Lunes, Noviembre 18, 2019
   
Texto


El rincón de la psiquiatría legal

‘Anotaciones sobre el suicidio’

Aunque en general entendamos por suicidio como el acto por el que una persona de forma deliberada se provoca la muerte, en la actualidad se admite también un concepto más amplio, tanto es así que se acepta suicidio como toda acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza. Siguiendo con la RAE, ésta no recoge el término de “suicidalidad” (como así me lo recuerda otra vez el corrector ortográfico), pero en psiquiatría usamos este término para referirnos a la tendencia o conducta relacionada con el suicidio. De esta forma hablamos clásicamente de dos grandes grupos: “suicidalidad activa” y “suicidalidad pasiva”. Entendemos como “suicidalidad activa” cuando el individuo tiene ideas autoagresivas de cierta magnitud y como consecuencia de ellas, emplea un método nocivo de forma directa contra su integridad física (la acción suicida); por el contrario, hablamos de “suicidalidad pasiva” cuando el individuo se convierte en espectador de su consciente autodestrucción sin tomar una actitud de poner remedio para ello (siempre que la hubiera), cuando adopte una conducta que favorezca aún más esa citada autodestrucción o cuando en general, también sin haber acción suicida, adopte ciertas conductas sabiendo que son muy peligrosas para su integridad física dejando así actuar al azar.

Refiriéndonos primero a la “suicidalidad activa”, hay que recordar lo que dijo uno de los grandes psiquiatras españoles que más estudió sobre este tema, el profesor Miguel Rojo Sierra (1927-2002), de que el suicidio no es siempre una cuestión de autodestrucción tipo “todo o nada”, de forma que, afirmó, las automutilaciones son claramente otra manifestación de “suicidalidad activa”, siendo algo así como la búsqueda de una “muerte parcial”. Dentro de este grupo de suicidalidad, nos encontramos con distintas formas de conducta, que clasificándolas cuantitativamente dentro de una escala de más a menos “riesgo de suicidalidad”, podríamos distinguir así, el suicidio consumado, el suicidio frustrado, la tentativa de suicidio y el gesto suicida. Hasta hace pocos años era sólo el suicidio consumado lo que interesaba a los distintos autores expertos en la materia y sobre él se hacían los estudios estadísticos u otros más detallados sobre métodos empleados, predominios estacionales, preferencia de un método sobre otro según el trastorno que se padeciese, etc.; desde hace relativamente poco tiempo, repito, se estudia ya la suicidalidad de una forma más amplia, no obviando los otros conceptos. En lo que respecta al suicidio frustrado, éste se produce por la concurrencia entre la acción suicida con factores casuales que no estaban previstos de forma consciente o incluso con situaciones que, de una u otra forma, han permitido la actuación eficaz de los mecanismos inconscientes de defensa ante la muerte, no llegándose por tanto a consumar el daño. En la tentativa de suicidio, lo que aparece, destaca y define es realmente la indiferencia, que sustituye a la firmeza presente en las otras dos formas anteriores, de manera que el sujeto realiza la acción suicida, pasándole a su vez por la mente un “no me importa si vivo o muero”, algo así como un jugarse la vida a cara o cruz, como en el juego de la ruleta rusa. Por último, en el gesto suicida, hay acción suicida pero el individuo no expone tan seriamente su vida, bien por lo poco claro de ese acto en concreto o por la posibilidad tan remota del daño; como en los tres casos anteriores, el sujeto se asoma y puede ver esta posibilidad real, pero como algo poco probable, buscando más eso que sabemos, llamar la atención. Un gesto suicida sería por ejemplo el que se diagnostica en el adolescente conflictivo que llega a Urgencias con un corte superficial en la parte anterior de la muñeca. En general, se dice que tanto en la tentativa de suicidio como en el gesto suicida, aunque con mucha más diferencia en éste, el procedimiento y la motivación no están claramente dirigidos a alcanzar el hecho de terminar con la vida.

La “suicidalidad pasiva” es como he comentado, la otra gran forma en la que dividimos la conducta suicida; en ella falta ese acto suicida propiamente dicho, de ahí el término. En la “suicidalidad pasiva”, el resultado, lo que ocurra, se deja siempre en “otras manos” permitiendo a ellas que decidan. Dentro de ella se puede distinguir dos grandes grupos, las conductas de riesgo y el desinterés por vivir. En el caso de la conducta de riesgo, el sujeto busca de forma intencionada una situación peligrosa, que no implica siempre terminar con su integridad, pero consciente de tal peligrosidad. A modo de ejemplo, se dice que Goethe (1749-1832), el mayor representante del Romanticismo alemán, cuando por sus episodios depresivos tenía tendencias suicidas, se ponía a correr por las cornisas de las torres de la ciudad o se colocaba muy cerca de las bocas de los cañones cuando disparaban. Hoy día, por ejemplo, es una conducta de riesgo muy frecuente, conducir de forma imprudente a una gran velocidad. Dentro de las conductas de riesgo destacan también las conductas de riesgo agravantes, otra modalidad pues de “suicidalidad pasiva”, que hacen referencia a las actitudes opuestas o contrarias que se toman habiendo sido previamente diagnosticados de una enfermedad y siendo conscientes de tal contraindicación; así, sería una conducta de riesgo agravante fumar teniendo un cáncer de pulmón o beber teniendo el hígado “tocado”.

En el caso del desinterés por vivir, es el abandono, la desidia, lo característico en el individuo y lo que define a este tipo de suicidio pasivo, sin adoptar siquiera la actitud nombrada de la conducta de riesgo.

Metiéndonos un poco en materia legal, comentar que el suicida no comete delito por el mero hecho de matarse, o intentar matarse a sí mismo; es más, es difícil concebir que sea un acto punible, ya que la parte activa y la parte pasiva son la misma persona. El constitucionalismo europeo de final del siglo XIX, consagró la vida como un derecho fundamental, pero en ningún caso como un deber; tal derecho a la vida, como sabemos también queda recogido en el artículo 15 de nuestra Constitución. La legislación penal española actualmente, al igual que la de otros países de nuestro entorno, no castiga el suicidio pero sí su inducción y cooperación por parte de terceros, así como la omisión del deber de socorro a quien intente poner fin a su vida. Siguiendo el artículo 143 de nuestro Código Penal, se dice, por ejemplo, que se impondrá pena de dos a cinco años de prisión al que coopere con actos necesarios al suicidio de una persona, pena de cuatro a ocho años al que induzca el suicidio de otro, pena de prisión de seis a diez años si la cooperación llegara al punto de ejecutar la muerte, etc.

 

La pompa de un ‘chicle’ siempre explota

Se admite en general que corresponde a los psiquiatras, también a los psicólogos clínicos en muchos temas, distinguir de forma oficial la salud psíquica de la enfermedad mental, pues son académicamente los profesionales preparados para ello, tanto por su formación biológica como psicosocial. Para el abordaje y el análisis de este, muchas veces, espinoso tema, el profesional siempre acude como experto al campo de la psicopatología, que es básicamente la disciplina encargada de la exploración general y parcelaria de todos y cada uno de los procesos psíquicos, contemplando también un trípode constituido por las vertientes biológica, psicológica, y sociológica. Este comentario viene a recordar que hay que tener muy claro, aún más frente a casos especialmente delicados y en contra de lo que a veces ocurre, que no deben ser los gobiernos de turno, ni las asociaciones ciudadanas, ni los colectivos de autodefensa, los que deban delimitar las fronteras entre salud y enfermedad mental; hacerlo siempre va a crear eso, un conflicto.

Ante la reciente detención de José Enrique Abuín Gey como autor confeso de la muerte de Diana Quer, cabe la pregunta: ¿estamos ante un enfermo o trastornado mental?. Siguiendo lo arriba expuesto, toda respuesta, sin el inexcusable estudio profesional y exhaustivo del paciente Abuín, son eso, suposiciones que despiertan respetables conversaciones propias de un patio de vecinos.

Existen trastornos mentales que pueden relacionarse con conductas delictivas, pero está claro que ni todos los trastornos mentales conducen a ellas, y que tampoco todas las conductas delictivas, qué va, son consecuencia de la existencia de un trastorno mental de fondo, por mucho que la defensa de un criminal se empeñe en demostrar. Los trastornos psiquiátricos no deben usarse siempre como tapadera en este sentido, hacerlo es una falta de respeto para el paciente que sufre realmente una enfermedad mental. Hay que admitir que existe la maldad en el ser humano y que, al igual que existen personas tan bondadosas que terminan en los altares, o no, en el otro polo hay seres extremadamente siniestros, capaces de cometer atrocidades como la de Abuín y todo ello digo, sin que exista implícito un trastorno. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, si nos fijamos concretamente en su última versión, el DSM-5, contempla el acto delictivo como una complicación en el curso de determinados trastornos, pero también recoge al final, en el capítulo de Otros problemas que pueden ser objeto de atención clínica, situaciones como el Comportamiento antisocial del adulto, que excluye de entrada sea consecuencia de un trastorno mental. Su codificación diagnóstica ayuda a explicar, añade el manual, siempre la necesidad de una prueba.

Este tipo de personas pueden pasar totalmente desapercibidas, sí, también en el medio familiar cercano (recordemos la ciega ingenuidad paterna con lo de matar a un ratón); para su detección habría que ir a buscar expresamente la ignota y terrible depravación. Recordemos a modo de ejemplo, el que ponía Lionel S. Penrose (1898-1972) con respecto a los débiles mentales (no los oligofrénicos) cuando decía que entraban dentro de la norma estadística, siempre y cuando no pusiéramos a prueba su inteligencia.

Antes de frenológicas suposiciones o lombrósicas teorías, debemos esperar la valoración de Abuín por parte de los profesionales cualificados que se asignen, pues de ella dependen las consecuencias legales de su monstruosa conducta; ese es realmente el punto de partida y el primer derecho que tiene El Chicle.

 

‘Temperamentos’

El término “temperamento”, que generalmente manejamos de forma imprecisa, hace referencia a la manera natural con que un ser humano determinado, y debido a su sistema nervioso en concreto, interactúa con el entorno. El temperamento, desde Hipócrates, recordemos aquella teoría humoral, y posteriormente con Galeno, se interpretó ya como algo completamente biológico. El temperamento está constituido a su vez por los instintos y por la afectividad, siendo por tanto el estrato básico más profundo y biológicamente determinado de nuestra personalidad. Hoy se consideran como categorías temperamentales, la intensidad de reacción, el umbral de respuesta a los diferentes estímulos, el ritmo de los ciclos alimentarios o de vigilia-sueño, la calidad particular del humor, etc., características que, casi como una huella dactilar, también nos hacen a cada uno de nosotros distinto a los demás. El temperamento, junto a la inteligencia y el carácter, forma parte de la personalidad. Tanto el temperamento como el núcleo de la inteligencia, dependen estrictamente de factores genéticos, por el contrario, el carácter es forjado por la interacción del sujeto con el ambiente concreto en el que se desarrolla. 

Desde antaño, fuimos conscientes de la asociación entre el aspecto físico determinado de una persona y un temperamento en particular. Al respecto, en el campo de la literatura, los autores, con la descripción perfilada de la morfología de sus personajes, ya permitían intuir al lector sobre el temperamento de los mismos, como así se hace patente en la lectura. De esta manera, Cervantes, entre nosotros, se refiere a Sancho como alguien cari-redondo y chato, y a D. Quijote como enteco y flaco que parecía hecho de carne momia, adelantando eso, temperamentos distintos. Lo mismo hace Shakespeare, también de forma magistral, por ejemplo, con Hotspur, Falstaff o Hamlet, tres personajes de aspecto físico muy distinto, presentando así disparidad temperamental.

Ya en psiquiatría, la escuela científica que se ocupa primero por el estudio del temperamento y su relación con la morfología individual es la de Ernst Kretschmer (1888-1964), comprobando por medio de sus observaciones clínicas, que había además enfermedades mentales relacionadas con el temperamento y la morfología distinta de los pacientes; así observó que la psicosis maniaco depresiva aparecía principalmente en un tipo que él mismo clasificó como pícnico (bajito y regordito) y que en cambio, la esquizofrenia se daba principalmente en un tipo morfológico al que llamó asténico (de aspecto alto y delgado). Sin obviar las aportaciones posteriores de Carl Gustav Jung (1875-1961), plasmadas en su obra Tipos psicológicos, y al que debemos los términos de temperamentos introvertidos y extrovertidos, de forma corriente muy usados hoy en día, el profesor americano William Herbert Sheldon (1898-1977) concluyó igualmente en un estudio estadístico experimental desarrollado con estudiantes de la Universidad de Harvard, que sí, que cada persona tiene una constitución física enlazada con un determinado temperamento. Recordando su estudio, en lo que respecta a constitución física describió la endomorfia (predominio de la redondez y la blandura con un fuerte desarrollo del aparato digestivo), la mesomorfia (fuerte desarrollo muscular con un cuerpo fuerte, pesado y rectangular) y la ectomorfia (de predominio lineal con tendencia a la delgadez, presentando a su vez un sistema nervioso muy desarrollado). Con respecto a los temperamentos, describió tres, a los que enlazó respectivamente con esas constituciones físicas, así acuñó la viscerotonia, la somatotonia y la cerebrotonia, clasificación de poco uso en la actualidad, pero como vamos a ver, sin desperdicio alguno por su peculiaridad descriptiva.

El viscerotónico es una persona bastante gruesa, baja, floja, de facciones lacias y de poca rudeza en sus movimientos; para el viscerotónico, el principal objetivo de la vida es la nutrición. El mayor placer para el viscerotónico es sin duda, el de la hora de la comida, los placeres de la mesa. El viscerotónico come muy bien y se deleita con la digestión. Al viscerotónico le encanta comer, pero en compañía; para él la mejor manera de celebrar un acontecimiento social es con un banquete. Todo lo que representa la comida es el centro de la existencia del viscerotónico. Le encanta todo lo ceremonioso, una Comunión, una petición de mano, etc., con convite, claro. Para el viscerotónico, la edad mejor que vivió y en la le gustaría siempre vivir es la infancia. Es amable, perdona, es simpático con todo el mundo, le gusta la vida sencilla y por lo general, está muy bien adaptado en la sociedad en la que vive. Suele dormir bien, se acuesta pronto, duerme bastantes horas.

El somatotónico es esencialmente una persona activa, su mayor aspiración es siempre tener algo que hacer. Su edad preferida para vivir es la juventud, etapa en la que se tienen muchas fuerzas para superar los obstáculos, cuando se puede trabajar. La enfermedad del somatotónico es la inactividad. El somatotónico tiene un instinto de agresión muy vivo, le encanta la competición, ama la vida moderna, el dinamismo, la música, sin importarle el ruido que pueda armar. El somatotónico come de forma voraz, no le importa poco hacerlo solo. Necesita dormir poco tiempo y ello no le impide llevar al día siguiente una actividad ilimitada, mostrando muy raramente cansancio o fatiga.

El tercer componente temperamental de Sheldon lo constituye la cerebrotonia. El cerebrotónico es de por sí un temperamento inhibido, siempre tiene que estar sometido a tensión, es una persona con una vida interior ágil y viva pero con grandes dificultades para relacionarse con la gente; casi nunca busca apoyo en los demás. Se dice que la vida del cerebrotónico va girando en torno al instinto sexual; su inhibición hace que tenga grandes dificultades para resolver los problemas que le plantea el sexo. El cerebrotónico tiene siempre una fatiga crónica, tiene un sueño superficial y poco reparador y como consecuencia se levantan mal, siendo la mañana el momento del día que pasan peor, despejándose progresivamente a lo largo del día. Los cerebrotónicos tienen gran sensibilidad frente al dolor físico. Se trata de personas también con gran sensibilidad frente al prójimo, siendo inacapaces de demostrar ante ellos una competición agresiva, son muy caritativos y profundos. Al cerebrotónico le encanta la madurez como edad, les preocupan los problemas metafísicos. Son muy sensibles al ruido.

Como es lógico suponer, existe un continuum tanto en esas constituciones físicas descritas como en los componentes temperamentales comentados, de forma que en lo que respecta a morfología se habla de predominio de una u otra tendencia constitucional y en cuanto a los temperamentos, pasa algo similar, se sabe que los más frecuentes son los temperamentos compuestos.

No sería justo terminar estas pinceladas que he pretendido dar sobre el temperamento, sin nombrar los estudios vigentes de Hans Eysenk (1916-1997), autor que desde su perspectiva biologicista, profundiza aún más en esas bases fisiológicas y genéticas del temperamento, concibiendo tres dimensiones: social, emotiva e impulsiva, todas ellas naturalmente con bases biológicas, a las que llamó respectivamente Extraversión, Neuroticismo y Psicoticismo y que consideró además como los motores de los tres tipos de conducta humana: reproducción, conservación y autodefensa.

   

Vandalismo

El vandalismo se puede definir de muchas formas pero, en general, se acepta que es la “actitud o la inclinación a cometer actos destructivos contra la propiedad pública o ajena sin consideración alguna y con el implícito menosprecio por los demás”. El término proviene precisamente de los comportamientos extremadamente destructivos que mostraban los vándalos en la época del imperio romano y que como concepto, plasma por primera vez Henri Grégorie (1750-1831) para describir el comportamiento del ejército republicano en la Revolución francesa.

Encontramos el vandalismo en distintos sitios y en cualquier escenario, lo mismo en mobiliario urbano, en un aparcamiento, en un estadio de fútbol o incluso, ahora con las nuevas tecnologías, también en la red; de hecho, la famosa Wikipedia ha incluido el concepto de vandalismo como “adición, eliminación o modificación del contenido de una página de Wikipedia realizada de manera deliberada para comprometer la integridad de la misma”.

El vandalismo es mucho más frecuente en el sexo masculino, lo que daría ventaja a las teorías cromosómicas y hormonales; también aparece más en personas jóvenes, dando prioridad a las ambientalistas. Aunque el acto vandálico pueda llevarse a cabo de forma individual, es más frecuente en grupos. Una teoría dinámica explicativa acerca del fenómeno dice que el vándalo se encuentra desarraigado y que en general tiene escasa vinculación paterna, entendida como carencia, generándose un miedo vertiginoso a la soledad que a su vez conlleva al sujeto a agruparse en pandillas; en éstas no es infrecuente encontrar un líder con perfil psicopático (o más acentuado que el de otros integrantes) y sería precisamente la violencia la que actuaría de mecanismo de unión frente a una circunstancia. De esta forma, el grupo buscaría siempre “lo enemigo”, para ellos el objeto “malo”, como diría Melanie Klein (1882-1960), con el fin de mantener tanto su hegemonía como su estructura, siendo éste su verdadero beneficio. En esta unidad mental de la muchedumbre pueden formar parte individuos motivados por diversas razones y sus integrantes no son siempre delincuentes comunes ni tienen por qué siempre pertenecer a estamentos sociales bajos o marginales, aunque tirando de estadística hay que admitir que en éstos sea más frecuente. La agresividad del vándalo, tanto considerada de forma individual o la resultante del grupo, que más que sumarse, se potencia, es una forma de agresión desplazada que no se dirige ya a las fuentes reales de la frustración personal sino a objetivos colectivos que no puedan defenderse y en el que el establecimiento de la culpabilidad realmente no importe como valor moral. Autores como el sociólogo Durkheim (1958-1917) consideraron al vandalismo como una suma de hostilidad, salvajismo y primitividad de la masa.

En el grupo vandálico hay muchos factores de refuerzo y entre ellos; yo destacaría principalmente tres, el anonimato, la masificación del grupo y, tercero, el consumo de alcohol y drogas, factores que lo hacen todavía más “omnipotente”. Precisamente tanto el primero como el segundo, son causan muchas veces de que los vándalos se incluyan dentro de manifestaciones que en principio se anuncien como pacíficas y cuyas reivindicaciones no vayan con ellos o que no les importen realmente, siendo aquéllos los factores atrayentes que hagan despertar la conducta vandálica; además, ésta es más frecuente que se incremente proporcionalmente cuando esos dos factores aumentan. En cuanto al último factor, el del consumo de sustancias,  convierten al vándalo mucho más peligroso tanto por el grado de desinhibición que le produce, sobre todo en lo que respecta al alcohol, como por el estado de enajenación y desconexión con la realidad que le inducen, más frecuente en el caso de los psicotrópicos; baste recordar los actos vandálicos de determinados hinchas de equipos de futbol enloquecidos previamente con ingestas excesivas de cerveza, otras bebidas alcohólicas o algo más...

El comportamiento vandálico puede ir o no, asociado a trastorno mental; son cosas independientes. No todo vándalo es un enfermo. De todos los trastornos mentales, es, sin duda, el trastorno de la personalidad el que se puede encontrar con más frecuencia asociado al fenómeno y más concretamente el Trastorno de la personalidad antisocial, estando por detrás el Trastorno de la personalidad límite (en estos, gran parte de la agresividad es intrapunitiva, encontrando también en ellos más inestabilidad emocional). Como trastornos de personalidad, el curso de los mismos es crónico, pero sí es cierto que hay rasgos que se pueden atenuar con la edad, siendo precisamente la agresividad, también la asociada al vandalismo, uno de los que puedan mitigarse. Hay también otros casos aislados de trastornos mentales asociados a actos vandálicos muy concretos como los producidos por enfermos psicóticos de diversa etiología, personas con discapacidad intelectual, etc.

 

A propósito del crimen de la catana

Aunque de forma cotidiana entendamos por epilepsia como un trastorno en el que el paciente sufre una serie de convulsiones, cae al suelo, se orina y puede ocluir con su lengua las vías respiratorias precisando atención rápida, no siempre tiene que ser así, siendo posible padecer la enfermedad sin mostrar cuadro motor como el citado. La palabra “epilepsia” viene de eclipse, como algo que ocurre de forma sorprendente y que posteriormente vuelve a la normalidad. El conocimiento del fenómeno es antiguo y como curiosidad, comentar que a la crisis epiléptica se le conoce también como crisis comicial precisamente por el hecho de que suspendían los Comicios romanos hasta que el afectado por el mal se recuperara e integrara de nuevo a los mismos.

La epilepsia se caracteriza porque en el cerebro un grupo de células (las neuronas) pierden su actividad bioeléctrica normal de funcionamiento y, a modo de descarga excesiva, se produce lo que se conoce como una hipersincronía, que define íntimamente al trastorno. Esta descarga, más frecuentemente al principio focal, puede extenderse de forma centrífuga también al resto de cerebro, reclutando más neuronas a modo de ola, de forma que si se inicia en la corteza puede llegar más profundamente incluso al centroencéfalo, alterándose así la conciencia vigil (la unidad de encendido de nuestro ordenador). La causa, la etiología de la descarga, puede ser diversa, un tumor, un traumatismo, lesiones congénitas, arterioesclerosis, infecciones, etc., y otras veces no la encontramos, hablándose en este caso de epilepsia idiopática.

A grosso modo, en el cerebro se distingue la corteza y la zona subcortical y como sabemos cada zona del cerebro está especializada a su vez en una función, pues bien, dependiendo de dónde esté el foco epiléptico encontraremos una u otra sintomatología; así, si ocurre en zona motora habrá convulsiones, si la afectada es la zona sensorial se afectará la percepción y si se trata del lóbulo temporal, que es, con diferencia, el más complejo de todo el cerebro humano, habrá una clínica y un comportamiento complejo, no muy fácil de entender y explicar.
La epilepsia del lóbulo temporal siempre ha sido de gran interés clínico y forense. El neurólogo Oliver Sacks (1933-2015) llevó también su apasionante experiencia profesional sobre el tema al mundo de la literatura. La manifestación del cuadro puede ser diversa abarcando así un abanico que va desde convulsiones hasta sintomatología psicótica, de delirios y alucinaciones; baste recordar curiosamente que en el lóbulo temporal hay un surco anatómico, el surco transverso, donde pasan radiaciones auditivas, gustativas, olfativas y otras vinculadas a la visión, pudiendo pues encontrar alucinaciones de distinto tipo.

Precisamente, estos días pasados la epilepsia de lóbulo temporal ha estado de actualidad a raíz de rememorarse diecisiete años del conocido Crimen de la Catana y emitirse al respecto un programa en el canal televisivo DMax. En aquel juicio, el prestigioso forense profesor José Antonio García Andrade (1928-2013) y mi maestro el eminente catedrático de psiquiatría Demetrio Barcia Salorio, defendieron siempre la hipótesis de que ése era el trastorno que afectaba a José Rabadán, siendo por tanto la causa de los atroces hechos.

En la epilepsia del lóbulo temporal, además de las posibles citadas convulsiones y psicosis, es frecuente encontrar alteración del estado de la conciencia o una ligera disminución del nivel de la misma que se conoce como estado crepuscular, que viene de “crepúsculo”, haciendo así alusión a algo intermedio, como la falta de la claridad del día con ausencia de la oscuridad de la noche. En ese estado crepuscular, que de forma documentada sabemos a veces puede durar incluso días, no hay un control total en la función de pensar de forma voluntaria, apareciendo entre otros una liberación de conductas impulsivas e instintivas, dando paso a actos de agresión inmotivada muy cargados de hostilidad, siendo muy típicos los actos de reiteración y repetitividad (donde dan un golpe dan otro), imprimiendo un carácter automático, muy distinto a lo que pasa en caso de ensañamiento; eso mostraron las autopsias de los cuerpos.

Aunque incluso para algunos profesionales pudiera ser una hipótesis de ciencia ficción, nada más lejos de la realidad. El paso de los años ha demostrado que Rabadán es una persona de apariencia y conducta normales y que durante los años de condena, supervisados por profesionales expertos, nunca se observaron síntomas que pudieran configurar otros trastornos mentales o rasgos de personalidad que apuntasen a otros diagnósticos que pudieran justificar así el triple parricidio.

   

Pág. 5 de 9

 

 

Prohibida la publicación de fotografías de este diario digital con la marca 'CYA' en cualquier publicación o en Internet sin autorización.

 

 


Login Form

Este sitio utiliza cookies de Google y otros buscadores para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y analizar las visitas en la web. Google recibe información sobre tus visitas a esta página. Si visitas esta web, se sobreentiende que aceptas el uso de cookies. Para mas informacion visite nuestra politica de privacidad.

Comprendo las condiciones.

EU Cookie Directive Module Information