Lunes, Febrero 17, 2020
   
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El rincón de la psiquiatría legal

'La carga humana de ser dueño de mis actos'

“La conciencia habla única y constantemente en la modalidad del silencio”. Martin Heidegger (1889-1976)

La conciencia es la principal de todas las funciones neuro-psíquicas, ya que supone la unidad de encendido energético del cerebro, la luz, siendo por tanto básica para el funcionamiento de las todas las demás (memoria, atención, orientación, etc.).  La conciencia así entendida, tiene su ubicación a nivel centroencefálico, en el tallo cerebral, concretamente en una zona conocida como la Sustancia Reticular Ascendente. Biológicamente tiene una función rítmica, alcanzando un nivel (“nivel de conciencia”) que fisiológicamente fluctúa entre la vigilia y el sueño.

Ese concepto de conciencia es diferente de lo que conocemos como conciencia del Yo, más profundo y siempre enigmático, que requiere previamente la integración de todas las actividades perceptivas (externas e internas), intelectuales y motoras que puede tener un ser vivo. Esta estructura de función de funciones, como dijo el psiquiatra fenomenológico Jean Sutter (1911-1998), requiere más complejidad en un sistema nervioso y permite además que el ser que la posea sepa que es uno concreto y diferente tanto entre los suyos como de su entorno. El término aquí aceptaría igualmente la ese, consciencia, como así compruebo en el diccionario de nuestra Real Academia. Históricamente su sustrato anatómico siempre se atribuyó también al Reticular, pasando posteriormente a postularse su ubicación en la corteza del cerebro (córtex), ya que es la parte más integradora del mismo. En la conocida como Declaración de Cambridge sobre la conciencia (2012), un grupo de destacados y eminentes científicos concluyeron definitivamente que los animales tienen este tipo de conciencia, confirmando lo que ya intuyó Avicena (980-1037) muchos años antes.

Dando un paso más, lo que esta función de funciones tiene de exclusiva en el caso del ser humano es que además le permite captarse a sí mismo (“soy consciente de ser consciente”), el Yo pienso de Descartes (1596-1650), pasando por tanto, de ser una conciencia pre-reflexiva animal a una reflexiva, producto de un grado de organización todavía más complejo que la primera, y que va a propiciar, además de vivir como un uno, profundizar en sí mismo (autoconocerse) y proyectarse hacia afuera, poniéndose más enfrente de su vivir (autodirigirse y autocontrolarse). Esto es lo que fundamentalmente nos hace ser diferentes a otros seres vivos y lo que explica, entre otras cosas, que el hombre se pueda cuestionar temas transcendentes como su origen, el sentido de la vida o incluso la divinidad y la existencia del más allá.

La conciencia reflexiva también tiene su sustrato neuro-anatómico a nivel cortical (en el neo-córtex) y es que no puede ser de otra forma, pues es la zona más evolucionada de nuestro sistema nervioso. Francis Crick (1916-2004), más conocido por recibir el premio Nobel de Medicina en 1962, compartido con James Watson, por el descubrimiento de la estructura del ADN, dedicó los últimos años de su vida profesional, entonces con Cristof Koch, a estudiar algo todavía más difícil como la localización cerebral de la conciencia humana, postulando que la conciencia reflexiva se genera desde la parte posterior de nuestro córtex cerebral, llegando a alcanzar el lóbulo frontal enlazando en su recorrido distintos grupos neuronales de distintas áreas agrupados en forma de nodos. De esta forma, siguiendo el modelo de Crick, podríamos pensar que anomalías existentes en alguna de estas estructuras darían argumento a la alteración de la conciencia “reflexiva” del sujeto que las padece y por tanto justificar su conducta patológica, muchas veces monstruosa, ésa a la que de forma racional nunca le podemos dar explicación.

En condiciones normales la conciencia reflexiva que, repito, sólo es propia del ser humano, amplía constantemente su conocimiento y eso se traduce en más libertad para actuar. Esta libertad es también para toda su existencia, estando, como decía Sartre (1905-1980), “condenados a ser libres”, lo que representa ese doble filo con el que encabezo este artículo: la carga humana de ser dueño de mis actos.

Conscientes por un lado de esta realidad interior y por otro, de la existencia de una norma jurídica entendida ésta como “prescripción dirigida a la ordenación del comportamiento humano prescrita por una autoridad y cuyo incumplimiento puede llevar a una sanción”, no tenemos en principio excusa alguna para proceder a su incumplimiento.

 

'Otros tribunales'

Cada vez conocemos mejor el cerebro, sabemos su anatomía, bastante menos su apasionante fisiología, pero pese a que nos dispongamos a conquistar Marte pronto, el encéfalo sigue siendo hoy un enigma. Uno empieza a plantearse si será cierta la teoría de su propia resistencia a ser descubierto, no sé. La magia endógena del órgano magno, esa de convertir sustancias químicas y señales eléctricas en pensamientos o emociones, es una perpetua incógnita. De él depende toda nuestra conducta y por tanto, también aquellas desviaciones que, en mayor o menor grado, enturbian nuestra convivencia.

Immanuel Kant (1724-1804) fue y es sin duda una de las figuras más importantes de la historia del pensamiento; pocas son las disciplinas que no hayan sido cubiertas por la sombra de su extensa e influyente obra. La psiquiatría, cuyos orígenes igualmente se remontan a la segunda mitad del siglo XVIII, tampoco pudo esquivar desde su nacimiento el legado del ilustrado y padre del idealismo alemán. Elementos como los de su Antropología, todavía tienen reflejo actualmente en el estudio de la psicopatología.

En la vasta obra de Kant se recogen múltiples metáforas, entre ellas quiero hacer referencia a una por cierta relación con esta columna: la metáfora del tribunal de la conciencia, que aparece también en sus Lecciones de Ética, una recolección de cursos dictados por el autor en la Universidad de Königsberg. Su originalidad radica en el modo de cómo la presenta. Básicamente, el tribunal de la conciencia, dice, es un proceso que ocurre en nuestro fuero interno y que somete la propia voluntad ante la razón, que es la que legisla moralmente. Según el autor, este tribunal interior de nuestra conciencia moral se asemeja mucho a un tribunal de justicia ordinario, atreviéndose a definir incluso a cada una de las figuras que intervienen en el mismo. De este modo, nosotros como juzgados, reos o acusados, contamos con un abogado defensor que es nuestro amor propio, que se preocupa por nuestro bienestar, que se atiene estrictamente al criterio de la felicidad individual y que siempre tiende a blindarnos, refutando toda acusación que nos pueda llegar. Luego estaría el fiscal, el encargado de comparar nuestro comportamiento con la ley moral dada por la razón y cuyo castigo implicaría insatisfacción así como propio autodesprecio, y posteriormente, el juez imparcial e investido de poder, a quien nunca podemos darle la espalda y que constituiría la voz de la conciencia; éste nos absuelve o condena por medio de una sentencia que es inapelable. También se atreve con la curiosa figura del legislador o autolegislador, y añade que los contenidos básicos de la moral no son inventados, pues su referencia son los “códigos morales” vigentes tanto en su tiempo como en su sociedad concreta y que el propio sujeto los asume, siempre y cuando sea esa su voluntad. Para el autor prusiano, en definitiva, ser consciente de un tribunal interno dentro del hombre, constituye pues la conciencia moral.

No, Kant no fue el primer filósofo en intentar explicar nuestro comportamiento en función de un “veredicto” interno. Dejando a autores clásicos como Sócrates o a su conocido discípulo y autor de la República, que también, baste recordar a modo de ejemplo, al filósofo renacentista Michel de Montaigne (1533-1592) quien ya comentaba eso de “hemos de haber establecido en nuestro interior un modelo al que remitir nuestras acciones y, según él, acariciarnos o castigarnos”. Tampoco fue Kant el último, le siguieron Rousseau (“en el fondo de todas las almas existe un principio innato de justicia”), Diderot (“si renuncio a mi razón, me quedo sin guía”), más tarde Schopenhauer (discípulo kantiano pero a la vez crítico con toda su dramaturgia jurídica) y así sucesivamente hasta hoy, pasando por Sigmund Freud (1856-1939), quien con su teoría psicoanalítica explica la conducta humana en función de lucha entre unas impulsiones y una autocensura superyoica; otro juicio más, ya digo. 

Volviendo al pensamiento metafórico Kantiano, la ley moral autónoma, la que el sujeto se ha dado a sí mismo, es la que realmente nos hace libres en la medida que podemos elegir entre cumplirla o no, haciéndonos por ello responsables de nuestros actos y ante ello surgir también la culpa.  El concepto de responsabilidad hace referencia además a una categoría eminentemente jurídica, lo que parangona una vez más la realidad, lo que sucede fuera de ese juicio interno. La culpa, en nuestra cultura, casi siempre la asociamos con un concepto religioso de arraigo judeocristiano. 

En definitiva: todos buscamos un dictamen absolutorio del tribunal kantiano de la conciencia moral, ya que su recompensa sería el encontrarse uno en paz consigo mismo, ¿qué más se puede pedir?

Todo lo anterior viene a dar fe de la tremenda complejidad y organización del pensamiento humano, a mucha distancia de lo que supone un acto reflejo, filogénicamente inferior y donde el estímulo se convierte sin más en una respuesta automática, sin ser previamente juzgado. Frente a la adversidad y en la medida en que se pueda, no podemos rendirnos y renunciar a que nuestro gran tribunal se convoque cuantas veces haga falta, evitando en la medida de lo posible conflictos que impliquen a otros personajes y que terminen en veredictos ajenos, dejando así las intervenciones terapéuticas y las instancias jurídicas para cuando realmente se necesiten. A lo mejor así, la Justicia funcionaría mejor.

 

'Hombres violentos'

“El hombre aspira al dominio directo de las cosas por la comprensión o la violencia”. Arthur Schopenhauer (1788-1860)

Una de las formas de definir la violencia sería como 'el tipo de interacción entre sujetos que da lugar a conductas o situaciones que, de forma deliberada, aprendida o imitada, y en contra del que sería modo natural de proceder, provocan o amenazan con hacer daño, mal o sometimiento grave a otro individuo o a un colectivo, afectando a éstos de tal manera que sus potencialidades presentes o futuras se vean afectadas'.

En principio, la violencia debe verse como un fenómeno social y no como un hecho personal, óptica contraria a la agresión, que es otro concepto diferente, más biológico.

A ambos términos intentamos relacionarlos desde distintas perspectivas, con frases como que si el hombre tiene capacidad para la agresión es porque la sociedad humana tiene posibilidad para la violencia. Pero en la práctica ambos fenómenos se yuxtaponen y se confunden, reservando el término de violencia para cuando queremos darle a la acción o a la inacción agresivas un carácter más destructivo.

Aunque una reacción violenta puede surgir de forma patológica a raíz de una intoxicación al alcohol, por otra sustancia tóxica o ser una manifestación más en otro trastorno mental o en un trastorno de personalidad, es evidente que las personas en nuestros distintos medios podemos mostrar a veces “cierto grado” de violencia sin que ello lleve implícito padecer un trastorno. También aquí en la frontera psíquica de lo patológico, que aparentemente es ancha, acaban poniendo el límite las consecuencias derivadas, siempre mediadas por el sufrimiento que lleva implícito ese maltrato.

Es evidente que también en nuestro medio hay mujeres violentas, hecho que nunca debería pasar por alto el legislador, pero es en el sexo masculino donde aparece con más frecuencia esa condición. Aunque la respuesta a ello la intentasen dar disciplinas como la genética, la neurociencia, explicarse por cuestiones hormonales, o por varias a la vez (saltando la dificultad de cómo integrarlas), siguiendo lo que comenté arriba, estarían siempre referidas más al fenómeno de la agresión que al propio de la violencia. Para ésta tendríamos que abarcar otros factores más propios como los culturales, políticos, económicos, organizacionales, etc.

A nivel de pareja, es indudable que el papel que desde antaño jugó el hombre en nuestra sociedad patriarcal ha favorecido la aparición del tipo de conductas a las que me estoy refiriendo. Se sabe por lo general, que el hombre violento ha seguido el patrón de una persona de valores tradicionales con una internalización profunda del ideal de hombre como modelo incuestionable a seguir, con características como la autosuficiencia, el control del entorno o la fortaleza, por citar algunas. En muchos casos la violencia le ha supuesto a éste un intento cobarde para recuperar el control perdido en el único ambiente donde puede más fácilmente mostrar su “superioridad” y que como nos podemos suponer es su casa, su entorno más íntimo, considerando a su mujer como alguien inferior, subordinada, cuestión nuclear que no se puede obviar en el abordaje de la violencia doméstica. Aquí habría que recordarles esa frase de Kant (1724-1804) que decía que todo ser racional existe como fin en sí mismo y no sólo como medio para ser utilizado por esta o aquella voluntad.

Por otra parte, autores actuales como Myriam Miedzian de la Universidad de Columbia, afirman que existe una resistencia al que sería un cambio positivo, que proviene de la creencia sociocultural, frecuentemente inconsciente y por tanto enraizada, de que la conducta masculina es la norma y que constituye un paradigma de la conducta humana, considerando por el contrario a la conducta femenina como algo desviado o imperfecto. Esa creencia, sepultada y sellada en lo más íntimo de la mente, podría ser en parte la explicación de la resistencia que presentamos al cambio ideo-lógico que en esta cuestión distintos sectores de la sociedad nos están enseñando constantemente. La violencia así tendría ya también un componente biológico.

Los casos de violencia machista que estamos habituados a ver y oír en las noticias son siempre casos de violencia física (que no olvidemos que también pueden dejar secuelas psicológicas), pero es sin duda la violencia psíquica la más frecuente en nuestro medio y con diferencia la menos declarada.

La violencia psíquica también produce lesiones. El término lesión no sólo hace referencia a un daño físico y por tanto objetivo, sino también a un perjuicio o al daño moral, que puede ser tan malo o más, y siempre más difícil de demostrar. Por ello, la diferencia entre la violencia física y psíquica no estriba en cuanto a daño producido, puesto que existe en ambos.

Siguiendo con el punto de vista legal, la violencia psíquica se define por el dolo (intención) del agente, por esa forma deliberada que entrecomillé en la definición inicial, que realiza una conducta siempre buscada para perturbar la psique de la víctima. 

En nuestros textos legales y como violencia psíquica, quedan incluidos determinados comportamientos que, sin alcanzar la categoría de ilícito penal, tienen encaje en el delito como tal violencia psíquica en cuanto se producen sistemáticamente o reiteradamente, considerándose en su conjunto, en atención al contexto y a las circunstancias ambientales, culturales e individuales de sus protagonistas.

   

'De psicópatas explosivos'

Cuando una persona presenta de forma aislada un comportamiento delictivo, nos preguntamos por los factores que hayan podido conducir a la conducta sancionable. En caso de que ese comportamiento sea reincidente, ya es inexcusable además el estudio estructural de la personalidad del sujeto así como el de sus antecedentes, lo que nos orienta también a saber si estamos frente a un psicópata o delante de una persona con alguna otra psicopatología.

Dentro de la psicopatía o trastorno psicopático de la personalidad, la importancia de resaltar concretamente el grupo de psicópatas explosivos radica en que es el colectivo, junto al de los antisociales, que a lo largo de su vida entra con más frecuencia en conflicto con la ley, vulnerando de forma repetida el Código Penal.

Además de la frialdad afectiva, una característica que como sabemos, comparten mayormente todos los psicópatas, en el grupo  de los explosivos aparecen de forma constante la impulsividad (criterio no estrictamente necesario para diagnosticar otro trastorno de la personalidad) y también con más frecuencia las “características delincuenciales”, en relación a lo que a quebrantamiento de normas y leyes se refiere, que describió muy bien García Andrade (1928-2013), que son la precocidad, la incorregibilidad, la reincidencia y la inintimidalidad. La precocidad de la conducta delictiva, la más nuclear de las cuatro, viene a reafirmar de nuevo que los trastornos de la personalidad empiezan a dar la cara en la adolescencia e incluso antes, pese a que para todos ellos, siguiendo los criterios de la American Psychiatric Association, haya habido hasta hace poco que esperar a los dieciocho años como requisito para su diagnóstico formal (siguiendo esa directriz, hoy el único trastorno de la personalidad que para diagnosticarlo hay que esperarse a la mayoría de edad es el antisocial). Se acepta, como así dice la experiencia, que los rasgos de trastorno de la personalidad que aparecen en la infancia persistirán probablemente sin cambios durante la vida adulta. La “bomba de relojería” ya activa de forma temprana su cuenta atrás, tanto en el plano familiar, académico o a nivel social. Pese a que los padres, sea por iniciativa propia, advertidos por los profesores, o impuesto incluso por una sentencia judicial, pongan al hijo en contacto con un profesional, tanto los psicofármacos como las sesiones de terapia pocas veces logran frenar el comportamiento sancionable, de ahí que se hable de incorregibilidad como la segunda característica arriba nombrada y que por tanto además desemboque en la tercera: la reincidencia. En lo que respecta a inintimidabilidad, refiriéndonos como tal a la falta de temor por los resultados del delito, apuntar que por lógica, potencia aún más la conducta patológica.

El psicópata explosivo, como ya describió Kurt Schneider (1887-1967), se caracteriza principalmente porque su respuesta afectiva y motórica es súbita, violenta y lo que es más definitorio: totalmente desproporcionada a aquellas vivencias que le son displacenteras. El pensamiento se transforma automáticamente en acto, así, sin juicio crítico alguno, sin filtrarse por las estructuras noéticas de la personalidad, entendiendo como tales las que están constituidas por la actitud ética (debo-no debo), la actitud intelectual (puedo-no puedo) y la actitud utilitaria (me conviene-no me conviene). Considerando la otra cara de la moneda, el explosivo, siempre que no le toquemos el “gatillo”, puede incluso mostrarse como una persona disciplinada, tranquila, dócil y pacífica que, de forma aparente y como psicópata que es, raramente levanta sospecha.

Es también frecuente en los psicópatas explosivos su tendencia a beber alcohol e igualmente común, aquí ya se implicarían aún más determinados factores biológicos, el bajo umbral de tolerancia que presentan a ése. Se sabe que el contacto del psicópata explosivo con el alcohol le puede llevar fundamentalmente a cuatro tipos de reacciones: de agitación, crepuscular, depresiva y paranoide autorreferencial, siendo estadísticamente, la primera y la última las de mayor probabilidad de tener consecuencias delictivas.

La reacción crepuscular hace alusión a la alteración de la conciencia, entendiendo ésta como la unidad de encendido de nuestro ordenador, cuya alteración puede manifestarse tanto en tempestad de movimientos como al otro reflejo arcaico de total inhibición.

En la reacción depresiva, por el componente autopunitivo que implica la depresión y por el desinhibitorio del alcohol, hay que contemplar la posibilidad tanto de casos de raptus suicidas como de raptus tipo homicidio-suicidio. Este último es de aparición relativamente frecuente en los casos de violencia de género o de violencia familiar en el que el autor suele ser un psicópata explosivo y bebedor.

En un intento por encontrar unas características morfológicas determinadas en estos sujetos diagnosticados como psicópatas explosivos, Friedrich Mauz (1900-1979), los describió como displásicos (aludiendo con ello también a anomalías en el plano físico) y con una disfunción vascular encefálica que se traducía en alteraciones endocrinas y vegetativas. Estas afirmaciones se han quedado en la nube y no han encontrado eco posteriormente.

Por último, en lo que se refiere a pronóstico y siguiendo el estudio de Maddock, en el grupo de psicópatas explosivos también se puede afirmar ese dato alentador de que cumplir años disminuye la frecuencia de las conductas penales de los sujetos con trastornos de la personalidad, aunque en ellos no siempre implique presentar una adaptación social satisfactoria.

 

Patología mental y fenómeno migratorio

Por un lado el fenómeno de la migración, un tema cada vez más actual en España, que ha pasado en pocos años de ser un país emisor de emigrantes a convertirse en un país de inmigración, y por otra parte, la existencia de una serie de síndromes psíquicos o manifestaciones de trastornos mentales específicos distintos en cada cultura, han hecho que cada vez se hable más de la Psiquiatría cultural como una entidad interdisciplinaria, entendida así porque en ella caben aportaciones, además de la psicopatología, de otras ciencias como la biología, la antropología o la sociología.  Como precursor de la misma, Emil Kraepelin (1856-1926) ya apuntó a la necesidad de una “Psiquiatría comparada” para abordar el estudio cotejado y la influencia de los distintos aspectos étnicos y socioculturales en la mente humana tanto sana como enferma.

Por sí solo, el fenómeno de la migración está considerado como factor de riesgo en salud mental, como una causa capaz de originar patología mental o de favorecer la aparición de un trastorno mental larvado, debido precisamente a una serie de factores que algunos expertos actualmente en el tema, como Achotegui, denominan los “siete duelos”, refiriéndose así a los relacionados con la familia, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el grupo de pertenencia y los riesgos físicos.

Lo fundamental para diagnosticar distintos cuadros psicopatológicos en sujetos que proceden de diferentes culturas, requiere tener algunas nociones sobre cómo viven sus integrantes los procesos emocionales, ya que la “emoción”, además de ser primordial como función de adaptación, es la manifestación nuclear de una patología mental (la tristeza la depresión, el temor el trastorno de ansiedad, etc.). Además del conocimiento de esa intimidad vivencial del inmigrante, para el procedimiento diagnóstico hay que tener en cuenta también que síntomas particulares o curso evolutivo de un trastorno están influidos por la respuesta social y por otros factores culturales locales. Así, hechos como el que un cuadro psicopatológico muy común, pudiera convertirse en un trastorno mental muy extravagante cuando apareciera en otra cultura, hacen que para este enfoque de la Psiquiatría sea primordial el conocimiento de la influencia cultural en la personalidad, y también en factores biológicos específicos como la respuesta a psicofármacos, por citar alguno.

Excluyendo el caso de los individuos que ya estaban enfermos, los trastornos que con más frecuencia se observan en los inmigrantes son fundamentalmente cinco: los trastornos de síntomas somáticos, los trastornos reactivos de ansiedad y del estado de ánimo, los delirios, las alteraciones de la personalidad y las toxicomanías. Con respecto a los primeros, son frecuentes los trastornos somáticos que cursan con dolor (muchos autores han detectado que las migrañas son tan típicas que se refieren a ellas como las “in-migrañas”). Los trastornos reactivos de ansiedad y/o depresión son consecuencia directa del proceso de adaptación, por eso se llaman así, trastornos adaptativos; entre éstos concretamente, cabe mencionar el Síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple, también conocido como Síndrome de Ulises, haciendo referencia al héroe mitológico que padeció innumerables adversidades y peligros estando lejos de sus seres queridos. Los trastornos adaptativos llevados a un extremo también pueden desembocar en cuadros de inhibición profunda, trance o incluso reacciones primitivas como la parálisis o la de tempestad de movimientos (se sabe que en el núcleo del duelo migratorio existe una regresión psicológica). Con respecto a los delirios, los que con más frecuencia se suelen observar son los de autorreferencia, persecución o celos. En cuanto a las alteraciones de la personalidad con posibles consecuencias legales, habría que contemplar los estados de violencia y agresividad con las probables conductas delictivas tales como robo, tráfico de drogas o contra la libertad sexual. Por último, en lo que respecta a las toxicomanías, existe una cierta vulnerabilidad de ese grupo al consumo de sustancias, por factores precisamente como su relación con los sectores más desfavorecidos de la población receptora, donde sabemos que predomina más el consumo de drogas como opiáceos, cocaína, etc. y de alcohol.

Si hablamos de factores en particular, quizás el que más patógeno y que por tanto merezca especial atención, sea es el aislamiento lingüístico al que están sometidas estas personas. Se sabe que las dificultades lingüísticas pueden desembocar en reacciones paranoides, con ideas de perjuicio o incluso de persecución, llegando a interpretar de forma delirante actitudes o gestos de otras personas que pueden secundariamente acarrear consecuencias significativas, como reacciones violentas frente a esos supuestos perseguidores. Precisamente en nuestro país y para posibilitar debidamente la defensa por parte de estas personas que desconocen nuestro idioma, el ordenamiento, tomando como base el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales, prevé la obligada intervención del intérprete desde el momento de la detención policial hasta todas las intervenciones procesales posteriores, implicando así a las autoridades policiales, judiciales y también a la Administración penitenciaria. Igualmente, el citado convenio, extiende la intervención del intérprete al caso contrario, es decir, a los supuestos en que el inmigrante es testigo, víctima de delito, etc.

En nuestro ámbito jurídico y ante delitos cometidos por estas personas, siempre se debe valorar, que no implica eximir, la incidencia que tienen las circunstancias culturales concretas sobre la imputabilidad, es decir, sobre el conocer y actuar conforme a esa comprensión y si, tanto por un lado el factor cultural, como por otro, la existencia de un trastorno mental condicionado por la misma (ya sea por déficit lingüístico, o por obediencia a otras normas o leyes autóctonas de países de origen), fueron las que condujeron a que la conducta del sujeto resultara modificada.

   

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