Martes, Noviembre 21, 2017
   
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Ludopatía e implicaciones legales

Según conocemos, el juego tiene una base biológica preformada y constituye una parte muy importante en el desarrollo de la personalidad de los individuos. Se sabe, por medio de distintos estudios, que sin la existencia del juego en la infancia, el hombre no completaría el proceso de socialización en su entorno; jugar significa aceptar unas reglas y todo lo que ello conlleva, además de liberar represiones o canalizar, por medio de la fantasía, las frustraciones. Ya luego, con el proceso del crecimiento, el hombre va relegando el juego a sus momentos de ocio, pudiendo manifestarse la ludofilia, entendiendo ésta en su acepción de tendencia a obtener un contentamiento no dependiente del juego que le hace vagar durante un tiempo no prolongado, de la fatiga diaria de la vida.

En contraste a todo lo anterior, la ludopatía es ese impulso morboso, ese juego patológico (términos equivalentes) que transforma el ocio, cuando no es bien conducido, a su propia patología, por lo que, como dicen algunos autores, se puede entender la ludopatía como la patología del ocio. Se dice que el jugador patológico, siente el impulso lúdico con pérdida de control, con una ruina soportada con irracional optimismo, autopenalizaciones y con situaciones de abstinencia en las que hace su aparición la angustia.

Se encuentran afinidades entre la ludopatía y las toxicomanías, de hecho, antes se clasificaba el juego patológico dentro de los Trastornos del control de los impulsos, pero ahora, con el moderno manual DSM-5, ya se incluye dentro del apartado de los Trastornos relacionados con sustancias y trastornos adictivos. Siguiendo con la comparación, aunque las dos cuenten con la pérdida de libertad que le supone al sujeto que padece una u otra, hay una diferencia fundamental en este sentido y es que el toxicómano con una nueva dosis tiene suficiente (al menos de momento) pero en cambio, el ludópata prolonga su conducta, pues puede pasarse horas y horas jugando sin que ello ponga fin a su “abstinencia”.

En base a la estadística, el juego patológico es siempre más frecuente en el varón, aunque también se sabe que en la mujer la incidencia aumenta con la edad; en los varones jóvenes afectados hay una clara preferencia por los juegos de apuestas, en los mayores hay más inclinación por las máquinas tragaperras y el bingo.

Se acepta que las alteraciones impulsivas también son las que favorecen la frecuente asociación entre ludopatía y alcohol, y muchas veces sale el debate de cuál fue el problema inicial, e incluso metiendo a la Depresión en un círculo vicioso de permanente interacción: ludopatía-alcohol-depresión; por cierto, también se ha constatado que los trastornos depresivos están más relacionados en casos de mujeres con juego patológico.

Todo el conjunto de lamentaciones, broncas o reproches, externamente recibidas o autoproducidas por el propio paciente, le pueden llevar a sumergirse en el mundo de la angustia, que es la generadora en muchas ocasiones del delito, pudiendo distinguir aquí los delitos cometidos en el juego y los delitos cometidos por el juego; en los primeros destacan las falsificaciones o los hurtos y entre los segundos, más frecuentes y graves, todo un gran abanico como pueden ser venta de joyas, de propiedades patrimoniales, malversaciones, robos, grandes endeudamientos, incumplimientos de obligaciones fiscales, etc. Todo lo anterior se puede complicar aún más con situaciones de separación matrimonial y divorcio por abandono familiar o incluso pérdida de puesto de trabajo por despido. Al final puede hacerse evidente un gran deterioro general en el paciente.

En cuanto a aspectos legales, el hecho de que una persona esté diagnosticada de juego patológico, no conduce automáticamente a una disminución de la imputabilidad, sino que, a tenor de las exigencias actuales del art. 20.1º. del Código Penal, ésta estará en función de los efectos y de la intensidad que se alcancen en ese momento determinado respecto a sus repercusiones sobre las facultades psíquicas del individuo; aunque el sujeto reconoce y comprende la ilegalidad del hecho, la intensidad de la ansiedad es mayor que los frenos inhibitorios cognitivos, traduciéndose en irresistibilidad que es lo que conduce al hecho delictivo. Además, hay que considerar otros dos factores, uno, la existencia de relación de causalidad entre ese irrefrenable impulso y el acto ilegal concreto cometido, y otro, la coexistencia en el paciente de otros trastornos psíquicos como el alcoholismo arriba nombrado, toxicomanía, depresión, trastornos de personalidad, debilidad mental, etc. Repasando algunas de las numerosas STS, se puede concluir que, cuando la ludopatía es leve, y en consecuencia fácilmente controlable, no debe producirse efecto alguno sobre la responsabilidad penal, pues el Legislador ha establecido claramente en el art. 21. 2º que las adicciones o dependencias que no sean graves no constituyen causa de atenuación; sólo en supuestos de excepcional gravedad puede llegar a plantearse la eventual apreciación de una eximente, completa o incompleta, siempre que pericialmente se acredite y fuera de toda duda, una anulación absoluta o casi absoluta de la capacidad de raciocinio o voluntad del acusado respecto a esa acción temporalmente inmediatamente producida.

Por otra parte, ya en el ámbito civil, cabe la posibilidad de plantear la declaración de incapacidad civil o, al menos parcialmente, la curatela, por prodigalidad, para evitar que con la conducta producida se originen pérdidas patrimoniales, tanto para él como para la familia, y que se pueda implicar en compromisos o negocios ruinosos.

El tratamiento de los pacientes diagnosticados de juego patológico, es similar al de otras adicciones: psicofármacos, sobre todo antidepresivos, siendo preferentes los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS) y psicoterapia, siendo en general la grupal (existen asociaciones como Jugadores Anónimos) más efectiva que la individual.

 

Recordando el trastorno de la personalidad antisocial

Como Trastorno de la personalidad antisocial, el Manual Diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), contempla aquellos pacientes que cumplen cuatro criterios diagnósticos, esto es, que tengan un patrón dominante de inatención y vulneración de los derechos de los demás y que se manifieste por tres o más de una serie de siete subcriterios considerados, que tenga como mínimo 18 años (edad mínima necesaria para poder diagnosticar un trastorno de personalidad), que haya evidencia de trastornos de conducta antes de los 15 años y que el comportamiento no se produzca exclusivamente en el curso de una esquizofrenia o trastorno bipolar. La existencia de manuales de diagnóstico, el nombrado u otros como el ICD-10, es muy positiva en cuanto a que todos sabemos de qué patología concreta estamos hablando, también así los juristas (ya que no siempre paciente mental implica necesariamente ser un enajenado); también es cierto que se pierde con ellos gran parte de desarrollo descriptivo del trastorno, de su nosología. Rebelándome un poco a la postura rígida y cuadrada típica de estas clasificaciones, haré un boceto del Trastorno antisocial de la personalidad.

Fue Kraepelin (1856-1926) el que propuso el término de personalidad psicopática a principios de mil novecientos; autores posteriores  hicieron otras acuñaciones del término, refiriéndose a esos sujetos como psicópatas, sociópatas, o disociales. Aunque el término de psicópata no es para nada correcto, ya que etimológicamente haría referencia a cualquier enfermo mental, ha sido tal su arraigo, que al hablar de psicópatas ya sabemos que nos referimos a esos sujetos con Trastorno de la personalidad antisocial.
Vicente Gradillas resume en el manual de Vallejo Nájera que “un psicópata es una persona asocial (incapaz de adaptarse a las normas sociales), que no establece lazos afectivos adecuados y duraderos con otras personas, que no padece angustia ni sentimientos de culpa ante las situaciones que provoca y que producirían estas reacciones afectivas en la generalidad de las personas, no teniendo, por otra parte, otras alteraciones mentales como psicosis”.

En el cuadro clínico de estos pacientes, encontramos pobreza general en reacciones afectivas, incapacidad de aprender por la experiencia, impulsividad, falta de autocrítica, incapacidad para ver y juzgar su comportamiento, superficialidad en las relaciones interpersonales, no lograr relaciones maduras y duraderas con otras personas, mostrar desprecio por la verdad, incurriendo en las más solemnes mentiras en medio de una sorprendente mímica, movimientos gesticulares, etc. todo ello, como se dice, con un comportamiento egosintónico (pues el psicópata está contento con su conducta) y con una inteligencia técnicamente inalterada, sí, el aparato cognoscitivo de este individuo aparece íntegro como así ya se aprecia al analizar el modo de razonar en la entrevista clínica o por los resultados arrojados en las pruebas de inteligencia.

Más detalles:  se trata de personas que saltan por encima de los derechos de los demás y los menosprecian cuantas veces sean; para ellos las normas no existen o se pueden pasar sin consecuencias y en el caso de que las haya, no importa para nada. Son totalmente insensibles a los sentimientos del prójimo. Acosan y hostigan a otras personas, roban, se involucran en peleas con actos de violencia física y nunca muestran algún tipo de arrepentimiento o remordimiento, mostrándose completamente indiferentes a cualquier tipo de resultado; pasan. La agresividad y la irritabilidad se funden con la frialdad afectiva, configurando así a estas personas que muchos de nosotros conocemos o hemos conocido; precisamente la frialdad afectiva es, para algunos autores, lo que más define a estos sujetos.

El Trastorno de la personalidad antisocial tiene un curso crónico pero, al igual que otros trastornos de personalidad, puede hacerse menos evidente o remitir con la edad, sobre todo hacia la cuarta década de la vida. Aunque esta remisión tiende a ser particularmente evidente en lo que respecta a la implicación en actos delictivos, no es probable que se mitiguen los otros rasgos del espectro de los comportamientos antisociales y del consumo de sustancias (el consumo de alcohol y drogas es una complicación frecuente en este trastorno).

La imputabilidad del psicópata siempre ha sido históricamente un gran problema jurídico, ya que no son personas “normales” pero tampoco enfermos mentales psicóticos. La valoración deberá ser siempre concreta para cada caso, aceptando que la posibilidad de atenuación girará alrededor de la capacidad de comprender lo injusto del hecho y de la capacidad de dirigir la actuación, conforme a ese entendimiento; a esta tarea, hay que añadir la posibilidad de que la psicopatía sea complicada, es decir, que pueda estar añadido otro trastorno como la drogodependencia (frecuente según comenté arriba), sumando por ejemplo, más violencia, con las derivadas consecuencias jurídicas. A modo de resumen, se acepta que en estos trastornos la responsabilidad penal es plena la mayoría de las veces, atenuada en unas pocas y excluida en muy contadas ocasiones.

En lo que se refiere a capacidad civil, ésta sólo se cuestiona en casos excepcionales.  La tendencia a derrochar de forma extrema, muchas veces lleva a restringir su capacidad patrimonial pero son casos poco frecuentes ya que, en general, estos pacientes, repito, conservan sus capacidades  de conocer y querer, aun cuando su conducta sea anómala y desproporcionada.
Concluyendo, hay autores que resaltan la escasa repercusión jurídica en general en cuanto a la disminución de capacidades en los psicópatas salvo puntuales excepciones próximas a las psicosis o, como he comentado, en aquellos casos de psicopatías complicadas con cuadros como la toxicomanía u otros.

 

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