Jueves, Diciembre 12, 2019
   
Texto

El rincón de la psiquiatría legal

Reflexiones sobre la violencia humana

Aunque agresividad y violencia parezcan términos sinónimos y los usemos a menudo de forma indiferente, se acepta que el primero representa la capacidad de respuesta del organismo para defenderse de los peligros potenciales procedentes del exterior o de una frustración interna, siendo una respuesta de afrontamiento, en definitiva, adaptativa para ese sujeto y en general, necesaria para integrarnos con el medio. Autores como Anthony Storr (1920-2001) también consideraron la agresividad como un instinto y cuyos efectos, decía, pueden llegar a controlarse pero en ningún caso suprimirse.

Por el contrario, si hablamos de violencia, estamos haciendo referencia ya al carácter destructivo de esa reacción y por tanto también con unas más que probables consecuencias físicas, emocionales y por ello, también legales. La violencia es un hecho reprimido desde antaño, tanto por el Derecho penal como por el Derecho civil.

Con el auge de las teorías ambientalistas (el hombre como reflejo del ambiente en el que habita) la violencia quedó reducida a un producto de la cultura, un resultado de la interacción entre los factores culturales y la agresividad, llegándose a afirmar en ese sentido que, “la biología nos hace agresivos, pero es la cultura la que nos hace pacíficos o violentos”. Hoy día y como colofón al desarrollo de la medicina moderna desde el siglo XIX, se reconoce que las conductas violentas poseen una génesis multifactorial, en donde se entremezclan, o interaccionan (como diría Albert Bandura), factores hereditarios, factores neurobiológicos y por supuesto, también ambientales. En lo que respecta a factores hereditarios, comentar que no se han encontrado hasta hoy, relaciones directas entre alteraciones de los cromosomas sexuales y conducta violenta delictiva, sin que se cuente con la explicación de la existencia de otros factores ligados como puede ser por ejemplo, la baja inteligencia. En cuanto a bases neurobiológicas de la violencia, con el florecimiento de las teorías monoaminérgicas, hubo estudios que ya advertían de la relación entre conductas violentas y disfunción serotoninérgica cerebral, esto es, reducción del funcionalismo serotoninérgico versus a hiperactividad de los sistemas centrales de neurotransmisión noradrenérgico y dopaminérgico en determinadas zonas del cerebro; posteriormente con el boom de la neuroquímica sobre todo desde los años ochenta, distintos circuitos específicos de neurotransmisión cerebral se han ido implicando en relación a esas conductas. Continuando con el punto de vista orgánico, también citar los trabajos actuales del profesor de la Northwestern University de Chicago, Jordan Grafman, concluyendo que determinadas lesiones cerebrales en el lóbulo frontal podrían explicar por ejemplo, el fundamentalismo religioso como causa de violencia.

Por último, en cuanto a los factores ambientales, múltiples estudios hablan de asociación estrecha entre violencia y factores desfavorables en el medio familiar como actitud de discordia entre los padres, comportamientos violentos y conflictos mantenidos entre ellos, dificultades económicas, ausencia de estímulos culturales, pautas educativas inexistentes o inadecuadas, etc. A nivel social, esta conducta también aparece y se alimenta por las creencias en general de considerar las actitudes violentas como un modo idóneo para lograr los objetivos personales. También destacar los estudios que concluyen en la correlación entre medio sociocultural desfavorecido e inicio de actividades delictivas precoces entre adolescentes, e incluso otros más atrevidos que señalan al tedio como factor desencadenante de la violencia en esa población.
Como sabemos, las formas de expresión de todas estas conductas abarcan un abanico que va desde la verbal, usando la palabra como crítica, en forma de insultos, calumnias, etc., hasta actos, usando bien sólo la fuerza muscular o recurriendo al uso de herramientas, armas, o valiéndose de medios como el fuego, etc.
De todas las clasificaciones de formas de violencia, quizás sea la de Erich Fromm (1900-1980) la más clara e ilustrativa. Este autor hablaba de violencia juguetona o lúdica, violencia colérica reactiva, violencia vengativa y violencia compensadora. Veamos.

  • La violencia juguetona o lúdica, surge como expresión de ostentación de fuerza y destreza, no está motivada por el odio y no se usa para destruir, sería una violencia “como de broma”.
  • La violencia colérica reactiva, está motivada por el miedo o por amenazas reales o imaginarias, conscientes o inconscientes. Aquí se emplea la violencia en defensa de la vida, de la libertad, de la dignidad y de la propiedad.
  • La violencia vengativa sería aquella que nace y como su nombre indica, no como defensa sino por motivo de venganza.
  • Por último, la violencia compensadora, sería la que surge ante la impotencia o incapacidad frente al entorno, dentro de una necesidad de afirmarse así mismo en un intento de superar la frustración y el fracaso. Se acepta que en este grupo se encuentran muchas formas de violencia en ámbito familiar y de violencia de género, término éste último, tan en boga hoy día.


Aunque la violencia puede aparecer en cualquier persona considerada “normal” y sin antecedentes de ningún
tipo, motivadas por respuestas muy diferentes y circunstancias diversas, es cierto que con mucha frecuencia aparece ligada a trastornos mentales específicos y que aquí lo hace con características distintas. Así, en los casos de retrasos mentales, trastornos del desarrollo, aparece una violencia poco elaborada, imprevisible, motivada por deseos primarios de conseguir algo elemental y se suelen usar medios rudimentarios como azadas, piedras, etc. La presencia de lesiones cerebrales innatas o adquiridas, puede dar lugar también a reacciones de violencia, bien de forma espontánea o incluso ante la aparición de estímulos mínimos. También este tipo de reacciones están presentes en otras enfermedades mentales específicas como pueden ser los cuadros psicóticos, donde puede aparecer una violencia inmotivada, en trastornos de personalidad (sobre todo en el antisocial, donde el acto violento puede ser pensado y muy elaborado) y en trastornos afectivos, encontrando aquí violencia por desinhibición en cuadros maniacos, o intrapunición en cuadros depresivos.

Como sabemos, el consumo de alcohol y/o drogas puede también desarrollar comportamientos violentos, en los casos de trastornos psiquiátricos además como un factor añadido y en los de individuos sanos concretamente por el grado intenso de desinhibición producida. Recordar también la intoxicación patológica, embriaguez patológica si nos referimos concretamente al alcohol, donde por el fenómeno de la escasa tolerancia, cantidades mínimas de la sustancia producen la intoxicación en el sujeto, pudiendo también así aflorar la conducta violenta.

Para finalizar, comentar que la violencia es además la esencia del terrorismo, y en el que debemos detenernos un poco, más considerando todos los hechos acontecidos actualmente tanto en nuestro país como fuera del mismo. “El terrorismo constituye la forma más elaborada de la crueldad humana, siempre premeditada, para la promoción de un tipo de ideas aun cuando se conozca la imposibilidad de la consecución de las mismas en constante lucha contra el tiempo” (García Andrade).  En el terrorista siempre prima, en ese contexto de indiferencia por los sentimientos de los demás, la acción violenta frente a su ideología, que dicho sea de paso está formado por un sistema de creencias impuesto o aceptado sin suficiente crítica y por tanto, poco elaborado de forma racional. Desde el punto de vista psicoanalítico, se dice que en las sociedades maternales, la figura de la mamá es condescendiente y permisiva con las debilidades del hijo, lo que le hace a éste más cruel e hiperhostil; ello explicaría que en las sociedades maternales se persigan fundamentalmente los delitos económicos y contra la propiedad, siendo débiles y en cierto modo consentidoras del terrorismo como forma de violencia.

 

‘Aquel síndrome del Norte’

Este pequeño artículo va dedicado a todos mis pacientes policías y guardias civiles que durante aquellos años vivieron en el País Vasco. Yo les comprendí.

Estos días pasados hemos rememorado el duodécimo aniversario del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco en manos de ETA, episodio que movilizó a los españoles con una solidaridad sin precedentes en este sentido. Esas jornadas de recuerdo han traído también a mi cabeza todo lo acontecido al respecto desde el final del periodo político anterior hasta hace bien poco, cuando al parecer la banda colgó las armas, o por lo menos, eso se dice. El asesinato del joven concejal no dejó de ser uno más de los múltiples producidos, pero eso, la muerte, tampoco fue ni mucho menos todo el legado derivado de esa historia. Todos lo sabemos.

Desde principio de los noventa, otros compañeros los verían antes, tuve en la consulta varios pacientes, bastantes, cuya profesión pertenecía a los Cuerpos de Seguridad del Estado, policías nacionales y guardias civiles, con cuadros clínicos psiquiátricos de características similares e indudablemente derivados de aquellas vivencias en el País Vasco. El interés por esos casos hizo sumergirme en una todavía reducida bibliografía, naturalmente toda española, que describía a través de historiales clínicos a forma de casos prácticos, todo lo que allí se vivía y que no era ni más ni menos que lo que me contaba el paciente que se sentaba delante. Diagnostiqué, traté y a unos cuantos juicios acudí de estas personas que, por sus graves secuelas, empezaban a jubilar y no sin pelearlo antes, por unas consecuencias que por lo menos yo, desde mi rincón, veía evidentes.

El término síndrome del Norte, al ser creado popularmente y no así desde el ámbito de la psiquiatría o del Derecho español, nació como un concepto extraoficial, lo que ha podido repercutir también en el hecho de que no se haya reconocido legítimamente por parte de la Administración del Estado. Aceptando el término, síndrome del Norte no es ni más ni menos que un grupo diagnóstico de algunos trastornos mentales ya conocidos pero con la común etiología circunstancial arriba nombrada. Entre ellos, por su frecuencia, destacan sobre todo dos trastornos psiquiátricos que se contemplan en el DSM, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, que en su versión más reciente, el DSM-5, corresponden a los Trastornos de adaptación y al Trastorno de estrés postraumático; ambos a su vez, quedan englobados en el capítulo de Trastornos relacionados con traumas y factores de estrés. Si el primero, que sería el más light, pero no por eso despreciable, dejó tocados a los pacientes, el segundo los destrozó por completo, sí, tanto a ellos como a sus familias. Siempre comparé esta última versión del síndrome del Norte con el Vietnam americano, aquél que colmó de forma cansina las pantallas cinematográficas desde los setenta.

Como Trastorno de adaptación, los afectados de síndrome del Norte, desarrollaban dentro de los tres primeros meses de exposición a los factores estresantes allí patentes, diferentes síntomas como ansiedad intensa, bajo y significativo estado de ánimo, alteraciones de la conducta o combinaciones sintomatológicas de ellas que en general, les producían malestar significativo y un evidente deterioro en todas las áreas de relación. Estos cuadros siempre tenían la especificación añadida de persistentes, ya que duraban más de seis meses, pues podrían cesar los factores de estrés, por ejemplo, por baja o cambios de destino, pero claramente no así ya las consecuencias derivadas de aquéllas vivencias, que no eran pocas. Esta persistencia en el tiempo, es decir, la cronicidad, era precisamente lo que hablaba de la gravedad del cuadro.

Por otro lado, el Trastorno de estrés postraumático, era el que desarrollaban los agentes sometidos a situaciones muy extremas, como haber sido testigos directos o supervivientes de esos salvajes atentados; aún recuerdo un relato aterrador que sucedió en un puente de no sé qué nombre, a todo esto con el guardia civil delante de mí y llorando como una Magdalena. La clínica de estos pacientes era mucho más abundante y llamativa, la clava el DSM en su descripción: recuerdos angustiosos recurrentes, involuntarios e intrusivos, del suceso traumático, trastornos graves del sueño con ensoñaciones angustiosas y recurrentes, reacciones disociativas donde el paciente siente y actúa como si se repitiera el suceso traumático, malestar intenso a la exposición de escenas simbólicamente parecidas, hipervigilancia, respuestas exageradas a modo de sobresalto, y un largo etcétera. Vietnam, ya digo.

El perfil habitual de estos pacientes eran personas por lo general de no más de treinta tantos, casi todos en situación de destino forzoso allí, para muchos el primero, y que por su discurso ciertamente inhibido, pienso se quedaban cortos cuando relataban lo que estaban viviendo entonces; recuerdo también otros detalles como que acudían ya de forma rutinaria a funerales de compañeros (apunté impactado en el historial que uno fue a 18 en dos años de destino), que tenían que disimular a toda costa que eran policías o guardias civiles, de forma que tendían el uniforme en el interior de las viviendas, que se vestían en el punto cero, esto es, en el mismo destino, para no levantar sospechas entre los vecinos, que temían de forma extrema por la seguridad de su cónyuge y de sus hijos, a los que incluso les instruían para que dijeran a sus amistades que tenían otra profesión, y no digo nada de lo de ver bajo el coche…, total, que el que no era paranoico, al final terminaba así. Sobre esto último también es cierto que la estancia, con ese terrible escenario, descompensaba cuadros latentes que habían pasado desapercibidos hasta entonces como trastornos de personalidad o psicosis larvadas que otrora posiblemente nunca habrían dado la cara y que, pese a considerar y valorar el aspecto premórbido, también habría que haberlos clasificado en ese abanico diagnóstico que comprende el síndrome del Norte.

No todo quedó ahí, las consecuencias biográficas para estas personas fueron, y son todavía, muy desagradables: divorcios debidos a abruptos y mantenidos cambios de conducta, alcoholismo, sí, también cocaína…, que no hicieron más que echar más leña al fuego, deteriorando más y más a estos pacientes y, repito, a sus familias. También hubo suicidios, al parecer más de los declarados. Un desastre.

Con todos mis respetos, pienso que sí existe el síndrome del Norte, o como se le quiera llamar, tanto por criterios estadísticos como clínicos. El gran número de casos registrados de todos estos pacientes y la común sintomatología intensa de presentación sí forman un cuerpo lo suficientemente característico para considerarlo así. Digan lo que digan.

 

Simulación y disimulación de trastornos mentales

Etimológicamente, simular es representar o hacer creer algo que no es verdad con palabras, gestos o acciones. En el ámbito de la psiquiatría clínica, la simulación no suele aparecer de forma frecuente y cuando lo hace, una vez confirmada, no se diagnostica un trastorno mental sino un problema que puede ser objeto de atención clínica sólo en casos muy concretos. Aunque la simulación puede constituir un comportamiento adaptativo en situaciones extremas (fingir una enfermedad cuando se está cautivo del enemigo en tiempo de guerra), se admite en general, que se trata de una conducta consciente, retorcida y, a veces hasta violenta, que casi siempre oculta, como comportamiento fraudulento, algún tipo de interés forense, ya que la simulación de un trastorno mental siempre se realiza para obtener, a expensas del engaño, un beneficio concreto (ej. una baja laboral o la jubilación), eludir una sanción o multa y en otros casos, perjudicar a un tercero (casos de divorcios, custodia, etc.).

Para muchos autores, la base de la simulación radica en el mimetismo animal empleado para superar situaciones de riesgo, de ahí que los dos cuadros más frecuentemente simulados sean las convulsiones y la inhibición o rigidez motora, ambas reacciones biológicamente preformadas para, respectivamente, huir (tempestad de movimientos) o para pasar desapercibido (inmovilidad) frente a un perseguidor. Aunque hay referencias antiguas sobre la simulación de enfermedades físicas ya en la obra de Hipócrates y en la de Galeno (Tratado sobre enfermedades simuladas), se atribuye a Juan Bautista Silvaticus (1595) hablar por primera vez de simulación de enfermedades mentales y posteriormente a Ambrosio Tardieu como el primer autor que profundiza sobre ello en su Estudio médico-legal de la locura (1872), siendo un texto descriptivo de referencia todavía en la actualidad.

La simulación mental, aunque pueda parecer lo contrario, es difícil que pase desapercibida a un profesional, y más con experiencia, porque siempre se emula lo que atribuimos vulgarmente a un “loco”, imitando más o menos superficialmente (y hasta puerilmente) conductas o síntomas aislados, no así la sintomatología clínica completa del trastorno. Así, con entrenamiento se puede llegar a simular una crisis convulsiva epiléptica pero muy difícilmente otras connotaciones clínicas típicas del enfermo epiléptico, ahí lo pillamos; lo mismo pasa con otras enfermedades mentales como depresiones (todo no es llorar y poner mala cara), trastornos delirantes (fijándonos en la indiferencia con que cuenta su relato), etc. Volviendo a la epilepsia, señalar que ha sido precisamente su simulación, uno de los cuadros mentales producidos con más frecuencia de forma artificial a lo largo de la historia, baste señalar la corriente observación de médicos napoleónicos en soldados del frente de batalla con el fin de ser apartados de éste, y es uno de los que más se siguen simulando en determinados contextos. Yo particularmente es, en pacientes detenidos en las dependencias policiales y junto a la simulación del síndrome de abstinencia opiácea, lo que más observo entre los toxicómanos con el fin de abandonar el calabozo y llegar al hospital donde “confirmen” su enfermedad, siempre para conseguir algo directa o indirectamente: un beneficio legal, para abandonar momentáneamente su claustro, etc. También diré que a nivel ambulatorio, la simulación de la Depresión es lo que puedo ver con más frecuencia y casi siempre es para obtener una baja laboral.

Con respecto a la Disimulación, decir que es el reverso de la medalla de todo lo arriba expuesto. Disimular, en el diccionario, es ocultar con astucia o habilidad lo que se siente o se padece. La disimulación en medicina es una actitud consciente, también con el fin de obtener un concreto beneficio, de ocultar síntomas o enfermedades físicas  así como, lo que nos atañe a nosotros en esta sección, trastornos mentales. Estadísticamente son cuatro los cuadros que más suelen ocultarse, esto es, la paranoia, la depresión, la drogodependencia y los trastornos sexuales. Así, es de relativa frecuencia el que un depresivo grave disimule que ya no tiene ideas de suicidio con el fin de que le den el alta hospitalaria y llevar a cabo su liberador acto autolítico; otro ejemplo podría ser el toxicómano al que, en su lugar de trabajo, descubren un signo de pinchazo sobre la fosa del codo y él lo atribuye a una picadura de insecto con la finalidad clara de no perder el empleo.

El estudio de la simulación y de la disimulación, además de tener su pilar básico en la experiencia del explorador y en la observación clínica integral del falso paciente o del paciente real, con el respectivo contraste de la entidad nosológica que se quiere calcar u obviar, conlleva el estudio concreto de rasgos de personalidad como la sinceridad (recordar que sinceridad viene de sin cera, sin máscara), el grado de franqueza y la honestidad del paciente. Las técnicas para detectar mentiras, abarcan las del estudio del contenido del lenguaje, la observación de la conducta no verbal, y la utilización complementaria de test psicométricos, cada vez más estudiados. A nivel forense los que siempre se han aconsejado y empleado han sido el Test proyectivo de asociación de palabras de Jung, el Test de Apercepción Temática de Murray, el Test de Rorschach, el Inventario de Minnesota, el SIRS-2, la Gough Dissimulation Scale, etc.; hay otros muchos en fase de investigación. La continua formación de los profesionales en las herramientas de evaluación de la simulación y  disimulación así como su aplicación médico-legal, es transcendental en pro de la tarea principal cuando se actúa de perito, que es el útil auxilio de la justicia.

Al margen, comentar que también se dispone de otras pruebas complementarias centradas en respuestas fisiológicas como es el uso del polígrafo; éste por cuestiones de legalidad no está previsto ni recogido en nuestro ámbito jurídico, aunque sí en los de otros países.

   

Nociones sobre la figura de ‘el camello’

Estudiar el mundo de la drogodependencia quedaría indudablemente incompleto si dejásemos a un lado el abordaje de la figura del camello, personaje eslabón, utilizado y fácilmente manipulado por los verdaderos jefes de este gran y sucio negocio, que los colocan como escudo protector para ocultarse de la justicia.

Al parecer, el origen de la palabra camello para designar a las personas a las que me voy a referir, data allá por los años veinte y ese giboso concepto hacía referencia a dónde entonces les daba por ocultar la droga en el cuerpo. El término fue oficialmente introducido ya en la vigésimo primera edición del diccionario de la RAE, en una de sus acepciones, como persona que vende drogas tóxicas al por menor. No estando muy de acuerdo con nuestra ilustre academia, pienso que es más precisa la definición a título personal que hace Francisco Umbral (1932-2007), gran prosista, en su Diccionario cheli: “dícese del traficante de droga al detall”. Sí, traficar es más propio del camello que vender.

La figura del camello abarca fundamentalmente el transporte y la distribución de la droga. En ese móvil económico, también se esconden ciertas características psicopatológicas en esos sujetos que son las que despiertan tal irracional motivación, si no, raramente podríamos explicarnos que alguien se prestara a una tarea que hasta puede comprometer su vida por, a modo de ejemplo, la muerte debida a sobredosis debida a rotura de la mercancía portada en el interior del cuerpo. Sólo rasgos como la inmadurez de su personalidad, la falta de poder evaluar realmente la trascendencia de sus actos o eso, el dar poco valor a su vida, pueden justificar también que sean el blanco más fácil de toda la cadena que supone el negocio de la droga. Concluyendo, es raro encontrar un camello sin alteraciones psicopatológicas, muy raro.

García Andrade (1928-2013), con el que tuve la suerte hace años de tener alguna comunicación epistolar, es sin duda en España, el psiquiatra forense que más ha ahondado en el estudio de estos peculiares sujetos. Si nos referimos al criterio de la edad, es más frecuente encontrar camellos muy jóvenes, incluso menores, o lo contrario, sujetos de edad avanzada, todo ello debido precisamente a ser personas que levantan menos sospechas policiales y judiciales; quizás por eso mismo, entre los camellos detenidos, que por mi trabajo veo a montones, abundan más los de mediana edad.

Por lo general, entre ellos, se distinguen tres grupos: los camellos ambulantes o callejeros, los camellos que actúan bajo el influjo de conflictos existenciales y por último, los camellos insuficientes o deteriorados.

Los camellos ambulantes o callejeros, son los más frecuentes, siendo sobre todo el trastorno de personalidad que sufren, lo que les lleva a traficar; de estos camellos, un porcentaje menor (diría que los más débiles por no decir otra cosa) también son consumidores, juntándose pues en éstos ambos trastornos, lo que se conoce en psiquiatría como una patología dual. En este grupo de traficantes destaca de forma significativa la pobreza de sus motivaciones o incluso su monomotivación: el mundo de la droga; y ello mezclado con algunas características psicopatológicas como pueden ser la inestabilidad emocional, la escasa capacidad para la autocrítica o de proyección de futuro. En los antecedentes biográficos de estos sujetos, destacan repetidos fracasos escolares, familiares y laborales, así como conducta sexual temprana y promiscua.

Los camellos que actúan bajo el influjo de conflictos existenciales, ven en el entorno siempre una amenaza y por ello actúan frente a él con la violencia, usando también el tráfico como un acto de agresividad y protesta. En este grupo, más que diagnosticar trastornos mentales concretos, encontramos principios, vivencias o rasgos aislados pero extremos de su personalidad que pueden explicar ese “disgusto” con su entorno.

El tercero y último de los grupos, conocido como el de camellos insuficientes o deteriorados, está integrado por sujetos con trastornos psiquiátricos que cursan con disminución de la capacidad intelectual y de la capacidad de juicio (por no haberlos alcanzado nunca o por haberlos perdido); todo ello mezclado con la pérdida de control de los impulsos, desinhibición, les hace también actuar con un especial desprecio por las normas sociales. Como es lógico, los trastornos que cuentan los incluidos en este grupo, son trastornos leves o moderados, lo que les permite pasar por sujetos aparentemente normales, por lo menos en las fases iniciales en lo referente al deterioro.

En este último grupo y en el anterior, también abundan las personas jóvenes del sexo femenino, digamos las camellas, con perdón de Umbral, ya que sugirió buscar otro término alegando que “el camello, por definición, es masculino”.

El tráfico de drogas está abordado en nuestro Código Penal, dentro de los Delitos contra la salud pública y más concretamente en el grupo de Delitos relacionados con drogas, sustancias psicotrópicas y/o estupefacientes (art. 368 á 378), donde se establece que “serán castigados con las penas de prisión de tres a seis años y multa al del triplo del valor de la droga al objeto del delito si se tratare de sustancias o productos que causen gran daño a la salud, y de prisión de uno a tres años y multa del tanto al duplo en los demás casos”. El art. 369 impone más pena aún en otros casos añadidos como pueden ser cuando el culpable actúe en otras actividades organizadas o la sustancia en cuestión haya sido adulterada, manipulada o mezclada, suponiendo un aumento del posible daño para la salud. También se consideran como agravantes determinadas circunstancias como la pertenencia a banda delictiva o la reincidencia tras condena previa (aun habiendo sido en el extranjero), elevando así más la pena de prisión y multa.

En el otro sentido, la parte especial de nuestro Código Penal, incluye circunstancias modificatorias de responsabilidad penal, contemplando como atenuante los caos de arrepentimiento activo por parte de estas personas acusadas de tráfico, de los camellos, resultando la pena en uno o dos grados inferior a la que le corresponda. En esos casos debe haber una serie de requisitos que configuren una conducta post facto de cooperación eficaz que incluya la colaboración con la justicia, no bastando pues sólo con una situación de arrepentimiento subjetivo. Quizás sean los camellos que actúan bajo el influjo de conflictos existenciales, los incluidos en el segundo de los grupos nombrados, los que más se beneficien de este tipo de atenuantes.

 

El delincuente por conflicto

Sabemos que un delito no puede atribuirse siempre a un delincuente habitual, a una persona potencialmente peligrosa por violenta o por estar diagnosticada de un grave trastorno mental, a un toxicómano o a un psicópata. Para llegar al delito, basta teóricamente un fracaso de la fuerza inhibitoria de nuestra corteza cerebral frente al ímpetu de aquello que se siente, quiere o persigue, aun siendo plenamente conscientes de su ilegalidad. La debilidad humana, en estos casos, puede jugar una mala pasada y así cruzar un umbral muy, pero que muy peligroso, pudiendo aparecer así también el delito secundario a un conflicto. En la práctica, claro, esto no es tan fácil que ocurra, lo que no quita que en la valoración del hecho delictivo, siempre haya que considerar el factor vulnerabilidad personal.

Por intensidad, cada uno de nuestros rasgos de personalidad configuran un continium, de forma que es difícil definir un patrón típico único de aquellos sujetos más vulnerables a delinquir sometidos en una intensa situación de estrés determinada (delincuente por conflicto), pero no por ello vamos a ignorar muchos estudios descriptivos que dicen sí hay un perfil al respecto. El delincuente por conflicto es en primer lugar, un sujeto que carece de antecedentes penales, o éstos han sido de escasa entidad o relevancia. El delito en estos sujetos suele ser el primero y el único (esta es una característica principal), sirviéndoles como experiencia liberadora de sus tensiones y represiones, ante las que había creado esa situación de conflicto. En sus antecedentes familiares no tienen por qué haber personas trastornadas y entre sus antecedentes personales, no se recoge psicopatología que pudiera hablar de un trastorno mental anterior; sí podemos perfilar algunas características de su personalidad (que no llegan a configurar un Trastorno de personalidad concreto), como es un destacado egocentrismo, con inflación del Yo y acusado narcisismo que precisamente le impide valorar o acercarse al punto de vista del Otro. También encontramos que hay inmadurez en su personalidad, con dificultad de renunciar a las propias satisfacciones y a hacer una correcta crítica del futuro. Cuentan con significativo grado de impulsividad incontrolada (sin que tampoco cumplan criterios de un Trastorno del control de los impulsos), que es precisamente como comenté arriba, la que permite el paso a la acción, responsable de esa transformación del delincuente en potencia o reservado a ese delincuente activo. Se admite que la influencia de las perturbaciones afectivas y los estado emotivos o pasionales más o menos intensos puedan transformarse en incontrolables impulsos que les impidan manejar la situación, esto último podría explicar por ejemplo, una agresión mortal al cónyuge sin existencia de maltrato o violencia anterior, esto es, sin evidencia previa de violencia doméstica o violencia de género. Su conducta en general, que pudo ser intachable, no despertó para nada la sospecha entre los suyos, vecinos u otros menos allegados, que quedan anonadados e impresionados una vez conocido el hecho delictivo atribuido a aquél (“era muy normal”, “era un tipo muy correcto”); esto lo vemos con frecuencia en las noticias y muchos son esto: delitos por conflicto.

Estos delincuentes, una vez liberados de sus conflictos a través, en ese caso anterior, del crimen, superando la ansiedad que se había hecho insoportable, aparentan normalidad física en el calabozo policial antes de pasar a disposición judicial, aspecto muy distinto al del delincuente habitual, y su estancia penitenciaria suele discurrir sin problemas, adaptándose a las normativas y colaborando con los funcionarios del centro penitenciario, al contrario, por ejemplo, de los psicópatas que se muestran constantemente exigentes y sin contemplar consecuencias. La fácil reinserción social del delincuente por conflicto es otro aspecto a destacar.

La interpretación psicodinámica de los hechos, siempre ayuda a la comprensibilidad, sin que para nada suponga la inimputabilidad de esos sujetos, que terminan cargando con sus penas porque, aunque perdieron el control, sabían en todo momento lo que hacían y a lo que les llevaría. Hay casos extremos en los que se ha reconocido que el estado emocional lo suficientemente violento provocó una alteración de la conciencia lo bastante profunda, alterando el juicio y la voluntad, colocando al sujeto en un estado de inimputabilidad, pero reconociendo ya el trastorno mental de por medio. En el delincuente por conflicto, su delito tiene cierto carácter de comprensibilidad, aunque lo que realmente no se entienda sea la desproporción de su respuesta, y ahondar en su estudio es siempre positivo por el alto valor preventivo y de investigación que supone la búsqueda de una motivación más o menos consciente del acto delictivo.

   

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