillo habría sido Velázquez’.

Se cumple este año el 400 aniversario del nacimiento de Bartolomé Esteban Murillo. Sirva este motivo, tan bueno como cualquier otro, para recordar desde aquí a uno de los más insignes pintores de la historia.

Pero antes, retomemos la frase con la que he querido encabezar este artículo. Creo que cualquiera que se tome el tiempo de degustar con paciencia la obra de ambos sevillanos entenderá enseguida lo que he querido decir. No es que pretenda, ni por asomo, insinuar un “mejor” o un “peor”, en el mundo del arte, salvo excepciones, semejantes comparaciones son absurdas y vacías. Aquí no se trata de darle patadas a un balón, también llamado pelota, aquí se unen multitud de factores tangibles e intangibles que hacen que el dilucidar si este fue mejor que aquel acabe siendo, incluso de forma inconsciente, una cuestión subjetiva. Sirva como ejemplo el intento del francés Jean – Baptiste de Boyer en Reflexions critiques sur les différentes écoles de peinture, donde enfrentó de forma “imparcial” a 18 pintores italianos y 18 pintores franceses, ¿adivinan quienes ganaron?.

No, Velázquez y Murillo, Murillo y Velázquez, fueron dos enormes genios como probablemente nunca volverá a conocer la humanidad. Si es cierto que Velázquez parece gozar hoy de una mayor fama entre el gran público, pero esto no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que Murillo era, de largo, el pintor español más admirado en Europa, y casi el único al que se conocía (excepción hecha de Ribera que trabajaba en Italia). En el siglo XVIII su éxito fue en aumento, tomándosele incluso como un precursor del rococó, y este status se mantuvo casi hasta finales del siglo XIX, especialmente en Inglaterra. En aquellas fechas, por aquello de los cambios de gustos, tendencias y modas, su labor deja de ser tan admirada y pasa a ser incluso criticada. Se tachan sus pinturas, por parte de algunos, como excesivamente devotas y tiernas. Se ve que a comienzos del siglo XX en pleno auge de la industria y la “maquinización” no estábamos para ternuras, así nos fue.  Pero no se preocupe usted, don Bartolomé, las modas cambian y siempre vuelven y aquí estamos para echarle una mano en lo que precise, ¡faltaría más!

Ahora, sin más, les presento a Bartolomé Esteban Murillo (…)

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