Jueves, Octubre 17, 2019
   
Texto

'Hombres violentos'

“El hombre aspira al dominio directo de las cosas por la comprensión o la violencia”. Arthur Schopenhauer (1788-1860)

Una de las formas de definir la violencia sería como 'el tipo de interacción entre sujetos que da lugar a conductas o situaciones que, de forma deliberada, aprendida o imitada, y en contra del que sería modo natural de proceder, provocan o amenazan con hacer daño, mal o sometimiento grave a otro individuo o a un colectivo, afectando a éstos de tal manera que sus potencialidades presentes o futuras se vean afectadas'.

En principio, la violencia debe verse como un fenómeno social y no como un hecho personal, óptica contraria a la agresión, que es otro concepto diferente, más biológico.

A ambos términos intentamos relacionarlos desde distintas perspectivas, con frases como que si el hombre tiene capacidad para la agresión es porque la sociedad humana tiene posibilidad para la violencia. Pero en la práctica ambos fenómenos se yuxtaponen y se confunden, reservando el término de violencia para cuando queremos darle a la acción o a la inacción agresivas un carácter más destructivo.

Aunque una reacción violenta puede surgir de forma patológica a raíz de una intoxicación al alcohol, por otra sustancia tóxica o ser una manifestación más en otro trastorno mental o en un trastorno de personalidad, es evidente que las personas en nuestros distintos medios podemos mostrar a veces “cierto grado” de violencia sin que ello lleve implícito padecer un trastorno. También aquí en la frontera psíquica de lo patológico, que aparentemente es ancha, acaban poniendo el límite las consecuencias derivadas, siempre mediadas por el sufrimiento que lleva implícito ese maltrato.

Es evidente que también en nuestro medio hay mujeres violentas, hecho que nunca debería pasar por alto el legislador, pero es en el sexo masculino donde aparece con más frecuencia esa condición. Aunque la respuesta a ello la intentasen dar disciplinas como la genética, la neurociencia, explicarse por cuestiones hormonales, o por varias a la vez (saltando la dificultad de cómo integrarlas), siguiendo lo que comenté arriba, estarían siempre referidas más al fenómeno de la agresión que al propio de la violencia. Para ésta tendríamos que abarcar otros factores más propios como los culturales, políticos, económicos, organizacionales, etc.

A nivel de pareja, es indudable que el papel que desde antaño jugó el hombre en nuestra sociedad patriarcal ha favorecido la aparición del tipo de conductas a las que me estoy refiriendo. Se sabe por lo general, que el hombre violento ha seguido el patrón de una persona de valores tradicionales con una internalización profunda del ideal de hombre como modelo incuestionable a seguir, con características como la autosuficiencia, el control del entorno o la fortaleza, por citar algunas. En muchos casos la violencia le ha supuesto a éste un intento cobarde para recuperar el control perdido en el único ambiente donde puede más fácilmente mostrar su “superioridad” y que como nos podemos suponer es su casa, su entorno más íntimo, considerando a su mujer como alguien inferior, subordinada, cuestión nuclear que no se puede obviar en el abordaje de la violencia doméstica. Aquí habría que recordarles esa frase de Kant (1724-1804) que decía que todo ser racional existe como fin en sí mismo y no sólo como medio para ser utilizado por esta o aquella voluntad.

Por otra parte, autores actuales como Myriam Miedzian de la Universidad de Columbia, afirman que existe una resistencia al que sería un cambio positivo, que proviene de la creencia sociocultural, frecuentemente inconsciente y por tanto enraizada, de que la conducta masculina es la norma y que constituye un paradigma de la conducta humana, considerando por el contrario a la conducta femenina como algo desviado o imperfecto. Esa creencia, sepultada y sellada en lo más íntimo de la mente, podría ser en parte la explicación de la resistencia que presentamos al cambio ideo-lógico que en esta cuestión distintos sectores de la sociedad nos están enseñando constantemente. La violencia así tendría ya también un componente biológico.

Los casos de violencia machista que estamos habituados a ver y oír en las noticias son siempre casos de violencia física (que no olvidemos que también pueden dejar secuelas psicológicas), pero es sin duda la violencia psíquica la más frecuente en nuestro medio y con diferencia la menos declarada.

La violencia psíquica también produce lesiones. El término lesión no sólo hace referencia a un daño físico y por tanto objetivo, sino también a un perjuicio o al daño moral, que puede ser tan malo o más, y siempre más difícil de demostrar. Por ello, la diferencia entre la violencia física y psíquica no estriba en cuanto a daño producido, puesto que existe en ambos.

Siguiendo con el punto de vista legal, la violencia psíquica se define por el dolo (intención) del agente, por esa forma deliberada que entrecomillé en la definición inicial, que realiza una conducta siempre buscada para perturbar la psique de la víctima. 

En nuestros textos legales y como violencia psíquica, quedan incluidos determinados comportamientos que, sin alcanzar la categoría de ilícito penal, tienen encaje en el delito como tal violencia psíquica en cuanto se producen sistemáticamente o reiteradamente, considerándose en su conjunto, en atención al contexto y a las circunstancias ambientales, culturales e individuales de sus protagonistas.

 

'De psicópatas explosivos'

Cuando una persona presenta de forma aislada un comportamiento delictivo, nos preguntamos por los factores que hayan podido conducir a la conducta sancionable. En caso de que ese comportamiento sea reincidente, ya es inexcusable además el estudio estructural de la personalidad del sujeto así como el de sus antecedentes, lo que nos orienta también a saber si estamos frente a un psicópata o delante de una persona con alguna otra psicopatología.

Dentro de la psicopatía o trastorno psicopático de la personalidad, la importancia de resaltar concretamente el grupo de psicópatas explosivos radica en que es el colectivo, junto al de los antisociales, que a lo largo de su vida entra con más frecuencia en conflicto con la ley, vulnerando de forma repetida el Código Penal.

Además de la frialdad afectiva, una característica que como sabemos, comparten mayormente todos los psicópatas, en el grupo  de los explosivos aparecen de forma constante la impulsividad (criterio no estrictamente necesario para diagnosticar otro trastorno de la personalidad) y también con más frecuencia las “características delincuenciales”, en relación a lo que a quebrantamiento de normas y leyes se refiere, que describió muy bien García Andrade (1928-2013), que son la precocidad, la incorregibilidad, la reincidencia y la inintimidalidad. La precocidad de la conducta delictiva, la más nuclear de las cuatro, viene a reafirmar de nuevo que los trastornos de la personalidad empiezan a dar la cara en la adolescencia e incluso antes, pese a que para todos ellos, siguiendo los criterios de la American Psychiatric Association, haya habido hasta hace poco que esperar a los dieciocho años como requisito para su diagnóstico formal (siguiendo esa directriz, hoy el único trastorno de la personalidad que para diagnosticarlo hay que esperarse a la mayoría de edad es el antisocial). Se acepta, como así dice la experiencia, que los rasgos de trastorno de la personalidad que aparecen en la infancia persistirán probablemente sin cambios durante la vida adulta. La “bomba de relojería” ya activa de forma temprana su cuenta atrás, tanto en el plano familiar, académico o a nivel social. Pese a que los padres, sea por iniciativa propia, advertidos por los profesores, o impuesto incluso por una sentencia judicial, pongan al hijo en contacto con un profesional, tanto los psicofármacos como las sesiones de terapia pocas veces logran frenar el comportamiento sancionable, de ahí que se hable de incorregibilidad como la segunda característica arriba nombrada y que por tanto además desemboque en la tercera: la reincidencia. En lo que respecta a inintimidabilidad, refiriéndonos como tal a la falta de temor por los resultados del delito, apuntar que por lógica, potencia aún más la conducta patológica.

El psicópata explosivo, como ya describió Kurt Schneider (1887-1967), se caracteriza principalmente porque su respuesta afectiva y motórica es súbita, violenta y lo que es más definitorio: totalmente desproporcionada a aquellas vivencias que le son displacenteras. El pensamiento se transforma automáticamente en acto, así, sin juicio crítico alguno, sin filtrarse por las estructuras noéticas de la personalidad, entendiendo como tales las que están constituidas por la actitud ética (debo-no debo), la actitud intelectual (puedo-no puedo) y la actitud utilitaria (me conviene-no me conviene). Considerando la otra cara de la moneda, el explosivo, siempre que no le toquemos el “gatillo”, puede incluso mostrarse como una persona disciplinada, tranquila, dócil y pacífica que, de forma aparente y como psicópata que es, raramente levanta sospecha.

Es también frecuente en los psicópatas explosivos su tendencia a beber alcohol e igualmente común, aquí ya se implicarían aún más determinados factores biológicos, el bajo umbral de tolerancia que presentan a ése. Se sabe que el contacto del psicópata explosivo con el alcohol le puede llevar fundamentalmente a cuatro tipos de reacciones: de agitación, crepuscular, depresiva y paranoide autorreferencial, siendo estadísticamente, la primera y la última las de mayor probabilidad de tener consecuencias delictivas.

La reacción crepuscular hace alusión a la alteración de la conciencia, entendiendo ésta como la unidad de encendido de nuestro ordenador, cuya alteración puede manifestarse tanto en tempestad de movimientos como al otro reflejo arcaico de total inhibición.

En la reacción depresiva, por el componente autopunitivo que implica la depresión y por el desinhibitorio del alcohol, hay que contemplar la posibilidad tanto de casos de raptus suicidas como de raptus tipo homicidio-suicidio. Este último es de aparición relativamente frecuente en los casos de violencia de género o de violencia familiar en el que el autor suele ser un psicópata explosivo y bebedor.

En un intento por encontrar unas características morfológicas determinadas en estos sujetos diagnosticados como psicópatas explosivos, Friedrich Mauz (1900-1979), los describió como displásicos (aludiendo con ello también a anomalías en el plano físico) y con una disfunción vascular encefálica que se traducía en alteraciones endocrinas y vegetativas. Estas afirmaciones se han quedado en la nube y no han encontrado eco posteriormente.

Por último, en lo que se refiere a pronóstico y siguiendo el estudio de Maddock, en el grupo de psicópatas explosivos también se puede afirmar ese dato alentador de que cumplir años disminuye la frecuencia de las conductas penales de los sujetos con trastornos de la personalidad, aunque en ellos no siempre implique presentar una adaptación social satisfactoria.

 

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