Martes, Febrero 18, 2020
   
Texto


El rincón de la psiquiatría legal

'Ficticia libertad'

“La libertad existe tan sólo en la tierra de los sueños”
Friedrich Schiller (1759-1805)
…… y yo creo que tampoco ahí.

El egocentrismo contemporáneo ha ido encumbrado cada vez más al hombre hasta hacerle creer ser el eje de toda existencia universal. De él depende todo, o casi; es grande, es jefe, es dueño y en suma tiene poder por encima de cualquier cosa. Es consciente de su “voluntad” y de sus deseos, por lo que ingenuamente se cree libre, ignorando en el fondo las causas por las cuales hace “lo que quiere y en el momento que quiere”. Ha terminado por admitir que rasgos físicos como su color o su pelo, si es que tiene, parten de unos caracteres anteriores que han llegado a él por medio de eso a lo que llamamos genes, pero cree y convencido, que es libre en lo que piensa, en lo que quiere y también en lo que hace.
Nada más lejos. Arthur Schopenhauer (1788-1860), considerado como uno de los filósofos más influyentes de la historia del pensamiento y autor de “El mundo como voluntad y representación”, obra maestra que me enorgullece haber leído, ya lo plasmó en esta frase: “un hombre puede hacer lo que desee pero no puede desear lo que quiera”. Antes de seguir, aconsejo a mi lector repetir una y otra vez la expresión hasta entenderla.
Vivir implica constantemente decantarse por uno u otro camino, tomar una decisión de entre las dos que, decimos por eliminación, siempre quedan y que inocentemente creemos reflexionada y tomada de forma racional, muchas veces hasta presumiendo de ello, pero ignorando lo que sentenció otro gran genio antes que el de Danzig, Baruch Spinoza (1632-1677): “la mente es determinada por desear esto o aquello”.
En lo patológico, admitimos que la psicosis, ese estado tirano y extremo de enajenación mental, nos arrebata la libertad del Yo; pero siguiendo en este terreno, ya fuera de aquel brote, incluso los profesionales nos olvidamos que intentar conseguir un cambio profundo, lejos de una terapia cognitiva e incluso psicoanalítica, nunca está al alcance del paciente, siempre será en vano y que lo único que nos puede provocar es frustración y a ellos falsas esperanzas.
Pero las personas también obviamos que aun fuera de la enfermedad mental tampoco somos libres. Igual que no elegimos nuestros deseos tampoco elegimos nuestros gustos y nuestras creencias en general, como creencias religiosas e incluso, sin querer entrar en polémica, creencias políticas que nos hacen estar en uno u otro bando, sin en el fondo saber por qué y como consecuencia de ello, enfrentarnos. Tampoco elegimos nuestros actos, pues al igual, éstos se realizan en acorde a una necesidad interna que a su vez responde a factores inconscientes que no conocemos y que no podemos controlar. No se puede sostener de modo alguno que nuestra voluntad sea libre. No elegimos lo que somos, ni por fuera ni por dentro.
Hemos de desterrar ese concepto al que tan ligeramente llamamos libertad pues es algo ficticio, totalmente ilusorio. La elección se sabe de antemano, ya estaba cantada. Poder imaginar opciones posibles, no implica que las tengamos a nuestro alcance, no. Nuestro cerebro no es libre, no es una tabla rasa como otrora pensábamos; nacemos programados y nuestras decisiones son presa de esos algoritmos previamente fijados, exactamente igual como puede ser la talla adulta que alcanzaremos.
A nivel legal y considerando así la libertad como la facultad que tiene el hombre para obrar de una manera u otra, o incluso de no obrar, todo sistema judicial actual considera que la persona “sana” que ha cometido un delito podría no haberlo hecho y por lo tanto lo juzga como responsable de esa acción, basándose en que “ha actuado con libertad”. Pero, siguiendo todo lo expuesto arriba ¿por qué pagar por algo que realmente no he elegido?, ¿por qué ya no me discrimináis por el color de mi piel y sí por lo que he hecho y que yo tampoco lo hubiera querido así? ¿por qué rendir cuentas, si volviendo a Schopenhauer, esa y sólo esa era la posibilidad que estaba a mi alcance? Ahí queda.
Por último, si consideramos la frase de Elbert Hubbard (1856-1915) de que “la responsabilidad es el precio de la libertad”, al considerar supuesta y fabulosa a ésta, ¿somos entonces íntimamente responsables de nuestros actos?
Ficticia libertad, ya digo.

 

'De síntomas y signos'

“No sólo existe lo que el médico ve, también lo que el enfermo siente”

Ante el estudio de la enfermedad, es evidente que hoy en día la medicina se centra de forma mayoritaria, y a veces desproporcionada, en la objetivación instrumental de las alteraciones orgánicas que presenta el paciente, dando así dentro de aquélla mucha más importancia al signo que al síntoma.

Recordaré que, mientras que el signo viene a representar todo lo físico detectable mediante el procedimiento de la exploración (instrumental o no), el síntoma “engloba” las quejas subjetivas del paciente, o, dicho de otra forma, las manifestaciones espontáneas de la enfermedad tal como las vive y las relata éste. Así, podemos decir que mientras los signos son hechos, y por tanto pertenecen al mundo de la ciencia natural, los síntomas son esencial y nuclearmente fenómenos y, por tanto, pertenecen a otro orden bien distinto.

Síntomas y signos suelen ir de la mano en la enfermedad, es cierto, pero no por ello tienen por qué estar siempre unidos. Así, hay enfermedades sólo con síntomas y otras sólo con signos, o recordando la terminología anterior, podemos decir que también hay enfermedades sólo con fenómenos y otras sólo con hechos.

La hegemonía del signo en medicina fue claramente impulsada por René Laënnec (1781-1826), el inventor del estetoscopio, quien dictó eso de que “la medicina debería ser una ciencia de los signos”. Ese planteamiento es el que nos ha llevado a que los hallazgos exploratorios sean los que tengan la última palabra antes de una intervención terapéutica. También es en gran parte la causa del avance tecnológico, de la progresiva sofisticación en los métodos de exploración diagnóstica y del hecho que, a su vez, esa tecnificación busque, hurgue y precise cada vez más la existencia de un signo, cerrando así este círculo vicioso.

Por otro lado, la postergación del síntoma ha provocado que sean los datos y no los fenómenos, los que determinen y validen el paso de la frontera entre lo sano y lo enfermo; también de que la enfermedad en general, se convierta así en un hecho y no en un estado.

Pero estudiar la enfermedad sólo a través de la semiología, no puede justificar en absoluto ese empeño constante y a su vez imposible de convertir en un hecho (signo) lo que por sí es un fenómeno (síntoma).

Si consideramos la enfermedad mental, los síntomas constituyen aún más el verdadero lenguaje de la misma y en la mayoría de veces el único. Aquí el síntoma, como protagonista principal, engloba tanto lo que el paciente capta en sí mismo como lo que el médico, como observador, capta en el paciente, pasando a considerar aquí mayormente al signo en su acepción de un “indicio del trastorno”.

En el caso de la psiquiatría, es la exploración psicopatológica, nutrida sobre todo por la fenomenología, como así afirmó Kurt Schneider (1887-1967), la que desplaza a la semiología ocupando un lugar primordial en el estudio de la enfermedad, siendo aquélla la ciencia con la que pretendemos detectar y clasificar, en palabras de José Miguel Sacristán (1887-1957), parte de esos procesos internos impenetrables que son los fenómenos, convertidos en síntomas psiquiátricos.

Por tanto, el médico en general, por medio de la semiología hace un análisis del signo cada vez más preciso, afinando así, gracias a la tecnología, las características del mismo, realizando un estudio más exhaustivo y detallado cuando debe hacer una valoración pericial. De esta forma, por ejemplo, puede asesorar a un tribunal en cómo una lesión concreta en una mano discapacita a un paciente para conducir un camión, cuando se está evaluando la posibilidad de seguir de baja.

En el caso de las valoraciones y peritaciones psiquiátricas, el tema es bien distinto. En el fondo, intentar convertir el fenómeno en un dato, es un tema totalmente artificioso, y más aún, el hecho añadido de pasarlo por una escala de medida sin conformarse si quiera con una valoración dicotómica. Pero la realidad es que, más en temas legales, cada vez más hay una necesidad, una exigencia total y constante por conocer el estado “real” de un paciente.

Lo más cercano en ese empecinamiento, parte en considerar que el síntoma es siempre una vivencia comunicable, siendo la expresión del fenómeno a nivel verbal, gestual, o conductual y por tanto, eso sí se puede hacer objetivable. A partir de aquí parte en psiquiatría, la aplicación de toda la parafernalia estadística de la evaluación psicométrica, las pruebas estandarizadas, la fiabilidad y la validez, y un largo etc.

No, todo fenómeno no es comunicable y por ello, tampoco los síntomas pueden hablar del verdadero estado de un paciente, ya que aún la más precisa valoración por el mejor experto clínico es insuficiente para conocerlo.

 

'Hogares complicados y delincuencia juvenil'

Dentro del mundo de la delincuencia juvenil, la psiquiatría, en lo que a su rama clínica se refiere, siempre se ha centrado más en el análisis psicopatológico del delincuente que en los motivos que le llevan a esa conducta o en el estudio de los factores que le perpetúan en la misma, tema más propio de otras disciplinas como pueden ser la criminología, la sociología o la psicología social. En el ámbito de la psiquiatría legal, ya es igualmente primordial la aportación de estas últimas.

Dejando a un lado al delincuente juvenil enfermo, el que desarrolla esa conducta partiendo de un trastorno mental, con base genética o no, o de aquel otro totalmente sano y que cae en la delincuencia de una forma “casual”, formando así los dos polos, sabemos que la delincuencia juvenil viene mayormente representada por la generada en el seno de aquellas familias que adolecen de defectos educativos ya desde su base, que carecen de una adecuada dinámica, estructura u organización y que, junto a otras circunstancias, configuran “hogares complicados” desde bien pronto, donde el maltrato (por lo menos en alguna de sus modalidades) no falta. Ese escenario puede conducir al niño a comportamientos de huida, en parte lógicos, tales como callejear en compañía de otros menores, abandonando por asociación el magisterio de la escuela (física o indirectamente), ese otro lugar que le forma como persona.

Es indiscutible hoy que esa situación produce importantes deficiencias, de cuestionada reversibilidad, en el desarrollo de la personalidad de un sujeto que, por otra parte, señalaré, es un factor independiente a la inteligencia del mismo.

Uno de los grandes cimientos de nuestra estructura mental, ese encofrado que es nuestra “urdimbre afectiva”, haciendo referencia al término de Rof Carballo (1905-1994), queda gravemente dañado. Se sabe que la afectividad reprimida al inicio, principalmente por el conflicto creado con las imágenes parentales, por crecer precisamente con unos padres tan “inadecuados” (como una madre indiferente, despreocupada y con un padre violento) es la que produce esa ambivalencia amor-odio y por tanto, el mal contacto interpersonal tan característico de estos sujetos, que les acompañará indefinidamente.

Con ello no quiero decir que, de forma global, toda la conducta delictiva pueda explicarse sólo atendiendo a esos conflictos inconscientes y a esa desestructuración familiar aderezada con violencia, pero sí, repito, que desde aquí parte en la mayoría de los casos. Además, es evidente la necesidad de que intervengan otros factores ambientales, familiares y/o extrafamiliares, para que se vaya configurando esa puerta de entrada al mundo de la delincuencia. Así, siguiendo con nuestro lance, el asunto se complica enormemente cuando aquéllos salen del entorno familiar y forman un conjunto de personas con semejante problemática (el “ellos se juntan”), ya que el grupo resultante facilita a su vez el fenómeno de la “desindividuación” de cada uno de sus miembros, creando un “poder” del grupo estructurado al que todos quedan sometidos “para lo que haga falta”. Por otro lado, esta fuerza resultante de tal organización, facilita igualmente lo que se conoce como la “holganazería social”, término acuñado por Bibb Latané en 1981 y que aquí aplicado, viene a definir algo que se añade: la minimización del esfuerzo mental en la toma de decisiones personales, también sobre la dirección de su propia vida, que realizan los sujetos que lo componen, quedando ya así totalmente a la deriva.

Por ello, como arriba indiqué, para la psiquiatría legal y más para su vertiente forense, además del estudio psicopatológico del joven delincuente, es de importancia el análisis del medio familiar y social donde se desenvuelve y se ha desenvuelto, tarea que normalmente es competencia conjunta con los psicólogos que forman ya parte de la plantilla de los juzgados. Digo, es de importancia porque el Juez debe estar asesorado de forma lo más precisa posible, ya que, ante la vulneración de la Ley, la sentencia impuesta considerará enormemente ese estudio.

Un término que me llama la atención al respecto es el de “parentectomía”, quizás por la similitud con lo radical y casi siempre efectivo que lleva implícito el acto quirúrgico. El concepto, con fines terapéuticos como así inicialmente lo propuso M. Murray Peshkin (1892-1990), hace referencia a la separación del hijo de uno de los padres, o de los dos, lógicamente con autorización legal y siempre en favor del menor. La eficacia de la parentectomía terapéutica como tal medida ha sido respaldada por diversos estudios en campos de la psiquiatría clínica, donde se sabe que el ambiente familiar pernicioso, aunque en otra dimensión muy distinta, es crucial, como en el de los trastornos de la conducta alimentaria, más concretamente en la anorexia nerviosa, así como en determinados trastornos psicosomáticos, en casos de asma intrínseca, por citar alguno.

La parentectomía, sacada de este contexto estricto como medida terapéutica, se ha usado igualmente para hacer referencia a otras cuestiones, por ejemplo, a la escisión familiar que ocurre tras un divorcio, otro tema controvertido y dicho de paso, profundamente abordado por el psiquiatra americano Frank S. Williams.

Indirectamente, parentectomía terapéutica es en este sentido también la que se produce cuando el Juez de Menores dicta como sentencia una medida como es el sometimiento a la convivencia con otra persona, familia o grupo educativo. La separación del joven de su grupo primario patológico a favor de otro seleccionado y en contra de otra medida como podría ser un internamiento, constituye sin duda una intersección entre la Psiquiatría y el Derecho, disciplinas que cada vez están más destinadas a entenderse.

   

‘Diferentes, pero siempe complementarias’

Como sabemos, la psiquiatría y la psicología son dos ciencias que, en general, abordan todo lo que concierne a distintos aspectos relacionados con la mente. Con el transcurrir del tiempo, ambas han sucumbido irremediablemente a la subespecialización, fenómeno que ha traído consigo la evolución del conocimiento, pero además de tener distintos orígenes, siempre han ido de la mano, traduciéndose este hecho en una práctica complementariedad en las distintas áreas que abarcan, como puede ser la investigación, u otras más cercanas como la clínica o en el terreno jurídico.

La psiquiatría, definitivamente bautizada así por J.C Reil (1759-1813) y la psicología cuyo término se lo debemos a Christian Wolff (1679-1754), abordan también desde una perspectiva clínica distinta los trastornos mentales. Dejando claro que entre ambas no existe rivalidad, para entender la relevancia mayor de una u otra en el abordaje de un trastorno mental, nada mejor que acudir a esa clasificación vieja pero práctica y que tanto me gusta, que divide al trastorno mental en endógeno o en exógeno. El primer término, propuesto por Paul Moebius (1853-1907), queda reservado para cuando el fenómeno surge sorpresivamente desde lo más íntimo de la mente. Con exógeno ya hacemos referencia a todo lo que queda fuera de esa “intimidad mental”, y en el que el cerebro sufre las consecuencias de una causalidad directa, de una causa indirecta por otra noxa corporal (se dice que en ambos casos hay una somatogénesis) o por una causa totalmente externa al cuerpo (aquí se podría hablar de psicogénesis como una acepción del término). Un ejemplo de cuadro endógeno sería un trastorno bipolar, el del producido por un daño directo sería el causado por un tumor cerebral, y el de uno indirecto sería el ocasionado en el cerebro por el aumento de hormona tiroidea debido a un hipertiroidismo. Un ejemplo de trastorno con psicogénesis sería un cuadro ansioso por estrés laboral significativo.

En base a ello, en la práctica podríamos decir algo así como que cuanto más endógeno es un trastorno, más relevante es el papel de la psiquiatría con todo su arsenal de psicofármacos y que cuando hay una causa externa a lo corporal, más es el de la psicología a través de la psicoterapia, término bautizado así por W. Tuke (1732-1822). Pero ambas, ya digo, son siempre complementarias en cualquiera de las situaciones que nos encontremos. Así, en un trastorno endógeno como es también la esquizofrenia, la psicología juega un importante papel ya que, en aquélla, aunque es la más urgente, no toda intervención terapéutica queda limitada al control del brote psicótico con la respectiva medicación; el paciente y sus familiares deben tener además un conocimiento de ese trastorno que irrumpe sus vidas, así como un asesoramiento global, una orientación, un consejo o unas pautas de conducta, por citar algunos. En el polo contrario, en el caso de existir unas causas claramente externas como factor etiológico del trastorno mental, la psiquiatría también puede ser fundamental y cuyo tratamiento con un simple ansiolítico puede ayudar enormemente a ese paciente que sufre por un duelo.

Ya en terreno jurídico o legal, y más concretamente en el forense, en lo que respecta a la función de auxiliar al juez en la toma de decisiones, el asesoramiento en materia psiquiátrica sigue correspondiendo a la figura del médico forense, como así queda reflejado en el Reglamento Orgánico del Cuerpo de Médicos Forenses de 1996, o bien a un psiquiatra asignado por la autoridad para que actúe como perito forense.

Entre sus funciones y dependiendo del ámbito del Derecho a que se aplique (civil, penal, de familia, penitenciario, laboral, etc), cabe nombrar las de determinación concreta de secuelas y daños psíquicos, evaluación de imputabilidad y peligrosidad, internamiento involuntario, discapacidad laboral, etc.

En nuestro país, siendo cada vez más conscientes de esa necesaria dualidad entre la psiquiatría y la psicología, y viendo la carencia que en este medio había de la última, partieron una serie de decisiones de los responsables de la política judicial en el periodo constitucional que han dado como resultado que hoy en día el psicólogo también forme parte de la plantilla de los órganos judiciales, como asesor permanente del Juez. Este proceso de “psicologización de la justicia”, tuvo como claro precursor a Emilio Mira y López (1896-1964), cuyo libro “Manual de Psicología Jurídica” (1932), se convirtió antaño en un texto referente en la materia. Tras la guerra civil y el período de la dictadura, en la década de los años setenta se crea la Escuela de Psicología Jurídica de Barcelona, que vuelve a recoger la necesidad del psicólogo como auxiliar del Juez. Pero fue en 1983, como consecuencia de la creación de los juzgados de familia y de la modificación del Código Civil, y donde se introdujo la posibilidad legal de divorcio, apareció la figura del psicólogo como miembro permanente de la plantilla de estos juzgados. Más tarde, entre 1986 y 1989 se crearon plazas de psicólogos en clínicas de especialidades médico-forenses que, aunque no formaban parte directa de la plantilla de un juzgado concreto, sí contaban entre sus funciones precisamente la de asesorar establemente a los jueces de una demarcación territorial determinada. En 1989 también apareció la figura del psicólogo en la plantilla estable de los juzgados de menores recientemente creados y posteriormente en 1991 ya se creó un nuevo modo de asesoramiento estable del psicólogo al juez al dotarse una plaza de la especialidad a uno de los juzgados de vigilancia penitenciaria de Madrid.

Al igual que comenté arriba, las funciones del psicólogo forense también van a depender del ámbito del Derecho al que se requieran, pero en general son más amplias que las del psiquiatra forense ya que se van a extralimitar más del trastorno mental en sí; así por ejemplo van a estar referidas al estudio del medio familiar en casos de disputa, a la evaluación de medidas de resocialización, al análisis de circunstancias en casos de emancipación de menores, a la evaluación de la personalidad o de la inteligencia y un largo etcétera.

Como vemos, tanto la psiquiatría forense como la psicología forense, aplican los saberes de las respectivas disciplinas ante las preguntas de la Justicia, cooperando juntas en todo momento con la Administración de Justicia, actuando en el tribunal y mejorando en definitiva el ejercicio del Derecho.

 

'Dismorfofobia o complejo de Thersites'

En la actualidad el criterio básico, pero no único, en el diagnóstico de la dismorfofobia o trastorno dismórfico corporal, es que el individuo que lo padece está excesivamente preocupado por una imperfección o un defecto físico supuesto o real, en cuyo caso parece siempre sin importancia para otras personas. Este estigma, aunque no lo parezca, es más de naturaleza moral que física o estética y los que lo padecen llegan a convertirlo en el eje de su vida, llevándolos a crear conductas evitativas y al retraimiento, terminando por producirles siempre un deterioro a nivel físico, social y laboral.

Las preocupaciones se centran en las partes más visibles, sobre todo en la cara (manchas, boca, nariz, orejas, pelo, etc.) pero también en otras partes del cuerpo (mamas, genitales..). De forma muy frecuente pueden ser múltiples.
Suele aparecer casi siempre en la adolescencia y tiende a ser crónico. La prevalencia es igual en ambos sexos. Puede ir acompañado de otros trastornos, siendo el depresivo y el trastorno de personalidad los más frecuentes. En casos extremos puede llegar incluso al suicidio.

Por su clínica, actualmente es un trastorno que se clasifica y estudia en relación con el obsesivo-compulsivo, aunque se considera independiente a él.

Rasgos dismorfofóbicos, sin llegar a diagnosticarse una dismorfofobia propiamente dicha, pueden encontrarse también en sujetos con otros trastornos psiquiátricos como la anorexia nerviosa o la hipocondría (a la que antaño se ligó) pero hay claras diferencias, así en el primero la alteración de la propia imagen corporal, además de alcanzar un matiz distinto, no deja de ser un síntoma más del amplio cuadro clínico y en el caso de la hipocondría, en ésta la preocupación excesiva por el defecto real o supuesto queda justificada, más que por motivo de apariencia, por el miedo a enfermar.   

También hay que distinguir la dismorfofobia de otras situaciones no patológicas como puede ser la simple insatisfacción con la propia imagen, típica y frecuente en muchos adolescentes.

La dismorfofobia fue ampliamente descrita por el psiquiatra italiano Henry Morselli (1852-1929) en 1886, quien la bautizó así y la asoció a conductas obsesivo-compulsivas, como también lo hicieron otros autores como Emil Kraepelin (1856-1926) o Sigmund Freud (1856-1939). En la obra de este último, se hace referencia a la dismorfofobia en el caso del “Hombre de los lobos”, que es, dicho de paso, la obra de la que más se ha escrito en la historia del psicoanálisis. Posteriormente Hermann Stutte (1909-1982) acuñó en 1962 el término de “complejo de Thersites”, con el que también se conoce el trastorno, haciendo referencia al feísimo guerrero mitológico que describe Homero en la iIíada y al que da muerte Aquiles.

Hoy por hoy, la etiología sigue siendo desconocida, aunque hay teorías en el campo de la neurobiología que ligan el trastorno a una alteración de la sensopercepción óptica con base neurológica. Para explicar su génesis también podríamos recurrir una vez más a la ontología, implicando a las “engañosas ventanas de los sentidos” que, como decía Descartes (1596-1650), separan al sujeto (res cogitans) encerrado en el cuerpo (res extensa). Pero si seguimos hablando de filosofía, es la fenomenología la que nos lleva a profundizar en el significado de este trastorno y mejor aún el pensamiento existencialista de Jean-Paul Sartre (1905-1980), basado en su premisa de que el ser humano ha destruido una y otra vez la objetividad de una cosa (que es básicamente igual pese al paso del tiempo), aplicando así constantemente a los objetos significados extraños a ellos hasta el punto que aquél acaba por confundir el objeto real con el significado que le aplica. Así, a modo de ejemplo y ya no referido a lo corporal, decía el filósofo, vemos una maraña de cartón y lino con unos garabatos y lo convertimos automáticamente en un libro. Para Sartre, la mirada del otro siempre termina produciendo alienación, y si lo aplicamos al caso del dismorfofóbico, este fenómeno alcanzaría un grado patológico significativo, viviendo constantemente y de forma más temerosa aún la mirada dirigida y centrada en ese “defecto”, que vulnera una y otra vez su corporalidad, destruyendo en definitiva su tranquilidad y su silencio, exponiendo esa su “insatisfecha intimidad” ante los demás y ante sí mismo.

De ello se deduce que la acción de un médico y más concretamente de un cirujano estético o un dermatólogo (ya que son los profesionales a los que acuden más estos pacientes) que, gracias a su experiencia profesional, intuye estar ante un dismorfofóbico y no ante un paciente con un problema estético más o menos evidente, en vez de prestar toda su atención a tal “defecto” (objeto) planificando la intervención quirúrgica, intenta hábilmente encaminarlo y remitirlo al psiquiatra quien centrará su estudio “buceando” en ese “sentir estigmatizado del paciente”, que es donde reside el verdadero problema. El psiquiatra certificará su conclusión en un documento que remitirá de nuevo al cirujano, quien, aunque tenga firmado el consentimiento informado del paciente, será el que decida ya practicar o no la intervención.

Se sabe que, en definitiva, este procedimiento ha disminuido la frecuencia de querellas por mala praxis o demandas civiles a las que están sometidos profesionales que operan una y otra vez a un singular paciente, que a su vez le exige una precisión más milimétrica en sus resultados y que encima nunca acaba satisfecho. Igualmente, con ello han disminuido otras dos complicaciones frecuentes y que no se pueden pasar por alto, una, los litigios con agresiones físicas a estos médicos y dos, el índice de suicidios de los pacientes graves cada vez más disconformes con los resultados.

También puede precisarse la valoración psiquiátrica por sospecha de dismorfofobia, cuando tras accidentes que dejaron atrás secuelas de cicatrices mínimas y poco apreciables, los pacientes vuelven a solicitar revaloraciones médicas para tratamientos “estéticos” más que para indemnizaciones que, a diferencia de otros cuadros (simuladores o rentistas), siempre quedan en un segundo plano.

A modo de conclusión, recordar que a nivel legal y atendiendo a criterios generales de funcionalidad, la dismorfofobia puede originar situaciones de discapacidad grave, sobre todo psíquica pero también física, y es que realmente el paciente puede acabar “hecho un cromo” de tanto pasar por el quirófano.

   

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