Martes, Febrero 19, 2019
   
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'Otros tribunales'

Cada vez conocemos mejor el cerebro, sabemos su anatomía, bastante menos su apasionante fisiología, pero pese a que nos dispongamos a conquistar Marte pronto, el encéfalo sigue siendo hoy un enigma. Uno empieza a plantearse si será cierta la teoría de su propia resistencia a ser descubierto, no sé. La magia endógena del órgano magno, esa de convertir sustancias químicas y señales eléctricas en pensamientos o emociones, es una perpetua incógnita. De él depende toda nuestra conducta y por tanto, también aquellas desviaciones que, en mayor o menor grado, enturbian nuestra convivencia.

Immanuel Kant (1724-1804) fue y es sin duda una de las figuras más importantes de la historia del pensamiento; pocas son las disciplinas que no hayan sido cubiertas por la sombra de su extensa e influyente obra. La psiquiatría, cuyos orígenes igualmente se remontan a la segunda mitad del siglo XVIII, tampoco pudo esquivar desde su nacimiento el legado del ilustrado y padre del idealismo alemán. Elementos como los de su Antropología, todavía tienen reflejo actualmente en el estudio de la psicopatología.

En la vasta obra de Kant se recogen múltiples metáforas, entre ellas quiero hacer referencia a una por cierta relación con esta columna: la metáfora del tribunal de la conciencia, que aparece también en sus Lecciones de Ética, una recolección de cursos dictados por el autor en la Universidad de Königsberg. Su originalidad radica en el modo de cómo la presenta. Básicamente, el tribunal de la conciencia, dice, es un proceso que ocurre en nuestro fuero interno y que somete la propia voluntad ante la razón, que es la que legisla moralmente. Según el autor, este tribunal interior de nuestra conciencia moral se asemeja mucho a un tribunal de justicia ordinario, atreviéndose a definir incluso a cada una de las figuras que intervienen en el mismo. De este modo, nosotros como juzgados, reos o acusados, contamos con un abogado defensor que es nuestro amor propio, que se preocupa por nuestro bienestar, que se atiene estrictamente al criterio de la felicidad individual y que siempre tiende a blindarnos, refutando toda acusación que nos pueda llegar. Luego estaría el fiscal, el encargado de comparar nuestro comportamiento con la ley moral dada por la razón y cuyo castigo implicaría insatisfacción así como propio autodesprecio, y posteriormente, el juez imparcial e investido de poder, a quien nunca podemos darle la espalda y que constituiría la voz de la conciencia; éste nos absuelve o condena por medio de una sentencia que es inapelable. También se atreve con la curiosa figura del legislador o autolegislador, y añade que los contenidos básicos de la moral no son inventados, pues su referencia son los “códigos morales” vigentes tanto en su tiempo como en su sociedad concreta y que el propio sujeto los asume, siempre y cuando sea esa su voluntad. Para el autor prusiano, en definitiva, ser consciente de un tribunal interno dentro del hombre, constituye pues la conciencia moral.

No, Kant no fue el primer filósofo en intentar explicar nuestro comportamiento en función de un “veredicto” interno. Dejando a autores clásicos como Sócrates o a su conocido discípulo y autor de la República, que también, baste recordar a modo de ejemplo, al filósofo renacentista Michel de Montaigne (1533-1592) quien ya comentaba eso de “hemos de haber establecido en nuestro interior un modelo al que remitir nuestras acciones y, según él, acariciarnos o castigarnos”. Tampoco fue Kant el último, le siguieron Rousseau (“en el fondo de todas las almas existe un principio innato de justicia”), Diderot (“si renuncio a mi razón, me quedo sin guía”), más tarde Schopenhauer (discípulo kantiano pero a la vez crítico con toda su dramaturgia jurídica) y así sucesivamente hasta hoy, pasando por Sigmund Freud (1856-1939), quien con su teoría psicoanalítica explica la conducta humana en función de lucha entre unas impulsiones y una autocensura superyoica; otro juicio más, ya digo. 

Volviendo al pensamiento metafórico Kantiano, la ley moral autónoma, la que el sujeto se ha dado a sí mismo, es la que realmente nos hace libres en la medida que podemos elegir entre cumplirla o no, haciéndonos por ello responsables de nuestros actos y ante ello surgir también la culpa.  El concepto de responsabilidad hace referencia además a una categoría eminentemente jurídica, lo que parangona una vez más la realidad, lo que sucede fuera de ese juicio interno. La culpa, en nuestra cultura, casi siempre la asociamos con un concepto religioso de arraigo judeocristiano. 

En definitiva: todos buscamos un dictamen absolutorio del tribunal kantiano de la conciencia moral, ya que su recompensa sería el encontrarse uno en paz consigo mismo, ¿qué más se puede pedir?

Todo lo anterior viene a dar fe de la tremenda complejidad y organización del pensamiento humano, a mucha distancia de lo que supone un acto reflejo, filogénicamente inferior y donde el estímulo se convierte sin más en una respuesta automática, sin ser previamente juzgado. Frente a la adversidad y en la medida en que se pueda, no podemos rendirnos y renunciar a que nuestro gran tribunal se convoque cuantas veces haga falta, evitando en la medida de lo posible conflictos que impliquen a otros personajes y que terminen en veredictos ajenos, dejando así las intervenciones terapéuticas y las instancias jurídicas para cuando realmente se necesiten. A lo mejor así, la Justicia funcionaría mejor.

 

'Hombres violentos'

“El hombre aspira al dominio directo de las cosas por la comprensión o la violencia”. Arthur Schopenhauer (1788-1860)

Una de las formas de definir la violencia sería como 'el tipo de interacción entre sujetos que da lugar a conductas o situaciones que, de forma deliberada, aprendida o imitada, y en contra del que sería modo natural de proceder, provocan o amenazan con hacer daño, mal o sometimiento grave a otro individuo o a un colectivo, afectando a éstos de tal manera que sus potencialidades presentes o futuras se vean afectadas'.

En principio, la violencia debe verse como un fenómeno social y no como un hecho personal, óptica contraria a la agresión, que es otro concepto diferente, más biológico.

A ambos términos intentamos relacionarlos desde distintas perspectivas, con frases como que si el hombre tiene capacidad para la agresión es porque la sociedad humana tiene posibilidad para la violencia. Pero en la práctica ambos fenómenos se yuxtaponen y se confunden, reservando el término de violencia para cuando queremos darle a la acción o a la inacción agresivas un carácter más destructivo.

Aunque una reacción violenta puede surgir de forma patológica a raíz de una intoxicación al alcohol, por otra sustancia tóxica o ser una manifestación más en otro trastorno mental o en un trastorno de personalidad, es evidente que las personas en nuestros distintos medios podemos mostrar a veces “cierto grado” de violencia sin que ello lleve implícito padecer un trastorno. También aquí en la frontera psíquica de lo patológico, que aparentemente es ancha, acaban poniendo el límite las consecuencias derivadas, siempre mediadas por el sufrimiento que lleva implícito ese maltrato.

Es evidente que también en nuestro medio hay mujeres violentas, hecho que nunca debería pasar por alto el legislador, pero es en el sexo masculino donde aparece con más frecuencia esa condición. Aunque la respuesta a ello la intentasen dar disciplinas como la genética, la neurociencia, explicarse por cuestiones hormonales, o por varias a la vez (saltando la dificultad de cómo integrarlas), siguiendo lo que comenté arriba, estarían siempre referidas más al fenómeno de la agresión que al propio de la violencia. Para ésta tendríamos que abarcar otros factores más propios como los culturales, políticos, económicos, organizacionales, etc.

A nivel de pareja, es indudable que el papel que desde antaño jugó el hombre en nuestra sociedad patriarcal ha favorecido la aparición del tipo de conductas a las que me estoy refiriendo. Se sabe por lo general, que el hombre violento ha seguido el patrón de una persona de valores tradicionales con una internalización profunda del ideal de hombre como modelo incuestionable a seguir, con características como la autosuficiencia, el control del entorno o la fortaleza, por citar algunas. En muchos casos la violencia le ha supuesto a éste un intento cobarde para recuperar el control perdido en el único ambiente donde puede más fácilmente mostrar su “superioridad” y que como nos podemos suponer es su casa, su entorno más íntimo, considerando a su mujer como alguien inferior, subordinada, cuestión nuclear que no se puede obviar en el abordaje de la violencia doméstica. Aquí habría que recordarles esa frase de Kant (1724-1804) que decía que todo ser racional existe como fin en sí mismo y no sólo como medio para ser utilizado por esta o aquella voluntad.

Por otra parte, autores actuales como Myriam Miedzian de la Universidad de Columbia, afirman que existe una resistencia al que sería un cambio positivo, que proviene de la creencia sociocultural, frecuentemente inconsciente y por tanto enraizada, de que la conducta masculina es la norma y que constituye un paradigma de la conducta humana, considerando por el contrario a la conducta femenina como algo desviado o imperfecto. Esa creencia, sepultada y sellada en lo más íntimo de la mente, podría ser en parte la explicación de la resistencia que presentamos al cambio ideo-lógico que en esta cuestión distintos sectores de la sociedad nos están enseñando constantemente. La violencia así tendría ya también un componente biológico.

Los casos de violencia machista que estamos habituados a ver y oír en las noticias son siempre casos de violencia física (que no olvidemos que también pueden dejar secuelas psicológicas), pero es sin duda la violencia psíquica la más frecuente en nuestro medio y con diferencia la menos declarada.

La violencia psíquica también produce lesiones. El término lesión no sólo hace referencia a un daño físico y por tanto objetivo, sino también a un perjuicio o al daño moral, que puede ser tan malo o más, y siempre más difícil de demostrar. Por ello, la diferencia entre la violencia física y psíquica no estriba en cuanto a daño producido, puesto que existe en ambos.

Siguiendo con el punto de vista legal, la violencia psíquica se define por el dolo (intención) del agente, por esa forma deliberada que entrecomillé en la definición inicial, que realiza una conducta siempre buscada para perturbar la psique de la víctima. 

En nuestros textos legales y como violencia psíquica, quedan incluidos determinados comportamientos que, sin alcanzar la categoría de ilícito penal, tienen encaje en el delito como tal violencia psíquica en cuanto se producen sistemáticamente o reiteradamente, considerándose en su conjunto, en atención al contexto y a las circunstancias ambientales, culturales e individuales de sus protagonistas.

 

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