Martes, Noviembre 21, 2017
   
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Reflexiones sobre la violencia humana

Aunque agresividad y violencia parezcan términos sinónimos y los usemos a menudo de forma indiferente, se acepta que el primero representa la capacidad de respuesta del organismo para defenderse de los peligros potenciales procedentes del exterior o de una frustración interna, siendo una respuesta de afrontamiento, en definitiva, adaptativa para ese sujeto y en general, necesaria para integrarnos con el medio. Autores como Anthony Storr (1920-2001) también consideraron la agresividad como un instinto y cuyos efectos, decía, pueden llegar a controlarse pero en ningún caso suprimirse.

Por el contrario, si hablamos de violencia, estamos haciendo referencia ya al carácter destructivo de esa reacción y por tanto también con unas más que probables consecuencias físicas, emocionales y por ello, también legales. La violencia es un hecho reprimido desde antaño, tanto por el Derecho penal como por el Derecho civil.

Con el auge de las teorías ambientalistas (el hombre como reflejo del ambiente en el que habita) la violencia quedó reducida a un producto de la cultura, un resultado de la interacción entre los factores culturales y la agresividad, llegándose a afirmar en ese sentido que, “la biología nos hace agresivos, pero es la cultura la que nos hace pacíficos o violentos”. Hoy día y como colofón al desarrollo de la medicina moderna desde el siglo XIX, se reconoce que las conductas violentas poseen una génesis multifactorial, en donde se entremezclan, o interaccionan (como diría Albert Bandura), factores hereditarios, factores neurobiológicos y por supuesto, también ambientales. En lo que respecta a factores hereditarios, comentar que no se han encontrado hasta hoy, relaciones directas entre alteraciones de los cromosomas sexuales y conducta violenta delictiva, sin que se cuente con la explicación de la existencia de otros factores ligados como puede ser por ejemplo, la baja inteligencia. En cuanto a bases neurobiológicas de la violencia, con el florecimiento de las teorías monoaminérgicas, hubo estudios que ya advertían de la relación entre conductas violentas y disfunción serotoninérgica cerebral, esto es, reducción del funcionalismo serotoninérgico versus a hiperactividad de los sistemas centrales de neurotransmisión noradrenérgico y dopaminérgico en determinadas zonas del cerebro; posteriormente con el boom de la neuroquímica sobre todo desde los años ochenta, distintos circuitos específicos de neurotransmisión cerebral se han ido implicando en relación a esas conductas. Continuando con el punto de vista orgánico, también citar los trabajos actuales del profesor de la Northwestern University de Chicago, Jordan Grafman, concluyendo que determinadas lesiones cerebrales en el lóbulo frontal podrían explicar por ejemplo, el fundamentalismo religioso como causa de violencia.

Por último, en cuanto a los factores ambientales, múltiples estudios hablan de asociación estrecha entre violencia y factores desfavorables en el medio familiar como actitud de discordia entre los padres, comportamientos violentos y conflictos mantenidos entre ellos, dificultades económicas, ausencia de estímulos culturales, pautas educativas inexistentes o inadecuadas, etc. A nivel social, esta conducta también aparece y se alimenta por las creencias en general de considerar las actitudes violentas como un modo idóneo para lograr los objetivos personales. También destacar los estudios que concluyen en la correlación entre medio sociocultural desfavorecido e inicio de actividades delictivas precoces entre adolescentes, e incluso otros más atrevidos que señalan al tedio como factor desencadenante de la violencia en esa población.
Como sabemos, las formas de expresión de todas estas conductas abarcan un abanico que va desde la verbal, usando la palabra como crítica, en forma de insultos, calumnias, etc., hasta actos, usando bien sólo la fuerza muscular o recurriendo al uso de herramientas, armas, o valiéndose de medios como el fuego, etc.
De todas las clasificaciones de formas de violencia, quizás sea la de Erich Fromm (1900-1980) la más clara e ilustrativa. Este autor hablaba de violencia juguetona o lúdica, violencia colérica reactiva, violencia vengativa y violencia compensadora. Veamos.

  • La violencia juguetona o lúdica, surge como expresión de ostentación de fuerza y destreza, no está motivada por el odio y no se usa para destruir, sería una violencia “como de broma”.
  • La violencia colérica reactiva, está motivada por el miedo o por amenazas reales o imaginarias, conscientes o inconscientes. Aquí se emplea la violencia en defensa de la vida, de la libertad, de la dignidad y de la propiedad.
  • La violencia vengativa sería aquella que nace y como su nombre indica, no como defensa sino por motivo de venganza.
  • Por último, la violencia compensadora, sería la que surge ante la impotencia o incapacidad frente al entorno, dentro de una necesidad de afirmarse así mismo en un intento de superar la frustración y el fracaso. Se acepta que en este grupo se encuentran muchas formas de violencia en ámbito familiar y de violencia de género, término éste último, tan en boga hoy día.


Aunque la violencia puede aparecer en cualquier persona considerada “normal” y sin antecedentes de ningún
tipo, motivadas por respuestas muy diferentes y circunstancias diversas, es cierto que con mucha frecuencia aparece ligada a trastornos mentales específicos y que aquí lo hace con características distintas. Así, en los casos de retrasos mentales, trastornos del desarrollo, aparece una violencia poco elaborada, imprevisible, motivada por deseos primarios de conseguir algo elemental y se suelen usar medios rudimentarios como azadas, piedras, etc. La presencia de lesiones cerebrales innatas o adquiridas, puede dar lugar también a reacciones de violencia, bien de forma espontánea o incluso ante la aparición de estímulos mínimos. También este tipo de reacciones están presentes en otras enfermedades mentales específicas como pueden ser los cuadros psicóticos, donde puede aparecer una violencia inmotivada, en trastornos de personalidad (sobre todo en el antisocial, donde el acto violento puede ser pensado y muy elaborado) y en trastornos afectivos, encontrando aquí violencia por desinhibición en cuadros maniacos, o intrapunición en cuadros depresivos.

Como sabemos, el consumo de alcohol y/o drogas puede también desarrollar comportamientos violentos, en los casos de trastornos psiquiátricos además como un factor añadido y en los de individuos sanos concretamente por el grado intenso de desinhibición producida. Recordar también la intoxicación patológica, embriaguez patológica si nos referimos concretamente al alcohol, donde por el fenómeno de la escasa tolerancia, cantidades mínimas de la sustancia producen la intoxicación en el sujeto, pudiendo también así aflorar la conducta violenta.

Para finalizar, comentar que la violencia es además la esencia del terrorismo, y en el que debemos detenernos un poco, más considerando todos los hechos acontecidos actualmente tanto en nuestro país como fuera del mismo. “El terrorismo constituye la forma más elaborada de la crueldad humana, siempre premeditada, para la promoción de un tipo de ideas aun cuando se conozca la imposibilidad de la consecución de las mismas en constante lucha contra el tiempo” (García Andrade).  En el terrorista siempre prima, en ese contexto de indiferencia por los sentimientos de los demás, la acción violenta frente a su ideología, que dicho sea de paso está formado por un sistema de creencias impuesto o aceptado sin suficiente crítica y por tanto, poco elaborado de forma racional. Desde el punto de vista psicoanalítico, se dice que en las sociedades maternales, la figura de la mamá es condescendiente y permisiva con las debilidades del hijo, lo que le hace a éste más cruel e hiperhostil; ello explicaría que en las sociedades maternales se persigan fundamentalmente los delitos económicos y contra la propiedad, siendo débiles y en cierto modo consentidoras del terrorismo como forma de violencia.

 

‘Aquel síndrome del Norte’

Este pequeño artículo va dedicado a todos mis pacientes policías y guardias civiles que durante aquellos años vivieron en el País Vasco. Yo les comprendí.

Estos días pasados hemos rememorado el duodécimo aniversario del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco en manos de ETA, episodio que movilizó a los españoles con una solidaridad sin precedentes en este sentido. Esas jornadas de recuerdo han traído también a mi cabeza todo lo acontecido al respecto desde el final del periodo político anterior hasta hace bien poco, cuando al parecer la banda colgó las armas, o por lo menos, eso se dice. El asesinato del joven concejal no dejó de ser uno más de los múltiples producidos, pero eso, la muerte, tampoco fue ni mucho menos todo el legado derivado de esa historia. Todos lo sabemos.

Desde principio de los noventa, otros compañeros los verían antes, tuve en la consulta varios pacientes, bastantes, cuya profesión pertenecía a los Cuerpos de Seguridad del Estado, policías nacionales y guardias civiles, con cuadros clínicos psiquiátricos de características similares e indudablemente derivados de aquellas vivencias en el País Vasco. El interés por esos casos hizo sumergirme en una todavía reducida bibliografía, naturalmente toda española, que describía a través de historiales clínicos a forma de casos prácticos, todo lo que allí se vivía y que no era ni más ni menos que lo que me contaba el paciente que se sentaba delante. Diagnostiqué, traté y a unos cuantos juicios acudí de estas personas que, por sus graves secuelas, empezaban a jubilar y no sin pelearlo antes, por unas consecuencias que por lo menos yo, desde mi rincón, veía evidentes.

El término síndrome del Norte, al ser creado popularmente y no así desde el ámbito de la psiquiatría o del Derecho español, nació como un concepto extraoficial, lo que ha podido repercutir también en el hecho de que no se haya reconocido legítimamente por parte de la Administración del Estado. Aceptando el término, síndrome del Norte no es ni más ni menos que un grupo diagnóstico de algunos trastornos mentales ya conocidos pero con la común etiología circunstancial arriba nombrada. Entre ellos, por su frecuencia, destacan sobre todo dos trastornos psiquiátricos que se contemplan en el DSM, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, que en su versión más reciente, el DSM-5, corresponden a los Trastornos de adaptación y al Trastorno de estrés postraumático; ambos a su vez, quedan englobados en el capítulo de Trastornos relacionados con traumas y factores de estrés. Si el primero, que sería el más light, pero no por eso despreciable, dejó tocados a los pacientes, el segundo los destrozó por completo, sí, tanto a ellos como a sus familias. Siempre comparé esta última versión del síndrome del Norte con el Vietnam americano, aquél que colmó de forma cansina las pantallas cinematográficas desde los setenta.

Como Trastorno de adaptación, los afectados de síndrome del Norte, desarrollaban dentro de los tres primeros meses de exposición a los factores estresantes allí patentes, diferentes síntomas como ansiedad intensa, bajo y significativo estado de ánimo, alteraciones de la conducta o combinaciones sintomatológicas de ellas que en general, les producían malestar significativo y un evidente deterioro en todas las áreas de relación. Estos cuadros siempre tenían la especificación añadida de persistentes, ya que duraban más de seis meses, pues podrían cesar los factores de estrés, por ejemplo, por baja o cambios de destino, pero claramente no así ya las consecuencias derivadas de aquéllas vivencias, que no eran pocas. Esta persistencia en el tiempo, es decir, la cronicidad, era precisamente lo que hablaba de la gravedad del cuadro.

Por otro lado, el Trastorno de estrés postraumático, era el que desarrollaban los agentes sometidos a situaciones muy extremas, como haber sido testigos directos o supervivientes de esos salvajes atentados; aún recuerdo un relato aterrador que sucedió en un puente de no sé qué nombre, a todo esto con el guardia civil delante de mí y llorando como una Magdalena. La clínica de estos pacientes era mucho más abundante y llamativa, la clava el DSM en su descripción: recuerdos angustiosos recurrentes, involuntarios e intrusivos, del suceso traumático, trastornos graves del sueño con ensoñaciones angustiosas y recurrentes, reacciones disociativas donde el paciente siente y actúa como si se repitiera el suceso traumático, malestar intenso a la exposición de escenas simbólicamente parecidas, hipervigilancia, respuestas exageradas a modo de sobresalto, y un largo etcétera. Vietnam, ya digo.

El perfil habitual de estos pacientes eran personas por lo general de no más de treinta tantos, casi todos en situación de destino forzoso allí, para muchos el primero, y que por su discurso ciertamente inhibido, pienso se quedaban cortos cuando relataban lo que estaban viviendo entonces; recuerdo también otros detalles como que acudían ya de forma rutinaria a funerales de compañeros (apunté impactado en el historial que uno fue a 18 en dos años de destino), que tenían que disimular a toda costa que eran policías o guardias civiles, de forma que tendían el uniforme en el interior de las viviendas, que se vestían en el punto cero, esto es, en el mismo destino, para no levantar sospechas entre los vecinos, que temían de forma extrema por la seguridad de su cónyuge y de sus hijos, a los que incluso les instruían para que dijeran a sus amistades que tenían otra profesión, y no digo nada de lo de ver bajo el coche…, total, que el que no era paranoico, al final terminaba así. Sobre esto último también es cierto que la estancia, con ese terrible escenario, descompensaba cuadros latentes que habían pasado desapercibidos hasta entonces como trastornos de personalidad o psicosis larvadas que otrora posiblemente nunca habrían dado la cara y que, pese a considerar y valorar el aspecto premórbido, también habría que haberlos clasificado en ese abanico diagnóstico que comprende el síndrome del Norte.

No todo quedó ahí, las consecuencias biográficas para estas personas fueron, y son todavía, muy desagradables: divorcios debidos a abruptos y mantenidos cambios de conducta, alcoholismo, sí, también cocaína…, que no hicieron más que echar más leña al fuego, deteriorando más y más a estos pacientes y, repito, a sus familias. También hubo suicidios, al parecer más de los declarados. Un desastre.

Con todos mis respetos, pienso que sí existe el síndrome del Norte, o como se le quiera llamar, tanto por criterios estadísticos como clínicos. El gran número de casos registrados de todos estos pacientes y la común sintomatología intensa de presentación sí forman un cuerpo lo suficientemente característico para considerarlo así. Digan lo que digan.

 

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